Priorizarse a uno mismo es una respuesta evolutiva. Solemos pensar que es un acto egoísta y que los demás deberían estar por encima de nosotros, ante ciertas cuestiones que creemos que favorecen al bien común. Es mi intención que con este artículo puedan reflexionar si es tan cierto aquel prejuicio, o crecimos pensándolo al revés. Muchas de las creencias que sostenemos nos limitan y la gran mayoría responden a arquetipos del inconsciente colectivo. Cuestionárselas es permitirse crecer.
Empecemos por nombrar que como humanidad pareciéramos estar transitando una cierta adolescencia. Sé que es una de las formas de pensarlo, y bastante particular, por lo que entiendo que no todos estarán tan de acuerdo. Aún así, se las comparto para aportar una perspectiva más.
La adolescencia es una crisis en la que el individuo va tomando consciencia de su crecimiento y le surge orgánicamente repensarse más allá de su familia de origen. Se va dando cuenta de que empieza a poder elegir por sí mismo, en vez de cumplir con las expectativas o demandas de sus padres/referentes. Se cuestiona lo establecido que vino absorbiendo sin pensar, para rever si quiere reelegirlo o hacerlo diferente. Es una etapa en la cual la persona tiene una crisis de identidad que le permite romper con lo que venía construyendo, para volver a construirse desde un nuevo lugar o mentalidad. Suele ser un estadío bastante crítico que se tiñe de rebeldía, nuevos ideales e idealismos, angustias y muchas cosas más. De niño parecía ser todo mucho más fácil, ya que se dependía de lo que los padres (o referentes que nos criaban) nos iban enseñando de la vida y nosotros. Estábamos a cargo de ellos sin pensar en valernos por nosotros mismos todavía. Esta dependencia es natural, orgánica, sana y hasta inevitable. Desde que se tiene memoria, construimos una imagen de la vida y de nosotros mismos a partir de lo que ese primer entorno familiar nos iba transmitiendo. La mente del niño es moldeada por ése entorno directa e indirectamente; ya que también influyen las experiencias que vayamos atravesando esos años. De adolescentes, nos empezamos a cuestionar todo aquello que creíamos tan cierto. Tenemos la motivación de empezar a buscar una voz propia que suele tender a diferenciarse. Como si estuviéramos tratando de encontrar nuestro rol individual y único para con los entornos de siempre. Se van tomando de referentes a otras personas, más que nada, a aquellos que podamos percibir como pares. Para el adolescente "los nuevos padres" de los cuales guiarse o aprender son sus amigos, personas que admire, o similares. Es una etapa que le permite redefinir sus valores personales y reconstruir su autoimagen. Para ello, debe hacer un cierto camino de introspección e individuación. Es con uno mismo, más allá de otros referentes externos que pueda tomar como modelos o guías.
La humanidad nos fue criando con modelos de educación y sistemas socioculturales que tendían más a masificarnos que a individualizarnos. Los conceptos de éxito basados en productividad masiva son un ejemplo. Se considera exitoso a aquel que sea el mejor por sobre los demás y cuente con este prestigio avalado por la mayoría. Va más allá del talento o habilidades, si no se logra el éxito económico masivo y a gran escala, puede que se tienda a creer que no sirve para nada ser bueno o diferente en algo. En la escuela todos deben aprender lo mismo, y al mismo ritmo, para lograr las calificaciones necesarias para graduarse. Lo genuino parece un terreno misterioso o sin tanto valor, a menos que se explote económicamente para hacerse masivo o popular también. Lo nuevo (o diferente) parece estar fuera de lugar y tener que lidiar con las resistencias de la mayoría, que busca sostener lo común como lo único válido o verdadero.
Sabemos que estas cuestiones fueron cambiando con el paso de los años y es precisamente lo que nos da el mejor ejemplo de ésta reflexión. Estamos evolucionando como humanidad. Estamos dejando de tender hacia lo colectivo como prioridad. Las causas de este aparente cambio de dirección se las debemos a todas las fallas que empezaron a mostrar los viejos sistemas y sus dolorosas consecuencias. No somos iguales, a pesar de todos formar parte de la misma humanidad. Es una interesante dualidad, un tanto paradójica, pero muy nutritiva de poder evaluar para seguir creciendo. Nuestra evolución se apoya en la relatividad entre lo individual y colectivo, ya que de su juego salen nuestros grandes movimientos creativos. Así como los niños aprenden de sus referentes dependiendo de ellos, la humanidad construyó sistemas que reflejan este modelo en su desarrollo. Países, industrias, paradigmas, ideas, profesiones, se peleaban por ser los hegemónicos "padres" de los niños de turno. Quien se imponía se volvía el modelo a seguir para los demás y muchas veces sin permitirse cuestionar ni pensar en otras alternativas. Desde ése afuera nos fuimos definiendo como personas también. Elegimos profesiones que sean rentables en ese sistema para conseguir esa idea de éxito que nos enseñó. Seguimos modelos de parejas, familias, tendencias de estilos de ropa; del mismo modo, que el adolescente busca la guía o referencia de sus pares/amigos. Creíamos deber cumplir con esas estructuras colectivas que nos hicieran sentir parte de la "normalidad", simplemente, por ser lo que hacen todos los demás.
