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sábado, 16 de abril de 2022

Sobre madres y padres solteros...





La paternidad o maternidad consciente, por llamarlo de alguna manera, presenta grandes desafíos muy enriquecedores a trascender. Para los que somos madres, o padres solteros, algunos desafíos parecen multiplicarse. Antes que nada, les aclaro que no es mi intención decirle a otros padres cómo criar a sus hijos, solo me surge compartirles algunas cuestiones, que en mi experiencia de madre soltera, fui descubriendo. Cada uno decidirá qué considera mejor, en función de sus criterios, posibilidades o circunstancias. En este artículo les contaré algunas tendencias, que al tomar consciencia, pueden aportar alivio ante las dificultades. 

Cuando uno empieza algún camino o proceso de crecimiento personal, o hasta cuando va a terapia por primera vez, se vuelve evidente (y casi inevitable) repensar qué tipo de padres estamos siendo con nuestros hijos. En estos procesos, vamos descubriendo hasta dónde nos marcaron las experiencias de nuestra infancia y la trascendencia de esos modelos adquiridos de aquellos adultos referentes que nos criaron. Se busca trascender lo recibido para estar mejor con uno mismo, pero si además ya somos padres, es lógico querer aplicar lo aprendido con nuestros hijos y su crianza. No queremos dejarles las mismas huellas que nos encontramos. En este aspecto es muy importante que entendamos que nadie nace sabiendo cómo criar a sus hijos, muchas veces desde el amor y con todas las mejores intenciones no se obtienen los resultados deseados, los criterios de crianza son demasiado variados y los que elijamos, quizás, no coincidan con los valores de los demás o mismo de nuestros hijos y sus necesidades. Puede hasta pasar que con un hijo nos salga más fácil que con otro, que alguno nos presente desafíos más complejos y miles de otras variantes. Lo principal de todas éstas cuestiones es que nos grabemos a fuego, que seguramente, nos equivoquemos más de lo que acertemos al criarlos y que no somos malos padres por ello. Venimos nombrando en casi todos los artículos anteriores cómo nos marcaron los sistemas de crianza recibidos, pero también aclaramos mil veces que por ciertas cuestiones (hasta socioculturales) son circunstancias casi inevitables. Podemos criar haciendo más énfasis en generarles mayor confianza y un mejor autoestima, pero seguirán dependiendo de nosotros para crecer, y en esos momentos, nuestra influencia será determinante. O sea, no podemos evitar dejarles huellas, pero sí podemos fijarnos que sean las más amorosas posibles. Sepamos que el error es parte del camino y en estas cuestiones las culpas pueden volverse nuestros grandes obstáculos. Por eso ya sabemos y aceptamos, que a pesar de estar haciendo lo mejor que creamos, probablemente vayamos a dejarles más huellas de lo que nos hubiera gustado. Así que no nos condenemos, frustremos, ni nos tiremos abajo por ello. Recordemos también que hicimos nuestro mayor crecimiento personal a partir de esos dolores que vivimos en nuestra infancia, nuestros hijos también son capaces de ir superando lo que sin quererlo podamos llegar a causarles. Lo más importante es caminar con una intención amorosa y valorarla más, en vez de juzgarnos severamente por todo lo que no nos salió como preferíamos. Habiendo aclarado esto, continuemos con todo lo demás. 

