¿Te pasó que estás un sábado tranquila y dispuesta a tomarte un rato para vos (puede ser leyendo un libro o viendo una serie) pero empezás a escuchar una voz que te recuerda que todavía tenés tareas pendientes? Quizás te sugiere que ordenes los juguetes de tu hijo para después no tener que ordenar el cuarto entero. O tal vez te recuerde que podrías estar haciendo un bizcochuelo para acompañar el mate, adelantando alguna compra, o armando viandas para ahorrar tiempo en la semana... Y dejás el libro o apagás la tele.
A veces ni nos damos cuenta de que muchos de los mandatos los heredamos sin haberlos escuchado en palabras, o no de una forma tan directa. También solemos llamarnos egoístas por priorizarnos, y si hablé en femenino no fue por casualidad. Nuestra mente además de estar llena de historias es increíblemente eficaz. Tiende a protegernos del peligro. Y aunque pienses qué peligro puede haber si te dedicás un tiempo para darte un gusto, no vas a encontrar una respuesta exacta. Porque fue algo heredado, pero sin palabras.
Quizás veías a tu mamá abrumada con mil cosas que hacer todo el tiempo. La mía me ha llegado a decir que de los 5 que éramos en la familia la razón por la cual no se contagió varicela fue porque no tuvo ni un minuto libre. Y claro, fuimos los cuatro cayendo de a uno, mi papá hasta terminó internado, y ella ahí como un roble cuidándonos a todos, de a uno por vez. Y cuando me lo dijo así era algo tan evidente que jamás pensé en su mensaje indirecto, en el subtexto que aportaba. Pero mi mente lo registró de inmediato: "No hacer nada hasta puede llegar a enfermarte". Y se programó esa alarma en mi inconsciente. ¿Cómo no pretender que mi mente me cuide del peligro de no hacer nada o de relajarme tranquila si pondría en riesgo mi salud? Sé que es un ejemplo muy específico y hasta absurdo si lo pensás mejor. Porque estar sin descansar un segundo te estresa y el estrés baja las defensas, por lo tanto relajarte no sólo no te enferma, sino que además, es necesario para no vivir acelerada y poniendo en riesgo tu salud.
Como este ejemplo hay miles. Si viste que criticaban a alguien por levantarse más tarde un sábado, no haber hecho ninguna tarea doméstica ni actividad "productiva" (u obligatoria), las miradas de fastidio por pedir lo que querías, o si le decían a alguien querido que no podían ir a atenderlo en ese momento porque estaban demasiado cansados; debieron haber causado el mismo efecto que mi ejemplo anterior. Probablemente llamaban a esa persona "egoísta", por priorizarse ante los demás. Ya escribí otros artículos hablando de esto (que te invito a leer después acá o este otro acerca de los desafíos que enfrentan los padres y madres solteros). Porque tenemos un concepto erróneo asociado a la palabra egoísta. Y en dicha malinterpretación incluimos priorizarse como un acto reprochable. Pero si te parás a pensar un segundo se cae de maduro...
Nadie más que vos va a estar toda tu vida con vos. Nadie más que vos merece prioridad y esto se debe a que si no te priorizás lo que vas a darle a los demás no va a ser más que migajas, actos forzados por cumplir en vez de haber sido generados desde un deseo genuino, y ni hablar de que si no estás bien no podés cuidar a nadie. Sí, a tus hijos tampoco. Y por esto hablé en femenino. La mayoría de nosotros creció viendo los constantes sacrificios que hacía nuestra madre y encima por nosotros. Es absolutamente normal entonces que sintamos culpa o nos juzguemos de malos padres si no ponemos a nuestros hijos por encima de cualquier prioridad en la vida. Más allá de cualquier costo, más allá de nuestra salud, o de que ellos reciban una versión totalmente agotada de nosotros. Y esto se agranda porque hace tiempo que las mujeres no se dedican a la casa y los chicos con exclusividad. Pero no es mi intención entrar en ese tema ni mucho menos juzgarlo, simplemente lo nombro como otro factor más que influye principalmente en las madres.
