¿En cuántas películas o libros nos encontramos pensando que lo que nos caracteriza como humanos es la capacidad de sentir? Son muchos los ejemplos y hoy no nos vamos a detener en ellos. La idea de este artículo es llegar a reconocer el inmenso poder de nuestro sentir y su alcance.
Vemos dualidades o extremos aparentemente "opuestos", "separados" e "irreconciliables" todo el tiempo. Posturas políticas, creencias de todo tipo, tendencias a actuar en contra de lo que sentimos, no animarnos a reconocer nuestros dolores o vacíos mediante excusas racionales oponiendo la razón contra el sentir o corazón, hemisferios izquierdo y derecho, espíritu y cuerpo, cielo y tierra, divino y terrenal, energías masculinas y femeninas, etc., etc. En otro artículo lo veíamos como nuestras guerras internas (o grandes conflictos) y proponíamos hacer las paces con nosotros mismos de una buena vez, para luego poder hacer las paces con lo que nos pasa y con los demás.
Si hay algún puente que logre unir cualquier extremo, pertenece al orden del sentir. Esa cualidad tan humana.
El sentir tiene una capacidad alquímica, por llamarlo de alguna manera. Cada vez que nos animamos a sentir, algo se transforma. Transmuta su forma y se vuelve algo nuevo superador. Sentir es integrar las dualidades. Nos permite disolver aquellas formas tan rígidas de nuestras ideas y nos va transportando a otro orden. Si nos permitimos sentir, vamos a estar pasando por el corazón las dualidades de nuestra mente. El corazón tiene otro tipo de inteligencia que no es la racional (y es un centro magnético mucho más potente que el mental). En principio busca la unión o conciliación, en vez del conflicto u oposición ante las diferencias. Admite que hay diferencias, las valida y busca potenciar lo complementario o superador de ellas. Es llegar a esos acuerdos en los cuales cada parte sea respetada por su individualidad, pero pueda convivir con la otra, aportando a un bien común superador.
En realidad, las dualidades no son tan opuestas como nos parecen a primera vista. Suelen ser dos polos, frecuencias, o expresiones de una misma energía. El ejemplo más simple de entenderlo es con el frío y calor, ambos son manifestaciones de la misma temperatura. En estos aparentes opuestos, hay muchos que plantean que la clave está en el equilibrio. Yo me permito disentir, para mí, la clave está en la integración. Poder sentir ambos como son, sin estar sufriéndolo o batallando contra ello. Si buscamos el equilibrio estaríamos mermando cada parte, para que sea menos intensa en su expresión. Podríamos hasta perdernos de experimentar algunas de sus cualidades tan únicas en el camino, solo para balancearla con la otra. O evadiendo vivir una experiencia completa tal cual es, por adaptar cada aspecto a nuestras ideas de equilibrio. Deberíamos juzgar qué es lo equilibrado de experimentar negando algunos aspectos, en vez de vivirlo completo. Podríamos llegar a estar viviendo desde nuestras interpretaciones sobre lo que pasa y debería pasar, en vez de vivirlo sin juzgar. En las relaciones podemos ejemplificarlo con el caso de una pareja. Si le estamos pidiendo siempre a nuestra pareja que sacrifique algo suyo solo para equilibrar, en algún momento nos lo va a terminar reprochando. Es como pedirle que ciertos aspectos los modere para que no nos molesten tanto en la convivencia. Va a llegar un punto que se volverá insostenible, ya que estamos forzando al otro a que cambie como es, en pos de un balance. La integración, en cambio, plantea aceptación completa de cada "opuesto" buscando como uno, siendo tal cual es, puede potenciar al otro y entre ambos hacer un tercer camino superador. Volviendo a nuestro ejemplo de la pareja: sería como volar juntos en la misma dirección, pero cada uno con sus propias alas.
Desde el mismo nivel de consciencia que creamos un conflicto no lo vamos a poder resolver, necesitamos ampliar la mirada. Desde un nivel más amplio ya toma otra forma, y en vez de conflicto, se puede ver como oportunidad.
