SOMOS SOL ☀️ | Blog de Crecimiento Personal y Autoconocimiento Espiritual

domingo, 7 de junio de 2026

El poder de los mandatos heredados en silencio (culpa vs disfrute) | Autoconocimiento


 ¿Te pasó que estás un sábado tranquila y dispuesta a tomarte un rato para vos (puede ser leyendo un libro o viendo una serie) pero empezás a escuchar una voz que te recuerda que todavía tenés tareas pendientes? Quizás te sugiere que ordenes los juguetes de tu hijo para después no tener que ordenar el cuarto entero. O tal vez te recuerde que podrías estar haciendo un bizcochuelo para acompañar el mate, adelantando alguna compra, o armando viandas para ahorrar tiempo en la semana... Y dejás el libro o apagás la tele.



  A veces ni nos damos cuenta de que muchos de los mandatos los heredamos sin haberlos escuchado en palabras, o no de una forma tan directa. También solemos llamarnos egoístas por priorizarnos, y si hablé en femenino no fue por casualidad. Nuestra mente además de estar llena de historias es increíblemente eficaz. Tiende a protegernos del peligro. Y aunque pienses qué peligro puede haber si te dedicás un tiempo para darte un gusto, no vas a encontrar una respuesta exacta. Porque fue algo heredado, pero sin palabras.

  Quizás veías a tu mamá abrumada con mil cosas que hacer todo el tiempo. La mía me ha llegado a decir que de los 5 que éramos en la familia la razón por la cual no se contagió varicela fue porque no tuvo ni un minuto libre. Y claro, fuimos los cuatro cayendo de a uno, mi papá hasta terminó internado, y ella ahí como un roble cuidándonos a todos, de a uno por vez. Y cuando me lo dijo así era algo tan evidente que jamás pensé en su mensaje indirecto, en el subtexto que aportaba. Pero mi mente lo registró de inmediato: "No hacer nada hasta puede llegar a enfermarte". Y se programó esa alarma en mi inconsciente. ¿Cómo no pretender que mi mente me cuide del peligro de no hacer nada o de relajarme tranquila si pondría en riesgo mi salud? Sé que es un ejemplo muy específico y hasta absurdo si lo pensás mejor. Porque estar sin descansar un segundo te estresa y el estrés baja las defensas, por lo tanto relajarte no sólo no te enferma, sino que además, es necesario para no vivir acelerada y poniendo en riesgo tu salud.

  Como este ejemplo hay miles. Si viste que criticaban a alguien por levantarse más tarde un sábado, no haber hecho ninguna tarea doméstica ni actividad "productiva" (u obligatoria), las miradas de fastidio por pedir lo que querías, o si le decían a alguien querido que no podían ir a atenderlo en ese momento porque estaban demasiado cansados; debieron haber causado el mismo efecto que mi ejemplo anterior. Probablemente llamaban a esa persona "egoísta", por priorizarse ante los demás. Ya escribí otros artículos hablando de esto (que te invito a leer después acá o este otro acerca de los desafíos que enfrentan los padres y madres solteros). Porque tenemos un concepto erróneo asociado a la palabra egoísta. Y en dicha malinterpretación incluimos priorizarse como un acto reprochable. Pero si te parás a pensar un segundo se cae de maduro... 

  Nadie más que vos va a estar toda tu vida con vos. Nadie más que vos merece prioridad y esto se debe a que si no te priorizás lo que vas a darle a los demás no va a ser más que migajas, actos forzados por cumplir en vez de haber sido generados desde un deseo genuino, y ni hablar de que si no estás bien no podés cuidar a nadie. Sí, a tus hijos tampoco. Y por esto hablé en femenino. La mayoría de nosotros creció viendo los constantes sacrificios que hacía nuestra madre y encima por nosotros. Es absolutamente normal entonces que sintamos culpa o nos juzguemos de malos padres si no ponemos a nuestros hijos por encima de cualquier prioridad en la vida. Más allá de cualquier costo, más allá de nuestra salud, o de que ellos reciban una versión totalmente agotada de nosotros. Y esto se agranda porque hace tiempo que las mujeres no se dedican a la casa y los chicos con exclusividad. Pero no es mi intención entrar en ese tema ni mucho menos juzgarlo, simplemente lo nombro como otro factor más que influye principalmente en las madres.

  Además, la neurociencia transgeneracional nos dice que la invisibilidad femenina se hereda bioquímicamente a través del linaje materno durante al menos 3 generaciones. Porque las cargas emocionales no resueltas se transmiten epigenéticamente y se refuerzan a través del entorno. Esas conductas que observamos en nuestra madre, abuelas o tías, nos moldean sin darnos cuenta. Esto implica que absorbimos los miedos a ser vista, el miedo a ocupar el espacio, miedo a destacar (como nombraba en el artículo anterior a través de uno de mis cuentos), miedo a ser deseadas y miedo a tener poder. Y por esas lealtades invisibles cada vez que intentamos romper con esos patrones nuestro sistema nervioso entra en crisis, o nos sentimos culpables sin entender por qué, ya que estamos verdaderamente decididas a superarlo y ese deseo nace de una motivación profunda y genuina. Pero te tiemblan las manos, sentís puntadas en la boca del estómago, se te quiebra la voz, etc. La verdadera trascendencia es posible, pero quizás debamos entendernos mejor para dar pasos distintos a los que creímos. Porque en estos casos decir afirmaciones y forzarse a dar saltos al vacío no es suficiente; de hecho, puede ser contraproducente si lo hacés desde la sobreexigencia. O podés terminar haciéndolo, pero seguir sintiendo esa culpa que te impide disfrutarlo como te merecés.

