Podemos pensar el camino del autoconocimiento como un camino de deconstrucción.
Vamos viendo que nuestra única tarea es desaprender lo malinterpretado, o lo
"malpensado", como algunos lo llaman; ya que consideran que es aprender a pensar
bien, o mejor, lo que se necesita realmente. Ya veníamos planteando la importancia de poder ver y trascender nuestros filtros mentales en uno de los artículos anteriores (sino lo leíste, podés hacerlo acá).
Construimos una idea de nosotros mismos (ese "yo") que no es real. Desde pequeños,
tomamos prestadas ideas y percepciones de nuestros entornos para armar esa
autoimagen. Con todos aquellos datos generamos una personalidad con la cual nos
identificamos tanto, que hasta nos cuesta verla como tal. No somos solo esa idea que
nos hicimos de nosotros mismos en base a lo que nos fueron diciendo otros,
experiencias acumuladas, vínculos, habilidades, roles y trabajos. Somos tantísimo más
y muchas veces no poder reconocerlo, es nuestra verdadera jaula de sufrimiento. Pero
el asunto es bastante paradójico (o hasta ridículamente gracioso), ya que creamos la
jaula en la que nos encerramos, pero ni siquiera vemos que su puerta siempre estuvo
abierta. Así con la misma facilidad que la inventamos, podemos disolverla o cruzar su
puerta para liberarnos. De hecho; nos cuesta más energía y esfuerzo sostenerla, que
salir volando, y ahí radica lo tan ridículo del asunto.
Puede ser por esa fascinación, sobreidentificación, o fanatismo con lo racional de
nuestra sociedad, que a muchos les cueste siquiera pensar en algo más allá de su
mente. ¿Quizás sea por frases como el famoso "pienso, luego existo"? Debe haber
miles de razones y movimientos históricos que nos fueron llevando (como humanidad)
a solo confiar en lo estrictamente racional de nosotros para avalar algo como real.
Podríamos pensarlo como el mismo exceso de identificación que tenemos para con
esa personalidad falsa construida a nivel individual, pero llevado a un nivel social.
No sos tu mente ni tus ideas. De hecho, éstas se arman en función a un determinado
contexto y entorno que te rodea. Se podría decir que las tomás prestadas, te influyen o
que las absorbés. La personalidad que construiste de vos mismo habla más de los
criterios e ideologías de los demás, que de los tuyos. No me creas, comprobalo.
¿Cuántas cosas creés no poder hacer, solo porque creciste pensando que no eran
posibles? ¿Cuándo empezaste a alimentar esa idea? ¿Era lo que realmente pensabas o
lo dedujiste por lo que te fueron diciendo otros? ¿Cuánta gente se cree poco valiosa,
porque en sus experiencias, los demás no reconocían el valor de su presencia o
aportes? ¿Cuántos se sienten indignos de amor o de relaciones sanas, solo por tener
un cúmulo de experiencias dolorosas con otros que no supieron amarlos sanamente?
¿Cuántos se definen exclusivamente por lo que otros les dicen de lo que hace?
¿Cuántos se piensan según las ideas que tienen del lugar dónde nacieron, se criaron, o
viven? ¿Cuántos se definen por ideas sobre la edad que tienen, diciéndose
constantemente que ya no pueden, o que es tarde para ellos? ¿Cuántos se identifican
con alguna condición física (o síntoma) basando todo en ideas que un solo médico o
familiar pueda haberles dicho sobre lo que les sucede y les sucederá? ¿Cuántos se
definen por su profesión, y al jubilarse, no saben cómo lidiar con cierta sensación de
vacío? ¿Cuántos lo hacen por sus vínculos, estado civil, o familias constituidas?
¿Cuántos se sienten menos si no se casan o tienen hijos? ¿Cuántos se sienten
fracasados si no consiguen un título o logros profesionales a cierta edad?...