Suelo ver dos grandes tendencias a la hora de criar a nuestros hijos: una en la que repetimos los modelos adquiridos de nuestros padres (por lo general de formas inconscientes); y la otra, en la que solemos hacer lo opuesto a lo que hicieron con nosotros. En ambas podemos encontrar el mismo patrón: nuestro punto de referencia son los modelos de padres que tuvimos. Terminamos condicionando la crianza de nuestros hijos según lo que creemos haber recibido de nuestros padres, ya sea para repetirlo o para modificarlo. No solemos pensar más allá de estos condicionamientos. Igualmente que en nuestro proceso de crecimiento personal, pasamos esa etapa de romper (o trascender) mandatos familiares y sociales absorbidos inconscientemente por nuestros primeros entornos. Por lo tanto, siempre nos va a servir pensar qué valores queremos transmitir a nuestros hijos en esta vida que tenemos el honor de compartir como sus referentes. No importa si coinciden o difieren de los recibidos, no nos condiciona aquel aspecto. Tenemos que aclarar también, que nuestros hijos aprenden mucho más de nuestros ejemplos y coherencia, que de nuestras palabras o discursos. Si decimos algo, pero actuamos contrariamente, el mensaje que le demos también será contradictorio; por lo tanto, el efecto no será el esperado. Por lo menos yo, fui descubriendo que cuanto más trabajaba en mi interior, y por mí o para mí, mejor madre me iba volviendo por consecuencia indirecta. No podemos hacer con otros, lo que no estemos haciendo con nosotros mismos primero. Si queremos amarlos sanamente, debemos primero amarnos sanamente a nosotros mismos, para saber lo que es, qué queremos transmitirle y qué no. Además, al empezar por uno mismo, los cambios con todos nuestros vínculos (no solo con nuestros hijos) se empiezan a reflejar naturalmente y sin esfuerzo. Para ejemplificarlo, tomemos la aceptación a ser como somos. Si no nos aceptamos realmente y vivimos expresando esos rechazos a lo que menos nos gusta de nosotros mismos, podemos llegar a estar rechazando aspectos de los demás sin darnos cuenta siquiera. Si no me tengo paciencia al equivocarme, ¿cómo puedo tenerla cuando mi hijo se equivoque? Si no reconozco tener defectos, ¿cómo voy a aceptar y no criticar constantemente los defectos que crea ver en mis hijos? Si creo siempre tener razón, ¿cómo le voy a enseñar qué es la humildad?... 

Como en todos los temas y áreas de nuestra vida, todo empieza primero adentro. Si enfocamos nuestra intención amorosa de estar mejor con nosotros mismos y seguir avanzando con dulzura en nuestro crecimiento personal; estaremos siendo más amorosos y compasivos para con todos nuestros entornos. Les enseñaremos desde el ejemplo y uno de los más importantes, como el de que priorizarse no es ser egoísta, sino hacerse responsable de su propia vida primero. Seguramente, les transmitiremos la trascendencia de que pensar por uno mismo y seguir la voz de su corazón es prioridad. Podremos inspirarlos a que se acepten, valoren y amen a sí mismos primero, para luego relacionarse sanamente con otros. ¡El bendito amor propio! Se vuelve fundamental poner nuestro amor propio primero, precisamente, porque todo empieza por nuestro interior. Si lo fuimos aprendiendo para con nosotros lo transmitiremos en nuestros actos y palabras, casi sin buscarlo. 

