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lunes, 17 de enero de 2022

¿Te mueves por miedo, o por amor?





Como tantas otras dualidades de esta vida, las motivaciones internas por las cuales nos movemos (o actuamos) no escapan a ser analizadas desde dos pilares: miedo y amor. 


No es que haya uno bueno y otro malo, si así lo pensáramos volveríamos a caer en esa dualidad. Simplemente son opciones, aunque podemos ver una más agradable de vivir que la otra. Llegamos al punto entonces de tener que aclarar que vivir sin miedo, también sería contraproducente. El miedo busca preservarnos la vida, evitar exponernos a peligros, o posibles daños. Es una de tantas emociones más, quizás entender que toda emoción tiene su propósito o sentido positivo intrínseco, podría ayudarnos a asimilarlo mejor. Así como tienen su objetivo, algunas emociones son tan dolorosas o difíciles de sentir, que muchas veces nos cuesta entender o llegar a encontrar siquiera ese propósito. Un buen camino para poder transitar mejor esas emociones más incómodas, podría ser verlas en mayor profundidad o desde nuevas perspectivas. Debemos recordar que solo son estados y que así como vienen abruptamente, deberían poder terminar en algún instante del mismo modo. El problema radica que al no comprender, o tener tan presente este aspecto de principio y fin de cada emoción, solemos dejarnos tomar completamente por alguna de ellas. Si hacemos esto, vamos a pensar y actuar desde la emoción; en vez de sentirla y transitarla más desapegadamente. Hacemos de ella una motivación interna desde dónde pensar, actuar y hasta nos llegamos a identificar tanto con ella, que nos definimos por un simple estado emocional (soy miedosa por ejemplo). En estos casos, debemos recordar que somos mucho más que aquel estado que sentimos en un momento determinado de nuestra vida. También que somos los que decidimos desde dónde pensar y actuar en esos momentos. Muchas veces la verdadera complicación surge cuando olvidamos esto y de forma inconsciente permitimos que una emoción nos domine completamente, en vez de ser nosotros los que recordemos estar en control sobre ella. Fuimos quienes la generamos en primer instancia, es imposible que nos supere; a menos que lo permitamos al identificarnos tanto con ella, o la creamos superior. 


Vivimos en ciertos contextos y entornos que suelen criarnos, informarnos, educarnos y hasta exigirnos comportar desde el miedo. No podemos obviar este aspecto, antes de ponernos a analizar nuestras verdaderas motivaciones internas desde dónde actuamos día a día. Si te criaron padres que te dijeron cómo comportarte y cuando no cumplías con esas normas recibías un castigo, reto o similar; entonces aprendiste a actuar por obligación, exigencias de otros y miedo a sus reacciones en caso de no cumplir con sus expectativas. No queremos polemizar sobre si estas son (o no) las mejores formas de crianza o educación, ya que eso pasa por criterios personales y la libertad de cada padre de elegir los que considere mejores según sus valores personales. Solo lo nombramos para traer luz de hasta dónde estos modelos de crianza nos marcaron psicoemocionalmente y posiblemente sean los que estemos reforzando o repitiendo de forma inconsciente, impidiéndonos sentir mejor en la vida adulta. A veces sirve pensarlos como programas que nos quedaron grabados inconscientemente, desde los cuales solemos actuar sin siquiera darnos cuenta. 


Es por ello que en el crecimiento personal vas a encontrar tantas personas hablando de reprogramar o biodescodificar la mente inconsciente. Ahora, continuaremos indagando en lo que realmente implica este marco con respecto al miedo. 


Miedos hay miles, podemos sentir y actuar por miedo al rechazo, a la humillación, al abandono, a ser injustamente tratados, a no ser debidamente reconocidos, a no obtener aprobación, a quedarnos solos, a que nos separen de nuestros grupos de pertenencia, a que una parte con la cual nos identificamos no se pueda sostener, al cambio, a la muerte, a sufrir, a quedar expuestos o sentirnos vulnerables, a no poder, a no tener, a perder, a no saber, a equivocarnos, a no ser suficientes, a no merecer, a enfermarse, a confrontar, a defraudar a otros, a ser culpables, a mostrar algo demasiado genuino o íntimo, a no confiar, a no sentirse seguro, a ser humillados, etc., etc. 


