Uno de los grandes bloqueos del Chakra Raíz (1er Chakra de los principales del canal central de la columna vertebral, ubicado en el piso pélvico aproximadamente) es vivir desde la supervivencia. Este modo se activa/mueve por el miedo, y desde dicha perspectiva, todo parece cuesta arriba. Las piernas pesan, muchas veces hasta la sangre no puede fluir con normalidad. Nuestro enraizamiento y sostén a la vida parece bloqueado o es imperceptible. Se percibe un gran agobio, sentimos desamparo. Cuesta confiar en que la vida puede favorecernos, o que esté fluyendo a nuestro mayor beneficio. Se nos dificulta reconocer: nuestras capacidades para subsistir, las opciones que puedan llegar a aparecer para asistirnos, que tengamos lo que necesitemos y podamos disfrutarlo. Dudamos lograr concretar, materializar y dar los pasos que realmente queremos o deseamos. Más allá del Chakra, y de la cuestión energética, este modo supervivencia es algo más común de lo que nos gustaría admitir.
Hay que enfrentarse al miedo generado por la supervivencia. Nos referimos al miedo a morir. Que en realidad, no es más que el miedo a atreverse a vivir intensamente. Cuando uno acepta tenerlo y lo reinterpreta, puede hacer de él su motor para no desaprovechar nunca más ningún instante. Recién ahí, se entrega realmente a vivir aceptando la incertidumbre de la vida misma. Es una rendición a lo que es y a permitirse disfrutarlo, encontrando nuevas perspectivas. Muchas de las veces que creemos estar demasiado hundidos en el pozo del dolor o vacío, solo estamos resistiéndonos a nuestra mayor evolución. En esos instantes la entrega a sentir aquel dolor, hasta que finalice, es simplemente nuestra mejor solución. Si no llegamos a tocar fondo, no podemos ver que existía un fondo, por ende no vemos siquiera cómo salir. Algunos de los mecanismos inconscientes que retrasan nuestra recuperación son: la negación de lo que realmente nos pasa o sentimos, anestesias provisorias con las cuales intentamos callar los dolores, distracciones que nos mantienen siempre haciendo otra cosa que no sea atender o reconocer lo que nos sucede, entre otros. Al tomar consciencia de ello y decidir aceptar la situación, uno puede rendirse a sentir plenamente lo que tanto le duele. Esto no implica resignarse, ni tampoco quedarse a vivir cómodamente en el fondo del pozo, por el contrario, es simplemente dejar de resistirse a lo que pulsa desde nuestro interior. Atreverse a admitirlo con nosotros mismos y sentirlo en su totalidad. Esta entrega nos permite ver y comprobar cómo todo pasa en esta vida, aún más, los estados emocionales. Son estados, no nos gobiernan. Solo nuestras resistencias y represiones, por la incomodidad de sentirlos completamente, los agrandan al punto de sentir que nos superan. Pero cuando uno decide afrontar lo que le sucede todo vuelve a ordenarse, ya que solo buscaba llamar nuestra atención para resolverlo de una vez por todas y dejar de negar su existencia. Luego de esta rendición amorosa, vamos limpiando la perspectiva y se va abriendo un nuevo camino para mostrarnos la subida. Siempre estuvo ahí, pero necesitábamos tocar fondo para poder verlo...
El modo supervivencia se activa desde los miedos, pero si lo afrontamos y superamos, se vuelve innecesario. Es como aprender a vivir desde cero, un renacer dirían algunos. Hay una famosa frase de Mark Twain que lo ejemplifica: "Los dos días más importantes de tu vida es el día en que naces y el día que descubres por qué". Quizás podamos reemplazar el "por qué" por "para qué". Una vida con propósito, sea cual fuere, siempre nos va a impulsar y motivar a vivirla plenamente.
La vida está para ser vivida, no para atravesarla esperando no morir en los intentos. Claro que riesgos va a haber y miedo también, ya que es una emoción que busca preservar la vida y que la cuidemos sin exponernos a arriesgarla. Solo recordemos tener la opción de afrontar y sentirla como cualquier otra emoción, no es necesario hacer del miedo nuestro estilo de vida. Vuelvo a aclarar que son elecciones, pero al menos tengamos presente que hay otras opciones, antes de quedarnos con la que más conocemos.
