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jueves, 1 de diciembre de 2022

Hablemos de fútbol y las pasiones




Mi relación con el fútbol tuvo muchos altibajos a lo largo de mi vida. Desde chica elegí un equipo diferente al de mi familia, tal cual decidí muchas otras cosas diferentes a ellos en todas las restantes áreas. Parece que eso de forjar mi camino a mi estilo me acompaña desde siempre. Como tantas otras cosas con las cuales me apasioné y me entusiasmaba experimentar, me surgió compartirlas con otros. Logré que mi hermana también cambiara conmigo, al menos por varios años. Cuando nació mi hermano, la familia se disputaba convencerlo para alguno de los dos bandos. Nos estuvo llevando la contra a ambos al elegir un tercer equipo, solo para no complacernos durante un tiempo. Luego se puso de mi lado y mi hermana volvió a elegir el de nuestros padres. Pueden parecer datos irrelevantes, pero encuentro similitudes más allá de esta disciplina deportiva y compartirlas es el objetivo del presente artículo. Nada es casualidad, toda la información está resonando y replicándose en las distintas áreas de nuestra vida. A veces lo hace de formas bastante curiosas o divertidas


Tal cual sucedía en la casa, quizás por mayor cercanía de edad o similitudes de personalidades/gustos, mi hermano y yo coincidíamos en los juegos y en la cancha. Celebramos campeonatos y lloramos eliminaciones de copas, de la misma forma que fuimos juntos a recitales y escuchábamos la misma banda de rock. Hasta un día tuvimos una leve discusión con mi hermana, porque un 1ro de enero decidimos ir a la caravana de festejos por el centenario del club, en vez de a la mateada familiar de principio de año en la casa de ella. 


La vida fue pasando y cada uno también fue tomando distintos caminos. Solo mi hermana siguió el modelo de familia más similar al de mis padres, pero solo en estructura, ya que en funcionamiento ella logró darle un estilo mucho más amoroso y evolucionado. 


De nuevo volvía a diferenciarme al haberle perdido la pasión al fútbol. Dejé de ver los partidos del equipo, de ir a la cancha y hasta de ver los de la selección nacional. Fue como si esa llama se hubiese apagado y hasta dudé ver el mundial. 


Este mundial es diferente. Es el primero que no me encuentra con las ganas de hacer lo imposible por ver todos los partidos, llenar los resultados del fixture, ni preocuparme por si el trabajo nos permitía ver los partidos o había que faltar con alguna excusa. 


Llegué a plantearme si realmente tenía ganas de ver los partidos de la selección nacional. A pesar de las dudas, decidí probar con el primero. Me asombré de la calma que mantuve más allá de lo que iba sucediendo y de haber terminado con un resultado desfavorable. Ahí empecé a notar ciertas resonancias. Ya no me identificaba con un país, ni depositaba en 11 jugadores la responsabilidad de alegrarme o amargarme el día. El fútbol ya no era una cuestión tan trascendente, ni algo que nos hiciera los mejores ni los peores. Sin embargo, el entusiasmo no estaba del todo extinto. Había un deseo de esperanza por celebrar victorias y éxitos que este deporte me traía como oportunidad. Empecé a ver que las formas de hacerlo y vivirlo hacían la diferencia. 


Las pasiones a veces nos embalan tanto, que nos enceguecemos. Proyectamos nuestras ilusiones y frustraciones en esos objetos de adoración de formas desmedidas. Pero también esta selección, y específicamente Messi, me estaban enseñando algo nuevo. 


El nivel de expectativas cuando uno mantiene una larga racha de victorias seguidas aumenta tanto que hace que los demás empiecen a juzgar y comparar con demasiada liviandad sobre aspectos, que en realidad, desconocen o no les son propios. ¿Se puede decir que alguien es el mejor de la historia, mientras ésta sigue transcurriendo y no se tiene ni pistas sobre su futuro? ¿Si un equipo gana es el mejor y cuando pierde se transforma en el peor? ¿Un deporte en el cual se representan países está tan aislado de la política y las relaciones entre ellos? ¿No lograr ganar una copa es un fracaso? ¿Llegar a las últimas instancias dando lo mejor no vale nada? ¿Si el "mejor jugador de la historia del fútbol" (al menos así considerado por muchos) no gana todas las copas/torneos deja de ser tan talentoso por ello? ¿Se pueden comparar mejores o peores jugadores de un deporte de equipo, sin tomar en cuenta los contextos tan diversos en los que jugaban?... 


Estas preguntas me hicieron pensar las veces que en nuestra vida nos juzgamos de exitosos o fracasados por los resultados obtenidos en relación a las expectativas que teníamos previamente a dar el primer paso. Si no lo conseguimos tal cual esperábamos, pareciera no valer. ¿Llegar a más cantidad de metas es más importante que cómo vivimos el recorrido o la clase de persona que vamos siendo con tal de lograr esos objetivos? 


