Con frecuencia planificamos, o soñamos, motivados siempre por un deseo de conseguir algo. Más allá de lo que busquemos conseguir, solemos actuar, o concentrarnos más en el "cómo lograrlo"; que en el "para qué". Y de esta forma, activamos en nosotros varios mecanismos que nos son inconscientes, pero que hacen que no encontremos lo deseado. Sin darnos cuenta somos los que nos frenamos de conseguirlo, porque solemos enfocarnos en una pregunta que nos lleva a limitarnos; en vez de impulsarnos en nuestro camino.
Cuando nos enfocamos en el cómo, vamos proyectando hacia el futuro escenarios posibles y lo hacemos desde ideas sobre nuestros recursos actuales disponibles para usar en aquellos futuros. La mayoría tiene más inseguridades y no suele reconocer, tanto como se merece, sus capacidades de lograr cumplir sus sueños. Ni hablar de los que sostienen un autoestima bajo. De esta forma, estamos poniendo nuestra energía en futuros que nunca sabemos cómo se van a dar, hasta que realmente suceden, y en ideas sobre cuán capaces seremos de afrontar dichos escenarios o contextos. Además, el estar proyectando a futuro nos lleva a luchar con las expectativas y los resultados que vayamos teniendo a cada paso. Lo peor es que, al no darse los pasos planeados, solemos pensar que erramos en las expectativas, diciéndonos cosas tales como que no merecemos soñar tan alto. Lo cual vuelve a frenarnos y a alimentar ese bajo autoestima. Todo esto puede funcionar como nuestro gran mecanismo inconsciente para evitar conseguir realmente lo que queremos y a lo grande, tal cual nos lo merecemos. Sí, somos capaces de lograrlo, y hasta les diría que tenemos más miedo a todos nuestros potenciales, poder y capacidades; que a las ideas de no tener lo suficiente o de no poder. Por más que suene paradójico yo fui descubriendo, en mí y en otros, que tememos mucho más a poder lograrlo, que a no poder hacerlo. Es ahí cuando activamos estos mecanismos inconscientes para frenarnos. Este detalle lo seguiremos explicando más adelante, porque es interesante tomar consciencia de aquellos miedos que usamos como excusas para no ir por lo que realmente podemos. Pero ahora sigamos con el eje planteado sobre el cómo y para qué nos movemos cuando queremos cumplir un sueño.
Son pocas las veces que realmente nos preguntamos para qué hacemos lo que hacemos. Si lo hiciéramos más seguido, desarticularíamos varios mecanismos inconscientes de represión y estaríamos en menor conflicto con nuestro presente tal cual es. Muchas de nuestras verdaderas motivaciones de cada paso dado, no son las que creemos y terminan siendo razones inconscientes para nosotros. Desconocemos que nos solemos autoengañar tanto. En los últimos artículos ya veníamos dando ejemplos de estos casos, pero nombremos uno súper familiar que seguramente todos habremos hecho. Creemos que queremos conseguir el nuevo auto/casa/pareja/trabajo/ingreso económico, porque al tenerlo nos sentiremos más felices. Solemos creer que “lo necesitamos" y estamos haciendo que nuestra felicidad o paz, para con nuestro presente, dependa de conseguirlo. Ni nos damos cuenta que nos embarcamos en una carrera desde la falta, o vacío que llenar, y es eso lo que vamos a seguir perpetuando. Pensamos que nuestra motivación es ser más feliz, cuando nuestra verdadera motivación es llenar un vacío. Ponemos de excusa de nuestra actual infelicidad, para con el momento presente, a la falta de eso que tanto queremos y todavía no tenemos. En vez de tomar consciencia de esta situación, para atenderla realmente en ese momento. En muchos casos conseguimos lo deseado y al tenerlo, no nos sentimos tan plenos como habíamos imaginado. Es ahí cuando reforzamos nuestro malentendido para con nosotros mismos y seguimos redoblando la apuesta. Pensamos que necesitamos un auto/casa/pareja/trabajo/ingreso mejor y hasta podemos llegar a fastidiarnos con nosotros mismos por haber conseguido algo no tan bueno. Si vamos en busca de mejorarlo, volvemos a empezar la misma carrera de insatisfacción de antes y seguramente con el mismo resultado. No nos paramos a reconocer que quizás ninguna de todas esas cosas podrán hacernos felices en profundidad, si al conseguirlas seguimos sintiendo el mismo vacío que nunca podrán cubrir. Seguimos alimentando energéticamente la falta, escasez, incompletitud y la necesidad. Más allá de que todo lo que alimentemos energéticamente siempre crecerá, el aspecto más llamativo es que creemos estar