Siempre que pienso estos temas recuerdo la frase que dice algo así como: "Si crees
que puedes hacer algo, lo harás. Si crees que no puedes hacerlo, no lo harás". ¿Dónde
está la clave? En la palabra creer. ¿Qué son esas creencias sobre nosotros mismos?
Ideas. ¿De dónde provienen? Seguramente, de memorias con algún impacto
emocional que se nos quedaron grabadas como "únicas verdades" cuando solo eran
una forma de pensar algo, habiendo disponibles muchas otras perspectivas. Les
cuento un ejemplo personal: Desde que tengo memoria me recuerdo pensando las
cosas de forma diferente a mis entornos. No siempre, claro. Por lo general, era la que
entendía algo distinto, o veía de otra forma lo que iba sucediendo. Como la mayoría
que me rodeaba coincidían entre ellos, y solo yo tenía esas ideas diferentes, me sentía
tonta. Creía que mi opinión diferente debía estar errada, solo porque no coincidía con
la de los demás. Mis entornos lo reforzaban criticando, o invalidando, lo que yo
planteaba. Por años, creía que no tenía la misma capacidad que otros de entender bien
las cosas y que debía tener algún problema. Eso me llevó a dudar mil veces antes de
expresar mi verdadera opinión o mi punto de vista y aprendí a callarlo. Decirlo era
confrontar y hasta ganarme unas cuántas burlas. Cuando era necesario, confirmaba si
había entendido bien; o si me estaban diciendo otra cosa. Pasé mucho tiempo
sufriendo esas ideas sobre mí y aquellas inseguridades. Hasta que un día, me
encuentro con una información que me explicó de otra manera muchas de las cosas
que yo venía experimentando. No era un problema ni una incapacidad, tenía una
forma diferente de procesar la información por mi alta sensibilidad. Era hasta algo
neurocognitivo, físico. Mis razonamientos solían ser más creativos, profundos,
emocionales y complejos, que los de mis entornos. No era tonta, por el contrario,
hasta se podían ver indicios como de altas capacidades. Lo que creía mi mayor
defecto, podía ser mi mayor virtud, o una de ellas al menos. Tuve que desaprender
esas ideas erróneas que me había hecho sobre mí misma. Fui reinterpretando mis
mayores complejos y conflictos desde esta nueva información y todo empezó a cobrar
sentido. No había nada malo en mí, solo no sabía entenderme como realmente era,
porque desconocía tener un rasgo de personalidad diferente al de mis primeros
entornos. Fui reeducando mi mente para dejar de invalidar lo genuino y mi propia voz.
Eso me llevó a conocerme en profundidad, ya que lo que solía pensar de mí no era del
todo cierto, fue malinterpretado. Venía de ideas de otros que no me comprendían
porque pensaban, sentían y hasta percibían diferente a mí. De hecho, era la razón por
la cual yo tampoco podía comprenderlos a ellos tan fácilmente. Puedo dar fe de la
numerosa cantidad de ideas que adopté de un entorno y cómo al no ser mías, me eran
incompatibles. Mucho de lo que sufría provenía de mi resistencia a aceptarme como
era. Al empezar a hacerlo, todo fue cambiando sustancialmente. Comprendí el
significado de aquella frase "Cambia la forma de ver las cosas y las cosas cambiarán
de forma". Redireccioné esa capacidad de profundizar intelectualmente hacia
entenderme mejor. La intensidad de mis emociones me fue haciendo desarrollar mi
inteligencia emocional, para aportarme mayor entendimiento también en esa área.
Empecé a entender que esas cuestiones, que tanto me costaban, solo las sufría por no
entenderlas y al dedicarme a explorarlas mejor; descubrí que estaba desarrollando
algunos de mis mayores potenciales.
No somos lo que pensamos de nosotros mismos, al menos no en primera instancia.
Siempre hay mucho más por descubrir, y esas ideas con las cuales nos definimos, son
nuestras únicas barreras para avanzar en comprobarlo.
