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jueves, 2 de diciembre de 2021

Los 40 y ese famoso salto al vacío...


Llegando a una determinada edad, de 35 a 40 años aproximadamente, las personas entramos en una cierta etapa introspectiva que muchos culminan con un gran "salto al vacío". No se trata de algo literal, ni de comenzar a practicar deportes extremos, solo es la forma en la cual se popularizó este movimiento. Para poder hablar extendidamente de esto, primero hay que ponernos en contexto y nombrar cómo se llega a ese punto determinado. 


Podríamos aportar datos desde la numerología del número 40, ya que esa etapa introspectiva suele conocerse como "la crisis de los 40". A veces, comienza unos años antes, otras años después y cada persona la vive diferente... 





El número 40 nos habla acerca de un tiempo de reestructuración, durante el cual se va gestando internamente en la persona, una necesidad de confirmar, o reorganizar la dirección de su vida hasta ese momento. El 4 es el número de los fundamentos, bases o raíces desde dónde construimos nuestra vida. También es una energía de límites, tradiciones, lealtades, perseverancia, solidez y compromiso; ya que son cualidades que va desarrollando en esas construcciones. El 0 le aporta la potencia de ciclos cumplidos, por lo tanto contiene las maestrías de los aprendizajes de éstos. Por esto es que el 40 se trata de reconstruir o plantearse nuevos fundamentos desde dónde dirigirse en adelante. Lo que suele costarle a la energía 4 es: trascender límites, no ser demasiados estructurados o cerrados mentalmente, arriesgarse más, salirse de lo establecido y los cambios. En el 0 encuentra también cómo trascender estas dificultades, gracias a lo experimentado al completar ciclos. Este dígito es como una semilla que contiene toda la información necesaria para que la planta se desarrolle desde que se la siembra, por eso aparece antes que el uno, pero potenciando a éste al completar el ciclo con el 10. Los ciclos entonces se van contando del 1 al 9; pero cuando ese 1 viene de un 10, se comprende que tiene intrínsecamente, otro nivel mayor de complejidad y aprendizajes ya integrados desde dónde volver a comenzar. 


Traemos lo que nos aporta la numerología del 40, porque es muy acorde a lo que va gestándose en esa famosa "crisis". En dicha etapa, la persona, comienza a preguntarse si está realmente satisfecha con el curso que le fue dando a su vida. Surgen replanteos sobre aquellos sueños de más joven que no cumplió, experimenta ciertos cuestionamientos acerca de si construyó la vida que quería realmente; o solo fue haciendo lo que se esperaba de él/ella. Como ese 4 busca fundamentos desde dónde volver a construir, es común que la persona al llegar a esta etapa, comience a evaluar cuántas decisiones tomó por motivos propios y cuántas por inconscientemente seguir los mandatos de sus entornos. Por la forma en la que fuimos creciendo desde muy chicos, aprendimos a experimentar el mundo desde lo que nos fueron enseñando otros primero. En la madurez psicoemocional, la persona, empieza a autodesarrollarse desde sus propios criterios, ganando mayor autenticidad para con sus aspectos internos más genuinos. Así que es muy común que llegada cierta edad, nos planteemos nuestras motivaciones internas y busquemos que sean más acordes con obtener una felicidad que nos genere autorrealización. Vas viendo que se te fue pasando la vida y muchas veces no supiste que tenías el derecho a elegir diferente de lo que se esperaba de vos, o diferente a tus círculos más cercanos. Vamos descubriendo que tenemos demasiadas tendencias inconscientes a no confrontar, a pensar que si decidimos por nosotros podemos ser egoístas o decepcionar a otros, muchos miedos a no pertenecer, quedarnos solos, a la incertidumbre de lo nuevo y a los cambios con sus riesgos. 