Pero cada vez más personas dejan sus trabajos en relación de dependencia, o nuevas generaciones nos muestran profesiones más creativas y al alcance de todos los que deseen explotar sus talentos. Se van viendo más ejemplos de que todo fue cambiando y es una virtud saber adaptarse, explotando mejor nuestros recursos internos para enriquecernos en esos movimientos. Tal como el 2020 nos mostró que los vínculos sobrevivieron modificando su presencialidad por virtualidad y tantas otras cosas más. Como adolescentes estamos en ésa crisis de transición que nos permite redefinirnos. Aquellos viejos sistemas que se fueron agotando a sí mismos, no son totalmente obsoletos, ni tampoco fueron errores. Nacimos en estos contextos para enriquecernos de ellos también. Podemos tomar lo que nos hayan dejado de positivo y enriquecedor, para llevarlo a nuestro terreno, haciendo una versión propia acorde a nuestros valores personales que nos permita seguir evolucionando. Del mismo modo que pudimos aprender de nuestros padres o familias como referentes, para elegir por nosotros mismos nuestros valores. Todo puede ser inspirador.
Así como experimentamos a nivel personal nuestra etapa de adolescentes, sabemos que a veces éstas crisis son bastante complicadas de atravesar. Se juegan muchas emociones que implican dichos procesos de transición. Vamos creciendo en saber tomar responsabilidad para no caer en esa inconsciencia típica del adolescente, que se cree inmune a cualquier dolor, o que le cuesta medir las consecuencias de sus actos. Romper estructuras de identidad ya establecidas puede implicar demasiada angustia, sentirse verdaderamente desorientados, grandes conflictos, rebeldías sin sentido, intensas indignaciones, etc. En algún grado, esa rebeldía es necesaria para destruir lo que se venía sosteniendo sin cuestionar siquiera. El tema se vuelve destructivo, cuando no está motivada a construir lo nuevo, sino a siempre quedarse batallando contra lo diferente.
El autoconocimiento y cualquier introspección profunda se vuelven claves fundamentales para reencontrarse con lo genuino, desde donde reconstruir nuestra identidad. Para saber cuáles son esos valores personales, que van a ser la base de nuestra nueva autopercepción, es necesario priorizar la individualidad. Se precisa separar las distintas voces para encontrar cuál es la propia. Si crecimos definiéndonos por lo que nos decían otros de nosotros mismos, es un paso primordial cuestionarlo para saber (desde el pensamiento crítico) qué es lo verdadero que nos pulsa internamente. ¿Qué es lo que cada uno trajo de único y diferente? ¿Qué viniste a aportar como individuo al colectivo de humanidad que sos? ¿Lo estás expresando? ¿Estás haciendo lo que realmente querés, lo que pensás que deberías en función de lo que otros te dijeron, o lo que hacen los demás por ser la mayoría? ¿Conocés tus virtudes y defectos? ¿Sabés cuáles son tus recursos internos o capacidades? ¿Es tan cierto lo que siempre te repetís de vos mismo, o te animaste al menos a cuestionarlo? ¿Es realmente egoísta (o dañino para el bien común) pensar primero por uno mismo; para saber si estamos de acuerdo con lo que todos los demás hacen, opinan, proponen, cumplen o actúan?
¿No está plagada la historia de la humanidad de casos donde lo masivo nos llevó a extremos destructivos exagerados? Podríamos nombrar genocidios, guerras, esclavitud, discriminación, histerias colectivas, opresiones a minorías, etc...
Todo el tiempo estamos jugando con la relación individuo-humanidad. Por lo menos a mí entender, venimos de priorizar lo colectivo por sobre lo personal, por creer que pensar por uno primero puede ser egoísta. Ahora eso no tiene por qué ser así, si los valores personales del individuo se basan en lo más genuino de si mismo. Pongamos el ejemplo de aquellos que inventaron algo nuevo: Si no se hubiesen atrevido a proponer su idea por más innovadora, incomprendida o criticada que esta fue para los demás; muchos de los campos de tecnología y avances de la misma humanidad se habrían perdido de beneficiarse de sus aportes. Lo innovador implica romper con lo establecido, validando su diferencia con la mayoría.