Ahora bien, la mayoría de los que somos padres caímos (o caemos) en el autosacrificio con demasiada facilidad. ¿Cuántas veces anteponemos a nuestros hijos por sobre todas las demás cosas de la vida? Solemos darle el primer lugar en la escala de prioridades, y pensar en no hacerlo, hasta nos causa cierto rechazo o culpa y consideramos que puede llegar a ser egoísta. Pero pensémoslo en profundidad. Una madre o padre que vive para sus hijos los está poniendo en un lugar no demasiado justo para ellos. Les pone la presión de ser el motor o motivo de su existencia, felicidad, o similares. Deposita en ellos la necesidad de que lo hagan feliz, evadiendo su propia responsabilidad sobre el asunto. Depende de ellos para definirse, para sentirse bien, o para creer que está cumpliendo el propósito de su Vida. ¿Qué pasa entonces cuando esos hijos crecen? ¿Y con los proyectos individuales y sueños? ¿Estaría justificándose de no cumplirlos por haber tenido que criarlos? ¿Es ese un buen ejemplo, para que cuando esos hijos crezcan, lo tomen de modelo para cumplir sus propios sueños? ¿No les reclamaríamos que todo ese sacrificio sea mejor reconocido mediante múltiples reproches o demandas? ¿No les estamos enseñando a poner la razón de vivir o motivo de felicidad en función a un otro, en vez de a su cargo? ¿No se volverían dependientes de un otro para sentirse plenos, en caso de seguir nuestro ejemplo de autosacrificio? Les inculcaríamos que hagan las cosas lo mejor posible solo para no desilusionar a esos padres tan sacrificados, en lugar de hacerlas por motivaciones propias. ¿Qué sucedería a la hora de que esos hijos (criados desde el sacrificio) tuvieran que tomar sus propias decisiones de adultos? ¿Elegirían profesiones por sí mismos, o en función a retribuir un poco de todo lo que sus padres dejaron por ellos? Quizás, hasta se sientan presionados a seguir lo que creen que esos tan sacrificados padres esperan de ellos. De adultos, podrían creer que les deben algo y buscarían complacerlos eligiendo para no defraudarlos, en vez de hacer sus elecciones por motivaciones propias en función de sus gustos o valores personales. Quizás, hasta se sobreidentifiquen con aquellos padres, y si tenemos en cuenta esto de las huellas que nos dejan para la vida adulta, les sería mucho más difícil trascender sus mandatos familiares o sociales. ¿Sería realmente sano para esos hijos, y para nosotros mismos como padres, ponerlos en ese lugar tan central de nuestra existencia? ¿No somos personas antes que padres? Cuando esos hijos crecen y se van de la casa, ¿qué pasa con nuestra motivación, o motor de felicidad, se apaga? ¿Pierde sentido nuestra vida si ellos ya no están? ¿Hasta dónde no les estaríamos influyendo para que nos devuelvan algo de todo lo que dejamos de hacer por ellos? ¿Es realmente sano entregarse por completo, casi vaciándose, a un otro en cualquier vínculo? Pensemos este punto traspasándolo a otro vínculo para evaluarlo mejor: En una pareja, ¿es válido sacrificar todo lo individual por anteponer las necesidades del otro ante las propias? ¿Qué pasaría en el caso de que ese otro necesite o demande algo que va radicalmente opuesto a nuestros valores personales? Si nos pidiera que dejáramos de reunirnos con nuestras amigas para solo reunirnos con sus amigos, ¿cederíamos sacrificando nuestras amistades? Pero pongamos otro ejemplo, en el cual, ni siquiera tenga que ser algo que nos pidan. ¿Qué pasaría si esa persona quisiera vivir en un país alejado y nosotros no? ¿Nos iríamos igual? ¿Es realmente sano anteponer siempre a un otro primero, que a nosotros mismos? Y volviendo al ejemplo del cual aprenden nuestros hijos de nosotros, ¿no les estaríamos enseñando a que ellos también se sacrifiquen por un otro primero en todos sus vínculos? No olvidemos que los padres terminamos siendo para nuestros hijos los modelos de relacionarse con los demás. Si les enseñamos que el autosacrificio es algo sano (aunque sea transmitido indirectamente por nuestra conducta hacia ellos), seguramente, será lo que inconscientemente tiendan a repetir para con sus vínculos de adultos. 