  Todas esas imágenes absorbidas y heredadas por el contexto, por lo no dicho en voz alta, fueron alimentando una culpa que ya pasa lo racional porque se corporiza. Tu cuerpo siempre busca protegerte. Si esas historias las entendimos como peligros, de manera inconsciente, es lógico que para sacarte de la situación de riesgo el cuerpo active la alarma de la culpa. Y tampoco basta con pelearnos con esa culpa al aparecer. Hay que reentrenar al cuerpo para que entienda que ninguna de esas situaciones representa un peligro real. Y es un desafío que se tiene que llevar paso a paso, con paciencia, sin juicio (porque entramos en el loop de culparnos por sentirnos culpables) y al igual que con las emociones, hay que poder observarlas desde la consciencia para decidir algo mejor pero sin forzarnos. Necesitamos entrenarnos para sentir una seguridad real, profunda e inquebrantable.

  No es por meter el chivo, pero en mi curso de autoconocimiento se ven estas cuestiones con mayor profundidad. Porque qué hacemos ante la incomodidad o ante el instante en el cual reconocemos un patrón que vuelve a aparecer es casi un arte. Así que me tomo el atrevimiento de recordarles que el link de mi curso online aparece al final del artículo.

  Es que no se trata sólo de que activás el modo de complacer a todo el mundo abandonándote, sino que esto cala más profundo. Te va llevando a pensar que sos lo que das, por ejemplo la madre más sacrificada es mejor madre que otra que distribuye su tiempo sin olvidarse de que antes que madre es mujer. Te empuja a postergar tu vida por otros y cuando esos otros ya te dejan el espacio para que te dediques más a vos, quizás ni siquiera sabés en qué te gustaría emplear tanto tiempo libre. Porque tu deseo no se apagó, pero le bajaste tanto el volumen que ahora que tenés tiempo te cuesta escucharlo o saber entenderte. Además, si te rompiste tanto intentando llevar todo a flote, seguramente tu cuerpo te recuerde que no fue gratuito. Por lo tanto, hay veces que se vuelve vital priorizarse.

  No sólo tus seres queridos merecen una versión más genuina y relajada tuya, vos lo merecés en primer lugar. En especial para hacer mucho mejor lo que sea que te propongas o te vaya trayendo la vida. Para no poner tu vida en segundo plano ni esperar cumplir con todo y todos para luego descansar. Y para permitirte disfrutar, en vez de sólo sobrevivir.

  Es clave entender que, sin darnos cuenta, aprendimos a complacer a costa de nuestro bienestar (después mirate mi video sobre personalidades culposas y complacientes, en especial si sos PAS) que normalizamos el interrumpir el libro/serie por revisar los mensajes del celular que no paran de sonar, en vez de silenciarlo por un rato o de revisarlo cuando hagamos una pausa. Y nos vaciamos llevándonos al límite. Justificamos el amor que les tenemos a los demás para seguir presionándonos. Creemos que les vamos a fallar, que se desilusionarán de nosotras o que incluso correrían peligro. Porque ahí entran a jugar las historias que nos armamos para usar el disfraz de salvadora. Y no son nada inocentes. No sos la buena de la película, la que siempre da todo lo que tiene y nadie lo valora. Quizás no estás reconociendo que en el fondo lo hacés para después exigir o demandar que te den lo que merecés recibir de vuelta, y de la misma forma sufrida si es posible. Se activa la herida de la injusticia, fortalecés tu identidad de la sacrificada, puede que se te escapen comentarios pasivo-agresivos sin darte cuenta o decidas hacer actos pequeños motivados por tu resentimiento que podrían considerarse como pequeñas venganzas. Y todos salen perdiendo, pero vos primero. Sí, porque siempre todo parte de uno mismo primero y priorizarse responde al orden lógico natural. A pesar de que tu cuerpo se sienta en peligro, te culpes y de que, si lográs superar ese impulso de atender la urgencia, después pagues el costo de llamarte egoísta.

  Primero por vos, por tu salud mental y física. Y después, también por los demás y el amor genuino que te despiertan.

  Un consejo que podrías aplicar desde ahora, si algo de todo lo que leíste te resonó, sería que aprendas a escucharte más. Cuidá no hacerlo para criticarte o pensando que hay algo malo en vos que hay que cambiar con urgencia. Hacelo desde el reconocimiento. Todos nos merecemos una vida digna y mejor. Reconocé tu impulso por abandonarte, no darte los gustos, no dedicarte a disfrutar sin juzgarlo. Identificá qué sensaciones sentís en el cuerpo al hacerlo o al pensarlo siquiera. Imaginate en una situación que deseás y venís postergando hacer, nada tan lejano ni enorme. Algo simple como comprarte un chocolate, salir a caminar, ir a la plaza, dejar el teléfono por una hora, etc. Y sentate en algún lugar cómodo, cerrá los ojos y visualizate dándote ese gusto. Registrá qué pasa en tu cuerpo al imaginarlo, sentís alivio o alegría, podés saborearlo; o tenés los hombros levantados, movés compulsivamente una pierna, abandonás rápido la visualización o aflora cualquier síntoma de tensión o disfrute pero casi forzado. No te apures por salir del momento. No te culpes ni te juzgues por sentirte como sea que te salga. Sólo observate.  Porque a veces es cuestión de entrenar mejor nuestra escucha interna, o de ir a un ritmo más suave, para registrar el momento exacto en el que la alarma aparece. Y si podés escuchar esa voz ¿qué te dice? ¿es tan cierto? ¿reconocés el tono de alguien de tu infancia?