Es habitual encontrarse con haber construido una vida un tanto tradicional y acorde a un entorno determinado, en vez de la que quizás realmente querías. También es igual de habitual descubrir que solías guiarte o actuar desde aquellos miedos, en vez de ir afrontándolos para superarlos. Las respuestas al actuar automáticamente desde un miedo son tres: paralizarse, huir y atacar. Estamos llenos de historias en las que surgía un impulso natural por tomar una decisión determinada, pero al confrontar nuestro entorno, terminamos paralizándonos y perdiendo esa oportunidad; huyendo de tomar esa decisión o defendiéndola mediante ataques de que era nuestro derecho decidir más allá de las opiniones de otros. Cuando uno se mueve desde estas motivaciones internas tiende a: desoír su verdadero deseo, a no saber cómo realizarlo desistiendo de intentarlo al menos, a hacerlo pero para rebelarse a un entorno que quizás no lo apoyaba (y al cambiar de entorno pierden motivación o desisten), a evadir tomar riesgos por miedo a decepcionar, o a lo que puedan llegar a decir y pensar otros si lo hacemos, etc. En ninguno de estos casos actuando desde el miedo, somos fieles a nuestro sentir y a lo que verdaderamente deseamos. Y si encima tenemos en cuenta que varios de nuestros miedos son como deseos invertidos (lo que tanto nos aterra suele ser lo que más deseamos hacer) caemos en un bucle, que alimenta aún más, vivir desde esos miedos. La mayoría de estos arrepentimientos o reproches podemos descubrirlos gracias a esa famosa "crisis", que nos va llevando a replantearnos si queremos continuar de la misma forma; o ya es momento de hacerlo distinto. 


No podemos olvidarnos de las numerosas personas, que al entrar en esta etapa de reflexión, descubren realmente no saber qué desean. Quizás nunca tuvieron en claro aquel aspecto. No todos tienen tan definido desde chicos sus sueños. Podemos encontrar miles de gustos y preferencias, pero quizás también al ser muchos o demasiado variados suelen creer que no lo tienen en claro. Nos acostumbran a pensar en términos de profesiones y a ir dedicándose a ellas, de a una por vez. Entonces para los que somos más versátiles en nuestros gustos, este asunto suele aportarnos más confusión. Puede ayudar mucho pensar más allá de lo común, tratar de unir habilidades o gustos diversos entre sí, o simplemente dedicarle energía para explorar cada uno e ir viendo si nos proponen un camino que queramos seguir descubriendo. 


Otras veces lo que sucede es que construimos lo que queríamos, pero en el proceso fuimos cambiando tanto que surgieron nuevos deseos. Ya no nos interesan los mismos sueños, o ya los realizamos. Si bien mientras estemos vivos nos acompañarán nuestros deseos, como un motor por el cual seguir caminando hacia adelante, no siempre solemos priorizarlos o hacer lo necesario para cumplirlos. En estos casos lo que suele surgir de desafío es que estamos en una especie de zona de confort y los nuevos deseos nos impulsan a salir de ella. Esto genera una serie de miedos y hasta cuestionamientos relacionados con la edad (como el famoso "a mi ya se me pasó el tren" o "ya es tarde para mí") que muchas veces nos frenan de dar el tan famoso "salto al vacío". Es que en estos casos (y en muchos de los otros también), nos terminamos acostumbrando a lo construido de forma tal, que arriesgarnos a cambiarlo bruscamente puede parecernos imposible. Todo dependerá de las ganas que tengamos de cumplir esos deseos y de poder desidentificarnos de lo construido. Nos solemos autodefinir desde esas profesiones, roles en entornos sociales, roles familiares, por lo que hacemos, lo que estudiamos o sabemos y hasta por lo que fuimos logrando. Pero somos mucho más que eso, de hecho en algún momento temprano de nuestras vidas todavía ni habíamos logrado todo eso y seguíamos siendo las mismas personas. Además, si esos deseos surgen desde lo más profundo de nuestro interior, ¿No merecen ser escuchados y satisfechos? 


Quizás llegados a este punto de la reflexión, debamos nombrar que se requiere valentía o coraje para salir de esa zona conocida y adentrarse a la aventura de lo nuevo. No todos decidimos igual al llegar esa instancia, habrá gente que prefiera seguir desarrollando lo conocido porque le dará seguridad o cierta comodidad. No es que haya alguna decisión o elección mejor que otra, cada uno sabe qué quiere priorizar y por qué. Su vida, su decisión. Respetemos ante todo las libertades de ser y dejar ser. 


Para los que al llegar a ese abismo se plantean de saltar o desistir de su idea, al menos desde mi experiencia, puedo aportarles que no hay precio demasiado alto por seguir el camino del corazón. La paz de haber tomado la decisión que sentimos correcta, más allá de si se realiza como esperábamos o no, es inmensamente mayor que cualquier miedo de atreverse a saltar. No hay errores ni fracasos en este camino. No porque todo vaya mágicamente bien, ya que eso no es real, sino porque se está siendo fiel a lo que uno es. En los pasos que vamos dando siempre ganamos experiencia, aprendemos (ya sea a hacerlo mejor o distinto), disfrutamos de arriesgar y dejar atrás lo que ya no queríamos. El verdadero placer de no quedarse con las ganas de nada, supera cualquier decepción de resultado o expectativas. De hecho, nos va enseñando a disfrutar más la experiencia, desapegándonos de cualquier expectativa o resultado. 