Somos libres de elegir y cada uno considerará si ese autosacrificarse por sus hijos es algo que les gustaría o no transmitir al criarlos. En lo personal, tengo el ejemplo de mi madre y el mío para elegir algo mucho más sano que eso. Reconozco que es mi opinión personal y pueden no compartirla, pero me gustaría contarles en pocas palabras algo de ello, por si les inspira a reflexionar diferente ese sacrificarse tanto. Mi madre dejó de trabajar por criarnos, era profesional y tenía su título universitario. Durante años la escuché decirme que le hubiese gustado viajar por el mundo, volver a trabajar y hasta en algún momento llegó a confesarme que quería separarse, pero la razón que me contó que la llevaba a no hacer todo esto, éramos nosotros (sus tres hijos). En algunos casos, esperaba que creciéramos para pensar en concretar sus planes, en otros, nos ponía de excusa para no tomar decisiones difíciles. Todo eso no importó demasiado cuando se murió sin concretar ninguna de estas cosas que me había confesado querer lograr. Es cierto que eso no implicaba no haber tenido una vida feliz igual, pero a mí como hija, me generaba culpa saber que mi madre no hacía lo que tanto quería por nosotros. Me pesaba pensar que le estaba obstaculizando su camino para disfrutar cumplir sus metas, hasta sentía que podíamos como "molestarle", o que quizás, se arrepentía de haber tomado esas decisiones de sacrificarse tanto por la familia. Ni hablar de la angustia que me generó saber que se murió sin haber logrado muchas cosas que dijo querer. Por mi parte, yo pasé muchos años deprimida llegando a poner como motor para seguir adelante a mi hija. En ese momento no sabía como hacerlo diferente. Cada fin de semana que mi hija se iba con el padre, yo parecía apagarme de nuevo, para volver a revivir, una vez que ella volvía. La llegué a poner de excusa en varias oportunidades. No podía ir al recital que tanto quería, a pesar de tener entradas gratis, porque no sabía con quién dejarla y me lo perdí (les sumo el dato de que tampoco pregunté si alguien me la podía cuidar por esas horas), no renunciaba al trabajo que ya no quería seguir haciendo, porque me veía como el único sostén económico para las dos y hasta llegué a dejar de hacer un viaje a un retiro por no querer dejarla tantos días, a pesar de que fuera solo un fin de semana. Tengo miles de ejemplos similares más, pero me iría del tema central por contarlos. El caso es que me privaba yo de hacer lo que quería, poniendo de "excusa" a mi hija. A pesar de no decírselo ni reprochárselo, en algún grado, eso me pesaba por dentro. Con los años, llegué a ver mi capacidad de autoengañarme tan tenaz que tenía, porque en realidad no hacía lo que quería por no animarme. La excusa de que "era por ella" me la decía como mera justificación para no afrontar con coraje lo que me pasaba realmente. Con el tiempo fui cambiando muchísimas cosas, salí de esa depresión y revolucioné la mayoría de mis creencias mentales. Llegué a sentirme demasiado culpable por haberla puesto en ese lugar tan injusto para ella y para conmigo, en vez de admitirme mis cobardías. Me perdoné las culpas, hasta le pedí perdón a ella, reconociéndole con humildad, que durante muchos años no estaba tan bien conmigo misma, como para haberle brindado la mejor versión de madre que se merecía de mí. Me enfoqué en priorizarme, porque entendí que era necesario estar bien conmigo primero y también para darle el mejor ejemplo a seguir de forma indirecta sin influir en su libertad de decisión y pensamiento. Llegué a renunciar a ese trabajo desde la motivación personal de decidir qué quería hacer yo, sabiendo que estaba eligiendo por mí y no había errores en ello. Mejoramos mucho nuestra relación y convivencia, aunque sé que nos queda mucho por recorrer. Estoy profundamente agradecida y muy honrada de haber hasta llegado a festejar juntas que cumplí varias cosas que tanto quería hacer por mí. Me enfoco cada día en mi lugar o responsabilidad para educarla en que solo ella se haga responsable de su felicidad, libertad y amor propio. No soy la madre perfecta y no creo que exista algo similar, pero tengo la humildad de reconocerle mis errores disculpándome y dialogar para mejorar juntas día a día. Ya no la hago responsable de mi felicidad, ni motor de mi vida; eso siempre me correspondió a mí misma y fue gracias a mis sufrimientos que lo fui descubriendo.



