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domingo, 13 de septiembre de 2026

¿Por qué tantos siguen sin recibir lo que necesitan afectivamente? | Vínculos sanos


Hablemos desde el corazón sin críticas, juicios ni condenas. A veces no recibimos lo que necesitamos porque ni siquiera creemos merecerlo, sabemos pedirlo o logramos sostenerlo cuando aparece.

Las necesidades afectivas son componentes esenciales para la salud mental y no representan debilidad ni capricho. Son los requerimientos psicológicos básicos que todos tenemos para alcanzar un desarrollo emocional sano, equilibrado y en plenitud. Sin cubrirlas nuestra autoestima jamás será sólida ni lograremos cultivar relaciones interpersonales sanas como nos merecemos.

Las más principales son: Sentirse querido, valorado y aceptado incondicionalmente; contar con un espacio físico y emocional donde reine la confianza, seguridad y protección; ser validado emocionalmente sabiendo que tus sentimientos importan y pueden ser expresados en libertad sin ser juzgados, criticados o desde la necesidad de defenderlos ante las opiniones de los otros; sentir la pertenencia que te otorga reconocerte como parte de una familia, grupo o comunidad, etc.

Hay dos ámbitos que se deben contemplar a la par. Por un lado, el afecto interno que conlleva autocuidarse, el amor propio, la autosuperación y un mayor reconocimiento de los logros de todo tipo que hayas venido consiguiendo. El segundo se trata del afecto externo, basado principalmente en recibir una escucha genuina, apoyo, cariño y valoración en tus vínculos. 


Un lugar también es mío
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos


La adultez no siempre implica madurez emocional. Poder reconocer cuáles fueron y son nuestras necesidades afectivas, cubrirlas con nosotros mismos primero desarrollando la inteligencia emocional requerida para después también saber comunicarlas asertivamente en nuestros vínculos es un proceso que lleva dedicación y una voluntad estoica.

El primer paso es un reconocimiento sincero y profundo. Se necesita revisar nuestra historia, mirar con ojos nuevos la familia de origen que nos acompañó en nuestro primer crecimiento y qué recibimos de ellos. Porque sin darnos cuenta sentamos una base inconsciente de cómo seguir creciendo y relacionarnos en nuestro futuro adulto.

Muchas familias fueron en apariencias funcionales. Padres que proveían de lo necesario para el crecimiento a sus hijos mediante educación, recursos materiales, cuidados médicos, actividades extraescolares, organizarles fiestas de cumpleaños y llenarlos de regalos en navidad o reyes. Pero no solo se trata de cubrir los aspectos más estructurales o físicos. ¿Hubo disponibilidad emocional? ¿Se interesaban por saber el nombre de sus amigos? ¿Qué les decían cuando se enojaban? ¿Les enseñaron a lidiar con la frustración o los culpabilizaban criticándolos de caprichosos? ¿Admitían equivocarse? ¿Los hacían sentir vistos, queridos o importantes más allá de sus logros académicos o las tareas familiares que les exigían cumplir? ¿Cómo les hablaban cuando debían retarlos? etc., etc.

Una gran parte no percibimos la presencia emocional de nuestros padres como realmente necesitamos. En especial los que crecimos en familias disfuncionales donde el afecto no fue demostrado de maneras sanas, los gritos eran moneda corriente y no estaba permitido pedir nada. También otros vieron la balanza más inclinada del lado de uno de los progenitores y cómo ese padre/madre hacía los mil malabares para inútilmente compensar la ausencia e irresponsabilidad (a veces sólo emocional) de la otra parte. 