haciendo las cosas de forma opuesta. Nos es inconsciente (o desconocemos) nuestra verdadera motivación y atribuimos nuestra nueva insatisfacción a lo externo, culpabilizando lo conseguido, lo que nos costó, o hasta el hecho de no haberlo logrado todavía. Creemos que es lo externo lo que queremos y necesitamos, cuando en realidad buscamos más felicidad y ésta se siente (o no) internamente. Nuestra fuente de felicidad está en nuestro interior y solemos sentirla más, habitarla o hacerla crecer, a partir de esas excusas externas que vemos como objetos o situaciones que nos causan felicidad. Por eso no a todos nos hacen felices las mismas cosas. Esto significa que podemos ser felices en cualquier momento, o contexto que tengamos, si encontramos otras excusas o motivaciones actuales. Si lo hiciéramos, la historia cambiaría radicalmente, ya que partiríamos a buscar más felicidad de la que ya tenemos ahora en nuestros próximos logros. Estaríamos moviéndonos desde la totalidad, o sea desde ya ser felices, para sentir mayor felicidad logrando nuevos objetivos. Haríamos crecer lo que ya tenemos en el presente, porque nos gusta sentirlo más, expandirlo o alimentarlo y así veríamos como no solo lo que pensábamos nos da felicidad; sino que muchas otras cosas más ya nos están permitiendo sentir esa felicidad interna a cada paso que demos. Quizás hasta podamos sentir la felicidad de ir proponiéndonos lograr nuevas metas más allá de si las conseguimos o no, ya que ella no depende de lograr algo que "necesitemos". No hay necesidad, solo nos movemos por gusto o preferencia. Hasta podemos verlo en las palabras: no nos hacen felices las circunstancias, SOMOS o no somos felices en las circunstancias. Quizás sea momento de revisar nuestras ideas sobre lo que implica la felicidad y elegir conceptos más auténticos.
La clave está en entendernos mejor. Si pudiéramos hacer un acto de verdadera honestidad para con nosotros mismos, descubriríamos siempre nuestras verdaderas motivaciones por más que nos sean inconscientes. Esto podemos lograrlo fácilmente si nos preguntamos: ¿para qué quiero lo que quiero? o ¿para qué hago lo que hago?. Estaríamos evaluando qué es lo que verdaderamente buscamos conseguir con esa meta y esto nos permite analizar mejor si no es algo que ya tenemos en este presente. Si descubrimos que ya lo tenemos, podremos apreciarlo más desde ese momento. Aprender a valorarlo realmente y a disfrutarlo más.
Cuánto más nos amiguemos con nuestra situación actual, mejor nos vamos a sentir y desde una paz o plenitud presente, buscaremos aumentarla pensando excusas futuras que nos gustaría experimentar para eso. Partimos de un presente feliz para que todo lo que nos llegue, o cada paso que demos, nos permita aumentar esa felicidad. Además, la actitud de ir caminando en disfrute nos posibilita apreciar o valorar más cada nuevo paso dado, cada resultado conseguido y hasta ser menos exigentes con lo que vayamos logrando. Ya no importa tanto cómo se debería cumplir, sino que estamos avanzando. Flexibilizamos nuestras expectativas. Todo lo que vaya sucediendo, a partir de ese presente con el que ya sentimos felicidad o completitud, nos es un regalo o una ganancia más; en vez de una necesidad. En el ejemplo de una pareja: es no buscar otra media naranja, sino darse cuenta y aprender a amar la naranja entera que ya somos, para compartir el camino con otra entera también. Dejar de depender emocionalmente de que un otro cargue con la responsabilidad de hacernos felices, cuando ya podemos serlo si decidimos hacernos cargo de nosotros mismos primero. Si tanto necesito que me amen, ¿por qué no darme yo primero ese amor, para liberar al otro de la necesidad de dármelo? Si así lo hiciera, me daría cuenta que puedo amarme como soy y eso me permite amar a otros como son, sin querer cambiarlos para que se adapten a lo que creo necesitar de ellos. Pasaríamos de esas demandas, a completarlas nosotros con nuestro amor propio. Ya no habría reproches, porque se comparte lo que surge genuino y desinteresado, en vez de la obligación de lo que el otro necesita darnos. Se valora aún más lo que nos den, porque no lo necesitamos y nos llega igual. Se puede ir construyendo un nuevo camino juntos, cada uno dando de corazón lo que le vaya surgiendo compartir. Se entiende mejor la libertad de ser cada uno como es, de que siempre estamos eligiendo y se ve más como un juego de coincidencias de compatibilidades, gustos o preferencias.
