Ya hemos hablado de la importancia de sanar nuestro niño interior, pero más pasa el tiempo y sigo viendo más consecuencias relacionadas. Hoy les sugiero que, además de revisar nuestros anteriores artículos sobre el tema, profundicemos un poco más; trayendo ejemplos actuales que se originan por no atender aquellas heridas de la infancia.
Podríamos pensar que muchos de nosotros vamos por la vida adulta sin darnos cuenta siquiera de ser niños heridos caminando. Lo llevamos a dónde vayamos, lo vivimos en lo que sea que hagamos, y muchas veces, lo sentimos sin poder entenderlo. En los vínculos se vuelve más evidente: mujeres que buscan de pareja "padres protectores y proveedores", hombres que buscan que los "maternen", amigos que nos lloran compartiendo sus "berrinches" sin contemplar siquiera pensar en hacer algo con lo que les molesta, padres/madres que quieren llamar la atención de sus hijos como sea para no sentir que crecen y que pueden dejar de verlos como esos ejemplos a seguir u olvidarse de ellos, hermanos que siguen discutiendo por quién se hace cargo de las cuestiones familiares o compitiendo por quién es más exitoso, etc., etc...
Si agudizamos la mirada lo encontraríamos en miles de ejemplos cotidianos. Solemos pensar que muchas de las causas de sufrimiento de la humanidad se deben a un cierto "mal" que acecha, pero ¿cuántos de esos supuestos "villanos" no serán personas heridas, que podríamos ver casi como "niños traumados caminando"? También incurrimos en una cierta irresponsabilidad para con nosotros mismos y el lugar que ocupamos para con ese colectivo de humanidad que somos al pensar estas cuestiones, ya que nos posicionamos como "víctimas" de un mundo injusto, cruel, malvado, enfermo o similares. Suele ser más sencillo ver éstas cosas en los demás, que en uno mismo. Quizás sigamos siendo esos "traumas vivientes" y lo desconozcamos...
Como persona altamente sensible que pasó por varias situaciones traumáticas, puedo hablar desde la experiencia. Gran parte de mi vida desconocía completamente la intensidad de mis emociones, el alcance de ciertas experiencias dolorosas de vivir y la amplificación de los efectos que me dejaron a muchos niveles. Para aquellos que no sepan sobre alta sensibilidad les cuento resumidamente que los PAS o HSP (personas altamente sensibles) sentimos todo amplificado, entre muchas cosas más que implica este rasgo de la personalidad. También tenemos diferencias en nuestro sistema nervioso y en nuestros centros cognitivos. Profundizamos mucho más, porque sentimos mucho más y solemos llegar a estresarnos por ello con mayor facilidad o rapidez. Recordemos que sensibilidad tenemos todos y en mayor o menor medida, pero los PAS lo perciben todo amplificado e intenso. Así que podrán imaginarse que una simple cuestión, que a todos nos incomoda o duele de vivir, a los PAS nos puede dejar una huella mucho más profunda y nos lleva más tiempo reconocer o atenderla para superar. No es raro encontrar PAS con síntomas de traumas ante situaciones que a otros les pasan completamente desapercibidas. El desconocimiento sobre el rasgo y su implicancia, sumado a ciertos tabúes socioculturales sobre la sensibilidad y su expresión; hacen que los PAS se sientan incomprendidos, rechazados y tiendan a invalidar su "diferencia". No me voy a explayar tanto sobre estas cuestiones, pero si les interesa saber más, también hice otros artículos detallando mejor esta temática que los invito a leer. Traje este tema para recordarles que si de traumas se trata, puedo hablar de una experiencia personal amplia, bastante profunda y con un alcance mayor por ser PAS. Me es un terreno demasiado familiar que me llevó bastantes años superar.
Cuando uno vive una situación traumática, hay una gran parte de nosotros que pareciera "disociarse" del momento presente, porque se siente incapaz de atravesarlo o superarlo psicoemocionalmente. Podríamos pensarlo casi como si se separara y quedara cristalizada (o congelada) en un lugar bien inconsciente de nuestra mente, por no saber cómo procesar una información tan dolorosa o pesada de digerir. A veces este acto de represión de nuestra psique, ni siquiera es posible de notarlo en el momento y durante muchos años más, tampoco. Se encuentra en lo más profundo de nuestro inconsciente, tapado por varias capas de represión que lo contienen para que no pueda salir. A pesar de que uno se dé cuenta que una situación vivida es tan dolorosa de superar y considere que pueda haber sido traumática, seguramente se quedaría corto e ignoraría el alcance tan profundo que pudo dejar como huella dicha experiencia. Aún cuando podamos imaginar lo que nos marcó, siempre parece aparecer más y más de dónde escarbar. Recomiendo ampliamente que éstas cuestiones las resuelvan apoyándose en terapias con profesionales, que tengan las herramientas necesarias para acompañarlos en estos largos procesos, si reconocen estar viviéndolos. Igualmente, aportar más información siempre viene bien y por eso me animo a compartirla desde mi humilde lugar.