Y esos niños crecimos sintiéndonos no merecedores de cubrir necesidades tan básicas como una escucha sincera y de validación sin juicio a nuestros estados emocionales, el respeto por nuestra identidad o gustos personales y la demostración de un interés genuino. Algunos se sobreexigieron en trabajos o vínculos por sobrevalorar la validación externa que inconscientemente seguía persiguiendo la aprobación paterna/materna jamás obtenida. Otros simplemente se resignaron a asumir el rol de ser los que sostienen al resto, pero jamás reciben el apoyo que necesitan ni una simple pregunta acerca de cómo se sienten. Porque aprendieron a abandonarse para completar a otros, se forzaron por ser funcionales al sistema familiar o vincular que construyeron desde su falta de merecimiento y creen que ya es imposible modificarlo.

Y en este punto es imprescindible aclarar que por más que una necesidad afectiva no haya sido reconocida durante años no deja de crecer para que la atendamos como corresponde. Encima al ni siquiera entenderlo solemos demandarla desde la desesperación o el hartazgo. E incluso cuando nos crucemos con vínculos sanos, seguros y emocionalmente disponibles, podemos hasta negar o rechazar que nos cubran esa necesidad afectiva porque en el fondo sentimos no merecerla. Quizás por eso te cuesta tanto pedir o recibir ayuda, cuidados, regalos, o tomarte el descanso que tanto necesitás...

Es que algunas huellas de nuestra infancia forjaron nuestra autoimagen de una manera tan profunda que cuesta reconocerlas a simple vista. El mejor ejemplo que se me viene a la mente sería la culpa que sienten por todo las personas altamente sensibles (que si te interesa investigar más te invito a ver mi video al respecto). 

Ignorar, minimizar o rechazar nuestras necesidades afectivas puede generarnos un sufrimiento profundo y sostenido. Y el cambio más verdadero empieza mirando hacia adentro con absoluta honestidad, sin miedos ni rencores.

Hacé una lista de lo que buscás en tus relaciones. No te limites, pensá como si tuvieras vía libre de que se te cumplan tus mayores deseos. Y en vez de sentar a los demás para exigirles cambios milagrosos, observá cada item desde una mirada distinta. Pensá si te estás dando a vos eso que te encantaría recibir de un afuera, si te ves cómo la persona digna y merecedora de recibir y sostener en el tiempo todo lo que más te gustaría recibir. Luego, podés desmenuzar de dónde viene cada deseo. Por ejemplo, si pusiste algo como ser comprendida revisá en tu infancia quién no te hacía sentir así, quiénes te juzgaban o te intentaban convencer de que no tenías derecho a pedirlo siquiera. Analizá si fue justo, qué le dirías a tu hijo (si no los tenés imaginate ser padre/madre por unos minutos) si te pidiera mayor comprensión y cómo atenderías dicha necesidad. Para después tomar esas ideas como tus nuevos objetivos a cumplir con vos mismo para siempre.


Cuidado compartido, amor propio
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos


Porque cuando uno empieza a reconocer que todos de niños teníamos derecho a que nuestras necesidades afectivas fueran cubiertas, más allá de las emociones que se nos disparen al descubrirlo, se va forjando un camino de reconstrucción en tu autovaloración y merecimiento. Que con el tiempo si es cultivado con el amor, compromiso y paciencia que se requieren, sienta una base de lo que uno no está dispuesto a traicionar ni aceptar de nuestro afuera y círculo social. Nadie se conforma con menos de lo que se merece de una manera elegida ni consciente. Lo hacen por resignación, por agotarse de pedirlo sin resultados o por ni siquiera haberse preguntado qué merecían recibir en sus vínculos. 

Las relaciones se construyen con un otro y no siempre a través de acuerdos explícitos. Sino a través de dinámicas que se repiten y van definiendo roles establecidos. No son inamovibles, pero si seguimos cumpliendo las mismas reglas los vamos confirmando una y otra vez.

