domingo, 8 de marzo de 2026

A vos mujer...

  Más allá de la energía que hayas decidido encarnar en esta vida y tu identidad de género elegida, habitarla en su esplendor, es todo un desafío. La sagrada femineidad es tan compleja que se la malinterpretó y restringió durante siglos. Pero no nos vamos a centrar en ese aspecto, sino en cómo apreciarla mejor para amigarnos con ella como humanidad.

 


  Desde lo físico nuestro cuerpo crea y hace prosperar la vida desde sus inicios. Podríamos decir que el útero femenino es un portal por el cual la vida se manifiesta y materializa en este plano. Portar dicha capacidad sagrada en el cuerpo conlleva miles de implicaciones. Desde el tamaño del útero y su expansión hasta el tipo de desafíos emocionales que nos propone cada etapa de nuestros ciclos hormonales (como hay momentos que nos requieren reposo, otros más movilidad, los distintos alimentos que nutren mejor o tendemos a elegir en cada etapa, su relación con nuestros estados de ánimo, etc). Los estudios acerca de la regulación del sistema nervioso, que tanto se popularizan hoy en día por las redes sociales, están basados en una biología masculina. Porque en una determinada instancia, los médicos que investigaron el tema reconocieron que el cuerpo de la mujer era demasiado complejo y continuaron sus estudios excluyéndolo. Así que, si sos mujer y esas técnicas no te sirven, no te frustres. Todo siempre nos lleva a lo mismo: la necesidad de saber escucharnos, conocernos y encontrar nuestros propios métodos.

  La fuerza de la mujer o la energía femenina no es tan física ni concreta. Se la relaciona más con la suavidad, la ternura, la capacidad de sostener y nutrir desde la emocionalidad, el florecimiento a un ritmo distinto y más cuidado. Es como el agua que siempre está fluyendo y va marcando el cause con paciencia y perseverancia.

  Como en un embarazo o ciclo hormonal, nada puede apresurarse. Sin embargo, nos forzamos a cumplir con las exigencias de un mundo que va a otro ritmo y sin darnos cuenta nos vamos desfasando de nuestro reloj interno. Soy consciente de que en determinadas circunstancias una no puede dejar de cumplir con ciertos compromisos, pero siempre podemos elegir la actitud desde donde los afrontamos y el permitirnos reconocer con más amor y paciencia nuestro estado interno antes de accionar. Porque esos pequeños detalles hacen una gran diferencia.

  Quizás sea momento de suavizar la forma en la que nos autoexigimos, amigarnos con nuestros cuerpos imagen y sensualidad, aplicar esa misma ternura con la que le hablamos a nuestros hijos cuando están aprendiendo algo nuevo, reconocernos vulnerables sin por eso sentirnos débiles ni en peligro, etc.

  Conocer y atender nuestra emocionalidad nos va a dar la estabilidad necesaria para experimentar cómo ese florecimiento es otro tipo de fuerza tan fuerte, o incluso más en ciertos casos, que la fuerza física. Aunque tampoco se trata de comparar ni competir, sino de darle el reconocimiento y valor que tanto nos costó admitir como humanidad.

  La mayoría de las cualidades de la energía femenina sólo florecen en un ambiente seguro. Y creo que ese es el mayor de los desafíos, porque razones para sentirnos inseguras hay en abundancia. Pero lejos de desmotivarnos, podemos utilizar esta cuestión para ganar sabiduría. Usemos esa sensación de seguridad como una brújula, para elegir mejor nuestros vínculos, para saber expresar sin miedos ni culpas nuestras necesidades, para aprender a poner y sostener límites y para crear espacios nuevos de contención. Asumamos nuestro merecimiento de vivir mejor y valorar más lo que sale de nosotras cuando realmente nos sentimos sostenidas. Porque esa nutrición femenina, la suavidad, dulzura, profundidad, intuición, sensibilidad, creatividad, liviandad y alegría son tan necesarias como todas las demás cualidades de la polaridad opuesta.

  Quizás sea momento de que las valoremos más nosotras sin reprimirlas. Empecemos por escuchar nuestros diálogos internos y a analizar en total sinceridad nuestras actitudes. ¿Nos permitimos mostrarnos vulnerables, habitar cada estado emocional y etapa del ciclo, sin juzgarnos ni ignorarlos, por forzarnos a seguir adelante? ¿Nos permitimos pedir ayuda si no podemos con algo, sin sentirnos débiles ni desempoderadas? ¿Cargamos con la responsabilidad de nuestros entornos o sólo nos ocupamos del lugar que nos corresponde? ¿Maternamos a nuestras parejas? ¿Sabemos dejarnos cuidar o siempre somos las que cuidamos de todos? ¿Nos rendimos en sumisión cuando nos controlan, dejando que decidan otros por nosotras? ¿Sabemos expresar nuestro sentir sin miedo aun cuando pueda ser rechazado o juzgado? ¿Moderamos nuestra intensidad para encajar en parámetros de otros? ¿Sostenemos vínculos que nos hacen sentir menos o pequeñas, esos en los cuales no podemos expresarnos completa ni libremente como somos o como lo haríamos cuando estamos en soledad?...

  Podríamos escribir un libro de preguntas y dinámicas para revisar, que también incluya si estamos expresando nuestra polaridad o debemos aprender a restituirla. Porque años de acondicionamiento social nos hicieron fortalecer y habitar más nuestras cualidades más masculinas. Volver a reestablecer el orden interno y habitar nuestra energía (aclaro que estoy refiriéndome a cuestiones más allá del género biológico y la identidad de género elegida) también es desafiante. Debemos reentrenarnos y muchas veces ni nos daremos cuenta que tendemos a desbalancearnos de nuevo. Y este aspecto es potenciado por el desafío de la energía masculina que tampoco supo equilibrarse para expresarse más sanamente. Porque ¿cuántas de nosotras crecimos con modelos masculinos que no expresaban las mejores cualidades de su polaridad? Ni hablar de las malas experiencias que pudimos tener con ellos en las interacciones y las huellas tan difíciles de borrar que nos hayan dejado a nivel inconsciente. Pero estamos en tiempos de transición, donde todos estamos aprendiendo a habitar mejor nuestro poder. Quizás debamos recuperarlo, dejar de temerle, asumirlo con mayor consciencia y amabilidad. Confiemos en nuestra capacidad natural de saber nutrirnos y empecemos por maternarnos a nosotras como hubiéramos necesitado. No nos olvidemos que todo comienza por nuestro mundo interno y que somos las únicas responsables de hacerlo florecer, para después saber sostenerlo y defenderlo poniendo los límites amorosos que sean necesarios. Seamos nuestro lugar seguro para fortalecer nuestra confianza y luego saber decidir mejor. Veamos más las opciones que las limitaciones que nos plantean los desafíos y recordemos nuestras inmensas capacidades de afrontarlos con grandeza.

  Otorguémonos la libertad de ser sin restringirnos ni criticarnos. Porque nuestra naturaleza vino a expresarse y a gozarse, no a estar pidiendo permiso para que la dejemos salir.

  Sé que es un tema demasiado amplio del cual hay muchas aristas que se pueden seguir analizando, pero hoy quise traerles un pantallazo general, como una humilde pincelada, en honor al día de la mujer y al privilegio que tenemos de expresar nuestra femineidad en total libertad y gozo.




👉🏻 Si te gustó el artículo, no olvides de dejarme un comentario y de clickear el botón de seguir 💕



🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻

💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥 

martes, 24 de febrero de 2026

Ansiedad, miedos y energías masculinas

 

  Poco se habla de la necesidad de control que yace por debajo de la ansiedad, ardiendo al infinito como si fuera lava. Hace unos días me encontré felicitando a un hombre que se animó a la vulnerabilidad de admitirse exhausto de lidiar con el estrés y sus niveles de ansiedad. Más allá de admirar en silencio su valentía, pensaba cuántos hombres más se sentirían así y en vez de frenar para reconocérselo, se siguen llevando al límite.