  Una vez que te vas acostumbrando a escucharte sin juicio, el siguiente paso es recordar que esa voz o alarma es heredada y se grabó como una respuesta a un contexto que ya no existe. Mirala con compasión, decile a tu cuerpo que le agradecés que intente protegerte pero que ahora estás a salvo. Repetite con suavidad que estás seguro cada vez que te reconozcas escuchando tu señal de alerta. No te fuerces ni tampoco dejes que te venza. Es como un entrenamiento o un ejercicio del gimnasio. Un pasito nuevo cada día, de a uno por vez.

  Probalo y cuando lo logres desactivar de su modo automático, permitite disfrutar sin miedos. Redefiní tu escala de prioridades. Date unos cinco minutos todos los días, algo más fácil de cumplir que de no intentarlo siquiera. Y en un tiempo no vas a necesitar repetirte que ya estás a salvo, porque lo vas a saber habitándolo desde la certeza. Como el aire que está siempre disponible para que lo respires y no le andás pidiendo permiso ni teniendo que esforzarte para ganarlo. Simplemente está ahí para vos, como esa seguridad, la confianza y la eterna calma del presente.

  Si sos mujer, recordá que la energía femenina va a un ritmo más sutil. Se mueve con suavidad, nutre desde un amor tranquilo que abraza con la mirada. No hagas nada corriendo ni bruscamente, intentá ir más lento desafiando las supuestas exigencias de un mundo obsesionado con la productividad. Además, siempre habrá un tiempo para cada cosa, como en tu ciclo hormonal que habitás distinto el cuerpo según cada etapa del mes. Y si tenés opción tomate unos minutos para sincronizarte con el ritmo de la naturaleza, observala, inspirá con ella y dejá caer todo peso hacia tus pies.

  Les propongo que si se sintieron identificados con este tema dejen sus experiencias en los comentarios, para que le sirva a otros leernos. Muchas veces tenemos estos actos tan incorporados que no nos damos cuenta hasta que un otro lo expresa en palabras. Así que animensé a comentar y a compartir el artículo con quien lo necesite.



🫶🏻 Enterate de qué se trata el Lalyverso Soleado acá 

👉🏻 Si te gustó el artículo, recordá dejarme tu comentario, compartirlo y clickear el botón de seguir que aparece en azul a la derecha💕

🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻


lunes, 1 de junio de 2026

Acerca de miradas implacables | El peso del velo



Presbicia

 

  Tener que disociar partes del cuerpo y a la vez coordinar un sinfín de otros factores, como anticipar el paso siguiente o mantener los hombros abajo y atrás. Abrir el pecho, mirar siempre al horizonte, declarando que tu reino no conoce ningún límite. Habitar la sensualidad, el ritmo suave y profundo, de los movimientos más sutiles del cosmos. Hacerlo por una misma, para tu placer, por merecerlo, aunque no estés siendo vista. Envolver el aire con el perfume de tu velo, jugar a desenredarlo y dejarlo correr en el tiempo, como un ovillo infinito de ilusiones. Intencionar la esencia de cada estilo, aprendiendo que hay momentos de presentación y otros en los que es clave saber retirarse desde la dignidad, que ya plantó en los demás el germen del deseo insaciable de suplicar por un baile más. Hace tres años ya desde la primera clase y todavía me siento una confusa principiante.

  Me pregunto si soy capaz, si algún día lograré mejorar. El primer año la vara estaba demasiado alta. Ellas bailaban desde niñas, reflotando chistes internos que estuvieron años alimentando en confidencia. Mientras yo me cuestionaba haber tomado la decisión correcta, creyendo que lo abandonaría más rápido que las clases de guitarra.

  Por eso no entiendo las miradas de los demás, los comentarios de mis amigas y los que intentan disimular cómo me señalan entre cuchicheos, creyéndose invisibles por estar escondidos entre la multitud. Pero, además, no es nada nuevo. En la facultad, en el único trabajo que hice, con algunas parejas infantilmente competitivas, casi siempre fue igual: Yo abrumándome ante cualquier mínimo desafío sin siquiera registrar el desempeño tan destacado ante los ojos de los demás. Como si mi mirada fuera defectuosa, o tuviera menos olfato para detectar el olor a quemado de un incendio forestal.