En realidad el miedo principal de base, que dispara otros, es el miedo a morir, o a no sobrevivir. Los demás son cadenas de deducciones mentales que si desenredamos nos van a llevar siempre a este miedo madre. La falta de consciencia o negación constante a asumir tener miedo a morir, nos lleva a crear miles de falsas seguridades tales como: “solo va a pasarme de viejo y falta mucho para eso”. Este miedo a la incertidumbre no es natural, de hecho va en contra de lo esencial de la vida. No hay garantías, ni saberes o certezas absolutas, la vida siempre es incierta. Solo sabemos que siempre está en movimiento y cambio, pero no podemos predecir cuáles van a ser los que sucedan y cómo eso va a afectarnos. Así que cuanto más aceptemos la incertidumbre intrínseca a la vida, mejor vamos a poder lidiar con ella, sin que nos lleve a vivir desde la negación o a crearnos ideas falsas. 


Muchos de los miedos, derivados del principal a morir, provienen de una autoimagen y autoestima correspondiente, demasiado pobre de nosotros mismos. Hay que tener siempre presente que esa idea que nos hicimos sobre quienes somos, y su consecuente autovaloración, no son aspectos definitivos ni absolutos. Siempre estamos a tiempo de poder cambiarlos, solo requiere de voluntad, o la simple decisión de redefinirlos. Seguramente, las fuimos construyendo en función al entorno de nuestra infancia y de más grande los reforzamos de formas conscientes e inconscientes. Por eso comprender de dónde tomamos esas ideas, que creemos tan absolutas e incambiables, puede sernos de gran ayuda. Simplemente muchas de ellas, ni siquiera nos tomamos el tiempo de cuestionarlas. ¿Cuántas personas crecieron recibiendo mensajes como "no sos inteligente" o "sos tonto" y nunca los cuestionaron? Quizás eran aquellos hijos que requerían mayor capacidad de comprensión o desafío por parte de los padres, pero éstos cansados por sus rutinas (fastidiados de quizás estar inconformes con su vida, o algo similar), le decían así al niño que no cumplía a la primera con alguna exigencia. Ni hablar de si era un niño más creativo que el resto de sus hermanos, por ejemplo: no era comprendido que pudiera procesar la información, o a actuar de formas más originales, que no eran las esperadas seguramente. Muchas veces estos casos, en realidad le ocurren a un niño incluso más inteligente que su entorno y al no ser comprendido como tal; recibe el mensaje contrario. Luego, de adulto, se lo vive repitiendo cada vez que actúa diferente a los demás que lo rodean. No es hasta que lo puede evaluar y cuestionar realmente, que deja de causarle un sinfín de experiencias verdaderamente dolorosas. 


Más allá de cualquier ejemplo, todos estamos llenos de estas historias; siendo algo totalmente esperable en relación a la forma en la que crecimos. En las etapas en las cuales no podíamos valernos por nosotros mismos todavía, dependíamos de ese adulto referente que nos fue moldeando nuestra forma de pensar la vida y de pensarnos a nosotros mismos. Por esto es necesario en algún momento de nuestra maduración psicoemocional cuestionar, revisar y hasta reprogramar esas ideas que se grabaron en nuestro inconsciente. Podemos verlo como ese tan necesario autoconocimiento. Hay que plantearse qué hay de cierto en esas historias que nos vivimos repitiendo y qué tomamos de otros, sin ni siquiera pensarlo primero. Muchas de esas historias pudieron ser hasta proyecciones de aquellos adultos referentes que depositaban en los niños, también haciéndolo de forma inconsciente, porque ellos a su vez quizás no reprogramaron sus propias historias con las que fueron criados. Esto es muy fácil de identificar en aquellos padres, que justificados desde querer hacerle un bien a su hijo, hasta pueden llegar a influir en su futuro profesional. Quizás proyectan sus propios deseos frustrados y desde pequeños los van llevando a que hagan todo lo que a ellos les hubiera gustado hacer y nunca pudieron. Cuántas madres llevan a ballet desde bien pequeñas a sus hijas por esto. De nuevo, aclaro que no es mi intención juzgar a nadie ni cuestionar los criterios de crianza, solamente lo describo para que podamos ver que hay una cierta etapa en la cual el niño se impregna de muchas tendencias e ideas que no le pertenecen (o que hasta pueden ir en contra de su propia naturaleza). Y todo esto sucede casi sin darnos cuenta. 