Hay un punto que tenés que tener en cuenta si te decidís a sanar tu merecimiento en pos de cubrir tus necesidades afectivas abandonadas. Se trata de que cuando un miembro de una dinámica tan aceitada por el paso de los años decide cambiar las reglas o roles, el resto se suele resistir a que dicho cambio suceda. El ejemplo más evidente es cuando alguien que siempre se acostumbró a ser el que mantenga una relación a flote, por ser el que resolvía los imprevistos o cedía ante los conflictos/demandas, atendía al otro dándole absoluta prioridad o cosas similares decide remar contra la corriente y exigir la reciprocidad que se merecía desde el principio, el otro se disgusta, enfurece y no colabora para nada. Y hay que ser conscientes de las tensiones para mantenerse firmes en no volver a repetir la dinámica anterior.

Todo es movimiento y si uno desde la pasividad permite que los demás se acostumbren a no invertir dando en reciprocidad esfuerzos similares a los que reciben de vos, está sosteniendo la misma dinámica desbalanceada una y otra vez. Pero se puede elegir generar un nuevo movimiento que cause un efecto distinto y con sostenerlo en el tiempo lograr transformar un vínculo por completo. Y si la otra persona no colabora, reevaluar si elegimos bien al seguir alimentando esa relación (claramente no sana ni constructiva) y qué opciones deberíamos considerar ahora que sabemos lo que merecemos y nosotros mismos nos cubrimos a nivel personal esas necesidades a través del amor propio y una autoestima reparada. 

Por supuesto que es necesario aclarar que al tratarse de temas tan delicados como la salud mental es imprescindible recurrir a la ayuda de un profesional que nos ayude en caso de necesitarlo. E igualmente cuestionarse las ideas establecidas de lo que siempre nos repetimos acerca de lo que creemos merecer, va a darnos pistas de lo que necesitamos trabajar más allá de nuestras circunstancias actuales. Porque forma parte de nuestro bendito discernimiento y ejercerlo con sabiduría siempre nos estará llevando a percibir mejoras constantes o progresos.


Encrucijada del vínculo dorado
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos





¿Se sintieron identificados con algo de lo escrito? Dejen sus opiniones, si les nace, en los comentarios o compartan el artículo con quien pueda estar interesado. Les sugiero continuar leyendo los siguientes artículos relacionados: El origen de nuestro autoestima: quién nos enseñó qué vale y qué no y No permitas que nadie te controle. ¿Cómo hacerse respetar sin drama ni elevar la voz y en tan solo 5 pasos?



🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear el Lalyverso Soleado acá. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas, porque me ayudan muchísimo a seguir creciendo. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻

domingo, 6 de septiembre de 2026

Cuando usás lo aprendido para protegerte de volver a sufrir


Las transformaciones suceden mediante capas. Y el hecho de que los temas de crecimiento personal se hayan puesto de moda disfrazan una verdad incómoda. Hay una etapa del proceso en la cual la persona cree haber trascendido sus limitaciones por simplemente reconocerlas, repetirse mantras o técnicas al sentir que se le activa una antigua memoria de dolor, se convence de que está en su centro y avanzando. Pero a la energía no se la puede engañar...

El afuera le sigue mostrando los mismos resultados. El mismo patrón en sus relaciones, las mismas inseguridades en los temas más desafiantes, las mismas discusiones, etc. Cree que es cuestión de tiempo, de elegir mejor y de a poco confunde actuar desde su centro con protegerse inconscientemente de volver a atravesar la misma frustración una y otra vez, intentando controlar las circunstancias.

Quizás se haya aislado de más, haya cambiado de trabajo o de amistades. Aunque algo dentro suyo lo sabe. Necesita incomodarse, ir hacia lo que está huyendo para tomar la responsabilidad de sentir esas emociones y desde ahí, en vivo, tomar nuevas decisiones.


Refugio de cristal al atardecer
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Porque la transformación no es solo mental. De nada sirve cambiar las ideas si no habitás desde el cuerpo los momentos de transición. A veces sólo se necesita reconocer que no se sabe cómo actuar, animarse a pedir ayuda, o admitirse ese mismo miedo de siempre por más que sea ridículo e irreal. Porque la aceptación honesta libera.