Saber que nuestra mente nos limita de poder vernos realmente, se puede volver
nuestra guía o ventaja. Debemos siempre poner en duda aquellas ideas tan absolutas,
que damos por ciertas sin pensarlas siquiera. Toda idea es incompleta. Solo puede
abarcar un punto de vista de una realidad que tiene muchísimos otros puntos
disponibles para ver o entender lo mismo, pero de formas totalmente diferentes. Por lo
tanto, ninguna idea tiene el poder de ser una absoluta verdad incuestionable. La
escuela Gestalt de psicología nos diría que todo se trata de percepciones y
perspectivas. Nos mostrarían unas muy divertidas imágenes donde nos hacen dudar si
vemos dos caras de perfil o una copa, animales escondidos o un paisaje, dos hombres
discutiendo sobre si ven un 6 o un 9 pintado en el piso ya que se encuentran cada uno
en un lado opuesto, etc. Más allá de estas ideas ya planteadas, podemos empezar a
verlo cada uno por sí mismo. Animarnos a romper nuestros propios moldes y abrirnos
a redescubrirnos en profundidad.
Si sumamos otros aspectos, como la Consciencia o la Energía, todo se vuelve aún más
claro. Antes de nuestro plano mental está el energético. Somos primero energía y
todos sus infinitos potenciales de expresión. La vamos encausando o dándole
dirección en el nivel siguiente que es la mente. Según las ideas que alimentemos
energéticamente, y sostengamos por sobre otras, vamos formando estructuras
mentales. Estas estructuras, o sistemas de creencias, son a través de los cuales
percibimos la realidad. Como si fueran nuestros anteojos, marcos, o filtros. Solo
podemos entender lo que ya conocemos, o adaptarlo a conceptos similares previos.
Por eso si no conocemos un idioma no podemos entender a alguien que nos hable en
esa lengua. Para incorporar nuevos conceptos, vamos encajándolos en parámetros
mentales previos que se asemejen en algo a lo nuevo y lo vamos moldeando de a
poco. De ahí la importancia de mantener flexible las ideas, en vez de sostenerlas
rígidamente como únicas verdades. De otro modo, estaríamos limitándonos de
incorporar nuevos conceptos superadores a los que ya traemos; o sea frenaríamos
nuestra evolución. También recordemos la importancia de decidir qué ideas nos
conviene alimentar energéticamente sobre nosotros mismos y lo que vaya
sucediéndonos. No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos.
¿Qué marcos mentales tenés? ¿Desde qué paradigmas previos ves el mundo? La
energía es fabulosamente obediente a la dirección que le demos. Si la llevamos a ideas
de una vida cruel con personas malvadas que nos están queriendo perjudicar
constantemente, así será nuestro filtro mental, y por ende, nuestro estado emocional
correspondiente. Toda idea que sostengamos crecerá. Donde pongamos el foco vamos
a estar creando, alumbrando y expandiendo. Nuestra mente se puede ver como un
terreno fértil, dependiendo qué semillas vayamos a plantar, podremos saber qué frutos
cosecharemos.
Es hora de reconocer el inmenso poder que tenemos de vaciarnos de todas aquellas
ideas previas incompletas que nos hacen sufrir o limitan, para plantar nuevas semillas.
Si primero somos energía antes que mente, sería más acertado pensarnos como una
fuente de infinitos potenciales esperando que le demos dirección, o forma. Tenemos la
enorme capacidad de decidir quiénes queremos ser. Cambiando nuestros filtros
mentales por unos nuevos, podremos cosechar los frutos que más nos gusten, en vez
de los que nos acostumbramos a consumir porque no conocíamos otros. Es una nueva
forma de SER, no solo de pensarse. Traerá aparejado una nueva forma de sentir y
actuar, o al menos, una nueva actitud.