Como padres solteros, tenemos otros desafíos más que contemplar. Uno demasiado común, es el de pensar que debemos cubrir el rol del otro que no está, aún cuando mantengamos una buena relación si nos separamos. Más allá de las distintas variantes (no es lo mismo haber enviudado, estar separados en buenos términos y en no tan buenos, no contar con el reconocimiento ni apoyo del otro, u otras situaciones), podemos ver una tendencia general y casi natural de querer cubrir ése otro rol o espacio. Es lógico, tendemos a darle todo lo que podamos y necesiten nuestros hijos, a pesar de que exceda nuestro rol. El punto en el cual podemos repensar estas cuestiones se entiende mejor si evaluamos los impactos psicoemocionales que estos generan. Más allá de cuestiones de género, los roles en una dinámica familiar tienen una relevancia importante para la psique infantil. El niño necesita roles definidos, aún cuando hablemos de una familia funcional, o disfuncional, como les gusta denominarla a muchos. No podemos ser padre y madre a la vez. A pesar de que nos desvivamos por ello, no es el mejor impacto para el niño tampoco. Podemos diferir en criterios y respeto si no comparten estas opiniones. El caso es que no podemos reemplazar al que no está, ni tampoco nos corresponde. De nuevo, hablo por experiencia personal y es algo que hasta ni se nos ocurriría cuestionarnos como padres solteros, pero igualmente, se ve necesario hacer. Si abarcamos más que nuestro rol, lo que tenderíamos hacer es a sobrecargarnos e intentar lo imposible, además de transmitirles un mensaje confuso. ¿Está bueno inculcarles que todo depende de uno solo, cargando con responsabilidades ajenas? ¿Queremos transmitirles que no puede o merece recibir ayuda, contención y ser acompañado dignamente en una tarea que le corresponde a dos? Si bien lo hacemos para no dejarles el hueco, o que eso no los lastime, estaríamos pudiendo hacerles un daño mayor sin darnos cuenta. Le podemos llegar a inculcar que uno está solo para todo, que no puede confiar en nadie más, que no merece ser acompañado sanamente en sus vínculos, o hasta que nosotros todo lo podemos, y ése abarcar más de lo que nos corresponde, le puede doler mucho más cuando ya no estemos en este mundo. El mensaje que indirectamente le daríamos también, es que podemos con todo como si fuéramos invencibles y que vamos a estar siempre para todo lo que necesiten. Eso no es real y hasta podemos llegar a coartar su autonomía o la capacidad de valerse por sí mismos, sin apropiarse de responsabilidades ajenas. Repensemos los roles. La madre tiene un rol más presente para el niño en sus primeros años de vida y el padre, desde el embarazo, su rol es acompañarla apoyando y conteniéndola. Luego, podrán distribuirse las distintas responsabilidades que haya que cubrir, que no sean exclusivas a la madre en sí. El padre puede tomar mayor protagonismo a lo largo de los primeros meses y su rol es el de estar constantemente colaborando en todas aquellas tareas que ayuden a la madre con tanta presencia que se le demanda, hasta por cuestiones biológicas. A medida que el niño crece, se va equiparando esta cuestión y hasta desde lo psicológico es necesario para ese niño un determinado corte del padre para con tanto apego natural que tiene el lazo con su madre. Es como si pasada esa etapa del Edipo, o complejo de Electra, los niños tuvieran que asimilar un nuevo orden en esos roles y vayan ganando por ello sus incipientes primeros indicios de que crecer es obtener mayor autonomía. En esta reestructuración aparece como protagonista el límite. No es fácil poner límites desde una autoridad firme, pero amorosa a la vez. Por lo general, uno de ambos padres suele ser más permisivo que otro. La dificultad a la hora de saber poner esos límites suele radicar en que nosotros como padres crecimos con modelos de autoridades distintas a lo que queremos ejercer ahora con nuestros hijos. Por lo general, la mayoría de nosotros se crio en familias donde ésa autoridad nos educaba indirecta o directamente (según el caso) a través de miedos. Si cumplíamos alguna norma familiar era por no recibir un castigo, o sea por miedo a ser castigados, muchos ni siquiera recibíamos la explicación de por qué ese límite era necesario. Ni hablar de aquellos casos en los cuales muchas madres depositaban exclusivamente la responsabilidad de poner límites en los padres diciendo cosas tales como "Vas a ver cuando llegue tu padre a casa". Venimos de modelos verticales de rígidas autoridades jerárquicas, que hasta no debían siquiera dar demasiada explicación y se delimitaban a un simple "porque lo digo yo" o "porque soy tu madre/padre". Nos enseñaron a movernos por obligación, capricho y por miedo a las represalias que se sucedían si no obedecíamos. Ahora las cosas cambiaron un montón, pero en nuestro inconsciente todavía habitan esas historias y recursos absorbidos de aquellos modelos en nuestra infancia. Muchos de ellos afloran casi sin darnos cuenta en frases que soltamos sin pensar con nuestros hijos. No es fácil por ello resetear esta información para adaptarla a nuevos contextos como los actuales y no todos lo saben hacer. Educar poniendo límites amorosos y sanos, implica mucho esfuerzo y paciencia. Algunas formas sirven más o mejor con algunos hijos que con otros. Hay miles de variables que influyen y se pueden contemplar. Así que, para no extenderme demasiado, solo voy a agregar que amor y miedo son opuestos. Desde una autoridad amorosa puede haber: diálogo, respeto, firmeza, coherencia, escucha, flexibilidad, contención, etc. Desde una autoridad que es ejercida desde el miedo habrá: temor, exigencia, intransigencia, imposición, reclamos, posibles contradicciones, sobreprotección o excesivo control, etc. 