Los verdaderos cambios no se pueden forzar y se tratan acerca de duelar identificaciones falsas desde el dolor o la lucha. Tienen su propio ritmo, hay que poner el cuerpo, enfrentarse al miedo que genera mostrarse vulnerable, dejar de reprocharse vivir otra vez lo mismo y hablar desde el corazón sin filtrar ni una palabra.


"En la incomodidad vive la expansión"


Este tema ya lo abordamos desde otras miradas, como en el video que hablaba acerca de que el cambio no es lineal, o en los artículos que proponía cuestionar las motivaciones internas más profundas desde las cuales nos obsesionamos constantemente con cambiar todo el tiempo. Pero no es sólo cuestión de saber quedarse en el centro de la tormenta. Es usar lo aprendido para sentir que esta vez sí podemos atravesarla, porque ya no estamos sobreviviendo ni somos los mismos. Tenemos nuestro poder de decisión y la riqueza de haber aprendido a ver, honrar y amar hasta nuestras peores resistencias.

Porque no cambiás para no volver a arriesgarte, para evitar sentir dolor de nuevo, ni esperando no volver a dudar ni flaquear. La cuestión es no abandonarse en el proceso, dejar de pensarse desde filtros viejos, fortalecer tu confianza en tus capacidades de atravesar cualquier adversidad porque ahora tenés más recursos y estás eligiendo mejor.


De la tormenta a la luz
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos

La experiencia es nuestra verdadera maestra. No importa cuánto sabés, ni lo que te repitas para sentirte empoderado. Si no lográs sostener un límite, que tanto sufrimiento del pasado te llevó a crear en primer lugar, es lo mismo que nada.

Y podés aislarte si tus patrones en las relaciones se repiten, pero cuando las memorias que se te activan son más trascendentes como duelos o desamparo no tenés adonde esconderte. Y lo digo por experiencia. Sentís que se te desmorona todo, como si nunca hubieras hecho ningún avance. Sin embargo, esto tampoco es completamente cierto.


“No siempre necesitás que cambie el escenario. A veces necesitás descubrir que vos ya no sos quien lo atravesó la primera vez”


Tu verdadera fortaleza radica en quien sos. Y no sólo sos tu mente, lo que te cuentes, ni tu cuerpo o sistema nervioso. El proceso de destrucción o caos que permite renovación y creación aparece en todos los órdenes de la vida y naturaleza.

Es como si la vida cada cierto tiempo te pidiera que supieras morir y renacer en versiones nuevas. Resistirse a ello es imposible y extremadamente doloroso. Tenés que ir a lo más profundo de tu ser y quizás confiar en que la vida es más sabia y nada pasa por casualidad ni error...


"El instante en el que dejás de resistirte al cambio es cuando tu alma puede llevarte a tu máxima expansión"


Las tomas de consciencia y las lecciones caen como fichas cuando el proceso va avanzando, fluido, de manera orgánica sin apuros ni esfuerzos. Y el nuevo desafío es permitir que esas transiciones se hagan con mayor liviandad cada vez.

Se pueden ver como momentos de purga o depuración de los matices más sutiles que hasta ahora venías ignorando. Si ya no te dejás vencer por el miedo que te invita a huir, te vas a ver cara a cara con la oportunidad que te trae aplicar lo elegido. Habitar distinto los mismos lugares y experiencias, aceptar y fluir para dejarse llevar por el cambio verdadero que primero siempre será interno.

Y al menos en mi experiencia, a esos momentos les sigue un silencio extraño. Una calma te abraza cada célula renovando tu paz. Empezás a sentir que ya no es tan importante el resultado. Que hay mucho más que es esencial. Que los "cómo" sí hacen la diferencia.

La paciencia y cómo decidas tratarte durante las transiciones te van dando pistas acerca de la nueva etapa que acabás de inaugurar, aun cuando el afuera no te lo refleje todavía.