Las dualidades aparecen en nuestra mente. Antes que humanos somos SERES. Esto implica unidad, luego nuestra mente empieza a pensarlo por separado. Somos primero una misma energía, que luego se expresa en ideas. Si elegimos ideas de conflicto, batallaremos contra esas diferencias como opuestos y hasta los sentiremos irreconciliables. Pero también tenemos la opción de vivir desde una mentalidad más flexible, abierta y amorosa. Podemos recordarnos que esa sombra, que tanto nos duele ver de nosotros, merece nuestro amor; tanto como la luz que nos encanta hacer brillar. Si no hubiera sombra, no sabríamos lo que es la luz y viceversa. Así como biológicamente se necesita de un hombre y una mujer para crear una nueva vida. Ambos "opuestos" se complementan y crean algo nuevo superador. El conflicto solo está en nuestra mente. Las diferencias nos hacen crecer. No tienen por qué anularse una a la otra, o limitar de expresarse plenamente cada una en su esencia. Todas nuestras partes son válidas y necesarias. Ponerlas en conflicto de cuáles son más importantes que otras es desconocerlas, sería tan ridículo como ponerse a elegir qué órgano es más importante en el cuerpo. Todos reciben la misma sangre y trabajan para mantener la salud del cuerpo, cada uno desde su función específica.
Tenemos tres Chakras principales inferiores y tres superiores, el restante que está en el medio es el corazón. Entre lo terrenal y lo divino se encuentra lo más humano que es el sentir. El árbol primero crece en sus raíces que le dan la profundidad necesaria, para que a través del tronco, vaya alcanzando la mayor altura y se ramifique. Y toda esa información, o elementos, se encuentran comprimidos en una sola semilla. Siempre venimos de la unidad, en el caso del humano, de una sola célula. La falta, separación y conflicto entre diferencias es solo mental. Por eso se dice que es una ilusión. Y esto se corresponde tanto en el nivel individual, como en el colectivo para con el resto de la humanidad, planeta y Vida misma.
El sentir o lo emocional se manifiesta a partir de nuestras ideas, pero lo hace ya a un nivel físico. Es así que podemos pensar nuestro nivel emocional como el que une el mental con el físico. Muchas veces nos referimos a ellos como distintos cuerpos, pero solo para poder comprenderlos, ya que están integrados en un solo cuerpo. Es mejor pensarlo como distintos niveles de manifestación de esa única energía vital que somos.
El sentir nos permite poner en coherencia nuestro pensamiento con la acción. La paz se siente como aquel estado de coherencia interna entre nuestras distintas expresiones. El amor las ayuda a ir construyendo puentes, para que todas se vayan poniendo de acuerdo en dirigirse hacia la misma dirección. Por eso decimos que transmuta, o ayuda a cambiar de forma, lo que a primera vista pudimos sentir en conflicto. Lo va llevando hacia una misma dirección o solución superadora. Pero, ¿por qué para muchos esto es tan difícil? Seguramente, será por desconocer la gran parte de nuestros pensamientos, ya que nos son inconscientes. Muchas de nuestras emociones se disparan por pensamientos que desconocemos tener. Creemos estar de acuerdo con la dirección en la cual nos movemos, pero aparecen emociones que nos muestran lo contrario. ¿Cuántas personas al lograr cumplir un sueño (u objetivo) no se sienten tan bien como imaginaron? Es como si no lo pudieran disfrutar, a pesar de haberlo conseguido cumplir. En estos casos, la emoción de decepción o insatisfacción nos muestra que seguramente nos propusimos cumplir ese objetivo desde un pensamiento que nos era inconsciente en primer lugar. Partimos creyendo que al lograrlo íbamos a poder disfrutarlo, pero el hecho de no hacerlo, nos muestra que quizás eso no era lo que buscábamos realmente con aquel objetivo. Si ponemos un ejemplo de algún vínculo puede que hasta lo veamos mejor. Alguien se propuso conseguir una pareja creyendo que era eso lo que quería realmente, pero al lograrlo empieza a sentirse insatisfecho. Al atender esa emoción se dió cuenta que en realidad no tiene ganas de estar en pareja, solo se movió en conseguir una para no sentirse tan solo. Pero hacer cosas en pareja no le gusta realmente, le fastidia, o hasta puede llegar a sentirse solo igual; aún estando acompañado. El cumplir su objetivo no cambió su estado emocional como creía. Desconocía tener pensamientos inconscientes sobre el peligro de quedarse solo, de creerse poco suficiente, o incluso de sentirse fracasado si no lograba formar una pareja a su edad. Sus emociones de desgano para ver a su pareja, de soledad al estar a su lado y de insatisfacción constante, le están permitiendo ver sus ideas inconscientes sobre lo que para él significa realmente una pareja. Le permiten descubrir qué es lo que busca realmente, en vez de lo que creía, o se decía a sí mismo que tanto quería encontrar. Su sentir le abre la posibilidad de firmar la paz entre esos dos pensamientos opuestos, al evaluarlo de nuevo desde una mayor honestidad. Quizás