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jueves, 2 de junio de 2022

No hay nada malo en vos




Podemos considerar que la creencia más limitante y dolorosa es la de que hay algo tan malo en nosotros que nos hace indignos de amor o de lo mejor. Es una idea con la cual crecimos. En vez de haber recibido comprensión, validación y de habernos guiado en entendernos para entender a otros también, desde chicos nos hablan de que nos portamos mal, o de una sola forma correcta de comportarnos en la vida. No es mi intención juzgar a los que nos educaron así, ya que puedo comprender de corazón que nadie puede dar a otro lo que no tiene para sí mismo primero. Hablamos de valoración profunda y verdadero merecimiento. 


Crecemos creyendo que, sí hacemos lo que supuestamente se nos pide por ser lo correcto, todo lo bueno nos llegará por merecimiento. Luego, vamos viendo ciertas incongruencias en esa supuesta lógica y nos indignamos, a punto tal, de llegar a creer saber quiénes son verdaderamente más merecedores de triunfar que otros. Al menos para mi criterio, ésta es una gran distorsión que deviene de una profunda decepción natural, al no haber aprendido otras formas de podernos valorar realmente. Nuestro verdadero valor no está en lo que hagamos, ni en cómo elegimos desde nuestra libertad expresarlo. Nuestra presencia es lo que realmente vale, lo que hagamos está impregnado de ella y así le aportamos valor a la vida; más allá de lo que elijamos hacer. Todos merecemos lo mejor y una verdadera valoración, mientras estemos aportando valor a esta vida o a otros, esto lo hacemos desde nuestra presencia y energía. O sea, mientras estemos vivos vamos a ser valiosos, no importa si otros lo saben ver reconocer o agradecer. Eso ya depende de si esos otros aprendieron a valorarse, para luego valorar a los demás. Pongamos un ejemplo bien claro: cuando le contamos a un amigo que estamos angustiados no son sus palabras las que nos reconfortan realmente, puede que no sea el más sabio para expresarse o el que mejor nos entienda, es el hecho de que esté ahí a nuestro lado para escucharnos lo que realmente nos da ese alivio. Es su presencia, su tiempo y su disposición lo más valioso en esos momentos. Si después viene acompañado de grandes palabras ya es un extra, pero no es lo que buscamos; sino iríamos a un psicólogo. 


Por más errores que creamos cometer y por más metas que no logremos cumplir, todos somos dignos y merecedores de una presencia amorosa que al menos nos escuche. También de su comprensión amorosa sin juicio y de miles de nuevas oportunidades para volver a intentar, o reparar, lo que sea. La vida nos da el mismo aire para respirar a todos; no importa qué hayamos conseguido, o no, siempre nos regala nuevas oportunidades con cada amanecer. A todos por igual, no nos juzga, ni nos separa por juicios de valor. De hecho en la historia de la humanidad, las sociedades y las diferentes culturas incluso; hay miles de ejemplos de cómo esas ideas pueden diferir (o hasta contradecirse) con el paso del tiempo. 


La idea de que hay algo malo en nosotros no solo proviene de aquellas viejas historias en las que sentimos dañar a un otro con algunas palabras, actos, sentires o comportamientos. Se va reforzando por el verdadero desconocimiento que tenemos de nosotros mismos. Construimos una autopercepción (o idea de personalidad) basada en nuestras primeras experiencias que, más que ser nuestro reflejo, está teñida por la subjetividad de aquellos que nos criaron. Creemos ser lo que nos vivieron diciendo de nosotros mismos aquellos referentes adultos, de los cuales nos nutrimos para vernos y para ver el mundo. Ni siquiera son nuestras esas ideas. Las adoptamos por razones totalmente lógicas y modelos de crianza que se fueron repitiendo y reforzando, de generación en generación. 


El otro día escuché el ruido de cómo a mi vecina se le había roto algo de vidrio y lo primero que su pareja, a la distancia, le dijo fue: "¿Estás bien?" Esa simple anécdota me dejó pensando en ¿cuántas veces de niños al romper algo se preocuparon por cómo estábamos? y ¿cuántas nos gritaron, o retaron, por ello? No creo que ningún niño haya roto algo apropósito en casos similares, sin embargo a la mayoría nos hacían sentir muy mal y culpables por haber hecho algún daño sin intención de querer hacerlo. Es cierto que como padres a veces reaccionamos mal por impulso, cansancio, impaciencia o por haber crecido con esas historias también. Si no tomamos consciencia de ello, se vuelve una cadena de repetición sinfín. 


Es verdad que no todos somos iguales y no todos recibimos la misma crianza. Solo me refiero a cosas cotidianas que veo repetirse generalmente; pero sé que hay excepciones, porque también hay gente dedicada a no repetir lo que tanto le dolió de haber recibido, o simplemente creció en ambientes más compasivos. 