El autoconocimiento es el camino que nos va llevando a desglosar todas esas historias y a repensar si realmente somos quienes nos decimos/creemos ser, o simplemente no nos conocemos tan en profundidad. Nos permite cuestionar, reprogramar, redefinir nuestra autoimagen para sanar ese autoestima o autovaloración. 


El poder personal se vuelve nuestro mayor recurso en estos procesos... 


Siempre, sin excepción, tenemos la libertad de decidir. Decidir a quiénes escuchamos, con qué actitud afrontamos cualquier situación (hasta nuestra propia muerte cuando nos suceda), decidir las motivaciones internas desde dónde actuar, las ideas que queremos alimentar y cuáles descartar, decidir pensar por nosotros mismos, de forma más coherente con nuestros verdaderos pulsos internos y no desde exigencias ajenas, decidir qué hacer con lo que nos sucede, con lo que sentimos, etc. 


Ahora llegamos al núcleo de la cuestión. Cuando actuamos, ¿desde dónde lo estamos haciendo? ¿Desde ideas impulsadas por esos innumerables miedos que tenemos, o desde ideas de amor propio y autenticidad para con nuestros valores personales? ¿Quién decide realmente si actuamos desde el miedo a posibles escenarios futuros? ¿Estoy decidiendo yo, o la personalidad distorsionada que tengo de mí mismo? ¿Conozco realmente mis valores personales, o sigo los de mis entornos? ¿Actúo por lo que realmente quiero, o para complacer a otros? ¿Estoy de acuerdo con lo que sucede, o ni siquiera me lo cuestiono antes de tomar una decisión al respecto? ¿Me corresponde actuar a mí, o ese asunto ni es mi responsabilidad y estoy queriendo influir en las decisiones de otros, o queriendo cambiarlos para que actúen como yo creo que deberían? ¿Estoy siendo verdaderamente honesto con lo que quiero? ¿Soy coherente para actuar según lo que quiero? ¿Estoy postergando lo que quiero por no confrontar (al comunicar alguna decisión que haya tomado) a mi entorno? ¿Decido yo, o dejo que decidan por mí? ¿Puedo sostener mis decisiones ante reacciones de rechazo a ellas por parte de mi entorno? ¿Decido desde lo que otros puedan llegar a opinar, o desde lo que realmente yo considero mejor? ¿Hago lo que hace la mayoría o pienso primero por mí mismo? etc., etc... 


Veamos un ejemplo: Las veces que no nos animamos a decir que "no" a alguien, por miedo al conflicto o a una posible reacción negativa, estamos priorizando a un otro por sobre nuestro deseo o necesidad propia. Si esto suele repetirse con frecuencia en ese vínculo, va a llegar un momento en el cual el fastidio por no hacer lo que realmente queremos (o de dejar de hacer algo que no queremos) nos va a pasar factura. Puede salir a modo de estallido de furia contra ese otro, que seguramente no comprenda la sobredimensión de nuestra reacción cuando esto suceda. No llegaríamos a ello si hubiéramos enfrentado ese miedo y atravesado, por más que nos cueste, la incomodidad de decir que "no" en la primera instancia. 


En nuestro ejemplo, estaríamos actuando motivados por el o los miedos. En cambio, si en el mismo caso actuáramos motivados desde el amor, el resultado sería distinto. 


