Estos modos de lidiar con nuestras emociones y de tratar de comportarnos como los correctos, los tenemos grabados en nuestro inconsciente personal. De adultos salen en nuestros vínculos, pero no solemos asociarlos con estas cuestiones de la infancia. Nos comportamos desde estas tendencias, pero de forma inconsciente o automática. Nos suele costar decir que no, cuando realmente querernos, ya que tendemos a evitar desilusionar a un otro. Nos da culpa sentir que podemos dañarlo con nuestros comportamientos incorrectos, o expresando ciertas emociones “no aprobadas”. Tendemos a no querer equivocarnos, por lo que nos cuesta reconocer si lo hacemos, ya que esto es equivalente a no ser el niño bueno. Damos todo tipo de justificaciones y proyectamos nuestra responsabilidad en otros, o en las circunstancias, con tal de no admitir un error. Podemos estar horas discutiendo, con tal de no llegar a esa instancia. Tratamos de tener la razón y sostenerla a toda costa. No solemos admitirlo fácilmente. Pero esto no se debe a que carecemos de la humildad necesaria para hacerlo, sino que proviene generalmente de aquellas tendencias inconscientes. En todo esto, nuestro ego nos va llevando por todos sus mecanismos de defensa para no reconocerse errado. Podemos hasta ofendernos con ese otro que nos llegue a insinuar, siquiera, la posibilidad de estar equivocados.
Desde aquellos dolores que pulsan nuestras heridas de la infancia, podemos llegar a forjar la creencia que hay algo malo en nosotros y que debemos proteger a los demás de hacerles daño. Ese juicio nos hace sentir tan culpables, que si algo sale mal a nuestro alrededor, podemos llegar a asumir culpas sin haber sido los responsables de las verdaderas causas. Nos solemos disculpar por lo que sentimos, por lo que expresamos, por la forma en la cual lo expresamos, etc. Esto es muy fácil de identificar, ya que parece que vivimos disculpándonos por todo.
Volvamos a aclarar, que cada persona es un mundo o un universo y que estas descripciones generales, no aplican a todos los casos. Por ejemplo, en las personas altamente sensibles las tendencias a sentir que está mal ser tan sensible, llegan a lo más profundo y suele reforzarse en todos sus vínculos por su sobreempatía con el entorno. Como siente las emociones de los demás como propias, si siente que por un error suyo alguien puede salir lastimado; tenderá a pensar que ese dolor, el otro lo sentirá con la misma intensidad que la propia. No se da cuenta que quizás no es altamente sensible, y por lo tanto, puede que esa emoción no le cueste tanto trascenderla como a uno mismo. Esto lo lleva a sentirse culpable por el dolor del otro, a vivir ese dolor como propio e intensamente por su alta sensibilidad y a reforzar esa creencia de que hay algo malo en él; que necesita esconder o reprimir por los demás y para mantener la armonía en su entorno. Pero todo esto está distorsionado, por la no aceptación de tanta sensibilidad y por creer o pensar que otros sienten de la misma forma que uno mismo. En ese aspecto los PAS se autoexigen demasiado y refuerzan tendencias perfeccionistas, que hacen aún más difícil perdonarse un error. Lo cual agranda, aún más, esa creencia de que hay algo malo en ellos y de que son los responsables del bienestar de sus entornos. También refuerza la necesidad de armarse esa coraza para no mostrar su vulnerabilidad o su autenticidad, ya que tiene pánico de volverse a sentir rechazado o herido de nuevo. Todo esto puede sanarse, aún cuando quizás le lleve más tiempo que a otros, ya que esas heridas llegaron más profundo por tanta sensibilidad (si sos PAS te recomiendo ver el video de nuestro canal en el cual me explayo más sobre este tema y dejes tu like si te interesa).
Vamos viendo que, más allá de los orígenes y de los matices en las formas de vivirlos o sentirlos, tenemos un montón de huellas de dolor grabadas en nuestro inconsciente. Ese niño interno sigue dentro nuestro y está herido. Depende de nosotros poder ayudarlo a sanar e informarle que no hay nada malo en él. Abrazarlo hasta que se sienta bien, validado y seguro. Atenderlo y perdonarlo, para perdonarnos a nosotros mismos, el haber juzgado con tanta dureza nuestras experiencias. Saber que no hay errores, que todo era válido para ese niño que desde esa inocencia iba aprendiendo y que cuando uno va experimentando, el error solo es aprendizaje. Reconocerle que sobrevivió a todas esas experiencias y que ahora nosotros somos los adultos a cargo para darle todo lo que necesitó y no tuvo en esa infancia, es sanarlo. Puede que nos lleve un tiempo y bastantes abrazos, quizás dependerá de los que hayamos recibido o no en el pasado.