Además, la neurociencia transgeneracional nos dice que la invisibilidad femenina se hereda bioquímicamente a través del linaje materno durante al menos 3 generaciones. Porque las cargas emocionales no resueltas se transmiten epigenéticamente y se refuerzan a través del entorno. Esas conductas que observamos en nuestra madre, abuelas o tías, nos moldean sin darnos cuenta. Esto implica que absorbimos los miedos a ser vista, el miedo a ocupar el espacio, miedo a destacar (como nombraba en el artículo anterior a través de uno de mis cuentos), miedo a ser deseadas y miedo a tener poder. Y por esas lealtades invisibles cada vez que intentamos romper con esos patrones nuestro sistema nervioso entra en crisis, o nos sentimos culpables sin entender por qué, ya que estamos verdaderamente decididas a superarlo y ese deseo nace de una motivación profunda y genuina. Pero te tiemblan las manos, sentís puntadas en la boca del estómago, se te quiebra la voz, etc. La verdadera trascendencia es posible, pero quizás debamos entendernos mejor para dar pasos distintos a los que creímos. Porque en estos casos decir afirmaciones y forzarse a dar saltos al vacío no es suficiente; de hecho, puede ser contraproducente si lo hacés desde la sobreexigencia. O podés terminar haciéndolo, pero seguir sintiendo esa culpa que te impide disfrutarlo como te merecés.
Todas esas imágenes absorbidas y heredadas por el contexto, por lo no dicho en voz alta, fueron alimentando una culpa que ya pasa lo racional porque se corporiza. Tu cuerpo siempre busca protegerte. Si esas historias las entendimos como peligros, de manera inconsciente, es lógico que para sacarte de la situación de riesgo el cuerpo active la alarma de la culpa. Y tampoco basta con pelearnos con esa culpa al aparecer. Hay que reentrenar al cuerpo para que entienda que ninguna de esas situaciones representa un peligro real. Y es un desafío que se tiene que llevar paso a paso, con paciencia, sin juicio (porque entramos en el loop de culparnos por sentirnos culpables) y al igual que con las emociones, hay que poder observarlas desde la consciencia para decidir algo mejor pero sin forzarnos. Necesitamos entrenarnos para sentir una seguridad real, profunda e inquebrantable.
No es por meter el chivo, pero en mi curso de autoconocimiento se ven estas cuestiones con mayor profundidad. Porque qué hacemos ante la incomodidad o ante el instante en el cual reconocemos un patrón que vuelve a aparecer es casi un arte. Así que me tomo el atrevimiento de recordarles que el link de mi curso online aparece al final del artículo.
Es que no se trata sólo de que activás el modo de complacer a todo el mundo abandonándote, sino que esto cala más profundo. Te va llevando a pensar que sos lo que das, por ejemplo la madre más sacrificada es mejor madre que otra que distribuye su tiempo sin olvidarse de que antes que madre es mujer. Te empuja a postergar tu vida por otros y cuando esos otros ya te dejan el espacio para que te dediques más a vos, quizás ni siquiera sabés en qué te gustaría emplear tanto tiempo libre. Porque tu deseo no se apagó, pero le bajaste tanto el volumen que ahora que tenés tiempo te cuesta escucharlo o saber entenderte. Además, si te rompiste tanto intentando llevar todo a flote, seguramente tu cuerpo te recuerde que no fue gratuito. Por lo tanto, hay veces que se vuelve vital priorizarse.
No sólo tus seres queridos merecen una versión más genuina y relajada tuya, vos lo merecés en primer lugar. En especial para hacer mucho mejor lo que sea que te propongas o te vaya trayendo la vida. Para no poner tu vida en segundo plano ni esperar cumplir con todo y todos para luego descansar. Y para permitirte disfrutar, en vez de sólo sobrevivir.
Es clave entender que, sin darnos cuenta, aprendimos a complacer a costa de nuestro bienestar (después mirate mi video sobre personalidades culposas y complacientes, en especial si sos PAS) que normalizamos el interrumpir el libro/serie por revisar los mensajes del celular que no paran de sonar, en vez de silenciarlo por un rato o de revisarlo cuando hagamos una pausa. Y nos vaciamos llevándonos al límite. Justificamos el amor que les tenemos a los demás para seguir presionándonos. Creemos que les vamos a fallar, que se desilusionarán de nosotras o que incluso correrían peligro. Porque ahí entran a jugar las historias que nos armamos para usar el disfraz de salvadora. Y no son nada inocentes. No sos la buena de la película, la que siempre da todo lo que tiene y nadie lo valora. Quizás no estás reconociendo que en el fondo lo hacés para después exigir o demandar que te den lo que merecés recibir de vuelta, y de la misma forma sufrida si es posible. Se activa la herida de la injusticia, fortalecés tu identidad de la sacrificada, puede que se te escapen comentarios pasivo-agresivos sin darte cuenta o decidas hacer actos pequeños motivados por tu resentimiento que podrían considerarse como pequeñas venganzas. Y todos salen perdiendo, pero vos primero. Sí, porque siempre todo parte de uno mismo primero y priorizarse responde al orden lógico natural. A pesar de que tu cuerpo se sienta en peligro, te culpes y de que, si lográs superar ese impulso de atender la urgencia, después pagues el costo de llamarte egoísta.