Si sos una persona altamente sensible sabés de lo que te hablo. Porque tu mente maneja esa misma profundidad que derrumba todo lo que no tiene un propósito verdadero para tu esencia. Tu sistema nervioso te avisa mucho antes, tanto de los avisos previos a la tormenta como la intuición de que la calma llegó con más antelación de lo que puedas ver e imaginar. No es magia, adivinación ni brujería. Se trata de la información del ambiente que tu sistema nervioso por ser más poroso (su barrera para la absorción de estímulos es más permeable) captó en mayor volumen de lo que tu mente racional puede reconocer u ordenar. Y todo esto se siente raro, puede confundirte o traerte una certeza que no sabés de dónde viene. Tu verdadero desafío es no dudar acerca de la información que tu cuerpo te está transmitiendo.

Todos tenemos intuición y cuanto más la escuchemos y nos atrevamos a seguirla sin cuestionar, la sabremos aprovechar de brújula. Del mismo modo que algunas aves emigran antes de que se vea ni un solo signo de una futura catástrofe.

Por eso no sólo hay que quedarse con lo que entendamos racionalmente de los procesos. Aprendamos a concentrarnos en habitar desde la mayor presencia (y sin juicio) cada paso, para estar siempre escuchándonos y eligiendo mejores modos desde donde sentirnos, tratarnos para caminar más livianos, seguros y confiados. Y permitiendo que la brisa se vaya llevando nuestros girones de piel muerta.


Caminata dorada hacia el horizonte
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos





Dejame tu opinión en los comentarios o compartilo con quien pueda llegar a estar interesado en leerlo. También podés continuar leyéndome en este artículo en el que analizo desde la numerología los desafíos y oportunidades que nos propone este año.



🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear el Lalyverso Soleado acá. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas, porque me ayudan muchísimo a seguir creciendo. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻

 

domingo, 30 de agosto de 2026

Quizás el mundo no necesita más empatía, sino dejar de personificar su dolor

 

A ver si me acompañan en esta reflexión... Cuántas veces escuchamos decir que hay personas tóxicas que se deben purgar de tu vida, narcisistas a los cuales cortarle los hilos para que no te manipulen, evitativos que te generan adicción a las migajas de atención que van dejándote en el camino (al mejor estilo del cuento infantil de Hansel y Gretel), ansiosos que te presionan para atarte lo suficiente como para no ser abandonados, personas controladoras y egoístas que evadir, gente con valores "cancelables" que masivamente hay que castigar, etc.

Y en todos estos casos hay dos cosas en común: una mala persona/enemigo que te daña y tu única respuesta es extirparlo de tu entorno.


Enfrentando la sombra interna
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Pero si bien el daño que tanto dolor te genera es real y tenés derecho a elegir con quién relacionarte, quizás esta interpretación de lo sucedido no sea tan verdadera como creés. Porque esté pensada desde el dolor que supura de tu herida.

Cuando te sentís dañado la tendencia natural es culpabilizar a un factor externo de causarte ese dolor. Pero el dolor que aflora no es de otros, es tuyo. Mirarlo te confronta, es incómodo y te obliga a atenderlo. Si lo ignorás, crece. Sube el volumen de su intensidad hasta que lo escuches y dejes de reprimirlo.

Que un otro o circunstancia active tu dolor no siempre se debe a algo personal que te lo busquen hacer a propósito para provocarte. Otra interpretación, más consciente, podría ser que ese estímulo externo te da la oportunidad de atender un dolor que venís negando tener.

Quiero aclarar que es un tema con muchas capas que, si no se ven en profundidad, la idea se puede malinterpretar fácilmente. Así que no tomes mis palabras como verdaderas, sino simplemente usalas para cuestionar si las historias que te contás acerca de lo que te duele no deberían al menos ser revisadas.

Porque el ego nos confunde. Toma el dolor y lo personifica. Saca a relucir las etiquetas de "víctima" y "victimario/enemigo" para usar el dolor como justificación. Enredándote en un juego de proyección de tu sombra. Y en vez de ayudarte a supurar la herida la va agrandando.