También hoy en día, nos encontramos con otras variantes más que la del premio y castigo, ya que se puede educar en responsabilidad y consecuencias. No olvidemos que, más allá de los modelos de crianza que adoptemos según nuestros criterios como padres; estamos formando a nuestros hijos en valores personales, autoconfianza, autoimagen, autocuidado, normas básicas de convivencia, formas de relacionarse con otros, respeto, libertad, autonomía, diálogo, escucha, etc. La mayoría de todo lo que vayamos a enseñarles lo haremos a través de las dinámicas familiares, la experiencia, el ejemplo y la palabra. Poner límites, permitir o hacer concesiones, a pesar de que nos cueste, es parte fundamental de ésas dinámicas. No poner tantos límites por miedo a no saber hacerlo amorosamente tampoco es la solución, ya que los estaríamos criando haciéndoles creer que todo siempre se dará como ellos pidan y de mayores no tendrán las experiencias ni sabiduría necesaria para tolerar y superar sus frustraciones cuando no suceda lo que ellos esperan. Les limitaríamos de que puedan encontrar recursos internos para incorporar esa tolerancia a la frustración, y en vez de aprenderlo a la edad que más fácil les resulte, deberán tener que hacerlo de mayores con sus vínculos o trabajos. El límite es sano y les ayuda a asumir la responsabilidad necesaria para ir forjando su propia autonomía, que no los lleve a dependencias emocionales de adultos. Les permite encontrar sus propios recursos internos para lidiar con la aceptación, la frustración, el respeto por la libertad de los demás y saber ejercer la libertad de hacerse responsables de sí mismos sanamente. 


Decíamos entonces, que suele haber un progenitor que ponga más los límites que el otro, o al menos al cual los niños suelan respetar más en este aspecto. Esta es la mayor dificultad para los padres y madres solteros. No tenemos con quien turnarnos en imponer esos límites, contener, mantenerlos, o cuestiones similares. Algunas veces hay abuelos que ejercen esos “roles vacantes" teniendo que lidiar con otras dificultades propias, como que la firmeza no es la principal cualidad del rol de abuelo, sino que es la opuesta: la complacencia o consentirlos. Si el poner límites a partir de los modelos que recibimos en nuestra infancia nos era ya una tarea difícil, el no tener a ese otro con el cual "turnarse" o que los mantenga con el mismo criterio (en caso de que sí sea un padre presente a pesar de la separación); se nos vuelve un desafío aún mayor. Igualmente para todas estas situaciones, yo encuentro que la mejor opción va a ser mantenernos en nuestro rol ejerciéndolo con responsabilidad y marcar el límite de lo que nos corresponde, y de lo que no, de formas asertivas. Enseñémosle que no somos padre y madre a la vez. Que tomen consciencia de nuestro lugar y del suyo. Podemos también apoyarnos en otros que puedan colaborar, pero sin exigirles que ocupen esos lugares vacantes tampoco. Aunque pensemos que las ausencias duelen más, los efectos que generan roles confusos modifican aún más la dinámica completa y dejan grandes impactos en el modelo de vínculo sano que podamos transmitirles. 