Lo curioso de todo este asunto es que solemos buscar afuera todo lo que ya tenemos dentro. El tema es que desconocemos qué buscamos detrás de eso, que creemos necesitar. Cuando lo analizamos, vamos viendo que muchas de esas cosas, que creemos necesitar, nos sirven de excusa para evadir estar mejor en este presente tal cual es. En el ejemplo de un trabajo es súper claro poder ver este aspecto. Si buscamos un nuevo trabajo desde la huida del actual lo que estemos rechazando de éste, probablemente, lo encontraremos en el próximo trabajo que tengamos. Si me voy de un trabajo porque creo que el problema de él es que tengo muchos conflictos con mis compañeros, no sería de extrañar de que en el nuevo trabajo vuelva a tener conflictos con los demás. No es karma, mala suerte, ni responsabilidad de mis trabajos o entornos. Es que desconozco mi verdadera responsabilidad en causar, huir, o no saber resolver esos conflictos y estar en un trabajo u otro, me lo muestra constantemente. Es algo de uno mismo que va llevando a donde sea que vaya, el afuera vuelve a ser una excusa (o escenario perfecto) para reconocer el adentro y decidir diferente. Quizás, solo sea que deba aceptar a los demás como son; en vez de querer cambiarlos, para que se adapten a mis ideas de cómo deberían ser así me siento mejor. Quizás, deba aprender a estar en paz conmigo mismo aceptándome como soy, para luego poder hacer las paces y aceptar a mis entornos como son sin resistencias. Quizás, pueda reconocer mi dependencia emocional para con los demás, a los que estoy responsabilizando de lo que me corresponde a mí realmente, que sería mi propia felicidad. Y una vez atendido todo esto con total honestidad y asumiendo la responsabilidad propia, podré sentirme bien con mis compañeros y decidir diferente. Ya habiendo solucionado esos conflictos, puedo tomar la decisión de irme a un nuevo trabajo o quedarme. Si cambio no voy a llevarme esos conflictos internos con mis nuevos compañeros, porque en esta instancia ya logré resolverlos. Habré logrado cambiar por querer algo diferente para mí, en vez de huir de lo que tanto me conflictuaba tener. Será ganancia, tanto quedarme y disfrutar de un ambiente pacífico, como irme a un nuevo ambiente. Dependerá más de mis ganas de hacer una tarea u otra. Hasta es mejor para mí, ya que pienso y priorizo qué quiero hacer; en vez de elegir por dónde o con quién lo hago. Este ejemplo también lo podemos pensar variando los conflictos con los compañeros, por conflictos con la autoridad, o con la profesión/puesto/actividad; y hasta con sentirse desvalorizado, o no tan bien remunerado. Si antes de cambiar a un nuevo trabajo nos detenemos a pensar nuestras verdaderas motivaciones y qué buscamos realmente, siempre terminaríamos arreglando nuestro presente, para que si decidimos irnos sea por gusto o elección; en vez de por necesidad, rechazo o evasión. Y de ello dependerá nuestro sentir para con la decisión tomada.
Preguntándonos para qué y qué buscamos realmente con nuestros deseos, se nos abre otra puerta importante que nos aporta mayor beneficio aún. Nos llegamos a cuestionar con qué actitud estamos viviendo lo que nos pasa. Porque en definitiva no es tan importante lo que nos pasa, sino cómo lo vivimos y sentimos. Podemos evaluar si nuestros pasos los damos desde una actitud de autoexigencia, obligación, huida, necesidad, ganas de elegir algo nuevo, crecimiento por preferencias o nuevos gustos, de decisiones o hasta de superación personal. Ganaremos mayor satisfacción sacándole presiones innecesarias como la autoexigencia o la obligación. Podremos potenciar nuestra felicidad actual si nos movemos desde actitudes como la valoración, apreciación y la gratitud. Volvemos al punto de reconciliarnos con nuestro presente, teniendo que evaluar más honestamente si lo que buscamos no lo tenemos dentro ya. En el caso de un ingreso económico nuevo podemos ver como muchos lo viven desde la necesidad. Es cierto que las situaciones acá pueden variar mucho y sabemos que no todos tienen lo