  Tampoco me sorprende del todo, jamás supe lidiar con las diferencias. Porque la distorsión aparecía así, de la nada, cacheteando mi rostro. Podría nombrar miles de ejemplos, más de cuarenta años recolectan una evidencia abismal. Quizás la imagen de recién nacida de mi hija sea la más significativa. Mi mente la evocaba impoluta, más hermosa de lo que habría imaginado en mis mejores fantasías, sin ningún signo de recién nacida, desprendiendo un hipnótico perfume de inocencia a base de dulzura y misticismo. Sin embargo, mirar esa misma foto seis meses después me hizo dudar de mi cordura. No me malinterpreten, estaba viendo un bebé precioso, pero no era la misma. La piel rosadita que gritaba el esfuerzo invertido en el trauma de nacer, los ojos más rasgados e inflamados y esa actitud de introversión y duda que denotaba la fragilidad de una vida tan nueva que nadie osaría dejar de proteger. Y me quedé atónita con los ojos clavados en la imagen del televisor. Un par de minutos después del shock un miedo recorrió mi piel: ¿Podía un sentimiento distorsionar tanto mi mirada? Hasta el día de hoy me lo sigo cuestionando.

  Ver los defectos físicos de mis exparejas, que tiempo atrás ni siquiera registraba. Estar convencida de que la nota del parcial apenas si me habilitaba a un recuperatorio, mientras que la profesora dudaba haber corregido bien porque al pronunciar el diez mi reacción la tomó desprevenida. Asegurarles a mis compañeros de trabajo que cualquiera habría actuado como yo en esa situación, y todos al unísono entonando un NO tan rotundo y tajante que anulaba cualquier intento de explicación. Ya no puedo seguir mintiéndome: estoy siempre al revés.

  Como si habitara un mundo distinto, o hablara una lengua extranjera en mi propio país. Mi hija, siempre tan sabia, lo simplificó con maestría la semana pasada al decirme: “Mamá, si vos siempre hacés todo bien y la única que no se da cuenta sos vos”.

  No me reí, sólo abrí más los ojos y me tragué el silencio, intentando digerirlo con letargo.

  Justo yo que valoro tanto cualquier mínimo detalle que a la mayoría se les pasa por alto ver. Que tengo que hacer un esfuerzo por intentar enojarme al recordar que el abandono durante el embarazo me dolió en el alma. No sólo subí demasiado la vara para medirme a mí misma, también la bajé tanto con los demás, que anulé todo punto de referencia.

  Tengo una sed insaciable por creerme insuficiente. Una ambición voraz por criticarme con animosidad. Y no es acerca de los resultados, porque un diez en esa Universidad que jamás regalan nota, o lo prolífico de mi creatividad, no admiten ni un atisbo de duda. Sólo que no me alcanzan, porque no los puedo ver. No los creo verdaderos, no son reales, tangibles ni merecidos. Fueron por casualidad, o porque los demás dejan que su sentimiento les tiña el juicio como yo dejé que mi amor embelleciera la primera imagen de mi hija guardada en el corazón. Quizás por falta de conocimiento sobre algún tema específico, porque a veces la gente aparenta haber sido entrenada para ver siempre el vaso medio lleno. También podría seguir nombrando miles de excusas más.

  O ese sea mi gran defecto, al mejor estilo de una maldición del destino: Vas a hacer las cosas tan bien que destaques, pero no vas a poder disfrutarlo porque jamás lo vas a reconocer como deberías. Aunque sería una explicación demasiado simplista e inmadura.

  Y mi antigua psicóloga bajaría los lentes hasta casi resbalarse de sus fosas nasales para preguntarme: ¿No ves la relación con la personalidad de tu padre? Otra vez me engañó la mirada, me apropié de sus palabras. Era él quien se la pasaba recordando que no tenía sentido sacarse un nueve en vez de un diez si habías estudiado tanto. El que me recordaba no haber sido abanderada como mis dos hermanos ni en la primaria ni en la secundaria, e incluso el que justificaba que esos dieces de la facultad no valían porque psicología era todo chamuyo.

  Y a pesar de que con él sí desataba toda mi furia, me terminó ganando la batalla. No sólo le creí, sino que además me adueñé de su rigidez implacable. Pero como soy tan empática y sufrí tanto el frío metálico de cada palabra cortando mi piel, intenté usar esa navaja sólo con quien realmente se la merecía: yo y nadie más. Porque si hablamos de inmolarse por otros mi psicóloga Andrea recordaría la actitud de mi madre, así llenamos el álbum de figuritas como yapa.

  ¿Qué se hace cuando ya no quedan más huecos para clavar la daga? Cuando la piel arde demasiado y los demás te miran como si estuvieras tan loca que no se les ocurre otra explicación mejor que decirme exagerada.

  ¿Cómo dejar de maltratarte cuando, a pesar de saber todo esto, seguís sin poder reconocerte nada? Ningún logro será suficiente. Seguirán cayendo, como fichas de dominó, en ese pozo sin fondo dónde se acumulan las grandes ironías de la vida.

  Dejo caer el velo violeta sobre las baldosas del patio y le confirmo a mi profesora de danza árabe que el domingo estaré en el teatro una hora antes, para volver a ensayar.


                                                                                                         *****


  Algunos llegamos a ser verdaderamente implacables con nosotros mismos cuando nos cuesta horrores registrar nuestros propios "dieces". A mí me llevó tiempo entender que mi mirada estaba un poco "eclipsada". Por eso hoy decidí compartirles uno de mis cuentos. Además, elegí este en particular para mostrarles que a veces el refugio o bálsamo de nuestro sufrir no está en el pensamiento, sino en el volver al aquí y ahora a través del arte y el cuerpo. 