Primero por vos, por tu salud mental y física. Y después, también por los demás y el amor genuino que te despiertan.
Un consejo que podrías aplicar desde ahora, si algo de todo lo que leíste te resonó, sería que aprendas a escucharte más. Cuidá no hacerlo para criticarte o pensando que hay algo malo en vos que hay que cambiar con urgencia. Hacelo desde el reconocimiento. Todos nos merecemos una vida digna y mejor. Reconocé tu impulso por abandonarte, no darte los gustos, no dedicarte a disfrutar sin juzgarlo. Identificá qué sensaciones sentís en el cuerpo al hacerlo o al pensarlo siquiera. Imaginate en una situación que deseás y venís postergando hacer, nada tan lejano ni enorme. Algo simple como comprarte un chocolate, salir a caminar, ir a la plaza, dejar el teléfono por una hora, etc. Y sentate en algún lugar cómodo, cerrá los ojos y visualizate dándote ese gusto. Registrá qué pasa en tu cuerpo al imaginarlo, sentís alivio o alegría, podés saborearlo; o tenés los hombros levantados, movés compulsivamente una pierna, abandonás rápido la visualización o aflora cualquier síntoma de tensión o disfrute pero casi forzado. No te apures por salir del momento. No te culpes ni te juzgues por sentirte como sea que te salga. Sólo observate. Porque a veces es cuestión de entrenar mejor nuestra escucha interna, o de ir a un ritmo más suave, para registrar el momento exacto en el que la alarma aparece. Y si podés escuchar esa voz ¿qué te dice? ¿es tan cierto? ¿reconocés el tono de alguien de tu infancia?
Una vez que te vas acostumbrando a escucharte sin juicio, el siguiente paso es recordar que esa voz o alarma es heredada y se grabó como una respuesta a un contexto que ya no existe. Mirala con compasión, decile a tu cuerpo que le agradecés que intente protegerte pero que ahora estás a salvo. Repetite con suavidad que estás seguro cada vez que te reconozcas escuchando tu señal de alerta. No te fuerces ni tampoco dejes que te venza. Es como un entrenamiento o un ejercicio del gimnasio. Un pasito nuevo cada día, de a uno por vez.
Probalo y cuando lo logres desactivar de su modo automático, permitite disfrutar sin miedos. Redefiní tu escala de prioridades. Date unos cinco minutos todos los días, algo más fácil de cumplir que de no intentarlo siquiera. Y en un tiempo no vas a necesitar repetirte que ya estás a salvo, porque lo vas a saber habitándolo desde la certeza. Como el aire que está siempre disponible para que lo respires y no le andás pidiendo permiso ni teniendo que esforzarte para ganarlo. Simplemente está ahí para vos, como esa seguridad, la confianza y la eterna calma del presente.
Si sos mujer, recordá que la energía femenina va a un ritmo más sutil. Se mueve con suavidad, nutre desde un amor tranquilo que abraza con la mirada. No hagas nada corriendo ni bruscamente, intentá ir más lento desafiando las supuestas exigencias de un mundo obsesionado con la productividad. Además, siempre habrá un tiempo para cada cosa, como en tu ciclo hormonal que habitás distinto el cuerpo según cada etapa del mes. Y si tenés opción tomate unos minutos para sincronizarte con el ritmo de la naturaleza, observala, inspirá con ella y dejá caer todo peso hacia tus pies.
Les propongo que si se sintieron identificados con este tema dejen sus experiencias en los comentarios, para que le sirva a otros leernos. Muchas veces tenemos estos actos tan incorporados que no nos damos cuenta hasta que un otro lo expresa en palabras. Así que animensé a comentar y a compartir el artículo con quien lo necesite.