También tenemos otras dificultades más cotidianas o comunes tales como: quién nos puede ayudar en llevarlos o irlos a buscar al colegio cuando estamos trabajando, quién nos ayuda a turnarse para cuidarlos al enfermarse para no faltar tanto al trabajo, quién puede hacer con ellos la adaptación del jardín si no podemos tomarnos licencia para hacerlo nosotros, quién nos da una mano para poder cumplir con sus horarios de deportes o cumpleaños yendo y viniendo todo el tiempo, si podemos o no ir a los actos escolares y esas actividades del colegio, etc., etc. La mayoría de éstas cuestiones tienen más que ver con compatibilidades y organización respecto de nuestros horarios para con los de los niños. Es sencillo entender que cuantas menos personas haya, más se nos complica no sobrecargarnos. Dentro de todos esos esquemas solemos no incluir, u optar por sacrificar, actividades personales nuestras como: salidas, estudios, esparcimiento, descanso, viajes, etc. Es casi entendible que caigamos en esas tendencias del autosacrificio, sin darnos cuenta al ver estos aspectos. Sin embargo, todo radica en nuestras prioridades y decisiones. Si tomamos el bienestar propio como una prioridad indiscutible para aportar un mayor bienestar a lo que sea que hagamos y con quienes convivamos, siempre vamos a encontrar la manera de incluirlo en nuestros esquemas o rutinas. ¿Siempre tuvimos algún hueco disponible si nuestro hijo nos pedía ir a la plaza o tomar un helado, no? Nos hacíamos el tiempo, por lo tanto, siempre se puede. El tema es que no lo sacrifiquemos, porque si a no estar tan bien por no atendernos (ni por no hacer nunca algo que nos guste) le sumamos la sobrecarga de ser padres o madres solteros; el asunto se vuelve casi inviable. También va a depender mucho de la actitud que decidamos adoptar para con lo que estamos haciendo día a día. No es lo mismo hacer todas esas actividades desde la obligación, lucha o fastidio; que desde la alegría, voluntad o disfrute. Si no están pudiendo adoptar mejores formas de afrontar las actividades o desafíos de la vida cotidiana, primero están ante la oportunidad de poder replanteárselo para cambiarlo (porque siempre estamos a tiempo), y segundo, recuerden que todo depende de nuestras decisiones. Es una decisión cómo elegimos vivir lo que sea que nos pasa y es otra decisión hacer algo con lo que nos pasa (nos molesta, fastidia, etc.). Será el momento para un gran cambio. Decidir tomar responsabilidad, en vez de estar siendo víctimas de las circunstancias o rutinas, decidir nuestra actitud para vivir nuestra vida y desde ahí reestructurar nuestra escala de prioridades. Poder se puede. Lo digo por experiencia y la ganancia de hacerlo es abismal. De nuevo, todo vuelve a depender de una simple decisión: la de no conformarse ni rendirse a sobrevivir. Podemos elegir cómo vivir lo que sea que nos suceda. Nunca lo olvidemos. 


Por último, me gustaría aportar que busquemos ser más compasivos, tolerantes y menos severos con nosotros mismos. No es tarea nada fácil, si somos padres o madres solteros en estos contextos, mucho menos si no tenemos al rededor tanta gente con la cual turnarnos. Recordemos que siempre estamos haciendo lo mejor que podemos con lo que tenemos y con lo que nos pasa. Medirnos con varas súper exigentes, enfocándonos exclusivamente en todo lo que no podemos ni llegamos a hacer, es demasiado injusto para todo lo que sí logramos hasta ahora. Como ya hemos dicho, no recibimos un manual, ni tuvimos quizás los mejores modelos de cómo ser padres. No nos presionemos por ser los mejores, sino por mejorar a medida que vayamos pudiendo, según nuestras circunstancias, en ser un poquito mejores con nosotros mismos de lo que veníamos siendo hasta ayer. Y esto comienza en poder valorar, apreciar, reconocer y admitir que no se puede con todo y eso está bien. Pero también, comienza en poder mirarnos a nosotros mismos desde una óptica más amorosa y menos exigente. En mi experiencia, la gran fórmula que encontré para poder ser tan feliz como soy ahora, después de haber estado tan deprimida, es el AMOR PROPIO. Un necesario cambio de mentalidad que me llevó a atenderme, para poder estar bien yo primero, porque sino todo lo demás me era insostenible. Y si les está costando tomar esa decisión de priorizarse ante todo, seguramente haya miles de creencias limitantes que los hagan pensar no merecer ocupar el primer lugar en su propia vida. Los invito a reflexionarlo, a recordar pedir ayuda, a dejarse ayudar y a que sea hoy el primer paso de un nuevo maravilloso camino, tan hermoso como recuerdo que comenzó el mío. Aún sin conocerlos les tengo toda la fe, si yo pude, estoy segura de que no hay persona en este mundo que no pueda lograrlo. ¡¡Millones de bendiciones!! 





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