  ¿A alguien más por acá le pasa que le cuesta horrores reconocer sus logros? Los leo en los comentarios. 


 ¿Te interesa la numerología? Podés leer qué nos proponen las energías de este año 2026 o contactarme para coordinar una consulta sobre tus números personales.

👉🏻 Si te gustó el artículo, recordá dejarme tu comentario, compartirlo y clickear el botón de seguir que aparece en azul a la derecha💕

🫶🏻 Enterate de qué se trata el Lalyverso Soleado acá 

🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻


martes, 26 de mayo de 2026

¿Para quién escribo? (El ego y sus mañas) | Empoderamiento real y simple

En realidad, no lo sé. Pero no dejes de leerme hasta el final, porque estas palabras tienen una dirección clara, aunque ahora no lo parezca.


Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos


Me ha pasado que mi forma de hablar o lo que comparto es catalogado como para un sector específico de personas que algunos llaman "conscientes". Pero yo escribo para todos. Le hablo a los corazones, sí, como buena pisciana cursi y a mucha honra. Porque mis palabras salen del corazón y utilizan ese mismo lenguaje. 

¿Entonces, por qué me veo en la necesidad de aclararlo? Bueno, quizás el ego al leer ciertas ideas de "solución" o proactivas las juzgue de alguna manera para descartarlas. Y es necesario que lo aclare, porque si te topaste con alguno de mis artículos y al leerlo pensaste no estar en ese "nivel" en el cual puedas aplicar algo que te haya inspirado mi escritura, dejame recordarte que seguramente es tu ego jugando una de sus cartas. Y no lo digo porque me crea especial o que comparta verdades que los demás no, porque ese sería mi ego hablando. Lo digo y aplica tanto a la información que desde hace 6 años vengo compartiendo, pero también a cualquier otra información que otros difundan. Porque en definitiva es información al fin. Y siempre estamos en poder de decisión de qué hacer al encontrarla. Así que la recomendación vale para que aprendamos a reconocer al ego entrometiéndose en nuestros procesos de avance.

Tampoco nos pongamos en resistencia y lucha con él, sólo está repitiendo lo que aprendió a hacer porque en algún momento fue efectivo defendernos de esa manera. Pero ahora con mejores recursos podemos elegir desde qué perspectivas pensarnos, para vivir más amorosamente y en paz, cualquier situación que la vida nos traiga.

A vos, que me estarás leyendo y me inspiraste a escribir esto, muchas gracias. Tomo esta oportunidad para hacerlo extensivo a los demás que puedan sentirse de la misma forma. Y me voy a explicar mejor para que se entienda. En esta vida todo es mucho más simple de lo que nos damos cuenta y todo se puede vivir mejor, aun cuando nos veamos ahogándonos en un océano de dudas o problemas. ¿Por qué? Porque siempre tendremos las mismas dos opciones de elección: dejarnos hundir o aprender a nadar. Dicho de otro modo, para aplicar mejor a todas las demás circunstancias: Siempre estamos decidiendo qué hacer con lo que nos pasa, incluso con lo que sentimos y pensamos. Es nuestro bendito Poder Personal.

El acto de juzgar un hecho, emoción o pensamiento como negativo o positivo siempre nos alejará de permitirnos aceptarlo como es para saber usarlo como el combustible del motor de nuestro crecimiento evolutivo. Y si vivimos una situación y nuestra primera reacción es juzgarla, probablemente activemos diversos mecanismos automáticos (inconscientes) para rechazarla porque nos creemos incapaces de hacerle frente.

Ya hice un artículo hablando de cómo invertir los juicios, y hasta la envidia, a nuestro favor (Te recomiendo que después lo leas acá si te interesa profundizar más). Porque es momento de tomar consciencia del motivo que nos lleva a hacer esos juicios en primer lugar. Si lo hacemos desde una intención de discernir y aprender de algo que nos puede aportar un otro o un afuera, estaremos usando nuestro poder personal para decidir crecer o enriquecernos gracias a ese contexto. Ahora bien, si la intención es rechazar, separar, criticar, culpar, justificar, u otra similar, entonces estaremos anclándonos o resistiendo a cambiar y desaprovechando la oportunidad de dejar que esa situación nos cambie para avanzar.

De nuevo los movimientos son los mismos y son duales. Pero recordemos la ley de dualidad que nos dice que los extremos no son tan opuestos como pensamos. Un defecto y una virtud son dos caras de una misma moneda y lo que vuelve al defecto nuestra virtud es una intención de trascender y nuestra decisión de movernos desde la resiliencia. Por ejemplo: Una persona que critica todo tiene una capacidad soberbia de análisis intelectual que, si se enfocara hacia su interior, capitalizaría en enormes trascendencias por su introspección profunda e inconformista. Y la diferencia vuelve a radicar en el mismo punto: ¿Qué decide hacer con dicha habilidad?

Porque los defectos y virtudes solo son potencialidades y hablan más de nuestros recursos internos disponibles. Si nuestra intención es crear o crecer será vestida con el disfráz de virtud. Pero si está motivada por una intención de resistencia o destrucción, además de estancamiento generará daño a otros y siempre a uno mismo. Y es así de simple, no tan complicado como nuestra mente desde el ego nos está queriendo contar. No sos ni tus defectos ni tus virtudes, sos lo que decidís ser y hacer con lo que tenés disponible en tu interior a cada presente.