que necesitan, pero más allá de ello, siempre se puede cambiar la actitud para con lo que estamos viviendo. En estos casos es recomendable asumir la situación con mayor objetividad. Hacer un verdadero análisis de si realmente lo necesito, o estoy impulsándome por creer necesario siempre tener más. ¿Puedo apreciar verdaderamente todo lo que ya logré y tengo? ¿O siempre estoy enfocándome en lo que me falta? ¿Realmente me falta, o solo me gustaría tener más para estar más tranquilo? Si ése es el caso, ¿cómo puedo sentir mayor tranquilidad aceptando el presente tal cual es?... De nuevo, ¿la tranquilidad es externa o interna? ¿Se siente o me la da algo externo? Haciéndonos estas preguntas, vamos descubriendo las verdaderas soluciones a través de la aceptación de la situación presente y qué opciones tenemos ahora de mejorarla. Solemos ver las situaciones como problemas y al hacerlo nos limitamos de ver en ese presente, con mayor creatividad, posibles soluciones. Solemos tener ideas demasiado fijas y cerradas de cómo aumentar nuestros ingresos económicos y eso encima le suma más presión o angustia a poder reconciliarnos con lo que sucede. Muchas veces creemos que para tener más plata tendremos que trabajar más horas y quizás la solución sea buscar otra forma de ganar más haciendo menos, pero nuestras ideas sobre cómo lograrlo nos limitan contemplar otras opciones. Otras veces, no nos proponemos desarrollar mejor nuestros talentos o habilidades y solo pensamos desde hacer el mismo trabajo más tiempo. Quizás hasta encontremos nuevas vocaciones en esos procesos o descubramos que se puede vivir haciendo lo que nos gusta y ganando plata por eso, en vez de teniendo que hacer cualquier cosa solo por sobrevivir económicamente. Puede ser que simplemente tengamos que pensar diferente, por ejemplo: concentrarnos en qué nos gustaría hacer y cómo hacerlo un negocio, en vez de qué hacer que nos dé más plata. Podemos llegar a sorprendernos si nos animamos a pensar desde nuevas formas. Dichas situaciones suelen ser las más complejas, porque despiertan los mayores miedos, como a no tener lo suficiente para mantener una familia, o a morir de hambre. Pero donde están esos mayores miedos, también están nuestros crecimientos más fructíferos y alivios trascendentes.
Nos damos cuenta de que la presión o el estado emocional pueden amplificar nuestras limitaciones, impidiéndonos pensar tan libremente nuevas opciones. Llegado este punto, tenemos que reconocer que esto sucede porque estamos llenos de miedos. Se disparan por esas ideas de limitación. Muchas veces creemos que no podemos, solo porque nos da miedo no lograrlo, o intentarlo implica demasiados riesgos y que no tenemos lo necesario para lograrlo. Tememos a equivocarnos, a fracasar, a que sea difícil, a que no valga tanta dedicación, a que sea demasiado tarde para nosotros, etc., etc. Siendo así, no es de extrañar que nuestras motivaciones nos suelan ser inconscientes. Las reprimimos al tener algún miedo relacionado; o por miedo a reconocernos tan vacíos, insatisfechos o infelices. Ahora bien, muchos de nuestros miedos están basados en suposiciones sobre futuros que desconocemos cómo se van a dar. Solemos pensar desde el miedo los peores escenarios y no los mejores. El futuro siempre nos es incierto, pero también lo es la próxima hora y eso no nos preocupa a ese nivel tan trascendental. Debemos empezar por afrontar lo que tanto tememos y darnos cuenta que vivimos limitándonos de ser, o hacer, lo que realmente queremos por alimentar esos miedos. La incertidumbre es parte de la vida, aceptarla es el primer paso siempre. Ahora, no tememos realmente a lo incierto, sino a lo que creemos que pueda implicar de peligro o daño. O sea, que a pesar de ser incierto, le estamos poniendo un significado preocupante, pero ese significado no es real, solo es una idea. No sabemos, y eso implica que puede ser de todas las formas posibles. Pensar solo las opciones negativas, es desconocer que toda situación tiene su lado positivo y negativo a la vez.
