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viernes, 22 de abril de 2022

Nada es lo que parece...






Solemos creer que las causas de lo que nos sucede son externas a nosotros mismos. Si nos enojamos, creemos que un otro (o una circunstancia) nos hizo enojar, que algunas cosas nos pasan por casualidad o por meras coincidencias, que el lugar o las personas que nos rodean son las que nos tocaron, que la mayoría de las cosas no dependen de nosotros... 

Algunos creen en el karma, otros en el destino, si se trata de creencias se vuelve súper amplio el panorama. Más allá de lo que cada uno elija creer, desde su completa libertad de hacerlo, podemos ver que en la vida hay ciertos principios. Si hacemos algo, generamos cierta consecuencia y a ello podemos llegar a entenderlo como "causa y efecto". 

Solemos buscar ésas causas en lo externo, debemos verlas o comprobarlas con los sentidos. Tendemos a ello desde bien pequeños. Nuestros padres nos fueron explicando que así funcionaba el mundo. 

Desde estas concepciones, no es raro caer en percepciones de castigo, culpas, culpables, víctimas, etc. 

Si en vez de entenderlo desde ésos paradigmas, nos propusiéramos a observarlo sin juicio, quizás cambiaríamos aquellas ideas por la de responsabilidad. Si somos responsables de generar un efecto mediante una causa, ya no suena tan pesado, al contrario, nos recuerda que depende de nosotros y podemos elegir. Tenemos la habilidad de responder, podemos generar nuevas causas y así obtener nuevos efectos o consecuencias... 

Quizás, todo en esta vida se trate de puntos de vista o perspectivas. La misma situación, según el enfoque con el que la abordemos, puede variar notablemente su impacto psicoemocional en nosotros. Si la vida la pensamos desde una perspectiva de injusticia, siempre estaremos encontrando (o percibiendo) desde juicios duales como: bueno-malo, víctimas-victimarios, culpables-inocentes, etc. Con la misma facilidad podemos percibir, o pensar la vida, desde otra perspectiva más amable o amorosa. ¿De quién depende? Sí, de nosotros mismos. Así que tan desempoderados o impotentes no somos. ¿Qué pasaría si empezáramos a ver que las causas de ésos efectos, que nos rodean constantemente, no son materiales ni externas como creemos; sino internas y energéticas? 

El exterior se vuelve un reflejo de lo interno. Primero es adentro y luego se proyecta afuera. Más que causas y efectos podríamos pensarlo como información que resuena, se refleja, o se corresponde. Es preferible verlo así, ya que con causas y efectos nos cuesta no caer en ideas de culpabilidad. 

El afuera nos está mostrando lo que llevamos dentro a cada instante y nos da la oportunidad de verlo, para tomar responsabilidad y empoderarnos. Aclaremos que en este "juego" de reflejos, resonancias y correspondencias, hay una importante proyección. Esto implica que lo que vemos externamente, que llevamos dentro, lo percibimos distorsionado. Se amplifica al manifestarse. No es tan inmenso o exagerado en nuestro interior. De hecho a veces, puede jugar a ser complementario. Es acá cuando se nos suele complicar entenderlo. 

Para ejemplificar, veamos el típico caso del enojo. Nos suele enojar lo que no nos gusta reconocer de nosotros mismos y otros nos lo muestran. Pero también a veces nos enojamos para tener la fuerza necesaria de sostener nuestras decisiones sabiendo marcar un límite personal. En este último caso, nos llega algo que ya tomamos responsabilidad internamente cambiándolo y esa situación solo requiere de nosotros que manifestemos ese cambio con una decisión o acción concreta. Muchas veces que nos enojemos podemos llegar a dudar sobre si es el primer caso que requiere reconocimiento, o el segundo que requiere expresar un cambio o poner un límite. El grado de honestidad para con nosotros mismos y el autoconocimiento son los que nos ayudarán a discernir mejor. 

