...Todo dolor se vuelve sufrimiento; a partir de, tan solo, una idea...
Si hay algo que fui descubriendo en mi experiencia es que no hay nada negativo, erróneo, peligroso, malo, ni injusto que pueda sucedernos. Sé que leer esto, a algunos puede incomodarlos. Pero denme la chance de desarrollar lo que me surge compartirles hoy.
Estamos creando nuestra vida a cada paso. Lo hacemos desde nuestra vibración energética y quizás porque ella sea invisible a nuestro limitado sentido visual, es que muchos no se dan cuenta o les cuesta entenderlo. El ser conscientes de ello, no cambia nada en realidad. El mejor ejemplo, nos lo provee nuestro sabio cuerpo físico: Aún cuando no sepamos que nuestro corazón bombea sangre, o que nuestros pulmones toman el oxígeno del aire, ni qué hace exactamente cada célula o sistema de nuestro organismo; todos ellos siguen funcionando igual. El saberlo es como un dato de color o algo extra, que no altera el curso de su existencia, su función, ni rendimiento. Todo sigue sucediendo igual, más allá de que lo sepamos o no. Somos energía y ésta en si misma no tiene ni polaridades. Siempre es la misma energía y es neutra. Lo que vayamos haciendo con ella y la dirección que le demos, ya es lo que puede llegar a generar diferentes resultados que nuestra mente juzgará de positivos o negativos. Pero sigue siendo una energía con su misma esencia, expresándose de formas diferentes (en diferentes frecuencias) o transformándose. Nuestros pensamientos vibran, nuestras palabras o cualquier sonido que emitamos vibran, nuestro corazón vibra, nuestras emociones vibran y son energía en movimiento; y así podríamos seguir enumerando ejemplos.
Generamos energía y la vamos expresando a distintos niveles, planos o frecuencias. También podemos encausarla hacia una dirección concreta. Si ponemos en coherencia, o alineamos los distintos niveles en los cuales estamos expresando esta energía, la dirección que le demos será más fluida generando efectos más directos, rápidos o evidentes. Pero, ¿cuántas veces hacemos algo que no sentimos, pensamos algo que no queremos, no decimos lo que pensamos realmente, nos resistimos a lo que sentimos, no actuamos según nuestros ideales, decimos algo que no pensamos, etc.? Vamos viendo que esa coherencia no suele ser tan habitual en lo cotidiano. Generamos pensamientos que vibran y disparan emociones. Solemos desconocer qué pensamiento dispara la emoción que sentimos. Muchas emociones por su intensidad pueden ser realmente incómodas de sentir. Nos conflictuamos al sentirlas y nos solemos resistir reprimiéndolas. Cuánto más reprimamos una emoción, pensamiento o sentimiento; más la alimentamos energéticamente. Al reprimirla, o negarla, la mandamos a nuestra parte inconsciente. La mayor parte de nuestra energía mental pertenece a ese inconsciente que desconocemos ser o tener. Por ese desconocimiento, generamos las mayores incoherencias al encausar nuestra energía, y esto también lo ignoramos. No solemos ser conscientes de las verdaderas motivaciones internas desde las cuales nos movemos o actuamos.
Veamos dos ejemplos:
1) Creemos que queremos tener una pareja para compartir juntos el camino y quizás no sepamos que nuestra verdadera motivación inconsciente es no quedarnos solos, o creer que solos no podemos y necesitamos siempre a alguien al lado para sobrevivir. Al direccionar nuestra energía desde la falta de lo necesario o la dependencia emocional, podemos llegar a lograr resultados opuestos a lo que creemos querer o buscar. Quizás encontramos a otros que no siempre estén disponibles, otros que nos muestren nuestra dependencia demandándonos atención constantemente, otros que nos digan que somos demasiado absorbentes, otros que se acostumbren a que siempre estemos para ellos pero que no estén de igual forma para nosotros, o hasta no encontrar a nadie. En el peor de todos los casos: podemos llegar a sentirnos indignos de ser amados, vistos o valorados; como para formar una pareja estable, sana y recíproca. Desconocemos que todo proviene de una motivación inconsciente de desamor hacia nosotros mismos, y por ende, es lo que nos generamos atraer energéticamente como resultado (más desamor). También lo podemos ver como crear desde la falta, necesidad, o carencia de amor. Nos creamos escenarios (o vínculos) que nos reflejen y se correspondan con más carencia y necesidad. Pensamos que no dependía de nosotros, que tuvimos mala suerte en el amor, que el otro era el culpable de que la relación no haya funcionado, o hasta que no valemos lo suficiente como para que nos amen tanto como nosotros amamos. Nos sentimos víctimas de tratos injustos o desvalorizaciones, que ni reconocemos hacer primero con nosotros mismos. Nos podemos llegar a inventar mil explicaciones y no darnos cuenta siquiera que lo que nos llegó era exacto y una oportunidad para hacer consciente esa falta de amor a nosotros mismos, la dependencia, o esa idea de no tener lo necesario para sobrevivir por nuestra cuenta.