Muchas veces llegando a este punto, solemos pensar que cambiar nuestra mentalidad
suele ser algo muy difícil, hasta lo podemos ver desde lo neurocognitivo como
cambiar hábitos. Cabe aclarar que nuestra mente no es solo nuestro cerebro y que
además éste tiene neuroplasticidad (capacidad de crear nuevas conexiones
neuronales). Pero si lo pensamos desde ése nivel, ya estamos estancados en el plano
mental. Recordemos que vuelve a ser otra creencia. Si consideramos que es difícil, así
lo será. Ahora si decidimos hacerlo energéticamente, direccionamos el foco a
encontrar los caminos que nos vayan llevando a lograrlo. La clave estará en no
distraerse en las ideas de "cómo lograrlo", sino en dar pasos consecuentes, sin
importar lo pequeños que puedan ser. Existe algo llamado parálisis por análisis.
Cuando solemos detenernos en sobreanalizar cómo vamos a realizar algo, solo
postergamos ponernos en acción. El camino no se hace pensando, se hace dando cada
paso y siempre uno a la vez. Aprendamos a reconocer nuestros propios mecanismos
de evasión, que utilizamos solo para frenarnos en el avance, y que además, son los que
hacen que esas jaulas mentales se sostengan en el tiempo. Siempre estamos
cambiando, hasta nuestras células se renuevan diariamente. El estancamiento no es
real, sería como frenar el movimiento constante de la vida, la edad, o el tiempo. Al no
ser natural; nos consume más esfuerzo, energía y agotamiento, sostener algo en el
tiempo, mientras todo lo demás va cambiando. Si nos reconocemos en este punto del
camino, estamos ante la oportunidad de asumir y superar nuestro miedo al cambio. El
miedo se dispara por una idea y es momento de cuestionarla: ¿A qué le tenemos tanto
miedo? ¿De dónde proviene? ¿Con qué otras experiencias lo estamos asociando?
¿Qué es lo peor que puede pasar si damos el paso igual? ¿Es tan terrible? ¿No somos
capaces de afrontarlo, más allá de lo que pueda suceder? ¿Vamos a elegir alimentar el
miedo, o nuestra decisión de confiar/superarnos/avanzar? ¿Cuál será nuestra
semilla?
Debemos reconocer que nuestra mente está llena de juicios. Juzgamos de posible o
no, capaces o no, suficientes o no, bueno o no, erróneo o no, difícil o no, etc. Como
decíamos esos "juicios", que son solo ideas, pueden llegar a transformarse en los
barrotes de nuestra nueva jaula. Recordemos que siempre son perspectivas
incompletas y cuestionarlas puede destrabar nuestro avance para fluir mejor. El miedo
al error es otra idea demasiado popular. ¿Es posible determinar que un paso es
erróneo de dar, si solo podemos ver el instante presente y no el futuro camino que ese
paso nos abre por delante? Cuando aprendimos a caminar de bien pequeños,
¿nuestras caídas eran errores, o fueron aprendizajes que nos permitieron saber como
mantener el equilibrio necesario al dar varios pasos seguidos? Como cualquier otra
idea, el "error", también podemos cuestionarlo. Lo mismo con la idea de "fracaso". La
clave podemos encontrarla en que todas aquellas ideas que provienen de nuestros
miedos, se basan en proyecciones a futuro. Y no podemos saber con certeza qué
sucederá al llegar ése instante. Seguramente, estamos basando esas proyecciones en
ideas sobre experiencias similares previas, otra vez aquellos viejos marcos mentales
que nos limitan. Como decíamos, el camino se va haciendo al andar. No juzguemos
nuestros pasos si nuestras ideas siempre serán incompletas, está claro que no nos
ayuda. Además, lo vamos a hacer para criticarnos o autoexigirnos y esa no será una
actitud demasiado amorosa como para ir caminando. Igual cada uno decidirá qué
prefiere. Yo solo les recuerdo que existe otra forma de hacerlo. El camino puede ser
trazado desde el disfrute, y por el solo hecho, de querer superarnos para sentirnos
mejor. De nuevo estamos ante la elección de qué semillas vamos a plantar, la
autoexigencia no es para nada mi preferida, porque me lleva a pensar que hay algo
malo o peligroso que se debe cambiar, en vez de sentir que estoy eligiendo.