  Antes de continuar con mi reflexión me permito hacer una salvedad de género. Sé, y por experiencia propia, que la ansiedad y el estrés crónico no discriminan por edad ni biología. Pero igualmente, me gustaría exponer la desventaja que hace tiempo vengo atestiguando en los hombres con respecto a su mundo emocional. Y en eso me gustaría profundizar. Por miles de razones distintas las mujeres siempre expresamos más nuestro sentir y eso nos otorga mayor profundidad. Mientras que los hombres lo canalizan en la acción, forzándose a endurecerse para seguir batallando hacia adelante. Cualidad que, acompañada de un mundo emocional estable, es increíblemente poderosa para evolucionar. El tema viene cuando se confunde fortaleza con represión. No es que haya formas correctas y cada uno es tan distinto que no se puede generalizar. Pero aun así es innegable que tender a evadir o autoflagelarse, sobreexigiéndose en arreglar lo que está diseñado para transcurrir, jamás alivió a nadie. 

  Todos lidiamos en algún momento con el miedo a mostrarnos vulnerables. Pero, cultural y socialmente, se asoció la vulnerabilidad con debilidad y a los hombres se los educó para mostrarse estoicos ante las experiencias de la vida y sus constantes desafíos. Más que de masculinidad biológica, estoy hablando de energías. Muchas mujeres potenciaron su energía masculina ante ciertos momentos de adversidad y falta de sostén, tanto que con el tiempo terminaron adoptando la misma actitud de reprimir su emocionalidad que nombraba anteriormente. Está bastante asociada al modo de supervivencia que se nos activa a todos de manera inconsciente. Pero sigamos con el caso puntual de los hombres porque hay mucho más que reconocer.

  Por su naturaleza cognitiva ellos priorizan las soluciones, el movimiento constante y la necesidad de proteger (que se diferencia de la nutrición femenina por el tipo de contención que cada una provee). Frenarse para entregarse a sentir, sin racionalizarlo ni querer controlarlo, les implica un desafío mayor. Tienden a moverse igual porque la pausa trae un silencio que a veces los aterra. Activan la urgencia e intentan reparar, ordenar y apresurarse por seguir en marcha.

  La necesidad, casi obsesiva, de controlar las situaciones tiene de base el profundo miedo a no sentirnos capaces de atravesar las circunstancias imprevistas. Y la ansiedad se alimenta de los miedos. Pero si tuviste ansiedad, o la estás padeciendo, ¿te paraste a pensar a qué le tememos tanto?

  Las respuestas pueden ser infinitas, porque los miedos son ideas o construcciones mentales. Sin embargo, todos tienen una misma raíz. A primera instancia la raíz se halla en el miedo a morir, que termina funcionando como la madre de todos los miedos, pero a veces no está tan claro. Quizás se teme más a sufrir al momento de morir, o a repetir historias de dolor tan profundo que da pánico pensar volver a atravesarlas, a ver morir o sufrir a los que amamos sin poder protegerlos ni prevenirlo, a que algo malo nos suceda, a que no podamos controlar lo que sucede y nos duela o alguien salga lastimado, etc.





  En un cuento, que trataba de un tema completamente diferente, escribí que la mente es una fábrica de ideas en constante producción. Y en realidad es fascinante nuestra capacidad mental creativa, pero el problema viene cuando la fábrica se concentra más en sus productos estrella que en su capacidad de crear nuevos productos que incluyan mejoras y actualizaciones tecnológicas. Cuando se queda aferrada a no descontinuar sus primeras producciones, quizás por apegos costumbre o nostalgia, ignorando que las necesidades del mercado cambiaron y debe ayornarse. Para poner otro ejemplo es como si, porque le tomamos cierto cariño y tendemos a repetir viejas fórmulas, insistiéramos en usar nuestro primer celular en vez de uno último modelo. No está diseñado para las nuevas redes y prácticamente termina siendo inútil, por no cumplir su función de permitir comunicarnos. Pueden ser ejemplos simplistas, lo sé, pero siguen demostrando nuestra creatividad para encontrar perspectivas distintas a las que repetimos siempre.

  La mente traduce lo nuevo a sus conocimientos previos. Es como si inevitablemente pensáramos desde el pasado. El mejor ejemplo de esto es cuando un niño que jamás vio un camello ni sabe lo que es, al ver uno, lo describe como un caballo con dos jorobas o montañas en su espalda. Probablemente estarán pensando que todos aprendimos así de niños y que ahora, como adultos, nuestro pensamiento es más abstracto y evolucionado. Sí y no. Sí es más abstracto y complejo, pero la función de aprender desde los conocimientos o estadíos previos de la mente sigue siendo parte intrínseca de su funcionamiento, más allá de la manera y del área del conocimiento donde la estemos aplicando. Por eso cuestionar lo que creemos saber siempre nos va a llevar a seguir evolucionando. Las preguntas que no logremos responder desde nuestros conocimientos ya adquiridos rompen el equilibrio al acumularse y fuerzan a la mente a crear un estadío superior para responderlas. Son el motor de nuestra evolución mental, por decirlo de alguna manera. Podemos usar esto con los miedos.

  Cuestionar nuestros miedos es mirarlos a la cara. Estás en pleno ataque de ansiedad, soy consciente del grado de dificultad que implica lo que te voy a decir, pero forzate a hacer una pausa para pensar. ¿Es cierto lo que te estás repitiendo? ¿Podés saber qué va a suceder en un futuro, por más que sean situaciones bastante previsibles? ¿No estarás siendo demasiado absolutista y, sobre todo, pesimista? ¿Si es como pensás, cuál es el peor escenario que te imaginás? ¿Qué podrías hacer en el peor de todos los casos? ¿Hay algo que realmente puedas hacer ahora o solo te queda aceptar y confiar? ¿No te conviene recordar que todavía nada de eso sucedió y que simplemente no sabés qué va a pasar?

  No le temas a pensar los peores escenarios, sólo recordá que son simples ideas y la mayoría falsas o sin sentido. Porque también cuando evitamos pensar lo peor, por forzarnos a ser optimistas, nos dañamos. Generamos miedo de tener miedo o miedo a entrar en ansiedad, sumando más leña al fuego. Nuestro mundo mental (y hasta el emocional, porque un miedo sólo busca alertarte de que te protejas de un supuesto/futuro riesgo) no es peligroso, porque siempre estamos en poder de decidir qué ideas creemos ciertas, cuáles alimentamos o sólo dejamos pasar como tantas cosas que se nos ocurren y jamás le damos importancia. Y si estás tan seguro de que conocés lo que va a pasar, porque probablemente te repetís que ya te pasó mil veces, dejame hacerte una pregunta incómoda: ¿Estás 100% seguro de que vas a tener aire para respirar la próxima hora, o sólo lo suponés? La vida siempre es incierta, más allá de los escenarios que se nos repitan en similitud con experiencias pasadas y no podemos ignorar el 1% de las probabilidades sólo por tener miedo, porque aun cuando le temamos o no, sigue siendo una probabilidad.

  Entonces, si los miedos son simples ideas que nos disparan una alerta, que además está basada en un escenario futuro completamente incierto, ¿por qué les tememos tanto? Quizás esta respuesta sea más personal, pero creo que la mayoría intentamos huir de lo que nos pueda doler o causar sufrimiento. Por eso hacer una pausa y cuestionar nuestras ideas puede desactivar la cadena de pensamientos de un ataque de ansiedad. Iluminar nuestros temores siempre va a ayudarnos a desmantelar las historias de que estamos en peligro, el modo de supervivencia y los estímulos que activan crónicamente al stress. Otra clave está en la pausa. Una simple respiración, profunda y lo más consciente posible, nos recuerda dónde están nuestros pies ahora, cómo suena nuestro corazón, lo amoroso que es nuestro cuerpo (aun cuando intenta protegernos de un peligro inexistente) y que en cada presente existe la paz y una posibilidad de actuar distinto cada vez.

  Y llegado este punto me permito retomar el principio. A veces sólo intentamos racionalizar para controlar lo que sentimos, en vez de animarnos a sentir e ir pensando con mayor calma. Muchas, sino todas, de nuestras tomas de consciencia provienen luego y de forma automática. Decimos que nos cayó la ficha. Pero no sucede por casualidad y en cualquier momento. Ese pensamiento necesita espacio, silencio y calma para aparecer y además precisa de que estemos atentos a escucharlo y a no dejarlo pasar. Y siempre va a suceder como consecuencia de haber vaciado nuestra fábrica de ideas de sus productos ya vencidos. Por eso la vulnerabilidad es realmente una fortaleza. Nos permite animarnos a sentir sin miedos, a expresar esos embrollos mentales, que a veces ni sabíamos que cargábamos en las espaldas. Es cierto que es incómoda, porque nos deja expuestos y quizás en un pasado nos hayan lastimado al hacerlo, pero cada presente es una nueva oportunidad de rebatir esa vieja idea. Y no se pierde nada, al contrario, descubrís que se gana demasiado atravesando un simple instante de incomodidad.