Ahora que tenemos la oportunidad de hacerlo con mayor información, gracias a lo aprendido por estas experiencias, vamos a concentrarnos en cuestiones más prácticas.
La clave está en conocernos tanto, como para identificar: cuándo estamos diciendo que sí porque queremos y cuándo lo hacemos desde esas heridas no sanadas, o desde la necesidad de no confrontar con el otro. Hacer un verdadero acto de honestidad con uno mismo para identificarlo realmente. ¿Desde dónde estamos actuando? ¿Cuáles son esas motivaciones internas? ¿Es tan cierto lo que me vivo repitiendo? ¿Qué dice mi cuerpo, está tenso al pensar en esa respuesta, o se siente bien esa decisión?
👉🏻 Un ejercicio muy útil, si estás en estos procesos de autoconocimiento, será que puedas registrar en algún cuaderno o diario emocional estas respuestas, cada vez que te suceda el conflicto de no saber desde dónde estás actuando. Con el tiempo, podrás ver que van dibujando un patrón. Eso que te sucedía con un vínculo o situación, también sucedía en otras áreas de tu vida. Nada es casual. Estás llegando a la base de tus creencias limitantes. Se te va abriendo todo un universo nuevo de posibilidades para trascenderlas y así explotar nuevos potenciales internos desde la responsabilidad de asumir ese poder personal de decisión. Nunca fuiste víctima de tus circunstancias, solo desconocías cuál era tu papel o rol, desde dónde las alimentabas y generabas. Siempre estás a tiempo de redirigir esa energía hacia vivir más plenamente, sin limitar todo tu potencial.
Después de este "sincericidio"(🤭) nos queda animarnos a sentir esos dolores que nos causa conflictuarnos y no saber ir por lo que queremos realmente. En este punto es importante recordarte que como tenés una tendencia a sentirte culpable, tu mente puede llevarte a juzgar tus emociones o sentimientos. Por ejemplo: si uno descubre que con ese amigo (que estuvo siempre a su lado) ya no tiene más ganas de estar, porque la vida los fue llevando por distintos caminos o formas de percibir las cosas y ya no congenian tanto, puede tender a sentirse culpable de no hablar tan seguido con él y pensar que debería obligarse a hacerlo, o a decirle que sí inmediatamente si nos invita a encontrarnos. Ahí es claro que estaríamos actuando desde el compromiso o desde la no aceptación a que las cosas cambian y puede que nuestros vínculos cambien también. Otra cuestión que podemos evaluar es: ¿Hasta dónde tengo vínculos que disfruto mantener y hasta dónde estoy llenando espacios para no sentirme tan solo? Ese miedo a la soledad, ese fallarte a tu sentir por haberte obligado a juntar con alguien cuando no querías, te va a doler. Hay que reconocer con honestidad todo esto, sentir ese dolor y una vez que ya lo hayamos purgado de nosotros, podremos decidir con mayor claridad. Si querés seguir viéndolo, al menos sabés desde dónde decidís hacerlo; y si decidís dejar que se pierda ese contacto, no te vas a sentir culpable, ya que reconociste que no está mal y son cambios de la vida misma.
Total honestidad reconociendo nuestro verdadero sentir, animarnos a sentirlo validando las emociones que tenemos, aclararnos y luego tomar decisiones; nos va ordenando. Es cuestión de priorizarse, saber atenderse y amarse primero, para que lo que le demos a los demás sea más verdadero.
Otro punto a recordar, es que siempre sos libre de elegir. Solo vos vivís tu vida y sabés lo que sentís, nadie mejor que vos va a saber qué es lo que querés y nadie más que vos lo va a disfrutar o sufrir. Por lo tanto, las opiniones y juicios ajenos pueden ser referencias o simples opciones que otros nos muestran, pero los que estamos decidiendo sobre nuestra vida somos nosotros. Tu poder personal de decisión de cómo querés afrontar las situaciones siempre lo vas a tener. Nada, ni nadie, te lo pueden quitar. Solo sentís que no podés decidir, cuando estás cediéndolo al pensar primero en un otro, o en lo que crees que otros pensarían de vos, si haces eso que realmente querés hacer. Aún en las circunstancias que no puedas controlar, porque no dependan de vos, seguís teniendo la opción y el poder de decidir cómo vivirlas (con qué actitud atravesarlas).
Es importante que si sentís culpa sepas que siempre proviene de un juicio previo. Sin juicio, no hay culpable. Esos juicios son ideas. Son creencias sobre qué es lo correcto de sentir o no, en esa situación; o de qué deberíamos hacer o no. Por lo tanto, para sanar la culpa, debemos perdonarnos por juzgar nuestro sentir y actuar. Aceptar mejor los errores desde asumir responsabilidades sobre ellos y aprender. Si nos equivocamos, recordarnos que nadie es perfecto. Y lo verdaderamente importante es tener la humildad necesaria de reconocer que lo que hicimos tuvo consecuencias, nos hacemos cargo, podemos pedir disculpas o repararlo y hacerlo mejor la próxima vez. Nada es tan definitivo, estamos aprendiendo.