Antes de pasar a detallarlo, necesitamos detenernos a analizar el concepto que tenemos de amor. Esto es muy personal, pero podemos llegar a establecer criterios comunes, tales como que el amor implica respeto. Que parte de una aceptación o validación de uno mismo (sus deseos, necesidades, hasta su aspecto físico actual) y hacia un otro, que es libre de ser como decida. 


Si actuáramos desde el amor, podríamos ser honestos de comunicar al otro nuestra respuesta negativa sin culpas. No solo por autenticidad, sino también por aceptación y respeto a nuestro sentir. Recién ahí, también desde el amor, podríamos sostener nuestra decisión ante la reacción del otro (que no podemos predecir). En caso de que reaccione enojándose con nosotros por nuestra respuesta, al haber actuado por decisión propia en vez de impulsado a complacer o confrontar a un otro, la firmeza de sostener nuestra decisión nos la otorga esa seguridad. El ser fiel a un sentir propio, habiéndolo comunicado con respeto. Luego, el saber que la reacción de un otro es su asunto. No nos corresponde hacernos cargo de lo que otro haga, sienta o piense. Puede que hayamos atravesado cierta incomodidad al tener que comunicarle la respuesta, pero la decisión de hacerlo a pesar de ello, también nos proporciona más firmeza para sostenerla. En el caso que nuestro ejemplo se trate de poner un límite de forma asertiva, hasta estaríamos comunicando qué es lo que permitimos y lo que no estamos dispuestos a tolerar en nuestros vínculos. A veces cuando cambiamos la dinámica de una relación que no estaba acostumbrada a que pongamos límites, el otro puede resistirse y es allí cuando nuestra fortaleza permite que sostengamos nuestra decisión. Hasta podríamos, con ello, mostrarle a un otro que se puede vincularse desde el amor y el respeto a uno mismo y a los demás. Haríamos un cambio positivo en la dinámica con ese vínculo, informando las nuevas reglas. 


Claro que la decisión siempre es nuestra. Recordemos que siempre tenemos esa libertad y poder personal de decisión, más allá de cualquier contexto, vínculo o entorno. A veces, nos olvidamos que siempre estamos decidiendo y permitimos que otros lo hagan por nosotros, casi sin darnos cuenta. Esto suele llevarnos a sentir una impotencia tal, que hasta nos lleguemos a justificar con miles de excusas desde el miedo tales como "no puedo hacer otra cosa". ¿Cuál es la ganancia de andar cediendo así nuestro poder personal a los demás? Seguramente será que cuando algo resulte desfavorable, podremos echarle la culpa a quien decidió por nosotros. También a que sean otros los que se encarguen de nosotros, en vez de tomar esa responsabilidad. 


Volvemos a repetir que son opciones, cada uno será libre de decidir la que prefiera. Al menos en mi experiencia, al cuestionarme mis motivaciones internas para descubrir desde dónde estoy actuando, encuentro mucha satisfacción. Es que cuando uno actúa por amor tiene la consciencia tranquila, más allá de cualquier resultado. Sabe que se actuó por una intención genuina, coherente y hasta noble en algunos casos. Luego, puede ir aprendiendo en la experiencia qué le resulta mejor o cómo comunicar más claramente sus decisiones. Muchas veces también podemos ver que lo que se da con amor, se recibe con amor. Pero ojo, bastantes otras no. Y eso dependerá de la responsabilidad de los demás. 


La mayoría de contextos de limitaciones, solo se sostienen por gente que no se anima a enfrentar sus miedos. Por desconocer nuestra libertad y poder de decisión, siempre disponible en cualquier contexto o instancia. Solo nos puede dañar lo que creamos cierto, alimentemos y permitamos que nos dañe. Al actuar desde el miedo es lo que estamos nutriendo, y por ende, generando afuera. Seguramente, nos vuelvan más motivos para seguir temiendo. Si bien los casos son muy variados, sabemos que no son experiencias agradables de transitar... Siempre es bueno recordar, que estamos eligiendo. Nuestra responsabilidad y poder personal se vuelven las mejores herramientas aliadas o recursos (siempre disponibles) para cualquier contexto.







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