Llegado este punto quizás sea útil identificar las frases por las cuales podemos reconocernos hablar desde nuestro ego y desmenuzarlas un poquito.


 "Soy así, siempre lo fui" o cualquiera de sus variantes, nos delata la resistencia al cambio y a la evolución. Anclarse para justificar alguna mala actitud o comportamiento, es la mejor forma de no resolver ninguna molestia, problema o malestar. Nadie ni nada permanece inmune al cambio. La vida es cambio y movimiento constante. Una planta si no crece, se muere. Nadie puede dejar de cumplir años. Ninguna pared resiste impoluta al paso del tiempo. Todo se está transformando y anclarse para resistirse o justificarse con ser el mismo es una completa mentira. Si fueras el mismo siempre no habrías crecido desde que naciste, ni de cuerpo, ni de mente. Da igual si lo hiciste mejor o peor, o si fuiste a un ritmo más lento, porque siempre te estuviste moviendo. Y el acto de sostener lo que nos impide evolucionar siempre será traducido en sufrimiento. La vida tiene dolor, como también tiene amor y tantas cosas más, pero anclarse a definirse y vivir desde el dolor es sufrir. De nuevo, a cada presente podemos elegir si aceptar para dejarnos transformar y avanzar, o resistirnos hasta que los cambios nos quiebren.

Y en este punto entra también la excusa de la edad. Los "Es demasiado tarde para mí" o similares. Si bien no vamos a pensar desde la fantasía, porque una persona de 90 años que siempre soñó correr una maratón probablemente no pueda y no le convenga intentar hacerlo a su edad, sí puede emular la emoción que aquel logro le hubiera provisto en un contexto o con una excusa distinta. Por eso hace algún tiempo había escrito un artículo cuestionando para qué deseamos tanto lo que deseamos (si te interesa, después leelo acá). Entendernos en profundidad va a ser clave para saber cómo darle la vuelta a cada situación y conseguir la plenitud disponible a todo momento. Es en estos casos cuando el ego se pondrá caprichoso y nos puede llegar a decir "pero no es lo mismo, eso no vale nada", sepamos que lo va a hacer porque se resiste a aceptar que su historia de fracaso y lástima por el tiempo perdido ya no tiene el mismo efecto. 


"Los siempre, los nunca y el ¿por qué a mí?" evidencian la mentalidad de victimismo. Aunque si te identificás en este punto, no alimentes a tu ego culpándote. Hay que entender que no estamos acostumbrados a mirar primero adentro. Buscar afuera, ya sea en situaciones o en los demás, las causas de nuestros malestares es algo demasiado común. Y no por casualidad. Pero para entendernos mejor es necesario ordenarse: ¿De quién es la molestia? ¿Es posible solucionarla desde nuestro lugar, con las opciones que sí estén en este presente a nuestro alcance? ¿O seguirás creyendo que tenés que conformarte porque el afuera no va a cambiar? Este punto es extensísimo, porque abarca las ideas de injusticia, los sentimientos de impotencia, los rencores provenientes de humillaciones o de situaciones en las que nos sentimos ofendidos y agredidos por un otro, la obsesión por mantener el control, la idea de que aceptar es resignarse, etc. 

Pero desactivar la mentalidad del victimismo no es difícil, sólo requiere de una especie de traducción. La mayoría de las historias que nos contamos no tienen que ver con lo que realmente pasó, sino con cómo nos sentíamos. Aun cuando sepamos gestionar nuestras emociones, ellas están tiñendo nuestros pensamientos. Y esto es tan simple de identificar como pensar qué nos molestó en un momento determinado. Creemos que nos enojan las actitudes de los demás, pero en realidad nos enojan las ideas que asociamos inconscientemente a esa actitud en particular. 

Veamos un ejemplo: si un nene cada vez que se baña deja la toalla mojada en su cama y la madre, a pesar de habérselo dicho mil veces, no consigue que su hijo cambie dicha actitud, se enfadará y le reprochará su error. Ahora bien, realmente es el desorden lo que tanto le molesta o es la idea que asocia de que a su hijo no le importa lo que ella le dice, que se siente cansada de tener que estar todo el día ordenando la casa, o que nadie se da cuenta de cómo ayudarla (por decir algunas ideas, aunque sepan que podría haber muchas más). Porque la situación no es tan complicada, si a ella le molesta el desorden, le toma menos tiempo, angustia y trabajo, llevar la toalla hasta el canasto de la ropa sucia, en vez de iniciar un reclamo que probablemente no resuelva nada. Y lo que le impide hacerlo de una, son sus ideas que dispararon el enojo. Pero si su hijo finalmente se hiciera el hábito de llevar la toalla al lavadero, ¿creen que el problema se solucionaría para siempre? En realidad, no. Porque esas ideas seguirán pulsando e intentando salir en nuevos contextos. Entonces la única forma de acabar con esa molestia es revisar por qué la madre no se siente valorada o en todo caso que esta molestia la lleve a hacer un cambio más efectivo, como proponer dividir las tareas de la casa y pensar las consecuencias (no castigos) de que cada persona no cumpla con su parte. Pero contarse la misma historia de que ella es la única que se mueve por la familia y nadie la valora como se merece sólo alimentará a su ego para seguir sufriendo.