  La incomodidad también se llama incertidumbre. Y la incertidumbre es sólo no saber lo que sucederá. El hecho de que la asociemos con malas experiencias o dolor, proviene -de nuevo- de nuestro pasado. Un hombre que no sabe, no es incapaz ni débil. No siempre tiene que estar solucionando todo, y hay situaciones que no requieren una reparación, porque no están rotas ni dañadas en primer lugar. No siempre tiene que poder con todo y eso tampoco le quita valor ni admiración a lo que sí logra día a día. Por más que quiera y sea capaz de proveer y proteger desde el amor más sincero a un otro que ama, no es su responsabilidad sino su elección. Y si al hacerlo constantemente ignora que hay momentos en los cuales necesita cuidarse primero, se va a hacer demasiado daño. Además de no terminar ayudando a ese otro, porque se hunden juntos. Cuidar implica primero cuidarse, si no estás bien lo que des se transformará en sacrificio y con el tiempo te vas a dar cuenta de que lo necesitabas para vos primero. Además, si no sabés cómo cuidarte, probablemente no cuides a un otro, lo vas a intentar controlar sin darte cuenta o vas a trasgredir su libertad y capacidad de resolver por sí mismo esa situación a su manera, que quizás sea distinta a la tuya. Lo pudiste haber forzado a recuperarse rápido, no por generosidad como creés, sino porque su dolor te exponía en vulnerabilidad a tu propio dolor y preferís evadirlo. El saber cuidarte de verdad es lo que hace que después lo puedas replicar con un otro desde la elección y no desde la necesidad. Quizás te definiste como el que resuelve, el que cuida y con el que todos pueden contar. Y no es que no sea un rol motivado por intenciones bondadosas, sino que a veces funciona como nuestro mecanismo inconsciente de percibirnos como los buenos e imprescindibles para los demás. O tal vez aprendiste que amar implicaba hacer las cosas bien y ganarte el cariño, siendo el niño bueno. Y de esa forma normalizaste desatender tu sentir y tus necesidades básicas, porque, además, quizás cuando las pediste o comunicaste te rechazaron haciéndote sentir débil. La fortaleza del hombre (o de la energía masculina) no radica en que las cosas no le afecten emocionalmente, sino en proveer la calma y seguridad necesarias para gestionarlas distinto. Y la verdadera valentía radica en saberse dejar incomodar para reconocer con honestidad lo que uno siente o necesita.

  Quizás estés tan exhausto como creés, pero no por las razones que imaginás. Lo que agota es sostener el personaje, hacerse el fuerte porque es lo que aprendiste que era tu rol, ignorar tus emociones por querer que pasen rápidamente, forzarte a avanzar cuando realmente necesitás atenderte, sobreexigirte a hacer siempre más, o evitar reconocer que hay momentos en los que no podés y eso no te hace menos ni incapaz. Claro que la acción y productividad siempre te pusieron en movimiento, y hasta te pudieron dar miles de resultados, pero si no te permiten disfrutar el paso a paso, quizás no sea momento de forzarte a seguir igual. Tal vez necesites entenderte mejor para saber qué sentís en realidad, reconocer tu riqueza emocional y dejarte cuidar más. Seguramente si los hombres cambiaran el foco de dirección de su energía un poquito, de vez en cuando, aprovechando esa capacidad de autosuperarse que tan natural les sale con cualquier proyecto, redireccionándola hacia su sentir, el avance que conseguirían sería inmenso. 

  Por último, les comparto otro aspecto de la ansiedad que me impulsó a escribir acerca de ella relacionándola con los hombres o la energía masculina. Una vez escuché a alguien decir que en un ataque de ansiedad hay dos ideas opuestas en conflicto y que el cuerpo, al detectarlo, envía una sobrecarga de energía para tomar alguna de ambas decisiones; pero como somos inconscientes hasta de nuestra contradicción, la energía no se canaliza adecuadamente y busca fugarse como una olla a presión que estalla. En mi experiencia pasada con los ataques de ansiedad pude ver que este análisis era cierto. Me reconocí en conflicto entre lo que realmente quería hacer y lo que consideraba que debería o que otros necesitaban/esperaban que yo haga. El hecho de que en un ataque de ansiedad el cuerpo bombee más rápido la sangre enviándola hacia las extremidades, también puede entenderse como esa respuesta en busca de solución que se activa de inmediato. Algo similar y mucho más efímero sucede con los enojos, porque internamente aumentamos el nivel de energía para movernos o defendernos como respuesta al sentirnos ofendidos o atacados de alguna manera. El tema es que no nos entendemos y a veces ni siquiera reconocemos habernos sentido ofendidos en primer lugar. Solemos culpar a situaciones externas, personas o circunstancias. Mientras que toda emoción se origina en nuestro interior, por lo tanto, la dispara un pensamiento. Conocerse y hacer las pausas necesarias para atender nuestro mundo emocional con profundidad nos permite descubrir que la mayoría de esos pensamientos son inconscientes o provienen de esas ideas que se nos quedaron grabadas por repetición o trauma. Así que si sufrís de ataques de ansiedad te invito a que reflexiones cuándo te sucedieron y si no había un conflicto interno que lo disparó. Porque en caso de que lo reconozcas, podés sumar a las preguntas de tu pausa: ¿Cuál es el conflicto que estoy viviendo? ¿Qué es lo que quiero hacer realmente, más allá de lo que correspondería? ¿Me estoy forzando a cumplir con las expectativas de los demás? ¿Cómo puedo satisfacer mi necesidad interna o deseo en este momento, puedo decirlo en voz alta? ¿Y si pruebo sólo comunicar lo que quiero o me pasa y no me adelanto a pensar lo que va a pasar ni a adivinar las reacciones de los demás al decírselos? ¿Realmente puedo saber con certeza lo que los demás piensan, opinan o esperan de mí o estoy suponiendo de nuevo?, etc.

  Quizás esa misma contradicción entre "el querer" y "el debería" del ataque de ansiedad se refleje más en los hombres, presionados socialmente por no detenerse a sentir y mostrarse siempre imbatibles. Y por esas razones culturales o de crianza muchos hombres estén expresando aún más estas contradicciones y el hecho de que no suelen detenerse tanto a profundizar en sus emociones los aleje de resolverlo mejor. Es una idea, y repito, también aplica para todos los géneros y edades con sus variaciones. Sólo noté cierta tendencia que me nació compartir. Dejame tu opinión en los comentarios.




👉🏻 Si te gustó el artículo, no olvides de dejarme un comentario y de clickear el botón de seguir 💕



🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻

💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥 

viernes, 30 de enero de 2026

Siempre hay mucho que decir

  Quizás este sea el artículo más difícil que me nació escribir. Mi ego se resiste, pero el poder de mi vulnerabilidad lo pide a gritos. Así que respiro y dejo que caigan las palabras más sinceras...

  Desde que comencé con mi pasión de ofrecer herramientas, técnicas o reflexiones de autoconocimiento, me acompaña un sentir. Está latente, aparece sólo en ciertas ocasiones y luego vuelve a dormir.

  Soy consciente de que hay miles de personas proponiendo ideas como yo. No pasa por la competitividad, o ahora ya no, porque en un principio sí me juzgaba sintiendo que lo mío, si no funcionaba tanto (en términos de productividad como seguidores y esas métricas), no debía ser tan valioso o suficiente. Hace un poco más de siete años ya que nació este proyecto y yo cambié demasiado en el recorrido. Al principio me apoyé en Patricia mi profe, porque pensé que mi único rol era el de darle difusión a su valiosísimo aporte. Pero, tal como ella me dijo, al conocerme y ver mis números personales, tenía una maestría que poner a disposición de otros. Me tomó mi tiempo juntar confianza, decidir qué actividades estaba lista para desarrollar por mi cuenta para sumar a las de Patri, y más tiempo para animarme a crear el canal de YouTube. Si bien siempre me fue bastante fácil hablar frente a una cámara o delante de grupos numerosos (el colegio ya me había preparado desde muy jóven y mi 11 maestro hacía el resto al explicar mis ideas), no es lo mismo que hacerlo en persona. Noté que entraba en un personaje, sin darme cuenta siquiera. Me juzgaba de más al ver cómo había quedado cada video, me autoexigía grabándolo varias veces, etc. Pero todo formó parte de mi experiencia. Un poco forzado al principio, aunque desde una intención demasiado pura, más fluido y amable cada vez.