La definición de "importante" es relativa a cada persona, sus ideales y valores individuales. Pero más allá de ese detalle, es muy común que muchos compartan los mismos criterios. Si al partir de este mundo solo nos llevaremos lo vivido internamente de estas experiencias, ¿por qué sobredimensionamos tanto las metas, lo material o hasta lo logrado? Sabemos que entran en juego varios factores tales como: dejar una huella en el mundo, un ejemplo a seguir para otros, herencias para familiares, avances en alguna disciplina, etc. Pero para llevarlo a lo más simple, ahora los vamos a dejar de lado. Hay una cuestión natural y nata de evolución o superación personal constante que nos va llevando a impulsarnos en el camino. En realidad todos logramos mucho más de lo que podemos cuantificar. Ninguno se va con lo mismo con lo que llegó o menos que eso. Este simple aspecto podríamos valorarlo un poco más, ya que no es nada menor. Me parece que las cosas empiezan a sentirse mejor, cuanto menos nos medimos como personas ante los resultados que pudimos obtener. No somos lo que tenemos, ni lo que conseguimos. Cómo nos vamos sintiendo en el camino, el crecimiento interno personal y hasta lo que vamos aportando a nuestros entornos a cada paso; parecieran ser cuestiones mucho más trascendentales de lo que las solemos pensar y valorar. Disfrutar o sufrir el recorrido termina siendo más importante que la cantidad de metas alcanzadas. Es por esto que la euforia de lograr algo es tan pasajera, en seguida nos aborda la preocupación de lo que nos falta para llegar al siguiente logro. Siempre habrá una nueva meta en el horizonte. No es que por ello ni debamos intentar dar el primer paso. De nuevo repito, al menos según mi perspectiva, lo importante termina siendo cómo caminamos y no tanto el camino elegido (ni hasta dónde se llega). Es por esto que, en mi opinión, Messi no va a ser ni mejor ni peor futbolista por conseguir (o no) tener ése título que hasta ahora es el único que le falta. Su técnico actual lo expresó muy claro al tener la primer derrota del equipo: "Ni antes éramos los mejores, ni ahora somos los peores". Cada uno tendrá sus opiniones, pero me pareció muy curioso las presiones y demandas que le ponen a él como jugador y que nos ponemos a nosotros mismos para con nuestros recorridos. Todo resuena. 


Otra cuestión que noté es nuestra manera de confiar en nuestras capacidades para lograr aquellos objetivos. En los partidos: ¿cuántas veces confiamos en los recursos/habilidades que tiene un equipo para afrontar el desafío y cuántas creemos que depende más de la suerte, cábalas o hasta coincidencias? ¿Podemos disfrutar de verlos jugar, más allá de cómo lo hagan o el resultado, o estamos sufriendo nerviosos hasta el último minuto? Creo que esta cuestión es la que hace que no nos enceguezcan las pasiones: ¿Qué hacemos ante el miedo? Si podemos confiar y mantener la calma, disfrutaremos más lo que vaya sucediendo. Si al miedo le agregamos presiones, estaremos sobredimensionando los efectos de simples resultados. Las presiones más comunes son ideas sobre cómo debería ser el resultado/juego, qué pasaría si perdemos, etc. Son las mismas ideas que se disparan inconscientemente con un estado de ansiedad y nos pasean por los posibles peores escenarios catastróficos que nuestra mente pueda llegar a imaginar. Así como sucede con este tema, que quizás a muchos no les llame la atención siquiera, también ocurre en cualquier otra área de nuestra vida donde pongamos el foco de lo importante a lograr. Además, cuando eso depende de otros, en vez de ser algo en lo que uno tenga alguna posibilidad de accionar, se complica el panorama ya que esas presiones son masivas y hasta rozan la agresión, críticas desmedidas o toxicidad. Ahora todo eso cambia radicalmente en un segundo si el resultado lo consideramos "positivo" y esa misma distorsión gira su polaridad hacia ver a esos otros, que lograron lo deseado, como "héroes" o hasta "dioses". Son personas que terminan encajando en esos arquetipos del inconsciente colectivo y tienen que vivir lidiando con que todo el mundo que sigue a aquel deporte juzgue cada paso que dan y hasta les pueden llegar a demandar explicaciones y todo. Se van mezclando nacionalidades, rivalidades políticas/geográficas, expectativas, necesidad de atribuirse algún logro, excusas para celebrar algo, etc. y termina todo distorsionado. No estoy diciendo que sea algo bueno ni malo, son opciones de vivirlo. También se puede atravesarlo conscientemente y agradecerles valorando sus intenciones, dedicación, preparación/esfuerzo invertido, habilidades y talentos, etc. Como todo, dependerá de nuestra decisión personal de cómo vivir lo que nos pasa. 


Es interesante pensar que así como proyectamos nuestras ilusiones y emociones en un simple deporte; también solemos hacerlo con cualquier otra excusa, contexto o tema en nuestra vida. Es liberador tomar consciencia de eso y disfrutarlo por lo que es, un simple juego, en vez de vivirlo desde nuestras ideas. Al menos esa fue la forma que encontré para permitirme disfrutar del fútbol. 


La identificación para definirnos por lo que hacemos, nuestros gustos, lugares de nacimiento, logros, o similares; va llevándonos a autoexigencias y separaciones un tanto irreales o absurdas. Podemos aprovechar estas resonancias para elegir mejores formas de tratarnos, valorarnos, percibirnos y conocernos. Seguimos siendo la misma humanidad y casi todos vivimos procesos similares, expresados de formas diversas y únicas. Lo curioso es cómo la información resuena en nuestro día a día, dándonos múltiples oportunidades de hacernos conscientes de nuestra energía. 







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