Entonces, ¿Dónde radica esa diferencia entre lo individual productivo a un bien común y lo egoísta que va en contra de éste? En el grado de autoconocimiento que tengamos. Cuando uno se conoce en profundidad, sabe cuales son sus tendencias egoístas y cuáles sus deseos personales. No es lo mismo seguir un deseo que pulsa desde lo más genuino; que dejarse llevar por una tendencia del ego. El ego se mueve desde el miedo y a la defensiva; lo genuino busca construir y cooperar. El ego tiende a superar a otros; mientras que lo más genuino busca superarse a sí mismo. Es cuando se vuelve necesario preguntarnos: ¿Cómo nos estamos relacionando con los demás? ¿Buscamos competir o cooperar? ¿Somos capaces de reconocer nuestros errores desde la humildad, o hacemos lo imposible para sostener tener la razón? ¿Reconocemos lo valioso en los demás, o solemos denigrarlo para enaltecer lo nuestro? ¿Nos alegramos del éxito ajeno, o lo envidiamos secretamente? En una discusión, ¿escuchamos al otro antes de responder, o hablamos para contestar corroborando lo que nos interesa sostener? ¿Estamos buscando agradar, o expresarnos libremente? ¿Nos importa más ser como nos nace, o que nos aprueben? ¿Nos preocupa decepcionar a otros de lo que creemos que esperan de nosotros, o ser coherentes con lo que sentimos/pensamos/actuamos?
Volvemos al mismo punto recurrente en nuestras publicaciones: las intenciones. Si nos movemos desde una intención (o motivación interna) de crecer a partir nuestros entornos, nunca podremos ir en contra del bien común al decidir por nosotros mismos. La diferencia para no caer en egoísmo al pensar por nosotros primero, radica en moverse para construir; en vez de moverse por destruir. No necesitamos pisotear a nadie si estamos decidiendo desde valores personales, en vez de intereses egoístas. Si bien todos tenemos un ego y esas tendencias conviven en nosotros, a la hora de priorizarnos para decidir más allá de un entorno, no somos esclavos de ello. Conocernos bien nos permite identificar aquellas tendencias, para no caer en estar repitiéndolas inconscientemente.
No somos todos iguales, tampoco dejamos por ello de formar parte del mismo colectivo. Una cosa no tiene por qué anular a la otra, se pueden retroalimentar constructivamente. Debemos encontrar aquello individual que nos hace tan diferentes (o únicos) para desarrollarlo validándolo y poder comprobar que nunca está en contra del mayor beneficio para los demás. Aquellas diferencias pueden enriquecernos a todos como humanidad si nos animamos a expresarlas como prioridad, disfrutando de crecer a partir de tanta diversidad. El mejor ejemplo de todo esto nos lo regala la misma naturaleza, de la cual (aunque lo olvidemos) siempre formamos parte. En ella todo es armónico y equilibrado. Diversas especies de vida conviven cada una en su rol exacto y contribuyendo al mayor beneficio. Los ecosistemas nos muestran la evidencia de cómo nada sobra ni falta, pero todo a la vez tiene su papel fundamental. El individuo es para la sociedad (o humanidad) lo mismo que cualquier especie es para el ecosistema. También podemos verlo en un cuerpo y su relación con las distintas células. No son iguales las células del estómago que las del corazón, cada una desde su lugar cumple su función y aportan por ello a la homeostasis necesaria del cuerpo para sostener una buena salud. La vida cumple con estos principios de armonía y nosotros como humanidad no estamos exentos a ella.
Es normal que desde pequeños hayamos tendido a anular esa voz propia por hacerla encajar con la de los demás, creíamos que era la única forma de que nuestros referentes nos aprueben, validen, no los decepcionáramos, ni nos dejaran de querer. Pero a medida que fuimos creciendo, se nos hizo inevitable poder reencontrarla para vivir con mayor coherencia interna o paz. En esta aparente adolescencia de la humanidad, ¿ya tomaste responsabilidad sobre tu rol individual? Nunca es tarde y siempre es más sencillo de lo que parece. Internamente, tu mayor felicidad siempre va a pulsar a que seas genuino y escuches a tu corazón como prioridad. Simplemente es expresar con mayor fidelidad aquello que siempre tuviste dentro para dar y que solo vos podes hacerlo de la forma que decidas.
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