  A veces sentía que me hablaba sólo a mí. Mi abundancia creativa era abrumadora. He llegado a tener que obligarme a dormir, porque cuando me relajaba apoyando la cabeza sobre la almohada, era el mejor momento para captar las ideas más poderosas. Grababa tantos videos que los tenía programados con meses de antelación. Por eso sentía que me estaba hablando a mí, el día que se publicaba el video programado, siempre resonaba algo del tema hablado con lo que me venía pasando. Lo tomé como recordatorios. Lidié con miles de frustraciones, hice varios cursos y apliqué un montón de fórmulas para ganarle a los algoritmos siempre cambiantes, me repetía que no importaba a cuánta gente llegaba mi mensaje mientras que esté disponible y al menos a una persona le llegue al corazón. Pero mentiría si les dijera que ver los números que crecían demasiado lento, o a veces se estancaban, no me afectaba. Como todo en esta vida tenía una resonancia con algo mío interno. Mi valor, el valor de mi palabra, la libertad que había elegido darle a mi voz (en honor a tantas veces que la había censurado), el mal hábito de medirse por los resultados o la falta de ellos, mi autoestima que fui redefiniendo mejor cada día, la certeza de que lo que ofrecía merecía ser reconocido escuchado y hasta retribuido materialmente, etc. Pero, por sobre todo, había un deseo mayor impulsándome a no rendirme. Sentir que lo que estaba haciendo tenía sentido y había nacido de una vocación demasiado genuina como para ignorarla por miedos, vergüenzas y juicios.

  Las formas fueron cambiando con el tiempo, mis intereses también. Aunque la esencia siguió pulsando, creciendo y expresándose con nuevos recursos y actualizaciones. Aun así, una sensación profunda me seguía los pasos. En mi vida personal cada experiencia que logré trascender me dejaba el tesoro de su aprendizaje, la oportunidad de actualizar la narrativa con mi estado interno del momento y aplicar mis decisiones más conscientes y amorosas en mi vida cotidiana. Se fue forjando sin darme cuenta el pilar de la coherencia. Valor interno que prácticamente fue el verdadero motor de mis mejores transformaciones. Esta sensación ponía en duda mi coherencia. Cada dos por tres aparecía como un susurro para decirme que, si había aprendido tanto, ciertas situaciones, no debían volver a repetirse en mi vida.

  Con el tiempo comprendí que esa sentencia me estaba haciendo más complicada la existencia. Las personas de alta sensibilidad no sólo captamos mayor cantidad de estímulos de una situación puntual, sino que además nuestros procesos cognitivos son más profundos. Para decirlo de otra manera, nuestra mente suele darle más vueltas a cada experiencia. Creer que llegaste a un pensamiento base y luego descubrir que había mucho más escondido y asociado, es absolutamente lógico y no sólo para una persona de alta sensibilidad. De nuevo estaba midiendo mi evolución según mis resultados, aunque esa vez fueran más internos que externos. Recuerdo el momento en el que me vi en esa encrucijada y decidí grabar uno de mis videos hablando del avance no lineal en nuestros procesos (si te interesa verlo, hacé click). En estas últimas semanas me di cuenta de mucho más.

  Los que tengan senderos con números maestros me entenderán mejor. Aunque seguro que los demás también pueden sentirse identificados. Cuando uno atraviesa en su vida experiencias demasiado fuertes, traumáticas y de un sufrimiento profundo, trascenderlas implica poder verlas desde múltiples perspectivas. El cuerpo y nuestro inconsciente nos protegieron del dolor más difícil de asimilar en aquel momento. Eso deja una marca o huella, una memoria. Uno puede cambiar su narrativa, darle tanto amor hasta que se reorganice para expresarse con mejores interpretaciones, ver y llorarlo, expresarlo mil veces, hacer de todo y sentir que la huella sigue ahí. Es que en realidad no se trata de borrarla. Hay ciertas experiencias que marcaron nuestro destino. Y aun cuando las hayamos entendido, a tal punto de agradecerlas con sinceridad de corazón, el cuerpo conserva el registro.

  Hace una semana o dos mi cuerpo expresó todavía recordar mi registro más doloroso de desamparo. Volví a sentir, después de años, que había algo más profundo que no estaba viendo. Y el juicio acusatorio de la coherencia se despertó de su letargo. Por eso escribir esto le cuesta tanto a mi ego, aunque mi alma y cuerpo saben que es necesario. Yo siempre intento mostrarme como soy, en autenticidad y honestidad. Cada palabra de mis artículos y reflexiones sale de mi corazón, por eso es tan valiosa para mí. Y revisando las últimas entradas de este blog, mi sentir cobra más sentido en lo personal. Ya me estaba diciendo la asociación inconsciente que tanto me costaba admitir. Algunas circunstancias incómodas me vinieron sucediendo sin respiro desde noviembre del año pasado. La mayoría de ellas las afronté con resiliencia. Sabía que lo más importante era mi decisión, que ya era capaz de mirar y expresar lo que sentía por más intenso que fuera. Hace tiempo que vivo con la premisa de que lo importante no es lo que pasa ni lo que sienta, sino qué decido hacer con ello. Me sentía segura, fortalecida y enraizada en mi verdad. Pero a veces la vida te sacude de varios frentes en simultáneo, como una tormenta, como lo hizo hace tiempo de la forma más dolorosa para mí. Y uno se olvida que la verdadera fortaleza no viene de afuera, ni de decisiones internas, ni de una energía enraizada, sino de la fe. Y no hablo de lo religioso. La fe en la vida, la fe en que uno va a estar bien, la fe en que uno es capaz de volver a sentir ese desamparo tan profundo que duele ahora al escribirlo, y que marcó tanto en un pasado tan lejano, y renacer. 

  Porque el inconsciente habla en simbolismos y a veces eso hace que nos sea tan difícil de entender por qué asocia ideas, en apariencia, distintas. Porque no se trata de ser más conscientes para vivir una vida feliz, sino de aprender a ser feliz en cualquier estilo de vida, y de saber que estamos decidiendo cómo vivirla. Cuando estas situaciones se presentan creer que el mundo está en nuestra contra es demasiado habitual. Por eso perdemos la fe, porque venimos construyendo desde dentro y vemos cambios a nuestro al rededor, aunque no sea lo importante, sino saber sentirnos mejor en cada situación, ganar autonomía y derrochar más amor; pero cuando te encontrás sobrepasada con múltiples situaciones incómodas de afrontar, te planteás si no estarás delirando y si la realidad te está mostrando lo que más te cuesta ver. Y en parte la "solución" es un mix variado de todo eso y un poco más. Porque no existe forma de solucionar lo que se creó desde el nivel de consciencia en el que se ve como "problema". Hay que elevar la vibración para apreciarlo desde el nuevo nivel del espiral (como decía en el video anteriormente nombrado), que es superior y nos permite una mejor mirada, más amplia. Para ejemplificar esta idea, puedo poner de ejemplo nuestro sentir y las ideas asociadas en un momento cualquiera de nuestro pasado que nos haya desafiado. Aquella situación fue interpretada a primera vista como problema, lo peor que nos podía suceder en ese momento, como perder un trabajo que creías seguro. Quizás eso habilitó que te permitas explorar nuevas vocaciones y explores mejores caminos, que llevaron a mayor autorrealización futura. Pero desde el presente ese propósito mayor, beneficioso, no se percibía como tal, sino como "problema". Entran a jugar su papel cada momento asociado del pasado en el que te viste frente a un imprevisto que juzgaste como negativo a primera vista. Saltan los no puedo, esto me supera, no tengo lo que necesito, qué voy a hacer, quién soy yo sin ese trabajo, cómo voy a afrontar lo que viene, arruiné mi vida, tengo una familia que sostener, este es el peor momento para cambiar, no sé lo suficiente para empezar de nuevo en otra cosa, quién me va a valorar o elegir, etc., etc. Y si en otro momento de tu vida, quizás la infancia o alguna circunstancia que te confrontó más profundo (generándote un trauma), lo sufriste demasiado, tu cuerpo sale al rescate. Intenta ayudarte, protegerte, hacerte ver cómo lo estás viviendo, pedirte un cambio de actitud o al menos tomar consciencia de tu dolor más profundo que quizás seguiste sosteniendo por costumbre, por haber sido parte de tu historia de vida, por ser lo que antes te definía a un nivel más estructural y no lo supiste. Semejante estrés expresa un síntoma. Encima al descubrirlo te preocupás, exacerbás esos miedos de impotencia y la sensación de profundo desamparo. Pensar que deberías aceptarlo y confiar en la vida parece un delirio, una creencia demasiado optimista. Pero la vida con el tiempo te demuestra lo contrario. Tenías que confiar, eso te estaba reubicando en el mejor lugar, aunque en ese momento no lo pudiste prever. Por eso nuestra confianza y seguridad no puede estar puesta en circunstancias externas. Tiene que venir como un caudal interior que le diga a nuestro cuerpo que ya no está en modo supervivencia, que no es necesario activar soluciones biológicas, ni causarnos más daño para aprender, porque se puede aprender desde lugares más amorosos que desde el dolor. 

