Cuando entramos en el loop de sanar nos perdemos. Terminamos descartando toda herramienta como si fuera un engaño de un otro para ganar dinero, estafando a la gente más vulnerable. Pero no hay que dejarse llevar por exabruptos semejantes. No todo es blanco o negro, la mayoría son matices. Y lo genuino siempre es simple.
Podríamos comenzar por analizar la carga invisible que conlleva la palabra "sanar" o sanación. Si hay algo que sanar es porque primero existió una enfermedad, así como si hay algo que "reparar" existió algo o alguien que lo rompió en primer lugar. Y ambos términos nos llevan a distorsiones. Nos hacen pensarnos enfermos o dañados, como si hubiera algo malo en nosotros que nos obliga a cambiarlo con urgencia porque lo juzgamos de peligroso. Pero esos dolores del pasado (que llamamos heridas) en algún momento fueron un recurso efectivo, que hasta pudieron salvarnos la vida.
En el caso de una experiencia traumática, el dolor emocional que nos genera ese momento puede interferir con nuestra claridad mental para encontrar los mejores recursos de cómo atravesar dicha experiencia de la forma más eficaz. En un accidente, por ejemplo, si nos dejamos vencer o pensamos desde el miedo y el dolor que aparecen al darnos cuenta la situación que vivimos, podríamos no tener la claridad mental de que debemos salir del auto antes de que explote. El miedo nos paralizaría impidiendo nuestra respuesta más eficiente y poniendo en riesgo nuestra vida. Es cuando nuestra inteligencia en modo supervivencia le apaga el volumen a nuestras emociones. Las reprime para actuar y resolver la situación. Recordemos que el cuerpo y la mente funcionan a base de principios de optimización de energías y atender lo emocional en ese momento, nos dispersa de enfocarnos exclusivamente en el pensamiento y la acción. Por lo tanto, bloquearlo temporalmente termina siendo la opción más inteligente.
El problema viene cuando no sacamos de la represión todo ese sentir y seguimos ignorándolo/tapándolo, porque es demasiado incómodo atenderlo ahora en el presente que no existe el accidente ni el auto. Lo que resistimos persiste y crece desde nuestro inconsciente. Buscará formas cada vez más invasivas de aparecer a gritos, pidiendo que nos hagamos cargo de que existe latiendo en nosotros.
Y podés memorizarte todos los protocolos, haberte leído miles de manuales y descubrirte paralizado ante ese miedo o dolor que vuelve a aparecer. También podés trascenderlo y vas a ver que te va a seguir apareciendo, disfrazado en otras situaciones y circunstancias distintas que jamás asociarías entre sí. Acá es donde podemos "sanar" síntomas una y otra vez, sin darnos cuenta de que necesitamos llegar a lo más profundo para encontrar las causas que los están generando en primer lugar. O por lo menos el núcleo central que los dispara, el origen que tienen en común.
Es cuando, en vez de abandonar lo que te propusiste con tanta valentía superar, tenés que aprender a discernir qué herramientas o métodos son más profundos o te hacen mirar en lo sustancial y no rendirte. Desde mi experiencia y aprendizaje te digo que dejes de mirar afuera y no te distraigas con circunstancias, síntomas, nombres, edades ni personas. Todo está tocando una fibra muy interna que todavía late en tu inconsciente. La ventaja es que está bastante desesperada o cansada de gritarte que la escuches, por lo que no es tan difícil saber por dónde hurgar.
Aquellas partes de nosotros mismos más que sanación/reparación necesitan nuestra mirada, observación sin juicio y la valentía de tratarlas con amor, en vez de hacerlo desde el miedo o el fastidio de encontrar siempre algo más que atender. Si pensamos en sanar/enfermar vamos a vernos víctimas de algo que no podemos más que atacar. Si pensamos en mirar e integrar, la aceptación viene de un amor incondicional sin juicio a lo que encontremos, porque está en nosotros y merece ser escuchado o visto.
Es importante observar desde dónde hacemos lo que hacemos. La intención de sanar viene de reparar algo enfermo y genera miedo, mientras que integrar conlleva la intención de incorporar desde nuevas miradas más amorosas lo que nos pide atención.
Muchas de esas "heridas" o marcas se originaron en nuestra infancia y como dijimos fueron recursos de supervivencia. Ahora que ya no estamos en situación de peligro necesitamos actuar desde la seguridad, la calma y la presencia que permite, en vez de rechazar.
Otras veces simplemente se trata de tenernos paciencia y desde el amor ir más despacio, o a nuestro ritmo. Hay lugares, situaciones o personas que nos traen paz y nos posibilitan más fácil mantener la calma; mientras que otros nos activan los viejos recursos que aprendimos desde el miedo y actuando a la defensiva. También pasa que nuestro sistema nervioso sigue protegiéndonos, aun cuando ya no exista peligro, de maneras más instintivas. Tenés derecho a priorizar tu paz. Y en estos casos no te confundas, no es que no sanaste esas viejas "marcas", sólo necesitas atravesar el momento de transición al nuevo estado de una manera más amable, priorizando lo que te da paz y aprendiendo a usar las nuevas herramientas o recursos (si te interesa profundizar más este aspecto tan complejo te recomiendo leer este otro artículo o podés mirar este video).
Una vez escuché a alguien proponer un ejercicio bastante poderoso e introspectivo. Como todo, requiere de nuestra absoluta honestidad y la prohibición de juzgar o criticar lo que aparezca durante el proceso. Se trataba de tomarse un momento, en completa soledad que sea largo y sin interrupciones, para cerrar los ojos. Primero hacer dos o tres respiraciones profundas llevando toda nuestra atención al ritmo y sonido del latido de nuestro corazón. Si nos aparecen pensamientos, mirarlos como si fueran nubes en el cielo, dejando que el viento los mueva sin pelearnos porque estén ahí. Seguimos respirando y escuchando nuestro latido. Esto nos permitirá encontrar aquel estado de calma desde dónde iniciar.