No estoy diciendo que no haya gente que actúe desde malas intenciones. Solo planteo que la verdadera intención desde la cual las personas se mueven es imposible de conocer por un otro. Podés deducir, interpretar, adivinar, pero jamás asegurar que eso es verdadero. No estás en su cabeza o corazón para entender por qué esa otra persona actuó de tal forma. Tampoco es tu tarea, ni responsabilidad afectiva, entender a los demás. Aunque sí lo es, encargarte de reconocer tu dolor activado.

No duele menos que el daño haya sido malintencionado o no y la resolución de tu molestia sólo está en tus manos. Al culpabilizar a un otro, se la estás regalando y además le cedés el poder de que su conducta te afecte emocionalmente. Y todo esto te aleja cada vez más de la resolución.

Al tratar de racionalizar tu dolor, ocultás una intención sutil de querer moderarlo o controlarlo. Seguramente por el miedo que te da sufrir y más aún si es un dolor habitual o reiterado.

Pongamos el caso más obvio: ¿quién no luchó por volver a abrir su corazón herido para confiar en el amor una vez más? Es lógico que cueste arriesgarse por miedo a sufrir otra desilusión. Nos contamos historias de saber elegir mejor la próxima vez, pero nada puede controlarse ante el poder iluminador de la vulnerabilidad combinada con la incertidumbre misma de la vida.

Si te desilusionás de nuevo, podrás culpabilizar al otro, o a vos mismo por haber elegido tan mal. Intentando que el dolor de volver a sufrir de nuevo en el amor, se reduzca un poco. Cuanto más adornes la historia, más víctima te sentirás. Pero tanto, si fue la mejor persona que conociste como el peor de todos los narcisistas, lo que te sigue doliendo es haberte ilusionado con algo que no terminó de suceder como creíste o querías. Te duele que volviste a confiar, a pesar de lo que te costó, y obtuviste el mismo resultado desagradable.

Racionalizar el dolor en este ejemplo sería buscar las explicaciones por las cuales se te activó el dolor de una nueva desilusión, con ese sabor amargo tan conocido que tu miedo a confiar trataba de evitarte. Quizás el ego te enrede en sus juegos de identificación favoritos sugiriéndote pensar frases que incluyan las palabras: nunca, siempre, nadie o todos (Por ejemplo: "Siempre me pasa lo mismo" o "Nadie me quiere/elije").

Pero entender tu dolor no lo calma, reduce, ni resuelve. Lo vas a tener que aceptar igual, llorar hasta que se sequen tus lagrimales, sacudir la cabeza, volver a conciliar el sueño y seguir adelante sin dejar de disfrutar las otras áreas de tu vida.


Corazón entre recuerdos y cicatrices
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El tiempo de superación suele ser proporcional a las ilusiones que te hiciste, el verdadero interés que invertiste y cuán central es el tema del amor (romántico) para vos. Quizás no es una de tus principales prioridades y la recuperación fue más corta.

Pero en este punto es donde personalizar el dolor puede generar que el tiempo de recuperación se extienda demasiado. Porque si "elegiste mal otra vez" vas a adicionarle más historias. La de los patrones que ignorás reconocer, las similitudes de ese tipo de elecciones con tus primeras relaciones de la infancia, los celos, envidias y comparaciones con otros que sí consiguen lo que vos no, o hasta de los que aparecen al lado de "tu victimario/a" después de cortar con vos, la mala fortuna/suerte, un universo que te odia, las generalizaciones culpabilizando a todo el género que esa persona representa (el famoso "son todos iguales"), y miles de etc.