  Yo he sido testigo de múltiples ocasiones, incluso personales, en las que el simple hecho de no aferrarse a una interpretación negativa determinante y permitirse confiar, hace que nuestra energía siga su curso más fluido. Los resultados que aparecen son mejores, a veces hasta imposibles de creer. Es que quizás esa situación sólo venía a enseñarnos a atravesar aquellos miedos más profundos, que a veces olvidamos que todavía existían en nuestros registros. Pero si desmenuzamos cualquier situación, nuestra alma sabe por qué la generó en primer lugar. Y la mente es demasiado limitada para entenderlo en ese momento, está llena de ansiedad por salir rápido del dolor, intenta escapar, lo tapa, lo niega, se deja vencer por las imágenes de escenarios futuros aún más terribles que quizás jamás sucederán, pero que está acostumbrada a pensar. Lo único que domina esa mente inquieta es nuestra decisión. Podemos ver pasar como nubes en el cielo cada pensamiento sin alimentarlo como verdad. Entregarse a confiar de que pase lo que pase, se sienta lo que se sienta y se de cómo se de, tenemos en nuestro interior un infinito arsenal de recursos para vivirlo mejor. Tenemos la certeza de la fe, de que nada viene a nuestra vida por error, de que hay algo superior que nos mantiene en este presente todavía respirando, por lo tanto, le interesa conservar nuestra vida. Esa fe a veces se siente delirante, poco realista o fantasiosa. Claro que cada uno podrá decidir en qué creer. Pero aporto el recordatorio (no menos importante) de que en realidad todo en la vida es incierto, especialmente no sabemos cuál será nuestra última respiración, y no por ello nos preocupamos de conseguir lograr inhalar el oxígeno del aire una vez más. Lo damos por garantizado, lo normalizamos y esa certeza nos da tranquilidad, aun en el último momento de nuestra vida, de nada sirve preocuparse por respirar una vez más. Pasa que nuestra mente es la que se olvida de esa incertidumbre, es la que le teme a lo que no puede catalogar. Entonces termina siendo lógico que busque referencias de nuestro pasado para entender y cuando en nuestro pasado hubo dolores tan grandes que afrontar, el miedo será mayor o más profundo de ver. El simple hecho de conocer cómo funciona esta mente nos permite no creerle todo lo que nos propone. Nos invita a tener más compasión con nuestras ideas y estados de ánimo, a enseñarles a confiar. Porque, aun en el peor de todos los escenarios, de nada sirve vivirlo desde el miedo y la preocupación, porque el alma sabe de esas transformaciones que se sienten como muerte, pero terminan en resurrección. Y precisamente para ejemplificar esto se me viene a la mente uno de los últimos artículos que escribí en el año pasado, un año 9 de cierres/duelos a diferencia de este 1 de nuevos comienzos con miradas superiores e integradoras desde lo que ya se trascendió. El post hablaba sobre la primer "herida de separación" y cómo la vivimos de forma traumática hasta tomar verdadera consciencia de que jamás existió separación y que era momento de dejar de danzar con la ilusión (leélo acá si te interesa profundizar más).

  Seguramente esta nueva entrada será como un recordatorio más a mí misma, aunque sino es así y a alguien más le tocó el corazón o le aportó una nueva perspectiva, mi vulnerabilidad se sentirá más validada y mi alma se reirá conmigo otra vez. 




👉🏻 Si te gustó el artículo, no olvides de dejarme un comentario y de clickear el botón de seguir 💕



🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻

💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥 

lunes, 26 de enero de 2026

Creatividad divino tesoro sanador


 Hace tiempo que noto y vengo hablando sobre el inmenso poder de nuestra creatividad, pero quizás hoy, lo haya entendido aún mejor.


  Si resumimos la ansiedad como "urgencia" y a la depresión como "ausencia de deseo" (aunque estaríamos reduciendo demasiado ambas problemáticas súper delicadas) un excelente antídoto para las dos sería activar nuestra creatividad.

  Hacer un acto creativo, sea cual fuere, siempre nos anclará al presente y a nuestro poder de darle vida a algo nuevo, que hasta un segundo antes de crearlo no existía. No subestimemos el poder que nos aporta nuestra creatividad. Cuando sentís que la vida te drena, te agota, se te consumen los días y te ahoga la supervivencia; darte el permiso de crear puede percibirse como un salto hacia un estado superior.

  No hace falta que seas artista, tengas grandes cualidades ni una inmensa imaginación. Se puede crear cualquier cosa: sacar una foto de cómo refleja la luz en el piso, un plato de cocina nuevo, un garabato, escribir frases sueltas o palabras inconexas, hacer trazos con pinceles o lápices de colores al azar, ponerte música y expresarte moviendo el cuerpo como te nazca, cambiarle la letra a una canción, inventar una melodía, jugar a hacer formas en plastilina, doblar servilletas buscando que se parezcan a una flor, avión o pájaro; lo que sea que se te ocurra va a servir.

  Mucha gente deja en estado de letargo a su creatividad con los años. Pero hasta cuando te ponés a bailar cuando nadie te mira, estás creando movimientos nuevos o combinándolos de una nueva forma. Todo el tiempo estamos creando, a menos que lo dejemos en estado latente y nos olvidemos que tenemos esa habilidad.

  Por eso reactivarla de manera consciente, al menos un par de minutos hoy o por día, le da un respiro a nuestra alma. Le recuerda a nuestro cuerpo que no estamos consumiéndonos, sino generando vida nueva de alguna manera y que somos protagonistas en vez de víctimas.

  Siempre tuve una mente creativa, mi alta sensibilidad lo potenciaba, pero durante mis años de depresión vivía en piloto automático. Seguía la rutina que creía inevitable, sin pensar, anestesiada y sin animarme a imaginar siquiera algo distinto. También recuerdo el enorme impulso que me dio cuando mi hija me invitó a bailar unas coreografías en Just Dance. No fui tan consciente de ello en el momento y ni bien se acababa la canción me forzaba en volver a mi estado anterior de tristeza. Años después y habiendo superado la depresión (con terapia), estaba limpiando mi computadora de archivos pesados y encontré todos esos videos. Mi sonrisa durante el juego era inevitable, la energía compartida con mi hija me conmovió al vernos, pero ya no pude evitar notar cómo debía esforzarme para volver a mi personaje o estado depresivo al terminar la coreografía. Era tan evidente que me quedé verdaderamente impresionada de no haberlo notado en el momento. Quizás necesitaba ver la transformación de mi postura corporal al volver a la rutina, al olvidar lo tanto que amaba bailar y cómo mi hija me lo recordaba, aunque yo insistía con cortar ese alivio lo antes posible. A la distancia se me hizo extremadamente obvio lo bien que me hacía reconectarme con una de mis pasiones, aunque haya sido por un rato. Y lo mucho que me habría servido ver esos videos antes, o que alguien me hubiera invitado a reconocer mis cambios de ánimo por aquel entonces. Traigo este ejemplo personal porque estoy segura de que aquellos cambios, además de activar una de mis pasiones, me ayudaron a reavivar mi creatividad y a cortar con la rutina. Esas pausas fueron demasiado necesarias y probablemente uno de los pasos que luego me llevaron a animarme a tomar la responsabilidad de decidir hacer terapia. Como si hubieran sido uno de los puntos de inflexión en mi camino. 