se de cuenta que necesita sanar su autoestima primero, para luego sentirse bien con un otro. O quizás descubra que no quiere pareja y se movía más por ceder ante las presiones de un entorno que le decía constantemente que a su edad seguía solo. Nuestras emociones nos permiten entendernos mejor, son como una brújula. Ahora bien, ¿qué hubiera pasado si esa persona no se permitía sentir, o ni se admitía sus emociones de insatisfacción? ¿Si las hubiera negado o reprimido? En ese caso, quizás seguiría en pareja, a pesar de sentirse insatisfecho. Continuaría igual con tal de que no le volvieran a decir que a su edad ya debería haber encontrado a alguien, o con tal de no sentirse solo. Podría llegar a nunca reconocer su insatisfacción o vacío interno y llenarse de distracciones externas para no escucharlo. Todas son opciones. Siempre estamos decidiendo. Pero en estos últimos casos, el estado de coherencia interna o paz es imposible de sentir. Podemos llegar a negar o a evadir nuestros conflictos, pero no dejaremos de sentirlos por eso. Y esto con el tiempo tiene su costo. La insatisfacción crecerá, ramificándose a otras áreas de su vida. Simplemente por reprimirla y dejarla en el inconsciente. De nuevo aclaremos que son decisiones, no me gusta decir que hay una forma, correcta o incorrecta, de vivir. Toda experiencia nos deja una enseñanza. Quizás esa persona necesita llegar a aumentar tanto su insatisfacción, para que luego le sea inevitable negarla y poder resolverla definitivamente, como si necesitara juntar fuerza para dar el envión. Nunca sabemos por qué otro decide lo que decide y se respeta su libertad. Es solo un ejemplo.
Vemos que el atrevernos a sentir nos permite reconocer nuestros verdaderos deseos. Nos abre una puerta a la transmutación y a lograr mayor coherencia interna de nuestro pensar, para con nuestra acción o decisión. Nos sirve de brújula para entendernos mejor y redireccionar nuestros pasos hacia los caminos de mayor plenitud. Nos permite ver que en realidad no hay otro conflicto más, que el resistirse a lo que verdaderamente se siente, y eso ya es una idea. Validar nuestro sentir la disuelve.
Si vamos al caso de sanar alguna vieja historia, o trauma, se vuelve aún más evidente el poder de nuestro sentir. Aquellas historias que nos dejan alguna herida se pueden ver como esas emociones acumuladas y reprimidas que vuelven a salir constantemente para que las atendamos. Nos acompañan a donde sea que vayamos y desde nuestro inconsciente pulsan para llamar nuestra atención. Buscan reconocimiento y expresión. Suelen ser emociones, que por lo doloroso de la situación vivida, quisimos apagar o bajar el volumen de su intensidad. Hasta solemos pensar que ya las sanamos, pero se abren camino para volver a aparecer. Se pueden asomar a través de incomodidades, sensaciones de culpabilidad, vergüenzas, nerviosismo o pequeños temores. Cuando eso sucede es momento de destapar la olla y atreverse a sentir lo que por tantos años nos vinimos ocultando. Puede que ofrezcamos resistencias múltiples al intentar reconocerlo. Hay una parte nuestra que suele sentirse o creerse incapaz de poder afrontarlo. Es ese famoso miedo a sufrir o a sentir dolor. Vamos a luchar contra nuestra vulnerabilidad, hasta juzgándola de debilidad para no hacerlo. Nos resistiremos con la misma fuerza con la cual sosteníamos esas emociones reprimidas, para no oírlas gritar en nuestro interior. Si, no vamos a decir que todo es color de rosas. Pero siempre va a ser mejor atreverse, que seguir dejando que esos miedos nos consuman. Podemos llegar a agrandarlos tanto, que se transformen en verdaderas fobias por no atenderlos. Otras veces, normalizaremos tanto vivir desde el miedo, que ni nos demos cuenta estar haciéndolo. Ya estamos hablando de emociones reprimidas y sostenidas en el inconsciente por un largo tiempo. Pero recordemos que cada vez que alguna de esas tantas incomodidades o molestias aparece, es una gran oportunidad de abrirles la puerta a expresarlas. Tal cual liberarnos del peso de seguir sosteniéndolas otro día más. Es permitirnos sanar. El sanar no es racional y empieza por el sentir. No puede ser racional al principio, ya que esos pensamientos están tapados por muchas capas de represión y desconocemos siquiera tenerlos guardados en el inconsciente. Son esas cargas que nos van pesando tanto, como piedras en una mochila. Sanar es reconocer la mochila, abrirla y permitirse sacar cada una de esas piedras. En el camino podremos ir entendiendo racionalmente por qué las pusimos ahí, por qué esas piedras y no cualquier otra, cómo no volver a juntarlas y cuestiones similares. Pero estos pasos se darán en la misma transmutación, o alquimia emocional, que deviene luego de permitirse sentir completamente lo acumulado en el tiempo. También podremos aprender a cómo hacer de todo el proceso nuestro aprendizaje de amor propio con aceptación, honestidad, paciencia, mayor compasión y dulzura a cada paso. Curar es mirar con amor lo que antes mirábamos con miedo.
