Quizás a los hombres les suceda algo similar con la energía femenina o su sensibilidad. Pero a muchas de nosotras no nos quedó otra opción más que crearnos la armadura de fortaleza para salir adelante. Y sostenerla a largo plazo, es completamente agotador.
Tal vez la ansiedad, que tanto combatimos, nos muestre las fugas de esa armadura vencida. Es que, al no sentirnos seguras, es comprensible que los miedos salgan a nuestro rescate y encima, al ser tan incómodos de sentir, los vemos como nuestros enemigos de turno a combatir. Cuando en realidad, a veces, sólo sean nuestras formas de pedirnos una pausa que nos habilite hacer un cambio profundo.
En el día a día no te das cuenta. Es probable que hayas normalizado poder con todo vos sola, o sientas que no tenés otra opción. Y lamentablemente, en algunos casos, lo último sea verdad.
Sin embargo, TODOS necesitamos y merecemos dejarnos sostener.
El miedo más grande que asoma al pensarlo es a la propia vulnerabilidad. Mostrarse vulnerable implica no tener corazas que nos protejan y arriesgarse a sentir dolor nuevamente. Aunque solemos olvidar que también implica la parte más positiva: ¿Y si sale bien y podés confiar? ¿No será que también tendremos miedos a que nos salga bien?
Creo que ante estas situaciones es necesario no olvidarse de separar el merecimiento y la autovaloración personal, de los resultados externos que vayamos a cosechar. La verdadera seguridad no te la va a dar ninguna armadura. Ese es un autoengaño que adoptamos en un momento de supervivencia, cuando no nos quedaba otra opción más que salir de esa circunstancia difícil con lo que teníamos disponible.
El amor propio es una herramienta más útil, próspera y siempre disponible. Si no te abandonás ante el primer dolor que sientas, te darás cuenta de que el verdadero lugar seguro es una autoestima sana. Las circunstancias o vínculos pueden arrojar diversos resultados, pero jamás dependerán de tu valor ni de si sos suficientemente digna de amor o de recibir contención, sostén y seguridad. Además, porque la gente da lo que es o lo que tiene y no lo que te merecés. Nadie abraza más fuerte de lo que aprendió a sostenerse y nadie ama más limpio de lo que sanó su herida.
Hay que entrenarse para volver a traer nuestra mirada y energía a nuestro interior, las veces que sean necesarias. Enraizadas en un mundo interno fuerte, no se necesitan armaduras. Sentiremos dolor cuando las cosas no salgan como esperábamos, porque es normal y porque elegimos soñar o ilusionarnos. La solución no está en no ilusionarse de nuevo, en no volverlo a intentar por miedo a volver a sentir ese dolor, ni en autoconvencernos de que podemos solas siempre. Sino en atrevernos a bucear en nuestra vulnerabilidad.
Quizás el mejor sinónimo del tipo de vulnerabilidad al que me refiero puede llegar a ser autenticidad o transparencia. Si seguimos ocultando que necesitamos dejarnos sostener de vez en cuando, proyectaremos una imagen distorsionada de lo que somos, sentimos y de lo que necesitamos realmente. Quizás nos creímos el personaje de la heroína que todo lo puede y hasta nos cueste reconocer cuando necesitemos ayuda. O lo asociemos con debilidad, cuando no sería correcto. Se necesita coraje para reconocer lo que nos pasa y comunicarlo asertivamente, y al menos yo, no veo signo alguno de debilidad en ello.
Escribo este artículo porque la mayoría de las veces, y en especial en ciertos casos puntuales como madres solteras (si es tu caso, no te olvides de leer después el siguiente artículo) o personas que atravesaron experiencias demasiado difíciles, ni siquiera somos conscientes de que otra vez recurrimos a usar las viejas armaduras.
Sentimos la ansiedad, la confundimos con otro tipo de temores, los buscamos racionalizar y nos autoconvencemos de que estamos bien de nuevo, para seguir adelante rápido. Pero quien huye de la profundidad, no encuentra la única llave que está en el fondo del pozo.
La valentía y el coraje vienen del corazón, no de una armadura. La armadura con el tiempo se oxida, se vence y se vuelve increíblemente pesada. Sin embargo, el sentir y la vulnerabilidad aportan la energía necesaria para sumergirse en la oscuridad y encontrar la llave. Contienen el poder y la suavidad del agua que, con constancia y a largo plazo, hasta desgasta las piedras más sólidas.
Reconocer que a veces no podemos con todo solas es necesario. Es abrir la puerta a un otro, que seguramente esté más que dispuesto a darnos una mano. Y si el otro que tenemos delante no nos ofrece esa disponibilidad, sabremos encontrar a alguien más que sí le nazca genuino del corazón ayudarnos cuando lo necesitemos. Algunas veces será un profesional, otras algún familiar o amigo, quizás una pareja o hasta un desconocido.
Si entendemos que en realidad se trata de energía, nos daremos cuenta de que, haciéndonos la fuerte, sólo estábamos bloqueando el flujo de un caudal siempre disponible a atravesarnos para limpiarnos. Sólo nosotras manteníamos cerrada esa puerta, por miedo a sumergirnos para encontrar la llave y abrirla.
Quizás sea momento de que recuerdes que te merecés dejarte sostener, que te merecés nuevas oportunidades y que cada experiencia dolorosa del pasado te ayudó a saber elegir mejor en este presente. No te castigues de más. Perdonate e intentalo otra vez desde nuevas perspectivas. No dejarse ayudar ni compartir la responsabilidad, también es otro tipo de abandono. Permití que el caudal de amor propio rebalse desde tu corazón y la vulnerabilidad haga su magia por sí sola... No me creas, pero date el permiso de siquiera intentarlo, soltando la armadura al menos por un rato.


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