  Por otro lado, en algún video decía que el poder de nuestra creatividad nos podía hacer sanar un vínculo con alguna persona que ya es imposible contactar. Nuestro inconsciente habla y entiende el lenguaje simbólico, las representaciones. Escribirle una carta no es menos real que una conversación presencial. No me creas, comprobalo por vos mismo. ¿No te pasa que te emociona una serie, película o libro? ¿No te encariñás con un personaje o hasta te enojás con algún villano de vez en cuando? Tu mente registra que es una historia ficticia, pero tu inconsciente la vive tan real, que te hace disparar emociones como si estuvieras en la pantalla o en la hoja del libro interactuando con los personajes. Por lo tanto, esa capacidad estará siempre disponible para dirigirla conscientemente hacia resolver asuntos pendientes. Y en el menor de todos los casos, al menos conseguirás expresarte libremente sin juicio. Funciona como descarga emocional, por eso también recuerdo que en otro video proponía hacer un diario emocional para registrar todo lo que cada emoción o momento necesite decir. Siempre será mejor expresarlo, en lugar de acumularlo en el cuerpo.

  La propuesta de hoy es sencilla, pero no por eso menos poderosa: Reactivá tu creatividad. No la olvides, ni la dejes dormida por mucho tiempo. Y en caso de que quieras aprovechar aún más las energías del uno de este año, comenzá un nuevo proyecto creativo. Las posibilidades son infinitas y ¿mirá si descubrís algún talento oculto...?

  Si te animás, dejame en los comentarios tus resultados u opiniones.




👉🏻 Si te gustó el artículo, no olvides de dejarme un comentario y de clickear el botón de seguir 💕



🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻

💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥 


domingo, 4 de enero de 2026

2026: Año 1

   Antes que nada, espero que hayan tenido unas excelentes fiestas. Si no fue así, no se preocupen que tampoco importa demasiado. La vida siempre te da nuevas oportunidades. Cada noche al dormir, es como si apretáramos un botón de reseteo y al abrir los ojos de nuevo, sólo se puede ver en presente e imaginar nuevos escenarios hacia adelante.

  Quizás de eso se trate un poco esta energía del uno. No implica únicamente los nuevos comienzos, además trae consigo una pista. Nos recuerda que el camino es de a uno. Nos invita a mirar hacia adentro y a dejar de adoptar decretos de otros acerca de cómo será nuestro nuevo año (lo mismo vale para este artículo). Nadie salva a nadie, no existen fórmulas mágicas y, sobre todo, los métodos colectivos suelen fracasar.



  El uno nos invita a ver nuestro propio camino, a habitar cada instancia de a un paso a la vez. No sé si a todos les pasa, pero a veces me saturan las redes sociales y el algoritmo de los intereses. Se me llenan los feeds de consejos, trucos, rituales, lecturas y predicciones. Algunos podrán pensar que estos espacios (como el blog, mi curso o mi canal de YouTube) se prestan a ello. Sin embargo, mi intención siempre fue muy clara. El camino es individual, nadie más que uno va a vivir nuestra vida y nadie te puede entender mejor, más que vos mismo. Por lo tanto, el compartir estas reflexiones tiene el único objetivo de sugerirte tus propios análisis y cómo inspirarse de los entornos para enriquecer, a tu forma, tus procesos internos y externos. Hay que siempre andar traduciéndolo todo a nuestro propio lenguaje, a nuestra melodía única e irrepetible.

  Por eso el uno es tan especial. No sólo da inicio a un nuevo ciclo, es el que se anima a hacerlo distinto, primero o a su forma única y particular. Porque no existe una verdad para todos. Cada circunstancia tiene múltiples perspectivas desde dónde se la puede ver distinto. Según las intenciones, los valores personales y la capacidad de valoración de cada uno, podremos percibir diferentes aristas. Y es gracias a compartir aquellas percepciones con los demás, que uno puede inspirarse a abrir la mirada y a encontrar nuevos puntos de vista o mentalidades. Y como cada uno es dueño, director y protagonista principal de su historia, sabrá mejor que nadie, qué enfoque elegir que le aporte mayor trascendencia. No todos compartimos los mismos intereses, valores, recursos ni objetivos. Quizás en el fondo, todos busquemos la misma felicidad, pero cada uno tiene un concepto distinto de lo que ella significa.

  No te dejes abrumar por las decisiones y sugerencias de los demás. Pensá en tu camino, en tus pasos, en tus necesidades, en tus motivaciones internas y en cómo nutrirlas mejor. Usá los contextos para conocerte más. Si una situación o actitud te indigna, ¿qué pasaría si en vez de rechazarla con críticas, cancelaciones o quejas, te permitís pensarla como una elección que no está alineada a tus intereses y valores? Lo tomás de ejemplo de lo que no querés replicar para vos en tu vida y simplemente seguís encargándote de tu lugar. Muchas veces ni nos damos cuenta la cantidad de energía que se nos drena al juzgar lo que hacen los demás, en vez de mirar nuestro camino. Además, esos juicios no suman, no suelen contemplar ningún tipo de compasión y se basan en las ideas que nos hicimos sobre otros que, por lo general, casi ni conocemos. Sin darnos cuenta nos subimos a un pedestal de superioridad moral y señalamos los "errores" los demás, como si nosotros fuéramos perfectos o alguien nos hubiera dado la potestad de juez por unos instantes. Pero como ya dije, podemos verlo como una opción. A mí estas opciones no me parecen nada interesantes, aunque cada uno decidirá cuál elegir.

  Los nuevos comienzos vienen con nuestra tan conocida incertidumbre de la mano. La vida misma es incierta. Lo nuevo se presenta y nos podemos sentir como un niño que mira con ojos de asombro y curiosidad lo que le plantean los nuevos desafíos, o también, como una persona insegura que teme a lo desconocido. Pero como ya hemos planteado en otros artículos, lo que nos asusta verdaderamente no es lo que no conocemos, sino nuestras ideas de que lo incierto, al escaparse de nuestro control (y a veces de nuestra comprensión), puede ser algo dañino o peligroso para nosotros. Ahí es donde entra la autoconfianza y los recursos internos para afrontar cada paso con la certeza de sentirnos capaces y de permitirnos disfrutarlos en vez de sufrirlos. Tampoco hay que juzgarse por sentir miedo ante lo desconocido, porque temer no es un impedimento para seguir avanzando. Nos hará falta juntar coraje y animarnos a descubrir lo capaces que somos de trascender esas incomodidades y hasta de crecer gracias a ellas.

  El uno, que nos recuerda la individualidad, nos invita a conocernos más. Cuando uno se mira, con o sin miedos, va entendiendo que esa necesidad de controlar proviene de nuestras inseguridades y que sólo nos trae resistencias. La vida siempre avanzará y la diferencia radica en fluir con ella o luchar contra lo inevitable. Si fluimos, poniendo consciencia en lo que a veces nos cuesta emocionalmente dar cada paso, llegaremos a saborear el disfrute. Pero si luchamos, vamos a terminar sufriendo el camino, sintiendo que la vida nos empuja hacia los abismos.

  Quizás ese uno del año nos invite a, esta vez, hacerlo distinto. Quizás sea la primera vez que dejemos de resistirnos y nos animemos a confiar más para fluir mejor. O tal vez nos descubramos a nosotros mismos en nuevas versiones, que ya aprendieron a aceptar y permitirse dejarse sorprender de una manera más optimista.

  De nuevo todo es cuestión de elecciones. Si estamos plantados en nuestro lugar, encargándonos exclusivamente de lo que somos responsables y nos corresponde, el enfoque estará más claro. Si nos toma desprevenidos o distraídos en historias de los demás, quizás nos lleve un poco más de tiempo o un par de vueltas sobre el mismo lugar, pero también podremos verlo como la oportunidad de ordenarnos mejor. Puede que nos invite a redirigir nuestra energía, a retomar nuestro poder personal de decisión, a habitar nuestros espacios y hacerlo a nuestro propio estilo, ritmo y forma.