No podemos negar la importancia de nuestro sentir. De hecho, el descuidar este nivel nos lleva a inestabilidades tales, imposibles de no atender, llegada una instancia demasiado magnificada e inconsciente. Nos va tomando de a poco cada aspecto de nuestra vida si no nos atrevemos a escucharlo siquiera. Podremos seguir, pero pagando precios demasiado altos que se nos van evidenciando hasta en síntomas físicos a lo largo del tiempo. Por eso para sanar hay que atender nuestro nivel emocional. El cuerpo emocional como lo llaman algunos.
Recordemos que no importa lo tan grave de la situación, siempre el atreverse a sentir va a tener un efecto liberador. Muchas veces creemos que es más difícil o doloroso de lo que realmente es. Esto puede ser por estar activando el famoso mecanismo que nos lleva a seguir reprimiendo emociones y pensamientos. Cuando la mente interfiere y quiere juzgar o controlar el sentir, solo lo hace desde el miedo a animarse a sanar realmente. Hay una parte inconsciente nuestra que se acostumbró tanto a seguir caminando cargando demasiado dolor, que se define y apega a éste. Se resiste a dejarlo ir. ¿Quiénes seríamos si ya no sufriéramos? Por más que parezca ilógico, solemos resistirnos a dejar de sufrir. Se nos volvió una costumbre tal, que llenábamos aquellos incómodos silencios con nuevos problemas, quejas, o preocupaciones. Soltarlos y liberarlos completamente, para nuestro ego, es aterrador. Se siente morir si ya no nos identificamos, ni nos definimos desde él, ni desde el dolor. Fue el personaje principal y único protagonista durante tantos años, que se resiste a bajar del escenario. Pero también llegados a este punto, el amor puede hacer el puente necesario. Entendamos a nuestro ego como aquellos mecanismos de defensa que utilizamos, por ser los únicos disponibles en su momento, para ayudarnos a sobrevivir experiencias de dolor y miedo. No es nuestro enemigo, cumplía la función de protección que le dimos. Pero ahora que aprendimos otras formas más sanas de caminar; debemos mirarlo con compasión y decirle amablemente, las veces que le sea necesario, que ya no lo elegimos. Que aprendimos algo superador y le agradecemos el papel que cumplió por nosotros durante tanto tiempo. Lo integramos con amor, como parte de un camino que gracias a esos conflictos pudimos ganar mayor consciencia, descubrirnos, aprender a amarnos, tener coherencia interna, paz y definir realmente hacia dónde queremos seguir caminando. Fueron como esos tropiezos, al principio cuando aprendimos a caminar, que nos marcaron un camino o forma de hacer (o no) las cosas para seguir avanzando. Nada sobra ni falta, todos eran pasos necesarios para guiarnos al siguiente y seguir construyendo el camino.
"Usa el amor como puente" nos decía Gustavo Cerati en una de sus canciones. Nunca mejor expresado.
¡Permitámonos sentir con total libertad! Cada emoción es un estado, comienza y termina si la dejamos expresarse, sin filtros mentales, ni resistencias. Cada una de ellas nos trae un regalo, un nuevo aprendizaje sobre nosotros mismos y hasta nuevos caminos que vamos entendiendo que queremos seguir. Perdamos el miedo a sentir y liberémonos de tanto peso innecesario. Recordemos siempre el inmenso poder transformador y de crecimiento que nos trae cada emoción, especialmente, aquellas que les dimos tan mala fama. No hay emociones negativas ni positivas, pensarlas así, sería otra vez caer en el filtro dual y represor de la mente. Y es precisamente por eso que muchos generan aún mayor resistencia a descubrir el poder de sus emociones. Todos tenemos inteligencia emocional. Cuanto más liberemos y transitemos nuestros estados emocionales, más estaremos desarrollando esta tan hermosa habilidad. Y cuando lo hagamos desde ese amor, que siempre respeta en vez de juzgar, vamos a poder sentir también la magia de cada emoción, que al finalizar su expresión, nos vuelve a regalar el estado de paz. Validemos nuestro sentir y descubramos su enorme riqueza.
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