2) Creemos que estamos decidiendo algo porque realmente lo queremos, cuando en realidad, solo actuamos siguiendo las ideas de lo que otros esperan que hagamos en esa situación; más allá de que estemos totalmente de acuerdo con ellos. Puede llegar a ser el caso de muchos al elegir una carrera universitaria solo por cumplir con mandatos familiares, o sociales. Quizás, esa persona ni siquiera quiere estudiar eso o ir a la universidad (o casarse y formar una familia). Puede ser alguien que esté constantemente aprendiendo por gusto lo que le llama la atención y hasta esté haciendo algo al respecto, como por ejemplo: creando contenido en una red social, porque le gusta compartir lo que fue descubriendo o siendo artista. Pero cree que la familia o la sociedad esperan un título, una forma más "seria" o formal de vivir su profesión. Puede hasta ni saber que se siente mal por esto, cuando sus amigos cuentan sus logros profesionales. Lo atribuye a la idea de que quiere tener su título y se fuerza a lograrlo, creyendo que es lo que quiere realmente. Quizás, crea que no tiene talentos sin un papel que lo diga. Pudo haber invertido años en conseguir aquel título y hasta llegue a recibirse, o trabajar de ello luego. Posiblemente no se sienta tan realizado al lograrlo, no sepa por qué eso que hace no le llena o satisface tanto. Quizás ni se lo cuestione y simplemente se conforme con estar haciendo algo que no le apasione sin notarlo. Quizás ni crea posible que algún trabajo llegue a entusiasmarlo. Puede que piense que solo es para cumplir o sobrevivir económicamente y que sus pasiones las tenga que vivir como hobbies. En cualquiera de los casos, la persona hace algo que no siente ni la motivación o alegría de hacer. Se conforma con mil explicaciones o excusas. Quizás en algún momento, al pasar muchos años, se plantee que no pudo cumplir sus sueños realmente; pero que ya es tarde para él. Puede hasta enojarse con los que cree que lo llevaron (u obligaron) a seguir ese camino, culpabilizar a la sociedad, o familia, y hasta a los que creía que debía mantener económicamente creyendo que le impidieron hacer lo que realmente le gustaba. Desconoce que decidió en función a criterios de otros, en vez de los propios. Se ve incapaz de lograr algo que quiere, o indigno de merecerlo siquiera. Actuó motivado por cumplir y obtuvo un trabajo que cumplir. Al desconocer todo esto, se pierde la oportunidad de hacerlo distinto.
Vemos como en los ejemplos nuestra energía siempre responde a nuestra intención. Le damos la dirección con nuestras motivaciones internas desde las cuales nos movemos en cada decisión, pero a veces las desconocemos o malinterpretamos porque nos son inconscientes. Muchas veces las llevamos al inconsciente por evitar reconocerlas, ya que pueden ser muy dolorosas (o políticamente incorrectas) de admitir, por ende las reprimimos. Por esta razón es que adentrarse a conocerse en profundidad, nos sirve mucho para reencausar nuestra energía y ser más coherentes y consecuentes. La honestidad para con nosotros mismos se vuelve un paso imprescindible para lograrlo. El hacernos responsables de decidir conscientemente actuar en coherencia con nuestro sentir, puede aliviar muchos de nuestros supuestos "sufrimientos". Esto lo podemos ver muy claro en aquellos momentos en los cuales nos rendimos a dejar de luchar contra lo que sentimos, lo aceptamos y buscamos entendernos. Lo vamos a ir logrando a medida de que dejemos de juzgar negativamente nuestro sentir. Si lo rechazamos por nuestras ideas solo vamos a reprimirlo, no a dejar de sentirlo. Esa emoción reprimida va a pasar a ser inconsciente para nosotros, en vez de desaparecer.