Tantas cosas hacemos por y desde el miedo llegándolo a naturalizar sin darnos cuenta. En el artículo anterior hablábamos de ello. Vamos callando opiniones por miedo al qué dirán, vistiéndonos a la moda (por más que no sea algo cómodo o de nuestro agrado) por miedo a no destacar, perdiendo autenticidad por miedo a ser diferentes, hasta siguiendo profesiones por miedo a decepcionar a quienes esperan algo distinto a lo que queremos, matando sueños por miedo a no lograr cumplirlos, adaptándonos a cualquier cosa por miedo a crear algo nuevo o cambiar lo conocido, o a quedarnos solos, etc., etc.
Desde la supervivencia y los miedos se nos van reduciendo las opciones. Vamos viendo más limitaciones que posibilidades. Opuesto sería darnos cuenta de estar creando esa vida al elegir vivirla desde el miedo, pero sabiéndonos capaces de crear algo distinto desde la confianza.
Ser consciente de elegir y atreverse a confiar es acorde a cualidades de la misma vida: creación, creatividad, enraizamiento, sostén en nuestros propios recursos internos siempre disponibles en cualquier contexto, confianza en nosotros y en la vida misma que ya somos, cooperación en armonía con el entorno y con los demás, etc.
Nos puede servir pensarnos energéticamente como una planta o un árbol. La profundidad de las raíces permite un mayor crecimiento en altura. De la misma tierra que siempre la sostiene, toma sus nutrientes y la fuerza para crecer en cada etapa. Se nutre también de la luz del sol para crear su propio alimento. Va floreciendo una vez que se colma de lo necesario, para luego brindar sus frutos desde el servicio a la vida misma. En la semilla que fue al principio, contenía toda la información y recursos necesarios para florecer al máximo de sus potencialidades. Solo debía concentrarse en ponerse como prioridad para desarrollarlo en cada etapa. Si los ciclos son atravesados con naturalidad y sabiduría, la planta o árbol llega a lograr soportar condiciones climáticas extremas y hasta adaptarse cambiando su inclinación según le convenga más. Cada árbol sabe qué frutos tiene para dar y no intenta dar otros que no sean los propios, no le encontraría sentido alguno a ello. Así como también sabe dónde crecer y dónde no es tierra fértil según el tipo de planta que es. No podemos negar la sabiduría y belleza de lo simple y natural. Somos esa misma naturaleza, por más que nos olvidemos.
Cuando nuestro cuerpo levanta fiebre o quema calorías seríamos como ese fuego que vemos arder en las sequías. Nuestros líquidos y fluidos son como los mares y ríos. Nuestra tierra es nuestro mismo cuerpo con su materialidad y sostén. El aire que respiramos, en perfecta comunión con la atmósfera, recorre nuestro sistema respiratorio y hasta el oxígeno nuestra sangre. Y así podríamos seguir enumerando. No necesitamos tantos ejemplos; toda forma de vida pertenece al equilibrio natural, por ende también, contiene la sabiduría intrínseca a dicho orden. Va mucho más allá de que seamos capaces de reconocerlo, de lo que hagamos con ello y hasta de que decidamos ir en contra de todo esto. Vamos a seguir siendo naturaleza y una expresión más de vida, hasta nuestro último día en esta existencia.
Recordarlo puede aliviar mucho ese peso de creer que estamos sobreviviendo. La vida se abre paso de infinitas formas y hasta raíces rompen el asfalto en las calles. No es tan frágil como solemos pensarla muchas veces, y nosotros tampoco lo somos.
La capacidad de crear es innegable. Creamos pensamientos, obras, vínculos, emociones, sentimientos, sistemas, artefactos, artesanías y millones de cosas más a cada instante. Utilicemos ese fuego creativo para evolucionar en modos más agradables de vivir. Disfrutemos de nuestra capacidad creadora, aportando nuestros frutos como esos árboles. Recordemos que primero se deben nutrir y fortalecer ellos mismos para luego ofrecer sus frutos, podríamos hacer de ello una analogía con el amor propio. Si no nos amamos primero y descubrimos que es lo mejor que tenemos para ofrecer a la vida, no podremos desarrollarlo lo suficiente como para florecer a nuestra mayor capacidad. Si no lo tenemos en cuenta, daríamos a otros los nutrientes que necesitamos para cumplir con nuestro propósito más elevado. Cuando uno se colma primero de ese amor propio y se atiende; lo que luego da es más genuino, desinteresado y verdadero. Claro que son opciones y cada uno es libre de elegir cómo quiere vivir su vida. Solo recordemos que mientras estemos respirando, siempre tendremos toda esa información y los recursos necesarios en nuestro interior; tal cual la semilla de cualquier planta que podamos observar en nuestro entorno.
Quizás al florecer, podamos celebrar el segundo nacimiento que nombraba Mark Twain.
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