El punto es que ya sea por errores, bien o mal intencionados, estamos llenos de historias sobre nuestras experiencias de primera infancia en las que nos sentimos "el niño malo" por no haber cumplido alguna expectativa de aquel adulto referente que nos criaba. Si estas historias no son reinterpretadas con más amor en algún momento, la persona acumula inconscientemente aquella misma forma tan autoexigente y dura de juzgarse. No olvidemos que para un niño el portarse mal implicaba defraudar a sus padres, o sentir que podían llegar a quererlo menos por eso, sentando un modelo de relacionarse que afectará a sus relaciones futuras de adulto. Pudimos crecer pensando que esa aprobación que buscábamos de nuestros referentes, al hacer las cosas "bien" de niños, también la necesitamos de otros en nuestra adultez para sentirnos queridos o valiosos. 


El famoso reconocimiento. También estamos llenos de historias en las que solo nos reconocemos el valor de lo que hicimos, basándonos en si un otro lo puede avalar o si nos lo dice. Hasta en las redes sociales podemos ver cómo creemos mejor alguna publicación que haya tenido mayor alcance, o reconocimiento por parte de otros, que todas las demás. La sociedad valora más a aquellos productos que se vuelven masivos, artistas más populares, etc. Vemos esto también reflejado en la famosa productividad. Basamos conceptos de éxito en función de aquellos criterios. Otra cadena que se retroalimenta sinfín. 


Estos temas tienen muchas aristas. Podemos ver reflejada la idea de que hay algo malo en nosotros ya desde el principio; hasta en ideologías religiosas que nos hablan de un pecado que se trae desde el nacimiento, al cual hay que bautizarse para poder limpiárselo. No es mi intención juzgar ideologías que respeto, como todas, pero no comparto. Solo lo nombro de ejemplo para que veamos cómo reforzamos ciertos conceptos que vemos reflejados en muchas áreas de nuestra vida y hasta de la humanidad. Muchos de ellos ni siquiera se nos ocurrió cuestionarlos, o pensarlos primero, solo los repetimos. 


En lo personal, no puedo ver errores en el Universo. Mi mejor maestra no solo es la experiencia, sino la naturaleza. No encuentro errores ni fallas en ella. No veo que le sobre ni falte nada, al contrario; se puede percibir esa perfección del sistema dónde cada uno en su rol es igual de importante, valioso y tiene precisamente lo que todo el resto de sistema necesita para funcionar mejor. En el cuerpo humano observo lo mismo. De una misma célula nace todo un conjunto complejísimo y demasiado perfecto, que hasta en aquellos casos que pueda haber alguna malformación, todo el resto del sistema se coordina para compensarla. Preservar la vida, la homeostasis (o la salud) es prioridad y todo está en función de ello; sin que sobre ni falte nada desde el principio. ¿Por qué entonces como humanidad, o individuos, nos pensamos distinto? ¿Se nos olvida que somos parte de esa naturaleza o vida? De hecho, somos una expresión más de ella; no hay separación, ya que hay naturaleza en nosotros. Los mismos elementos, un cuerpo que ni siquiera precisa de nuestra atención para mantenernos vivos a cada segundo y se rige por las mismas leyes (o principios universales) que todo lo demás. 


Cada paso del camino nos va llevando al siguiente, sin errores ni excepciones. Es necesario deconstruirse para conocerse en profundidad, repensar lo que adoptamos de otros para pensar por nosotros mismos y así ver qué queremos de verdad. Saber que siempre estamos eligiendo qué ideas alimentar y que no son los contextos lo que nos definen, a menos que inconscientemente los dejemos decidir por nosotros y eso vuelve a ser otra elección. Además, ¿es necesario seguir sosteniendo culpas de un pasado que ya no existe? Cada momento es una nueva oportunidad de decidir diferente. Si nos volvemos a autoconvencer de lo mismo de siempre, seguiremos alimentando aquellas cadenas que se retroalimentan eternamente. 


El mundo no necesita cambio, ni sanación, solo necesita que veamos hasta dónde (por no decidir por nosotros mismos) podemos llegar como colectivo sosteniendo viejas ideas que para muchos ya quedaron obsoletas y hace falta actualizar. La mejor o única respuesta siempre es el amor. Si podemos aceptarnos como somos, sabremos que no hay nada malo en nuestro interior. Siempre estamos a tiempo de decidir mejor, basándonos en nuestros aprendizajes de cada experiencia. Cada defecto tiene el mismo potencial, o fuerza, que su opuesta virtud. Solo es cuestión de decidir si uno se conforma, o si le mueve progresar. Toda decisión será perfecta para cada momento y camino construido. El niño solo se pregunta algo cuando está preparado para entender su respuesta, ni antes ni después. Así es como crecemos mentalmente y evolucionamos como individuos, sociedades y humanidad. 


¿Somos capaces de aceptarnos y amarnos tal cual somos? O ¿vamos a estar siempre criticándonos para seguir justificando nuestras frustraciones? Cada uno decidirá y seguramente será perfecto igual. 


Cierro este artículo yendo un paso más allá y dejando dos preguntas: Si no hay nada malo en uno y todo empieza por nuestro interior, ¿es posible que algo de los que nos llega externamente tenga el poder de dañarnos, o hacernos mal, realmente? ¿Será cuestión de decisiones también?






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