El perdonarnos y decidir tomar la responsabilidad sobre nuestros actos y esos juicios que nos hacemos, sanan nuestras culpas. Nos libera y vamos a sentirnos más livianos. Lo verdaderamente importante es la intención. Si uno actúa desde una intención bondadosa y amable, aún cuando no nos gusten las consecuencias que generemos, vamos a poder perdonarnos más fácilmente. Solo estamos aprendiendo a mejorarlo. Este es el caso, por ejemplo, de aquellos que suelen estar tratando de fortalecer su carácter para aprender a poner límites. Al principio, probablemente los van a poner desde la defensiva, por sentirse atacados u ofendidos. Pero luego, con la práctica de ir sabiendo cómo hacerlo más asertivamente, porque van aprendiendo a comunicar su sentir y sus necesidades más honestamente (y sin juzgarlas), van a poder hacerlo más amorosa y amablemente. Es la tan conocida resiliencia. Si te encontrás en estos procesos, es clave cultivar el amor propio necesario para tenerte paciencia, darte el tiempo y valorar más tus progresos. Suavizá la autoexigencia con más compasión. El peor juez solemos ser nosotros mismos.
Por último, pero no menos importante, están los miedos. Aquellas ideas que nos hacemos de todo lo terrible que puede pasar, si llegamos a decirle que NO a alguien que queremos. En este punto volvemos a insistir que son IDEAS. Nuestra mente está llena de ellas, pero nosotros somos los que decidimos a cuáles escuchar o alimentar. No pretendas que no aparezcan pensamientos de miedos. Por más progresos que hagas, tenés que recordar que probablemente sea mayor el tiempo en el cual reforzaste estas conductas miedosas o culpables, que el que te esté llevando cambiarlas. Así que no te resistas a sentir tus miedos. Afrontalos, evalualos. A veces, sirve racionalizarlos con preguntas tales como: ¿Es tan así? ¿Puedo afirmar con absoluta certeza que eso va a pasar de esa forma? ¿Qué es lo peor que podría pasar? Te vas a ir dando cuenta, que por más terrible que te parezca ese escenario imaginario por el que te pasea tu mente, no estás seguro de que vaya a suceder de esa forma. La única manera de saber exactamente lo que podría pasar, es haciéndolo. Decí NO y probá qué pasa, te podés llegar a sorprender. Muchas veces, tenemos miedos a ser malos padres (o amigos o parejas) si realmente decimos que no tenemos ganas de hacer algo. Pero ¿Eso es tan cierto? Cuestionate todos tus miedos. Si no tenés ganas de hacer algo con alguien que realmente querés o te importa y lo hacés obligado, ¿le estás dando algo genuino y tan bueno? ¿No sería mejor ser sincero y buscar otras opciones que favorezcan a todos? A veces por miedos evitamos esos diálogos y privamos al otro de disfrutar vincularse con nosotros más honestamente, o de ser más justos con las necesidades de todos los involucrados. Así que, si te sucede alguna situación como ésta, al menos permitite cuestionarla y evaluarla más a consciencia. La mayoría de ellas son falsas, solo nos las repetimos, porque en un pasado al mostrarnos vulnerables compartiendo nuestro sentir, nos sentimos dañados. Que haya sucedido eso antes (a nuestro niño interno, probablemente), no significa que ahora nos vuelva a pasar.
Al ser solo ideas, nuestros miedos, no nos dominan. Solemos sentirnos chiquitos ante ellos, pero esos pensamientos provienen de habernos dejado tomar completamente por esa emoción y estar pensando desde ella. La clave está en saber que el miedo te da la oportunidad de decidir qué hacer con él. Podés paralizarte, huir, o atacar estando a la defensiva (que serían las 3 respuestas inconscientes desde el miedo); o podés decidir superarlo probando hacerlo igual, aunque sientas miedo. Siempre depende de tu decisión. Son solo ideas que se nos quedaron grabadas inconscientemente y disparan esa emoción que sentís en el cuerpo. Retomá ese poder personal y permitite grabar nuevas memorias.
Entonces, será cuestión de sanar esas heridas y atender esos dolores, para descubrir que lo que nos quedan son simples opciones disponibles sobre las cuales elegir. Y recordarnos que somos libres de elegir, de cambiar de opiniones, dueños de nuestra vida y animarnos un poco más a ir por lo que queremos realmente. Saber decir NO sin culpas y SI sin miedos.
¡Valorá realmente la oportunidad de crecimiento que te está trayendo animarte a sentir ese dolor!
¡¡¡Gracias por leerme!!! ¡¡Saludos y Bendiciones!! 💜🙌🏻
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