Puede servirnos saber que toda emoción, además de ser disparada por un pensamiento propio, nos propone una oportunidad. Nos permite descubrir su propósito favorable para nosotros y nuestro bienestar. En algunos casos, ese propósito será hacer consciente el pensamiento inconsciente o reprimido que la disparó al principio. El darnos cuenta que actuamos por una motivación que desconocíamos siquiera tener, nos libera de actuar desde ella de forma automática. La próxima vez que tendamos a actuar de la misma manera, ya sabemos, o somos conscientes de por qué lo estamos haciendo; permitiéndonos dejar de hacerlo y decidiendo algo distinto. En el segundo ejemplo se vuelve más evidente que esa persona si hubiese sabido que estaba respondiendo a una motivación de compromiso a expectativas ajenas contrarias a su sentir, hubiese decidido seguir su pasión. Toda su historia hubiera sido diferente. Quizás no hubiese logrado fama como artista, pero seguramente habría alcanzado sentir mucha autorrealización y satisfacción al seguir su pasión. O podría haberse vuelto muy exitoso, nunca lo vamos a saber. Más allá de que sea un caso inventado para dar un ejemplo, muchos se podrán haber sentido identificados al leerlo.
Otras veces la liberación y alivio ocurren simplemente al atreverse a sentir esa emoción hasta su final por más incomodidad o dolor que eso nos genere. Porque no nos duele tanto lo que sentimos, sino la idea de que no deberíamos sentirnos así o que ese sentir nos puede dañar. Con el miedo se vuelve más evidente. No nos conflictúa tanto sentir miedo ante alguna situación, es solo sentirlo un rato aceptándolo hasta que pase, o hasta que lo resolvamos tomando una decisión. Pero solemos alimentar más ese miedo al rechazar sentirlo y hasta sentimos miedo de sentir miedo. Lo agrandamos pensando desde el miedo, creyéndolo superior a nuestra capacidad de hacer algo con lo que sentimos. Nos creemos ciertas e indiscutibles esas ideas que dispara el miedo. Nos identificamos con ellas, llegamos a definirnos como miedosos, cobardes o impotentes de superarlo. Los miedos son ideas, muchas veces irreales, ya que las imaginamos sobre algo que no sucedió todavía y que ni sabemos si se va a dar como creemos. Pensarlo así hasta parece ridículo, pero lo hacemos mil veces, y hasta podemos agrandarlos tanto, que llegamos a vivir desde el miedo. Le cedemos el control de nuestra vida en esos casos. Decidimos y actuamos por miedos. Por ejemplo: por miedo a equivocarnos ni lo intentamos, por miedo a que nos critiquen nos callamos, por miedo a sentir dolor o a sentirnos incómodos huimos/evadimos, por miedo a no tener razón negamos o nos mentimos, etc. En todos los ejemplos no sabemos qué hubiese sucedido si lo que tanto miedo nos daba lo hacíamos igual, dejamos pasar la oportunidad de superar ese miedo quizás y ni nos dimos cuenta. Lo peor de estos casos es que normalizamos tanto vivir desde el miedo, que nos conformamos creando mil justificaciones, para ni asumir estar haciéndolo. Siempre encontramos una razón (o persona) responsable a quién adjudicarle la excusa de no afrontar dicha emoción que es nuestra. Todo esto se resuelve si aceptamos tener miedo y decidimos hacer algo con ello. Tomar responsabilidad sobre lo que sentimos, hacernos cargo de ser los que creamos estas emociones con nuestras ideas y decidir revisarlas. Modificar nuestra mentalidad, adaptarla a un nuevo criterio de autoimagen, y por consecuencia, sanar nuestro autoestima. Al hacerlo fortaleceremos nuestra capacidad de superar nuestros miedos o limitaciones que creíamos tener, ya que a veces hasta descubrimos su falsedad. Muchas de nuestras ideas no tienen sentido alguno y solo las repetimos, porque se nos quedaron grabadas emocionalmente en algún momento de nuestra vida. Otras, las aceptamos como únicas verdades indiscutibles, porque las dice un otro al que respetamos, pero ni siquiera nos pusimos a pensar si estábamos de acuerdo. Tal cual el niño de pequeño que cree cierto todo lo que un padre (o referente) le diga sobre cualquier situación. Tiene lógica para la mente de un niño, que al ser chico para valerse por sí mismo, necesita de un otro y lo considera quien le enseñe a aprender, por lo tanto lo asume sin cuestionar. Pero pareciera que ahora de adultos, muchas veces nos quedamos con esa misma forma de creer ciegamente en algo externo, antes que en nuestra voz interna. Por eso estamos llenos de ideas que alimentamos