En otro artículo hacía referencia a la similitud entre los procesos de humanidad que transitamos, con la etapa de la adolescencia. A través de dicha analogía hablaba de aquellas transformaciones que nos permiten reconstruir nuestra personalidad, trascendiendo contextos de origen, para ir formando una nueva identidad más alineada con nuestra autenticidad.
Estamos evolucionando hacia caminos que nos permiten revalorizar nuestra individualidad, sin caer en esos prejuicios de que priorizarse (o decidir por uno mismo) es un acto egoísta y dañino.
El juego entre lo colectivo y lo individual es como una danza que nos permite ir desarrollando mejores expresiones de nuestro arte más genuino.
El adolescente descubre que al no depender de sus padres, ya habita la libertad de decidir más allá de lo que ellos le hayan enseñado. Esta etapa es vivida como una crisis de ruptura con lo que se venía contando de sí mismo (absorbido de sus padres o referentes) para reconstruirse basado en lo que realmente quiere, piensa y siente a nivel personal. Dicho proceso desata un amplio número de emociones y especialmente el miedo a aquella libertad tan anhelada. Es que saberse libre realmente, implica la responsabilidad de asumir ser el líder de su vida y ya no limitarse solo a cumplir con lo que otros le pedían o esperaban.
Se propone trascender los viejos conceptos tomados de sus contextos de origen. Si bien esto lo podemos pensar a nivel colectivo, y también individual, vamos a seguir refiriéndonos en lo personal para entenderlo mejor.
Cada generación nueva de una familia trae como "una actualización de mejora para el sistema" por llamarlo de alguna forma simple. Por ciertas tendencias a modelos verticales y jerárquicos de autoridad, las familias, no suelen darle a éste aspecto la importancia que realmente se merece. Si crecimos en familias donde la autoridad ejercía un dominio y control excesivo para con el individuo; es raro que dicha actualización haya sido valorada, o hasta escuchada siquiera. Por estas cuestiones uno se suele rebelar y enojar con esos contextos que nos fueron transmitiendo sus visiones sobre la vida y el mundo. Podemos sentirnos víctimas de muchas historias familiares controversiales, que en seguida juzgamos duramente. Pero esto también forma parte del proceso de pasar de adolescente a adulto en el cual, en vez de vernos como víctimas, podemos elegir tomar responsabilidad sobre lo que nos pasa y hasta capitalizar aquellas historias en nuestros verdaderos aprendizajes de lo que vinimos a expresar como actualización.
Es importante entender un aspecto que nos va a ayudar a trascender esos complejos de víctima mucho más fácilmente. Se trata de tomar consciencia de que "No vemos el mundo como es, lo vemos como somos". Lo que pudimos juzgar de nuestras familias o contextos (o sea de los demás) solo está sostenido y sesgado por nuestras ideas, según nuestros principios o valores personales, que no tienen por qué ser iguales a los de los demás. Lo que sentimos y nuestros ideales están tiñendo constantemente nuestros juicios sobre lo que pasa afuera y sobre lo que otros hacen o nos hacen. Somos sujetos y como tales, para pensar cualquier situación, no podemos escapar de nuestra subjetividad. Por lo tanto lo que más critiquemos o demandemos a otros, tiene más que ver con nosotros y nuestras percepciones sobre ellos, que con el otro en sí mismo. Quizás, estemos proyectando deseos propios frustrados, defectos que nos cuesta admitirnos, o hasta necesidades que nunca supimos comunicar siquiera a ese otro, pero exigimos que "mágicamente" las tenga en cuenta o adivine.
Es normal caer en ésas tendencias del victimismo, si partimos de que fueron mamadas desde pequeños. Crecimos con referentes que todo el tiempo nos decían lo que estaba bien o mal y hasta nos premiaban o castigaban según esos criterios. Esos contextos de origen en vez de acompañarnos en ir ganando responsabilidad sobre nuestro rol, respetando que nosotros lo expresemos libremente a nuestra forma, nos fueron adoctrinado a encajar en su modelo (subjetivo); coartando nuestra libertad de pensar o de expresarnos diferente a ellos. Antes de que los juzguen por ello, tengan en cuenta que esto se viene arrastrando de generación en generación y retroalimentándose con modelos educativos o hasta sistemas colectivos aún más explícitos. Ellos nos enseñaron según lo aprendieron primero. Recordemos que cada generación nueva trae mejoras.