Y el sufrimiento no sólo impide que disfrutemos de la vida, además daña nuestra salud. Una emoción únicamente dura 90 segundos y esas historias falsas que nos repetimos todo el tiempo son las responsables de hacer renacer esa emoción por otros 90 segundos, en loop hasta la eternidad. Lo que nos genera un estrés crónico, debilita nuestro sistema inmune y a la larga se expresa en síntomas físicos. Porque el cuerpo también nos está queriendo avisar que sostener el sufrimiento no sólo es una tortura mental, sino que a largo plazo se nos vuelve insostenible. No se puede resistir al cambio. Y en esta instancia me permito contarles que en mis ideas neuróticas yo quería hasta evitar que el tiempo no pasara. Me angustiaba todo cambio, ver crecer a mi hija, ver cómo las que creía amistades sinceras no eran lo que pensaba, resistirme a que las formas de siempre ya no me servían más, etc. Porque si de cambios se trata mi personalidad 9 debió aprender a hacer esos cierres de maneras más resilientes. Así que, no les hablo por ser fan de discursos motivacionales, sino desde la experiencia. Y todo mi enorme crecimiento no se debe a tener un 11 maestro de destino, sino a la valentía y la voluntad que invertí en aprender a tomar mejores decisiones. Y ahí sí soy una especie de fan del amor propio y el poder personal, porque no hay historia desde el ego que les llegue a los talones.

Por lo tanto, para resumir este punto recapitulemos que toda historia que nos contemos es relativa. Relativa a un contexto y a nuestras formas de sentirlo, a nuestra capacidad de valorarlo, escalas de valores desde dónde lo podamos comprender/juzgar, etc. Hay múltiples factores influyendo y sobre todo casi infinitos puntos de vista desde dónde comprender una situación. Pero sepamos que el ego usa siempre las mismas: juzgar para denigrar/descalificar, criticar, rechazar, resistirse, culpar, llevar todo a verdades absolutas e inamovibles, victimizarse y problematizar todo. Cuestionar nuestras historias en vez de repetirlas es desactivar las respuestas automáticas de un ego que nos confunde. Porque nos permite tomar responsabilidad y actuar distinto.

Aunque llegado esta instancia me gustaría aclarar que tampoco culpemos a nuestro ego. No es que sea malo, o la causa de todos nuestros sufrimientos, porque si lo pensamos así estaremos cayendo de nuevo en uno de sus trucos. Simplemente nos identificamos con ese ego porque fue lo que aprendimos, lo que en algún momento nos sirvió para defendernos, o lo conocido que traía seguridad. Y tal como sucede con nuestro pasado, una verdadera actitud amorosa y madura, es verlo desde la comprensión y la compasión (distinto al autocompadecimiento) para poder perdonarnos y aprender de ello.


Ahora hablemos de las excusas favoritas de nuestro ego: "¿Viste que tenía razón?", "Yo soy el bueno" o "Los demás son los que siempre están equivocados". El orgullo que alimenta nuestro ego también tiene historia detrás. Crecimos pensando que debíamos ser los niños que se portaran bien para obtener la validación y cariño de nuestros padres y referentes adultos. Como cuando un nene rompe el jarrón de un pelotazo y lo primero que hace es tratar de esconderlo o negar a muerte de que fue el responsable. Y probablemente estas conductas eran reforzadas por un sistema de premios y castigos. Hasta Papá Noel (o Santa) sólo traía regalos a los chicos que se portaban bien. Ahora los padres intentamos criar a nuestros hijos con mayor inteligencia emocional, educándolos en tomar responsabilidad en vez de culpar, aunque a veces nos cueste llevarlo a la práctica. De nuevo se vuelve clave no analizar estos temas desde la culpa ni buscando quiénes fueron los villanos de nuestra historia. Pero no se puede ignorar que la tendencia del ego a sostener desde el orgullo que siempre tiene la razón tiene su motivación principal en la infancia. Lo interesante es preguntarnos: ¿Qué pasaría si yo fuera el responsable? ¿Es tan grave equivocarse? ¿Hay realmente un bueno de la película o la responsabilidad en cualquier vínculo es compartida? ¿Hay algo que pueda hacer ahora para reparar mi error? ¿Tanto me cuesta perdonarme? etc.

En el aprendizaje el error es parte del camino. No era tan grave caerse cuando estábamos aprendiendo a caminar. Ahora tampoco debería ser tan grave equivocarse en cualquier otra cosa. Y tomemos consciencia de que maltratarnos por un error sólo nos lleva a no solucionarlo ni reparar lo dañado. Otra vez tomar responsabilidad con honestidad y perdonarse vuelve a ser el recurso más valioso. Pero no olvidemos la reparación. Y todos estos movimientos no necesariamente tienen que ser con un otro. Hay casos donde pedir perdón no es posible y varias excepciones. Lo que importa es el reconocimiento con uno mismo. Tomar responsabilidad es hacerse cargo y actuar en consecuencia con coherencia. Si se puede transmitir esas disculpas a un otro es casi un bono extra. No repetir el error y hacer lo que se requiera para repararlo también es pedir perdón, pero sin palabras. Y esto lo aclaro, no para que nos salteemos lo incómodo de disculparnos porque sí es necesario, sino porque quizás nos crucemos con otros que no acepten nuestras disculpas y tampoco es bueno culparse por ello. Además, porque decir perdón y después actuar de la misma manera, o no reparar lo dañado, termina siendo inútil. Recordemos estos matices.