  Ante lo incierto las posibilidades son todas, e infinitas. Y si esto te abruma o te preocupa, te invito a que revises en tu historia personal las veces que te encontraste dando un primer paso, los miedos y dudas con los que lo hiciste, para luego descubrir lo capaz que fuiste de superarlo y hasta disfrutarlo o crecer con ello. Siempre vas a encontrar esos ejemplos que te devuelvan la confianza y motivación. Porque en realidad, logramos mucho más de lo que registramos día a día. Pasa que nos solemos enfocar en las pocas cosas que no se nos dieron, en vez de en todos nuestros avances. No me creas, preguntate si no te sentiste inseguro o incapaz de aprender algo nuevo, hasta que después de un tiempo se te volvió tan cotidiano que ya lo naturalizaste y te olvidás de valorarlo como un logro. Por darte un ejemplo rápido cuando éramos chicos nos habrá costado aprender a caminar, leer, escribir, estudiar, etc. etc. Y todo aquello lo fuimos logrando, pero no lo valoramos tanto porque nuestra mente siempre se enfoca en el nuevo desafío a cumplir, en vez del camino ya recorrido.

  Si algo nos enseñó el nueve del 2025 es a discernir entre dos tipos de sostener completamente diferentes. Cuando nos resistimos a aceptar que algo ya cumplió su ciclo en nuestra vida, no nos animamos a soltarlo porque en el fondo sentimos que perdemos algo o una parte de nosotros se muere con lo que se debe dejar ir (identidad, o simples hábitos/roles como quién soy ahora "sin ser el novio", "sin ser el hijo", "sin ser el empleado", etc.); de forma automática activamos el primer tipo de sostener. Es el que pesa, te aplasta, te asfixia o estruja el corazón. El que se culpa, porque sabe que debe soltar, animarse a mirar la pérdida a la cara sin velos y reconstruirse; pero se resiste. A veces da un par de pasos convencido, pero le cuesta sostener la decisión en el tiempo y flaquea. Termina volviendo a sostener lo que ya murió, a sobreadaptarse a lo que no tolera más y posterga lo inevitable. En cambio, existe el otro tipo de sostener que plantea un desafío distinto y que el uno de este año nos pide que llevemos a la práctica el haberlo descubierto en las teorías. Porque no sólo sostenemos lo que no nos hace bien, también debimos aprender a sostener lo que sí nos libera. Habitar lo nuevo, saborear la paz y sostenerla en el tiempo. Entender que nuestras actitudes desde la supervivencia ya caducaron, que ahora estamos al mando decidiendo desde mayor consciencia y nos toca sostener las decisiones que nos ayudan a caminar más livianos. A no volver a cargar peso sobre nuestras espaldas, a vivir desapegados permitiendo que los entornos vayan mutando, a entender que no existe una pérdida real y que las nuevas versiones requieren compromiso y coherencia. Este sostener se vincula con la presencia, con no querer huir de los momentos y permitir que sean como son. También se aprende a sostener lo necesario, lo bueno, lo nuevo, lo aliviador. E implica reeducar a nuestro sistema nervioso haciéndole ver que ya estamos seguros, que baje la guardia y que se relaje. Sostener la paz puede sentirse igual de desafiante que hacer los movimientos más incómodos para cambiar lo que ya no da para más.

  No podemos olvidarnos que todos los arquetipos numéricos incluyen sus frecuencias vibratorias más bajas, o su lado más desafiante. En el caso del uno debemos mencionar características como la impaciencia, los caprichos, las tendencias a actuar más desde el egoísmo sin medir las consecuencias que podamos generar con nuestros actos en nuestros entornos, el sobresfuerzo y la falta de contemplación de nuestro cuerpo emocional. La energía uno es más visceral, de acción y movimiento. Le convendría no ser tan impulsivo o contemplar un avance con mayor suavidad, compasión y registro de sus emociones. Aprender a descansar y disfrutar un poco más, en vez de concentrarse tanto en seguir avanzando y recordar que no hay apuro. Conocer estos aspectos nos sirve para tenerlos presentes a lo largo del año y la forma en la que vamos haciendo esos movimientos. Si nuestro objetivo es disfrutar el recorrido, hay que revisar si no nos estamos sobreexigiendo, si no vamos avanzando demasiado acelerados, a lo brusco e impulsivamente. Reflexionar más, descansar, regular el ritmo, escuchar a nuestro cuerpo y nuestro sentir, evaluar si no nos estamos obsesionando o volviendo demasiado tercos y obstinados, no entrar en competencia con los demás sino enfocarse en superarse a uno mismo por elección y no por necesidad ni buscando validación externa, etc.

  Otra tendencia actual es pretender resultados rápidos, evitar incomodidades y sobrevalorar lo teórico/racional. Y combinado a las cualidades más desafiantes del uno, puede llevarnos a potenciar la impaciencia, la desconexión con lo más humano o con la sabiduría del corazón, la negación de nuestras emociones más incómodas de sentir, la crítica hacia los demás sin mirar si no estamos haciendo lo mismo que tanto detestamos, o entrar en conflictos innecesarios. No necesitamos fórmulas mágicas, a veces es cuestión de ser más amables con nosotros mismos y con los demás. Pero, por sobre todo, se trata de ser conscientes. De actuar desde lugares más sanos. El uno es el que inicia, pero no nos podemos olvidar los aprendizajes ya acumulados de los ciclos que cerramos, porque si no estaremos dando vueltas en el mismo lugar. Si cambia el año, pero no cambia ninguna actitud en mí, volveré a ver los mismos resultados y encima con mayor agotamiento y frustración. En cambio, si aprendí a amarme un poco más, a habitarme más conscientemente, a disfrutar más de mi presencia y a fluir mejor; el ciclo que inicio se sentirá como una gran renovación. Lo importante es no olvidarse de que estamos siempre decidiendo cómo responder, desde qué actitud y hacia dónde queremos ir.

  Les deseo que este sea el inicio de mejores etapas, el primer año de un gran ciclo de evolución amorosa y que podamos disfrutarlo con mayor plenitud.




👉🏻 Si te gustó el artículo, no olvides de dejarme un comentario y de clickear el botón de seguir 💕



🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻

💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥 


sábado, 29 de noviembre de 2025

En espirales


No sé si solo me sucede a mí, no sé si entiendo lo suficiente.

A veces el mundo me duele demasiado e intento cambiarlo o ignorarlo, para que no me aplaste.

Otras, me doy cuenta de que no se puede vivir plenamente si uno finge demencia.

Casi siempre llego a la misma conclusión: todo comienza y se soluciona con AMOR.

El que crece recibiendo amor sano no necesita lastimar, competir, ni arriesgar un bienestar común por intereses personales pasajeros. ¿Pero quién de nosotros recibió tanto amor para aprender a amarse de verdad y actuar desde aquel lugar tan pacífico? Querer cambiar al mundo, o a otros, se nos volvió una costumbre. De esas que duele seguir sosteniendo, de las que dividen en extremos opuestos e irreconciliables lo que siempre compartirá la misma esencia.

Aprender a darnos lo que no recibimos es todo un desafío. Creemos que cuando lo logramos ya está y que lo que nos queda es más orgánico y natural de transitar. Pero no. Porque también te acostumbrás a inconscientemente creer que estás solo para todo. Y aunque es cierto que uno mismo es el único dueño, responsable y capitán de su camino, tampoco hay que olvidarse de que somos seres sociales. De que merecemos ese apoyo, esa contención, sentirnos seguros, abrazados y acompañados desde lo más genuino que nace en el corazón de un otro que nos mira.

Que ese otro tampoco sabe muy bien cómo se hacen las cosas y que va aprendiendo a cada paso como nosotros. Que la perfección, ni la total autosuficiencia, jamás fueron las principales metas. Porque no son reales, porque viviríamos siempre frustrados, porque agotarían hasta al alma más vital del planeta.

También dudamos de merecer en profundidad ese cuidado, sostén y cariño sincero de un otro. Porque si lo merecíamos tanto desde el principio, ¿por qué la vida no nos lo dio y nos forjó a tener que buscarlo en las profundidades de nuestros abismos? 

Pero la vida nunca nos hizo nada, salvo regalarse para que la experimentemos a nuestro estilo, lenguaje y ritmo. Baila con nosotros, nos acaricia con cada respiración y nos despierta con los rayos del sol, para que recarguemos nuestras ganas y lo intentemos nuevamente al despertar cada mañana.




No hay deberías, ni supestos lógicos que nos potencien a amarnos mejor. De hecho no sufrimos por amor, sino por la ausencia de él. Y cuando esa brisa de paz nos toca la piel, generalmente nos protegemos. Creemos que no estamos seguros, que no hay nadie en quién confiar, porque todos se van a ir en algún momento. Que nada puede ser tan bueno si es así de desinteresado. Que para qué ilusionarse tanto, si la euforia es tan efímera que se nos escapa entre los dedos, antes de poder sentir su perfume, el mismo que llevamos soñando décadas e imaginando en miles de cuentos.