Al menos en lo personal, considero que es mejor entender todas esas historias como el contexto que nos propusimos trascender, por lo tanto, terminó siendo lo necesario para motivarnos a hacer los cambios en nuestra vida personal por decisión propia. Si podemos verlo así, habremos trascendido ésa rebeldía tan común en el adolescente, que cree que para ser libre tiene que ganarse luchando esa cualidad que no se da cuenta ya tener. Somos libres desde el nacimiento, nadie más que uno mismo es dueño de su vida. No tenemos que exigir nuestro derecho a ser libres a nadie, solo tenemos que reconocerlo para habitarlo tomando responsabilidad de nuestro lugar individual. Es parte del camino recordar ese poder personal que nunca perdimos, sino que solo lo cedimos por ignorar tenerlo. Ningún contexto te define, a menos que vos decidas dejarte definir por éste y eso también es ejercer tu libertad de decidir (o elegir) por vos mismo.
Ciertos contextos limitantes solo aparecen en nuestras historias precisamente para que retomemos, o recordemos, ejercer libremente nuestro poder personal de decisión sobre nuestra vida. Si al leer esto no sentís tenerlo, preguntate ¿a quién se lo estás cediendo para culpabilizarlo? y en vez de quedarte con esas excusas, que solo te causan indignación o dolor, animate al menos a pensarlo diferente. Aún estando en una cárcel uno puede sentirse verdaderamente libre, aunque suene utópico o idealista. Tu sentir o qué decidís hacer con lo que te pasa siempre va a estar en tu poder y será tu libertad, más allá de cualquier contexto o situación, hasta más allá de aquellas veces en las que no depende de nosotros poder cambiar algo. Es la actitud con la que nos tomamos la vida la que está implícita en nuestras historias de lo que creemos que sucede. Siempre estamos a tiempo de decidir nuevas actitudes, dejar de ser el víctima tomando responsabilidad y verdadero protagonismo, es un claro ejemplo siempre disponible de hacer. ¿De qué depende entonces? De que nuestras ganas de hacerlo superen a los miedos, o ideas limitantes, que podamos usar de excusas para no dar el paso. Y llegado ese punto tengan en cuenta no pasar de culpabilizar a otros, para culpabilizarse a uno mismo; ya que seguirían retroalimentando las mismas excusas, pero con nuevos víctimas, sin dar el paso realmente.
Muchos le temen a la palabra responsabilidad. Le atribuyen un peso mayor, esfuerzo, sacrificio y dolor por las cargas emocionales inconscientes provenientes de experiencias pasadas. Pero creo que nadie podría negar que saberse libre y responsable de hacer lo que quiera cuando quiera es un gran y hermoso poder. Todos queremos algo así, seguramente debido a que es lo que nos corresponde; ya que solo nosotros somos dueños de nuestra vida. Vivirla libremente a nuestra exclusiva decisión es nuestro derecho, elección y responsabilidad. Los únicos que lo impiden, son límites mentales tales como: que no somos merecedores, capaces, que el lugar nos condiciona, la situación social/política/económica no nos lo permite, etc. Atrévanse al menos a cuestionárselos. Nuestra mente está plagada de historias que nos repetimos tanto, hasta hacerlas verdades indiscutibles. La mayoría de esas ideas provienen de otros, algunas ni siquiera se nos ocurrió pensarlas y ya las dimos por ciertas. Otras las dedujimos sobre criterios que también pueden ser cuestionables tales como que nunca nadie lo hizo, eso es así para la mayoría, quiénes somos para ser la excepción a la regla, la buena o mala suerte, casualidades o hasta varitas mágicas.
Lo único que nos separa de lo que realmente queremos lograr son nuestras ideas de cómo hacerlo, o de si somos (o no) capaces/merecedores. No me crean, pero al menos permítanse pensarlo con mayor flexibilidad. No existen verdades absolutas para todos, si todos pensamos y sentimos diferente. Habíamos dicho antes que no podemos escapar de nuestra subjetividad, por lo tanto lo que para algunos sea imposible, quizás para otros es lo cotidiano.
Liderar nuestra vida implica tomar responsabilidad, pero más que hacerlo para con las situaciones externas, hay que recordar que todo comienza internamente. Por esto mismo nuestros límites o frenos son mentales. Y si son nuestras ideas, la responsabilidad es la oportunidad de liberarse de viejas historias que se nos quedaron grabadas en otros contextos (que ni siquiera existen en este presente) para poder decidir desde un nuevo aquí y ahora. Es nuestro derecho a ejercer la libertad de decidir por nosotros, más allá de los contextos de orígenes en los que nos hayamos criado y sus subjetividades. No lo cedamos al juzgar de buenos o malos aquellos contextos, estaríamos desgastando demasiada energía, además de regalarles nuestra libertad de decidir distinto a ellos. No hay por qué caer en la lucha. Recordemos que no es como pensamos, ya que no los vemos como son, sino como somos nosotros o según nuestra propia subjetividad. Lo poderoso reside en que siempre estamos a tiempo de elegir nuevas ideas. Pongamos nuestra mente al servicio de los deseos del corazón y dejemos de usarlo al revés.
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