Y para darles otro ejemplo, aún más evidente, hablemos de la muerte de una persona querida. No importa si tenía 3 o 90 años, si fue anunciada tras meses de enfermedad o de repente, si alguien la causó o era su hora, si estaba solo o cuáles fueron sus últimas palabras. Lo que realmente duele es la ausencia. El saber que ya no vas a ver a esa persona nunca más, el riesgo de que el tiempo vaya distorsionando los rasgos de su cara al recordarlos cuando pasen las décadas, los nietos que no va a tener o conocer, los logros que no va a poder celebrarte ni las lágrimas que jamás te verá derramar.

La ausencia te va a doler igual, más allá de cómo murió y de las historias que tu dolor exprese. El duelo será el mismo y sus etapas también. Pero hay historias que tienen más peso que otras. Y ahí está el punto de la idea de este artículo. No da lo mismo lo que te cuentes desde el dolor. Porque hay historias que anclan, mientras otras son el bálsamo que libera cargas.

Las peores historias son las que nos van sumando resentimiento, las que nos empujan a los abismos del odio y la separación. Y no estoy diciendo que haya situaciones en las que no tendrías que enojarte o defenderte, al contrario. Usá las historias para sacar el veneno de tu herida, para no dejarlo recorrer tus venas durante años, para hacer algo productivo con él, para sublimarlo en algo artístico, para renovarte, o para tomar mejores decisiones futuras. Pero una vez que sientas un mínimo alivio, o avance en las etapas del duelo o aceptación, tratá de cambiar esas historias. Porque siempre hay miles disponibles y muchas ayudan a ir actuando con más consideración hacia tu sentir. 

Porque extirpar, tu dolor o a una persona de tu círculo social, no es la única solución. Además, en este juego de proyecciones egoicas a nivel humanidad, los que más reclaman que a la gente le falta empatía, suelen ser los que menos empatía y consideración le dedican a su sentir individual y cotidiano. Cada uno sabrá evaluarlo a consciencia si es que tiene el interés y la voluntad necesarios para dedicarse a eso.

Tampoco tener empatía es permitir cualquier cosa. Y el mayor desafío que enfrenta una persona empática es saber cuidar dicha cualidad. Reconocerla en profundidad, sin entrar en distorsiones que lo lleven a apropiarse de emociones ajenas y sentirlas como personales. Saber protegerla poniendo límites y administrando el acceso que le otorga a los demás. Y muchas otras capas más, porque también es un tema súper amplio.

Antes de finalizar la reflexión les recuerdo que ejerzan su propio discernimiento y no se olviden de que a veces es solo cuestión de darle la libertad al otro de que elija según sus valores, necesidades y prioridades. Sin juzgarlos ni persiguiendo validaciones externas o masivas. Porque toda culpa se acaba cuando dejamos de juzgar qué era lo correcto o justo, y asumimos la responsabilidad de la parte que nos toca desde una actitud proactiva.


Los invito a comentar sus opiniones y a que, si este tema les generó interés, quizás sería una buena idea responderse las siguientes preguntas:

¿Cuándo fue la última vez que te sentiste herido/ofendido?

¿Podés nombrar qué emociones te activó?

¿Qué historias/interpretaciones rescataste de tu dolor o molestia?

¿Estás buscando culpables o tomás la responsabilidad que te toca?

¿Podés encontrar nuevas formas de pensar la misma situación? Registrá cuáles te calman y cuáles te generan más disgusto o resentimiento. Si querés podrías escribirlas todas, para después evaluar con tiempo detectando qué te hace sentir cada una.

¿Qué opciones y elecciones te propone esa situación? Analizá las consecuencias que conlleva cada una. Registrando cuáles son más amorosas y respetuosas con tu sentir y tu proceso de recuperación.

¿Pudiste rescatar alguna lección/aprendizaje que te sirva en un futuro?

¿Qué decisión te invitó a tomar?


Del dolor nace un jardín mágico
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos


Si te surge continuar leyéndome, te recomiendo visitar este artículo o este otro.


🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear el Lalyverso Soleado acá. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas, porque me ayudan muchísimo a seguir creciendo. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻


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