Recordemos que estamos decidiendo quiénes queremos ser a cada instante. El resto
corre por gustos y valores personales de cada uno.
Otra guía importante en estos caminos de deconstrucción pueden ser nuestras
emociones. Primero somos energía que luego se expresa en energía mental y ésta va
disparando energía emocional, para por último manifestarse en el plano físico o
material. Es así que cada emoción es generada por un pensamiento o idea. Es cierto
que muchas de ellas nos son inconscientes y ahí tenemos un desafío mayor. Igual se
puede saber qué idea está detrás de cada emoción si nos atrevemos a sentirla
plenamente hasta que sola se diluya. Nuestro mayor desafío, en esta instancia, es no
juzgar lo que sentimos y atrevernos a sentirlo completamente, sin reprimirlo ni
apurarlo. Si ya estamos en una mentalidad, o decisión de no juicio, vamos a poder fluir
mejor transitando completamente nuestros estados emocionales. El gran freno que
solemos ponernos es creer que hay emociones que nos daña sentirlas, o que nos
superan. Otra idea no real e incompleta. Podemos ver que si sostenemos, en todos los
pasos del camino, una actitud de no apegarnos a ideas fijas o incuestionables; no nos
identificaremos con ellas. Este desapego es necesario para poder sentir la emoción,
sin pensar desde ella ni juzgarla. De vuelta, solemos resistirnos a lo que
desconocemos o no entendemos. Si pudiéramos sentir una emoción como tal, lo
comprobaríamos. De hecho, pueden ser nuestras grandes guías (o brújula) para ir
indicándonos nuestros verdaderos deseos. Muchas veces lo que más miedo nos da, es
lo que más queremos hacer. Nuestros enojos nos pueden mostrar la necesidad de
poner algún límite o de hacer un cambio. La ventaja de permitirnos sentir lo que
vayamos sintiendo sin juzgarlo, es que vamos a ir caminando de forma más auténtica,
coherente, compasiva y hasta amorosa. También que podemos ir sanando viejas
heridas de experiencias, que ya no existen en este presente, pero nos dejaron una
huella emocional inconsciente. Si cambiamos la mentalidad, desde una decisión
energética, vamos a estar ordenando en coherencia todos los demás niveles o planos;
ya que son posteriores y correspondientes.
Podemos ir haciendo el camino de forma más integradora y descubrir por qué
alimentábamos esas viejas historias que nos contábamos de nosotros mismos. Ir
entendiendo por qué construimos ese "yo" y no cualquier otro.
La motivación de caminar con disfrute, al menos para mí, es fundamental. Podemos ir
viendo en el camino cómo siempre hubo algo nuestro, muy fuerte, internamente
pulsando por querer salir. Lo que más nos conflictúa suele ser sentirnos
incomprendidos o no aceptados. Al haber creado un falso "yo" que sostuvimos tanto
tiempo, éramos nosotros mismos quienes no nos comprendíamos ni aceptábamos;
como realmente fuimos siempre. La esencia no cambia. Cuanto más nos
reconciliemos con nosotros mismos y con lo que vayamos descubriendo
internamente, más podremos confirmar que preferimos ser quienes somos y no
quienes pensamos que deberíamos ser. Vamos a poder ir desarrollando los potenciales
y ventajas de aquello, que al principio, más nos costaba aceptar de nosotros
(seguramente esa no aceptación provenía de ideas ajenas). A vivir más creativamente
decidiendo qué queremos, que simplemente solo sobreviviendo a lo que nos sucede.
O quizás, a descubrir grandes habilidades que desconocíamos tener. Puede ser un
apasionante camino de un constante asombro, digno de ser disfrutado plenamente.
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