Luego vamos a visualizarnos entrando a un ambiente en el que encontraremos, de a una y paradas en un semicírculo, a todas nuestras antiguas versiones, e incluso a una de nuestro futuro. La niña más chiquita, la preadolescente, la adolescente, la joven, la que quizás haya anestesiado más su sufrimiento con distracciones como el trabajo u otras cosas, la adulta de hace cinco o seis años atrás y una versión del futuro que visualizaremos con todo resuelto y en la mayor plenitud.
El ejercicio propone que vayamos recorriendo el semicírculo de a una versión por vez, sin apresurar los tiempos para dialogar con cada versión. La idea es imaginarse acercándose, por ejemplo a la niña, para mirarla a los ojos con amor y silencio primero y con dulzura ir haciéndole preguntas:
¿Qué te duele?
¿Qué sentís?
¿Qué te enojó más de lo que te dijeron o de cómo reaccionaron los demás?
¿Qué mensaje necesitaste escuchar que no te dijeron?
¿Qué cargas o responsabilidades de otros seguís sosteniendo?
¿Qué es lo que más te preocupa?
¿Cuál es tu mayor miedo?
¿Sos tan culpable o hiciste lo que te salió y te olvidaste de que sólo estabas aprendiendo?
¿Qué necesitás?
¿Qué es lo que más querés?
¿Querés decirme algo más? No tengo apuro, tomate tu tiempo.
Y todas las demás preguntas que se les ocurran para lograr una comunicación desde la compasión que vaya guiando el diálogo hacia darle las respuestas, que ahora desde esta mayor consciencia del presente, le podamos dar para tranquilizarla por completo. No importa si lo que hizo o dijo no fue lo mejor, no la queremos corregir. Sólo dejarla hablar, escucharla y regalarle nuestra presencia amable y compasiva.
Lo importante es terminar el diálogo de esa versión con un abrazo y diciéndole a la niña que deje que ahora nosotras nos hagamos cargo de todo, porque tenemos más herramientas para resolverlo. Invitarla de la mano a que nos acompañe a hablar con la siguiente versión y así repetir el proceso, hasta que se llega a estar de frente a la versión del futuro.
A esa última de nuestras versiones la vamos a mirar con atención, tratando de describirnos qué nos transmite. ¿Cómo luce? ¿Qué siente? ¿Qué logró? ¿Cómo nos hace sentir su felicidad o autorrealización? y después sólo le vamos a pedir consejo. Le podemos pedir que nos guíe a dar el próximo paso en el presente para seguir sus huellas de la forma que mejor nos haga sentir y recordarle que siempre puede guiarnos a través de nuestra intuición.
El cierre del ejercicio prefiero dejarlo a libre elección. Pueden darse un abrazo, celebrar, sentarse en una ronda a charlar cosas más amenas, etc. Lo importante es agradecerles y registrar que se hayan liberado de toda carga, dolor o tensión que presentaban al principio.
Al finalizar nos despedimos del ambiente, sabiendo que esa puerta que cerramos está ubicada en nuestro corazón.
Puede parecer un delirio, un juego, una pavada o un acto de muchísima liberación. La clave va a estar en no apresurarnos, darle lugar a la profundidad, respetar los tiempos, silencios, las reacciones y llantos o berrinches y que a nadie le quede más nada por decir. También en tratar con tanto amor a cada versión que podamos llegar a ver en su rostro el alivio y la sonrisa. Y por supuesto en jamás olvidar que esas versiones habitan en nuestro interior, las podemos volver a visitar repitiendo el ejercicio cuantas veces creamos necesario. En realidad, de esta manera logramos ordenar nuestro hogar interno, volverlo nuestro espacio seguro, donde se pueda hablar sin represiones ni reglas, y donde sepamos acompañarnos sin soltarnos la mano ni abandonarnos.
Si bien puede no ser el mejor método, es un ejercicio siempre disponible que alivia mucho.
El objetivo de este artículo es recordarles que a veces nos perdemos en qué funciona más rápido y fácil, cuando verdaderamente necesitamos simpleza y profundidad. También en recordarles que los métodos genéricos no a todos les funcionan y siempre hay que traducirlos a nuestro lenguaje o forma. A que no dependan jamás de nadie externo para que "los salve" o se olviden de que el cambio más duradero es el que hagamos desde lo más esencial con nosotros mismos y que podamos aplicar o ver funcionar cada día.
No se trata de sanar, por lo general es saber entenderse. Por eso el autoconocimiento siempre va a servir. No siempre vas a encontrar las mejores herramientas, pero jamás dudes de tu capacidad de trascender y evolucionar. Puede que necesites que te acompañen o pedir ayuda, también es importante saber reconocerlo. Pero siempre hay una voz adentro tuyo que sabe, el yo del futuro que te guía o tu creatividad sugiriéndote ideas. No las descartes, proba cuál te funciona mejor. A veces será escribir cartas que después se rompan o quemen, especialmente para hablar con los que ya no estén todo lo que nos quedó por decirles, un diario emocional donde descargar esos pensamientos que no te animás a pronunciar en voz alta, etc., etc.
No perdés nada con intentarlo y podés ganar mucho. Hoy te comenté un par de aspectos sobre este tema, pero se puede ver mucho más. Dejame en los comentarios si te interesaría que sigamos explorándolo juntos🤗
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