Pasemos a la constante comparación con otros que nos sugiere nuestro ego. Es importante entender que catalogar todo, poner etiquetas y medirlo, son movimientos propios de nuestro aparato psíquico. Algunos hablaban de que la mente funciona como una computadora, con sus carpetas y orden de procesamiento de la información. Y estar midiendo todo para entenderlo es una cosa, pero para compararse transforma todo resultado. Lo que cambia es la intención, o motivación interna, desde donde nos comparemos (el ¿para qué?). Mucha gente se siente mal viendo redes sociales, porque no pueden evitar comparar su estilo de vida con el que observan en los perfiles de los demás. Y no voy a sugerir que lo que se muestra no es real, ni voy a ir por ese lado. Porque no debemos poner el foco en el afuera ni en los demás. Lo que puede determinar que dejemos de compararnos o no siempre será nuestra autovaloración. Una persona que se siente bien consigo misma, no busca compararse, no se anda fijando tanto en la vida de los demás. Y el autoestima sano la lleva a observar a los otros desde una mirada más amplia. Si en algún momento se siente mal porque se compara, porque tampoco está exenta a hacerlo, sabe comprender que su sentir proviene de un deseo todavía no satisfecho que le muestra un otro. Quizás use eso de excusa o motor para emprender un nuevo camino o cumplir otra meta. Porque no lo hace desde la intención de juzgarse de más o menos valioso/exitoso que el otro, sino desde dejarse inspirar. 

Pero el ego nos cuenta otras historias, nos lleva a pensar que sólo valés por lo que lograste, y aun cuando siempre exista alguien que logre más que vos y otros que logren menos, nos busca comparar con lo que todavía no logramos para sentirnos fracasados, nos disfraza nuestro deseo genuino de querer algo mediante envidias y saca a relucir las miles de creencias limitantes que asocia con los que sí logran lo que nosotros queríamos. Cuando hablo de las creencias limitantes me refiero a pensamientos tales como "El que hace tanto dinero rápido algo sucio habrá hecho para conseguirlo" o "Seguro que es tan flaca porque se muere de hambre" por nombrar dos ejemplos al azar. Porque el ego es casi un profesional para inventar excusas que justifiquen no admitirnos nuestro malestar verdadero. A los envidiosos no les molesta que al otro le vaya bien, les molesta en verdad que no sean ellos los que lo estén logrando. Por lo tanto, al no admitirse tener siquiera ese deseo, se frenan de toda posibilidad de actuar para conseguir cumplirlo. 

Porque el verdadero motor del ego son los miedos: miedo a no poder, a no ser suficiente, a no tener lo necesario, a estar equivocado, a que nos dejen de querer, a que no nos aprueben, a que nos abandonen o rechacen, etc., etc. Pero en vez de usar el miedo como motor para ir a paso firme y con mayor impulso hacia dónde queremos realmente, lo usa para frenarnos. Por eso esas ideas que le sirven para sostenernos en las mismas actitudes de siempre, son creencias limitantes. Limitan el potencial de crecimiento y expansión constante, que es nuestra verdadera naturaleza. Así que si te encontrás incómodo ante el éxito ajeno preguntate: ¿Cómo podría lograrlo yo también? ¿Que alguien me muestre que se puede, no es una buena noticia en realidad? ¿Qué recursos tengo para conseguirlo yo también a mi forma o adaptado a mi realidad de este presente? ¿Qué haría ahora si no tuviera tanto miedo? ¿Cuál es el miedo que me dispara? ¿Puedo tomar ese miedo como motivación para demostrarme a mí mismo que yo también puedo lograr lo que quiero? ¿Sé qué es lo que quiero? ¿Qué pasos mínimos y fáciles puedo dar ahora para avanzar?

De nuevo la respuesta proactiva desactivará cualquier comparación negativa que intente sugerir nuestro ego. El ego reacciona desde historias pasadas, pero ahora podemos resolver, ponernos en acción y usar nuestras molestias para lograr superar lo que tanto nos molesta. Aprovechemos los cambios y movimientos constantes de la vida para subirnos a la ola y dejar de esperar que nos tiren un salvavidas o nos terminemos de hundir. Jamás subestimen el poder del presente. Todo gran cambio empieza por un paso.


Dejen en los comentarios si les interesaría profundizar más en este tema o qué opinan de lo que leyeron. Realmente me ayudarían mucho si compartieran el artículo con quién pueda interesarle leerlo o decidieran valorar el aporte de mis proyectos con una donación voluntaria. En cualquiera de los casos: ¡Muchísimas Gracias y Miles de Bendiciones! 


 Si te interesa la numerología podés leer qué nos proponen las energías de este año 2026 o contactarme para coordinar una consulta sobre tus números personales.

🫶🏻 Enterate de qué se trata el Lalyverso Soleado acá 

👉🏻 Si te gustó el artículo, recordá dejarme tu comentario, compartirlo y clickear el botón de seguir que aparece en azul a la derecha💕


🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻



Leé artículos anteriores y si te gustaron compartilos 💕