Quizás solo debamos recordarnos que ya no estamos sobreviviendo, que no es necesario que sigamos sacando adelante todo solos, cuando los que nos aman están ansiosos de que le aceptemos esa mano que nos ofrecen, ese oído sincero y la mirada desde dos almas que reconocen el mismo cansancio. Abrirse a confiar de nuevo, aunque cueste, es también aprender a amarse. Suavizar las palabras de lo que nos contamos diariamente, emborracharlas de dulzura, de compasión y permitirse ilusionar sin culpas ni miedos. Sabiendo que, si falla o no, ya no interesa. Pero por, sobre todo, que nos habilitemos a entrenar el pensamiento de que puede llegar a salir todo mucho mejor y más fácil de lo que imaginamos. Que no era todo tan terrible, que esas percepciones venían desde nuestros miedos e impotencias. Que lo único que se necesita es coraje y ganas. Lo demás va apareciendo con los espacios y los silencios.

No sé si a todos les resonarán mis palabras, a veces ni sé si alguien me lee. Otras pienso que me escribo a mí misma para anclar pensamientos que no quiero que los borre el tiempo. Igualmente siento la satisfacción de expresarme, como me salga, en honor a las veces que no me di esos lugares, a las que me tragué mis palabras y a las que, en vez de escucha o apoyo, recibí críticas y culpas. Y cuando lo recuerdo se me hace inevitable seguir expresándome. Hacer cualquier acto artístico, bailarlo frente a un espejo. Porque la vida sabia me susurra que la creatividad es mi reflejo y que no hay propósito más que el que yo elija a cada momento. Que hay que amar, amar y amar hasta enamorarnos de lo que somos y que al desbordar de amor nuestros ojos verán más claro. Verán distinto, desde la aceptación y el permiso de que cada uno elija lo que quiera, pueda o necesite. Y que solo podemos aportar nuestra mirada, energía y el acto creativo de amarnos mejor con cada respiración.




👉🏻 Si te gustó el artículo, no olvides de dejarme un comentario y de clickear el botón de seguir 💕



🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻

💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥 




domingo, 23 de noviembre de 2025

Mirar adentro para dejar de danzar con la ilusión



¿Cuántas veces te dijiste: "No me eligen, no me quieren, no soy suficiente, me quieren si me callo, me quieren si encajo, me quieren si soy complaciente" -o algo similar- sintiendo que tenías que ganarte el amor de los demás y convirtiéndolo así en un campo de batalla?

Si te resuenan mis palabras y estás cansado de esa lucha, seguí leyendo esta reflexión con la mente abierta. Bajá las armas del ego y apoyá su escudo en el suelo, porque acá no hay ningún combate, urgencias, ni adversarios.

El amor no duele, porque no lastima. Duele su ausencia, los apegos, o creerse separados de lo superior, divino, total (o como quieras llamarlo según tus creencias) que antes de nacer sentíamos pertenecer.

Éramos una unión indivisible y quizás esa fusión con la totalidad sea una definición más adecuada para el amor. Porque el amor incluye tomar el interés común como propio y por eso no lastima, se dañaría a sí mismo mientras daña a un otro. Y aunque sintamos la separación con lo trascendental y eso origine en nuestro interior aquel famoso vacío, nunca dejamos de llevar en la sangre nuestra esencia.

El amor, la unión, el todo, la esencia, aquella fusión con nuestras raíces... En este aquí y ahora sigue latente dentro nuestro, aunque no la veamos por distraernos buscándola afuera. A pesar de que dicha búsqueda sea completamente inútil, frustrante y dolorosa sino entendemos de dónde viene.

Lo vivimos como heridas de rechazos y abandonos de un otro, hasta de entornos, contextos, etapas y lugares (que esto te resuene demasiado ahora no sería tan extraño, teniendo en cuenta el año 9 que estamos transitando, ya que es el de los cierres y finales). También lo confundimos con pérdidas, como si al pasar los años nos fuéramos fragmentando y esas partecitas nuestras se nos desprendieran con la brisa al caminar. Si no hacemos la pausa necesaria para cambiar esa narrativa, sentiremos la nostalgia de un pasado que nos va rompiendo y el crecimiento abrumador -y despiadado- de ese vacío en cada paso.

Porque nunca estuvimos separados. Ni siquiera encontraremos el origen de esas "heridas" de abandono o rechazo en nuestras primeras memorias de esta vida. Creo que el mejor ejemplo, que se me ocurre para que se entienda lo que quiero decir, es el del embarazo y nuestro nacimiento. Estuvimos en el cuerpo de nuestra madre, con todo a nuestra disposición, fundidos en plena armonía con la totalidad. Sintiendo el ritmo de la vida suceder y nutriéndonos con cada sonido del latido del corazón de mamá. Ese repiqueteo de tambores, como el tic tac de los relojes, nos daba paz y confianza. No debimos sentirnos más seguros en ningún otro lugar, ni experiencia, que durante el embarazo de nuestra madre. No había dolor, daño, peligro ni indiferencia. Sólo la contención del amor moldeándonos cada célula con ternura.

Y de repente, la vida nos expulsa afuera. Nos arranca de aquel abrazo constante para dejarnos llorando en un mundo que nos aterra, porque no lo entendemos. Nuestro inconsciente lo interpreta como un abandono, un rechazo a seguir viviendo de esa simbiosis tan perfecta y luminosa que nos embriagaba de amor. Pero no se originó en el útero primero, sino al decidir encarnar. Aunque de eso ni conservemos memorias.

Como un trauma lo replicamos hasta el infinito. Con cada vez que nos dejaron llorando solos, que no nos entendieron, que nos juzgaron, que nos convencieron de que no debíamos sentirnos de esa forma, o que sentimos que no había manera posible de no defraudar a los demás. Se gestó de a poco la sensación de que había algo demasiado malo en nosotros que era indigno de amor, o algo roto que debíamos reparar. Pero a pesar de todos nuestros intentos la angustia no calmaba, habitándonos como una huella invisible e imborrable. 

Ya no importa el primer dolor, ni su origen, porque nuestro interior lo sigue cargando. Y cada presente encierra una nueva posibilidad de tomar consciencia para liberarlo definitivamente. Dejar de aceptar migajas de amor a cambio de volver a siquiera sentir un segundo de esa paz tan preciada. Dejar de buscar afuera lo que creo que calmará el grito del vacío que me come por dentro. Dejar de anestesiarlo con distracciones o adicciones esporádicas que considero que emulan algún atisbo de aquella paz...

Porque el alma sabe. Sabe que nunca fue rechazada, que nunca la abandonaron y que jamás dejó de ser y experimentar ese amor pacífico, aliviador y balsámico. Sabe que no hay vacío ni ausencia, que no hay separación. Y espera paciente. Espera a que recuerdes quién sos. Espera con la dulzura de una madre cuando acaricia al bebé entre sus brazos por primera vez. Aguarda a que recuerdes que el sonido de los latidos de tu corazón, son el mismo pulso del amor que recorre tus venas. Espera que recuerdes que estás hecho del mismo material cósmico que hace brillar a las estrellas. Que nunca te separaste, ni te puede abandonar tu esencia. Que del mismo modo que ese espacio vacío mantiene los elementos de un átomo siempre unidos, nada se pierde. Que todo está cambiando y transformándose, pero tu esencia la llevás a donde sea que vayas y es la que te hace brillar más fuerte con cada respiración. Que sos ese amor indivisible, en una forma y envase distinto nomás. Y que, si en algún momento te volvés a olvidar, podés cerrar los ojos para sentir de nuevo a tu paz abrazándote en tu interior.

Ya no hay rechazo ni abandono, más que tu olvido pasajero. Te podrás entretener un rato danzando entre ilusiones, hasta que, al elevar la vista, verás a tu reflejo aplaudiéndote de pie. Y al bajarte del escenario, te mirarás en el espejo del camarín para reconocerte otra vez.




👉🏻 Si te gustó el artículo, no olvides de dejarme un comentario y de clickear el botón de seguir 💕



🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻

💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥 



Enterate acerca de qué se trata mi Curso online...

¿Te animás a probar mi curso online?

  El Curso de Autoconocimiento SOMOS SOL ☀️ es para vos.  Cuando queremos hacer algún cambio, recurrimos a diversos métodos que no siempre l...