Cuando uno percibe las resonancias y correspondencias de lo externo para con lo interno, está siempre ganando mayor autoconocimiento. Son verdaderas oportunidades de crecimiento, si nos disponemos a tomar responsabilidad y no culparnos. Habrá que recordar siempre la actitud amorosa y de aceptación libre de juicio para con lo que encontremos de nosotros mismos. Probablemente al comienzo, nos encontraremos con el desafío de aceptar e integrar amorosamente nuestra sombra. Todo aquello que vivimos rechazando en lo externo habita en nosotros mismos, aunque sea como un potencial. No siempre lo estaremos manifestando, pero si lo decidiéramos, descubriríamos que ese potencial o capacidad de hacerlo existe en nosotros. Las diferencias las marcarán los valores personales que hayamos cultivado en nuestra vida y nuestras elecciones. 

También debemos aclarar algo muy importante. Todo esto no implica que permitamos a un otro que nos dañe, porque nosotros también tenemos el potencial de hacerlo. Hay que diferenciar que éstos análisis de lo que se refleja afuera de nosotros, no son para actuar diferente en lo externo. Son para evaluarlos a modo introspectivo, solos con nosotros mismos, para tomar decisiones que nos servirán ante la próxima situación similar que nos suceda. Por ejemplo: si solemos vivir situaciones en las que nos sentimos maltratados, en la experiencia es importante defenderse. Una vez hecho eso, y en algún momento que podamos verlo más tranquilos, podremos evaluar por qué permitimos un maltrato o cómo dejar de hacerlo. Nos preguntaremos si no nos estamos maltratando nosotros primero en algún área de nuestra vida y tomaremos responsabilidad de también ahí no permitirlo. No estamos justificando que nos maltraten, al contrario, estamos buscando dejar de permitirlo y tomar la oportunidad de evaluar si ese maltrato no lo estamos haciendo con nosotros en algún grado menor. Por ejemplo, postergar una necesidad básica como la de comer para salir corriendo por alguien (o algo) puede llegar a ser un maltrato. No priorizarse al decidir es anularse a uno mismo para elegir por otros primero. Quizás no solemos pensarlo como maltrato al principio, pero si lo evaluamos mejor se puede entender. Así que además de analizar cómo estamos permitiendo que un otro nos maltrate, para dejar de consentirlo, estaremos evaluando si para con nosotros no estamos ejerciendo algún tipo de maltrato también y cómo dejar de hacerlo. Si tomamos esa situación dolorosa para aprender de ella, es probable que no nos vuelva a suceder otra similar. Y en el peor de todos los casos, habremos aprendido la necesidad de marcar el límite de defendernos y no permitir un nuevo maltrato. 

Aquellas situaciones que tanto nos duelen suelen estar encerrando grandes tesoros de crecimiento. Lo que más nos cuesta transitar requiere de nosotros mismos mayor fortaleza interna, pero también es a la vez lo que nos permite descubrir que éramos capaces de superarnos tanto. Hay ciertos recursos o potenciales internos muy valiosos que solo salen en situaciones límites, crisis o ante los obstáculos del camino. Esa creatividad que aflora en momentos críticos nos puede hacer ver que disponíamos de mayor cantidad de recursos internos, fortalezas y capacidades de las que creíamos. Quizás hasta pueda pensarse que descubrir ese potencial es la razón por la cual podemos estar generando aquellos conflictos desde lo interno. Para poder verlo de esta forma hay que primero aceptar el dolor que nos genera la situación, y más allá de lo que hagamos externamente o con otros, permitirnos pensar qué nos dejó de aprendizaje o qué riqueza interna nos hizo encontrar. Como decíamos en el anterior ejemplo, aquel maltrato nos muestra la necesidad de defendernos, la capacidad de tratarnos mejor, la asertividad que podamos desarrollar al poner los límites con otros, etc. 