Ahora veamos ciertas cuestiones puntuales que suelen suceder en los pasos posteriores al salto. Al saltar, tuvimos que aprender a abrazar la incertidumbre y caminar con ella. No sabíamos, ni teníamos garantías, de qué iba a suceder luego. En realidad este aspecto es una cualidad de la Vida misma, no tenemos asegurado ni conocemos qué va a suceder. La incertidumbre es natural y solo nos asustan las ideas que podamos pensar de ella, desde nuestros miedos. Los más comunes son miedos a no tener lo suficiente, a no poder, a equivocarse, a fracasar, a estar peor que antes, a haber idealizado o sobreestimado lo que queríamos, a no ser capaces, a que nuestros recursos o habilidades no sean tan valiosos, a que la vida no nos sostenga, a no lograrlo, a morir en el intento, etc. Estos miedos no solo van a aparecer antes de saltar. Como el camino que estamos construyendo a cada paso, lo hacemos desde la plena consciencia de que esa incertidumbre es parte de la vida misma, es normal que estos miedos sigan estando dentro, o saliendo cada tanto antes de pasos importantes a realizar. Lo importante es recordar que somos los que decidimos actuar desde el miedo, o desde el amor. Por más que suene a frase trillada o media cursi, es el eje central de esta crisis. En nuestras decisiones: ¿Solemos actuar por miedo o solemos actuar por amor? De los miedos ya hablamos, ahora nombremos algunas motivaciones desde el amor. ¿Por amor a qué actuamos? Por amor a nuestros sueños, amor a nuestros deseos profundos, amor a ser fieles a nosotros mismos, amor a ser más auténticos o genuinos, amor a expresar todos nuestros recursos internos, amor a vivir siendo protagonistas/creadores de nuestra vida (en vez de espectadores o hasta títeres de nuestros entornos), amor a vivir sin miedos, amor a ser quienes somos en nuestro mayor potencial (en vez de conformarnos con vernos limitados por ideas), amor a superarse, amor a nuestro valor que merece lo mejor y no conformarse con lo que haya ni con migajas, amor a crear el mundo que queremos (en vez de sufrir por el que no podemos cambiar), amor a ese fuego creativo interno que no para de pulsar, amor a la voz de nuestro corazón, amor a desplegar el todo nuestro brillo interno, etc., etc... 





En realidad al ir caminando, nos vamos dando cuenta de que esos saltos al vacío los hicimos muchas veces y que también vivimos en muchas zonas de confort. Cuando éramos niños tuvimos que ir creciendo y al hacerlo, íbamos dejando atrás lo tan conocido de vivir jugando, para investigar qué otras cosas nos proponía la Vida. Fuimos haciendo los saltos con esos miedos y superándolos también. Quizás nunca dejemos de hacer estos movimientos y la vida sea más cíclica de lo que podamos pensar. De cualquier modo, recordar las cantidades de veces que saltamos y cómo esos pasos nos fueron trayendo a este presente exacto, puede aportarte más coraje o confianza a la hora de volver a estar frente al abismo. Como toda crisis en nuestra vida nos va llenando de muchos e interesantes aprendizajes, nos transforma y ya no somos los mismos que éramos. Entonces, ¿por qué no aprovechar y acompañar esos movimientos, en vez de resistirnos a ellos? 


La vida va pasando y decidir no frenarse de ser lo más felices que podamos, es animarse a vivirla plenamente. Nos salga como nos salga. Sea como la esperamos, peor o hasta mejor. Muchos antes de morir suelen concordar que lo peor es haberse quedado con las ganas de hacer algo y ya no tener tiempo. Esos arrepentimientos duelen mucho más que la incomodidad que pueda generar cualquier miedo. Además, de todo lo logrado solo nos llevamos las experiencias y lo sentido internamente. Lo importante es disfrutar el recorrido por esta vida, a cada paso que demos, más allá de cuáles sean, ni de hacia dónde nos lleven. Recuperar ese asombro por la vida que teníamos de niños y permitirnos dejarnos sorprender.



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