En realidad, vamos viendo que elegimos tendenciosamente inclinarnos a temerle a lo que desconocemos o a nuestros verdaderos deseos. ¿Por qué alimentamos tanto a aquellos miedos? A muchos les sorprenderá saber que la respuesta radica en que nuestro mayor miedo no es no lograr una meta, sino a lograrla. Tememos a lo que deseamos. Nos ponemos miles de excusas para no admitirlo y para no cumplir lo que realmente soñamos. Saber que tenemos más poder del que realmente solemos pensar, nos da miedo. Muchas veces, simplemente es porque nos acostumbramos a vernos como los incapaces y dejar ese papel implica tomar responsabilidad, moviéndose por lo que uno quiere. Hacernos cargo nos da miedo, porque si no nos sale como nos gustaría o como lo planeamos, no tenemos a quién culpar ni cómo justificarnos con excusas externas. Entonces, solemos aumentar las presiones y distorsionar lo complicado de los pasos a dar, para conformarnos con seguir en el mismo lugar. Llegamos a temerle hasta a ser felices o a disfrutar tanto, que solemos pensar que es demasiado bueno para ser cierto, que algo tiene que aparecer para interrumpirlo, que hay alguna trampa escondida, que no puede ser tan generosa la vida con nosotros y algo malo puede después pasar para cobrarnos tanta plenitud, que no merecemos tanto, etc. Solemos temer a vivir felices, por más ridículo que suene. Pensamos que disfrutar intensamente nos puede hasta hacer daño, creemos que no nos va a durar, o que de alguna forma lo vamos a arruinar. ¿Cuántas veces desconfiamos de alguien cuando nos trataba amablemente sin buscar nada a cambio? ¿Cuántas veces pensamos que el éxito es solo para unos pocos? ¿Cuántas veces idealizamos a los que nos muestran que cumplir nuestros sueños es posible? Tienen que tener algo que nosotros no, porque sino nos están demostrando que podemos y no lo estamos haciendo. Tienen que ser uno en un millón y nosotros no pertenecer a esas excepciones, de otro modo, nos confrontamos con el hecho de que siempre es posible. Esto suele suceder mucho en países con economías inestables, solemos justificarnos desde esta excusa, cuando hasta en estos lugares si hay uno solo al menos que crezca económicamente en este contexto; nos muestra que no es el contexto el responsable de nuestro estancamiento. Mejor decirse mil excusas y no moverse. Ya nombramos en otro artículo la idea de parálisis por análisis. Tenemos ese mecanismo de protección que activamos por temer cumplir nuestros deseos. Cuánto más analicemos las posibilidades menos nos movemos, más excusas nos diremos para no dar un solo paso y así no enfrentar el miedo. Estamos sobreanalizando para no ponernos en acción. Solemos apegarnos a esas zonas de confort, por más que la vida nos muestre que no son reales, ya que todo cambia todo el tiempo siendo esto inevitable e incierto siempre. También solemos rendirnos rápidamente si los primeros pasos no se dan como lo esperábamos, como si estuviéramos buscando excusas para no seguir. Esto último, se solucionaría si dejáramos de ver cuánto nos falta para la meta y vivamos valorando dar cada paso a la vez (o en dar pasos mucho más fáciles pero con absoluta constancia como en el método Kaizen); sin embargo, miramos lo que queda para frustrarnos y abandonarlo nuevamente. A pesar de todo, he aquí nuestra gran buena noticia: ¡tenemos miedo porque sabemos que somos capaces!
De hecho, miles de veces logramos lo que queríamos y quizás por nuestra mente que suele juzgar de importante (o no) cada situación, no lo estemos valorando como nos merecemos. Por ejemplo: cuando éramos pequeños y recién empezábamos a escribir (o a leer), seguramente también nos parecía difícil de lograr, y a pesar de ello, todos lo habrán logrado aprender. Caminar, cocinar, el primer empleo, el primer examen, la primera cita, la primer amistad, etc., etc. Pensándolo mejor, logramos mucho más de lo que nos queda pendiente, hasta logramos sobrevivir a grandes dolores y traumas. Con el paso del tiempo, fuimos viendo que no importaba tanto si nos llevo más años y esfuerzos, o menos. Sobrevivimos hasta hoy. Es más, si hoy pudiste cubrir tus necesidades básicas de alimento, techo y vitalidad lo estás logrando de nuevo. Discutir si podrías tener o hacer más de lo que estás realizando, es una trampa más de nuestra mente.
No es difícil cumplir sueños; de hecho puede parecer un mayor desafío, sentirse verdaderamente pleno o satisfecho con el momento presente tal cual es, sin querer cambiarle nada.
Reconciliarse con lo que ya estás siendo, en vez de pensar que siempre podrías ser mejor, es encontrar en tu interior la fuente de la felicidad. Está ahí siempre disponible e inagotable, ¿la vamos a seguir ignorando? Si pensamos que es externa a nosotros y nos la da una circunstancia, hecho, persona, vínculo, edad, país, o similares; vamos a siempre estar luchando dependiendo de que eso externo no cambie ni se vaya. Ahora, habíamos dicho que la vida siempre era incertidumbre, cambio y movimiento. El final de ese camino es predecible, por lo que vas a luchar contra una cualidad de la vida misma. ¿Qué es lo permanente o lo que nunca cambia? Tu esencia, lo que sos mientras estés vivo. Si buscás ahí lo que tanto buscás afuera, podés sorprenderte de ya tenerlo. No me creas, te desafío a que te lo pruebes a vos mismo...
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