Siempre podemos evaluar con nosotros mismos, en algún momento de tranquilidad y silencio, qué no estamos viendo de esa situación que tanto nos conflictúa. De hecho, es un gran ejercicio. Disponerse a abrir la percepción sin volver a repetirse la misma creencia o idea fija que nos veníamos contando mentalmente. Es clave poder tomarse ese rato empezando por la rendición, que implica decidir tomar responsabilidad de nuestra parte interna que está correspondiéndose externamente para que la hagamos consciente de forma amable y amorosa. Si llegara a surgir alguna culpa en ésa instancia, recuerden que siempre proviene de una "condena" o juicio negativo. También es importante hacer consciente aquella idea para perdonarse y cambiar su perspectiva, de otro modo, la culpa será el freno a que podamos seguir creciendo. Nos impide aprovechar la oportunidad de trascender aquello que nos duele tanto. Por eso la actitud amorosa de aceptación libre de juicio es la mejor forma de mirar adentro. Aceptarse a uno mismo en todas sus fases, sobre todo las más oscuras; ya que son las que más amor requieren de nosotros. 

Si nos animamos a cambiar de perspectivas, cuestionándonos lo que solemos dar por evidente, o hasta imposible de cambiar, permitiremos que nuevas ideas afloren. Vuelvo a insistir que no implica un cambio externo primero, sino que nos invita a después (más allá de cómo hayamos decidido actuar) repensarlo para crecer de lo que nos pasó. Nos ayuda a que asumamos la responsabilidad de no volver a repetir la misma situación que nos duele tanto sin culparnos y aprendiendo a conocernos más. 

Esto se vuelve verdaderamente interesante y beneficioso cuando se trata de algún síntoma físico. Más allá de los recursos o decisiones médicas que podamos tomar al respecto, el cuerpo nos está hablando. En vez de ver las enfermedades como errores, debilidades, castigos o batallas; podemos repensarlas mejor y estaríamos contribuyendo a una curación mucho más rápida o menos dolorosa. En el peor de todos los casos, al haberlo intentado, habremos llevado amor o aceptación a ésos dolores. No subestimen ése detalle. Muchas de las llamadas de atención físicas que pensamos como síntomas o enfermedades, solo requieren internamente que le demos una atención amorosa y sepamos acompañar al cuerpo en sus procesos de evolución; en vez de rechazarlo batallándolo o viéndolo como nuestro enemigo. Es algo similar a lo que sucede con los aspectos de nuestra sombra. Lo que más nos cuesta reconocer, es lo que más amor nos está pidiendo y se merece de nosotros. Y ese amor aporta demasiado. "Sanar es ver con amor lo que antes veíamos con miedo". 

La gran diferencia estará en ser capaces de dejar de vernos como víctimas de nuestras circunstancias injustas e incambiables; para pasar a hacernos responsables de aceptarnos, amarnos más y decidir hacer algo con lo que nos sucede. Si somos víctimas solo podemos quejarnos, si tomamos responsabilidad podremos resolverlo. La simple oportunidad de no volver a interpretar lo que nos sucede desde una mirada externa y absoluta, nos permite salir del modo automático e inconsciente de repetición. A veces es solo eso lo que se necesita, simplemente permitir preguntarse: ¿Es tan así como creemos, o lo podemos pensar diferente? La duda o el cuestionamiento a nuestras creencias tan fijas se vuelve nuestra mejor aliada. Luego, hasta podamos sorprendernos de que esa reflexión interna se vuelva mucho más fácil. No olvidemos que una parte de nosotros mismos está generando esa situación (a la que nos resistimos tanto) para poder crecer de ella. Al darle el espacio, aceptando que quizás haya algo positivo que no estamos viendo, esa parte podrá aflorar para guiarnos hacia dónde seguir. 

No se conformen con lo que les molesta o duele, siempre puede ser una gran oportunidad para descubrir algo nuevo de nosotros mismos. Cuanto más amoroso sea el paso que decidamos dar, más amorosos serán los resultados que cosecharemos después. Más amor nunca viene mal. De hecho, cuanto más podamos amar aquellos aspectos de nosotros mismos que tanto nos cuestan, más podremos hacerlo con los de los demás. Primero adentro, para que después lo veamos reflejado y correspondiéndose con un nuevo afuera. 

En definitiva, nada es lo que parece, porque no vemos al mundo como es; lo vemos como somos. 




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