Así como veníamos hablando en varios artículos anteriores acerca del poder de las narrativas sobre el mundo o la actualidad y cómo saber identificar que sostener dichas ideas puede limitarnos de vivir una vida más amable, empoderada y plena, hacemos lo mismo con las historias que nos contamos acerca de quiénes somos y nuestro presente.
La mayoría de esas creencias que te atrapan ya caducaron y solo el hecho de sostenerlas o volver a otorgarles la potestad de "única verdad" es lo que las mantiene vivas coartando tu expansión. Son ideas que nacieron de viejos sentires acerca de una circunstancia que ya no es la misma que tu presente, aun cuando puedas observar múltiples similitudes en común.
Cada crítica, incomodidad y confrontación encierra una bendición. Si no la descartáramos tan rápido, desde la ofensa de sentirnos atacados o dejándonos vencer por el miedo a la vulnerabilidad que nos permite ser más sinceros con nosotros mismos, podríamos recibirla desde la calma para observar qué nos está reflejando realmente.
No todo lo que te llega te pertenece. Pero lo que te confronta probablemente sea tuyo, porque no lográs que te sea tan indiferente como para dejarlo pasar. Y antes de rechazarlo en automático desde el orgullo herido de tu ego que busca protegerte hay un instante que te permite no volver a repetir el viejo discurso de siempre.
Algunas veces eso que tanto nos molesta de un otro es el mejor recurso que podríamos necesitar desarrollar para resolver alguna molestia propia. Por ejemplo: en algunas ocasiones sucede que nos indigna que una persona sea más egoísta y decida siempre por sí misma en vez de pensar un poco en los demás, cuando en realidad nosotros mismos decidimos priorizando tanto el bienestar de un otro o en función a expectativas ajenas que traicionamos nuestros propios deseos. Y esa persona con su "egoísmo" nos recuerda un recurso o solución para aprender a decidir sin traicionarnos la próxima vez. Aunque el ejemplo puede funcionar perfectamente al revés en el caso de que recibamos la crítica constante de ser egoístas, quizás debamos permitirnos evaluar mejor las consecuencias de nuestras decisiones en nuestros entornos y preguntarnos quiénes estamos siendo y qué estamos aportando de nosotros mismos en lo que sea que hagamos o hacia donde vayamos.
Si dejáramos de sostener esos viejos discursos que catalogan todo como problemas, activando la queja rechazo o culpabilización externa de manera inmediata para defendernos y nos permitiéramos pensar sin dureza y con honestidad si es tan cierto lo que estamos pensando, ayudaríamos a que el proceso cognitivo de flexibilidad mental nos aporte nuevas miradas sobre la misma situación que se nos repite con distintos disfraces y nos hace sufrir.
No todos nuestros pensamientos deberían ser tomados tan en cuenta. Si estuviste años sintiéndote mal con vos mismo, tus discursos deberían al menos ser revisados desde una luz más compasiva y una perspectiva nueva. Quizás te repetiste demasiadas veces que sos el que siempre fracasa, el que nunca puede lograr lo que quiere, el que no tiene lo que necesita para progresar o vivir mejor, el que siempre dejan de lado, el que nunca tiene ganas, etc. Y sea momento de recordarte que no sos lo que pensás, tampoco lo que sentís ni los resultados que puedas obtener cuando te proponés lograr algo. Ya el simple hecho de recordarte que sos mucho más te permite el respiro necesario para abrir tus ideas.
La tendencia a superar o gran desafío es no identificarse por tus circunstancias, porque ellas siempre están en movimiento y muchas veces son simples reflejos de personificaciones que ya te quedaron chicas. Que encuentres patrones o similitudes en tu presente que te lleven a pensar en situaciones parecidas de tu pasado es inevitable, porque responde a cómo tu mente procesa la información. De cada circunstancia absorbés muchos más estímulos de los que sos consciente y tu mente, que busca simplificar el volumen de dicha información, reconoce patrones para asociarlos con experiencias pasadas, recuerdos o recursos. Pero lo hace para entender qué es lo que sucede y según esa interpretación cómo deberías actuar. No para que siempre des la misma respuesta ante situaciones en apariencia similares.
Por lo tanto, no luches contra esos pensamientos. Observalos sin juzgarlos. Analizalos desde la curiosidad y la oportunidad de ver la bendición disfrazada que te aporta una molestia, un enojo, una crítica o una decepción.
Y preguntate si es tan cierto lo que te repetís acerca de vos mismo en esa circunstancia. Despersonalizalo, despojalo de los absolutismos que te llevan a pensar que siempre será así o que nunca va a cambiar, porque nadie puede hablar de un siempre sin conocer todo su futuro (algo claramente imposible). Soltá el peso emocional que sostenés al creer que esa circunstancia te define como persona o te cataloga a una condena para siempre. Mirá lo que te decís sin que tus emociones moldeen tu forma de pensarte. Elegí permitirte dudar. No sabés si la próxima vez que intentes algo será la exitosa hasta que la hayas puesto en marcha. Quizás solo necesitás arriesgarte a pensar o hacer algo nuevo sin garantías ni certezas.
Nuestras tendencias suelen decidir por nosotros en secreto impulsadas por emociones transitorias y luego nuestro razonamiento justifica dichas decisiones con interpretaciones que sigan alimentando los viejos discursos con los cuales nos identificamos simplemente por hacernos sentir mejor con lo sucedido. Pero una tendencia jamás será más fuerte que tu poder personal de tomar la responsabilidad para decidir mejor o distinto en cada oportunidad.
Puede pasar que estemos demasiado acostumbrados a vivir desde los modos de supervivencia en los que debíamos protegernos de lo que nos llegaba, o siempre desconfiar para cuidarnos mejor. Sin tomar consciencia de que ya no somos los mismos de siempre. Y probablemente sea un buen momento para preguntarnos si estamos usando nuestra mente para decidir o para justificar un sentir.
En algunos casos solo es necesario reconocernos luchando entre nuestros razonamientos más inteligentes o conscientes y las viejas tendencias a definirnos por patrones de creencias arraigadas solo por costumbre o repetición inconsciente. Porque estaríamos iluminando nuestras propias resistencias al cambio para ejercer mejor nuestro poder personal de decisión.
Permitite no entender para no quedarte con la primera interpretación mental de una situación. Date la oportunidad de sorprenderte acerca de lo que puedas conseguir por simplemente dejar de pensarte el mismo de siempre.
Y aprendé a soltar lo que no te pertenece. Porque muchas veces lo que un otro nos critica ni siquiera nos corresponde y es una simple proyección sobre sus inseguridades, miedos, molestias no resueltas, identificaciones, ideales, o complejos.
Tomemos esas incomodidades para preguntarnos si estamos actuando desde modos reactivos, impulsados por emociones momentáneas y tendencias inconscientes, o estamos siendo conscientes de que somos los que decidimos. Decidimos qué elegir, qué historias dejar de sostener, qué podemos rescatar de cada experiencia, qué sale de nosotros en cada situación, quiénes estamos siendo y si hay coherencia entre ello y lo que nos propusimos ser o cómo lograr desarrollarla más en cada nueva oportunidad que se nos presenta. Si estamos siendo proactivos veremos cada circunstancia como un escalón más de una escalera siempre ascendente.
Y jamás olvides que no importa tanto lo que pasa, sino qué decidís hacer con ello esta vez.
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