energéticamente como creencias y sostenemos repitiéndolas, sin siquiera haberlas pensado primero. Nos decimos cosas como "eso es imposible" antes de analizarlo en profundidad. Nos olvidamos el poder energético que tenemos y que le cedemos así a nuestras creencias inconscientes, para que dirijan nuestra vida. No somos lo que creemos, pero al desconocerlo, vivimos desde esas creencias. La mente tiene ésos sistemas de creencias, desde los cuales vemos e interpretamos el mundo o la vida misma. Dejamos que nuestra mente nos dirija, aún cuando ella se componga mayormente de un porcentaje de energía inconsciente para nosotros mismos. Cuando la realidad nos acerca algún dato que pueda llegar a confrontar con esas creencias, nuestra primer reacción es adaptar esa información a la estructura mental que ya tenemos, distorsionando lo que realmente sucede. Y si eso no es suficiente, ya que sigue siendo incompatible con nuestras ideas tan fijas, tendemos a ignorarlo o a desacreditarlo con un millón de hábiles excusas siempre disponibles para usar y sostener/defender ese sistema de creencias tan arraigado. Nos volvemos verdaderos expertos en ello. Es así como podemos ver todo el tiempo dos personas discutir horas, sin siquiera ponerse de acuerdo. Es que sus motivaciones son discutir, en vez de consensuar. Cada una defiende (hasta el cansancio) su sistema de creencias, pero ninguna ve realmente qué les sucede. Lo interpretan desde su filtro mental y lo sostienen más allá de todo. Ni se escuchan para pensar, solo lo hacen para responderle al otro. Están tan identificadas con sus Egos que ni siquiera se dan cuenta tenerlos, mucho menos, estar pensando desde ellos. Cuando desconocemos cómo funciona nuestra mente y energía, desaprovechamos nuestro verdadero poder. Estamos creando la vida de la cual nos sentimos víctimas. Lo hacemos con nuestras interpretaciones mentales y a través de éstas la vivimos. Pero somos muchísimo más que nuestra mente.
Por esto y mucho más (que podríamos seguir analizando) es que, volviendo con la frase inicial de nuestro relato, sufrimos solo por nuestra idea de que vamos a sufrir o de que ya lo estamos haciendo. Interpretamos que sentir dolor es malo y sufrimiento, siendo ésta idea la que realmente lo causa. Esto no quiere decir que la vida es color de rosas. El dolor es parte inevitable de la vida, de hecho, es solo una emoción más como cualquier otra. Es neutra y un estado emocional que así como comienza, puede terminar con la misma facilidad, si nos lo permitimos sentir naturalmente. El sufrimiento lo generamos al resistirnos a sentir completamente, o hasta a llegar a reconocer el dolor que sentimos. Al rechazar sentirlo, sufrimos agrandándolo. Lo podemos reprimir forzándolo a aumentar nuestro porcentaje inconsciente, desde dónde aún tome mayor fuerza y dominio sobre nosotros. Solo el creer que algo puede dañarnos es lo que hace que lo vivamos desde la idea de peligro, dolor, o daño.
Recapitulando: el dolor solo se vuelve sufrimiento por nuestra idea de que es malo o peligroso sentirlo. Si dejamos de sostener ideas que nos impiden vivir en paz con nosotros mismos y nuestro derecho a sentir libremente toda emoción sin reprimirla, se disuelve el dolor que nos generamos al resistirnos. Atravesamos la incomodidad de sentir dolor un rato y se disuelve. Porque toda emoción, al aceptarla y sentirla completamente, se libera. Sus propósitos favorables para nosotros son que las atendamos, reconozcamos y aceptemos. Para ello las generamos en primer lugar. Afrontemos el miedo que nos da sentir, lo que sea que sintamos, y probemos que ese miedo era una idea nomás. Recordemos la cantidad de ideas que tiene por segundo nuestra mente y cuántas de ellas, además de no tener sentido alguno, desaparecen rápidamente. Solo al sostenerlas, o volverlas creencias (por no cuestionarlas), es que les damos el poder de gobernarnos. No somos nuestras ideas, tampoco nuestras emociones; mucho menos nuestras acciones. Somos tanto más y siempre estamos en poder de decisión de cambiar el curso que le demos a la energía que pulsa de nosotros. No podemos ser nuestras ideas, si somos los que las creamos en primer instancia. Desidentifiquémonos de lo que pensamos tan absoluto de nosotros mismos y probemos que sucede. No tomemos por cierto nada de nadie, ni de nosotros mismos siquiera, sin analizarlo al menos. Esto también aplica a mis palabras.
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