El trauma queda resonando hasta energéticamente y puede llegar a manifestarse de formas muy variadas. Se disparan emociones intensas que solemos no comprender y nos confunde no poder ubicar aquellos estímulos del presente que las impulsan a salir. Como decíamos, pueden ser demasiado diversas esas formas, a veces es tan solo un olor que nuestro inconsciente recuerda y ni siquiera nos dimos cuenta de haber percibido en aquel momento tan doloroso. Algún olor de ahora al percibirlo, le hace recordar esa experiencia a nuestro cuerpo y lo manifiesta desbordando aquellas emociones, como si para nuestra mente estuviéramos reviviendo el trauma. Además, hay múltiples capas de represión protegiéndonos de que esos pensamientos tan dolorosos salgan, por lo tanto se vuelve muy difícil poder comprender por qué de repente nos sentimos tan mal. De ahí la importancia de acudir a un terapeuta que sepa desenredar ese nudo mental, hasta llegar al centro o causa primaria y nos ayude a liberar todas aquellas emociones tan escondidas. Es necesario reencontrarnos con ese hecho permitiéndonos sentir todo lo reprimido, para poder reinterpretarlo después desde la aceptación y una mirada más resiliente que nos ayude a superarlo completamente. Mientras no hagamos esto en profundidad, puede estar siempre acompañándonos sin siquiera saberlo. Nos va a afectar sobre todo en nuestros vínculos y se expresará de múltiples maneras.
No es nada nuevo que si uno no está bien y en paz con uno mismo primero, aquellos conflictos internos los estaremos llevando a todas las áreas de nuestra vida; especialmente a nuestros vínculos. Tampoco es de extrañar, que esos traumas se representen en formas no sanas de relacionarnos con los demás que nos rodean y ni siquiera ser capaces de darnos cuenta (por el nivel de represión que lo oculta en nuestro inconsciente).
No nos vayamos a casos tan extremos como un trauma para poder desarrollar mejor la idea de este artículo, ya que se nos volvería demasiado específico o complejo de poder pensar para cada uno en su vida cotidiana. Podemos ver las heridas que nos marcaron, quizás menos que aquellos traumas, pero que dejaron su huella inconsciente también y por ende desconocemos estar reviviéndolas en este presente. Algunos hablan de 5 heridas principales que vivimos en la infancia y nos marcan más de lo que podemos reconocer. Estas son la de la humillación, el rechazo, el abandono, la injusticia y la traición. Solemos, desde nuestra mentalidad infantil del momento, temer y hasta culpabilizarnos, de volver a causar o revivir alguna de estas 5 situaciones nombradas. De niños uno de nuestros mayores temores era que esos padres (o referentes adultos) que nos criaron, nos retiren el cariño al haber hecho algo "malo". La mayoría de los adultos de hoy crecimos pensando que para que nos quieran, o no desilusionemos a esos referentes, debíamos ser los niños "buenos y correctos". Al premiar nuestros aciertos y castigar o criticar nuestros errores, pudimos haber crecido con autoridades que nos enseñaban desde el miedo. El miedo a equivocarnos, decir algo incorrecto, que nos reten o castiguen, que nos dejen solos, que sientan vergüenza de nosotros, que no nos acepten, a no hacer bien lo que nos pedían, a no ser suficientes, etc. Si algo de todo eso llegaba a sucedernos, seguramente nos culpabilizábamos y lo que nos dijera el adulto a cargo se volvía determinante más allá de que fuera realmente cierto. También aclaremos que todo esto se nos fue grabando a nivel inconsciente, forjando conceptos implícitos de cómo relacionarnos con los demás, lograr lo que queremos, la autoimagen que fuimos construyendo a partir de lo que ellos nos decían de nosotros mismos, etc. Todas esas huellas psicoemocionales quedaron grabadas en nuestro inconsciente. Dependiendo del grado de autoconocimiento y responsabilidad que hayamos tomado de hacerlas conscientes, podemos llegar a seguir teniéndolas o haberlas liberado.
El miedo y la culpa son como los grandes protagonistas de estas historias. Podemos darnos cuenta que aquellos miedos y culpas que afloren a la hora de tomar decisiones o relacionarnos de adultos, seguramente, tienen sus raíces en nuestra infancia. Al hablar de estas dos emociones debemos hacer algunas aclaraciones. Ninguna emoción es mala ni buena. Solo son energía que si la sabemos acompañar al fluir, para darle un cause en alguna acción o decisión, la estamos liberando después de haberla sentido y siempre nos dejará alguna enseñanza. Algunas veces, nos mostrará nuestros verdaderos deseos, otras nuestros mecanismos de evasión o negación que nos limitan, pero también, pueden ayudarnos a limitarnos de caer en excesos peligrosos para con nosotros mismos. Este último caso podría ser el ejemplo del miedo, que al aparecer, hace que tomemos ciertas precauciones en vez de arriesgarnos a alguna exposición que pueda hacernos daño. El conflicto con las emociones de miedo y culpa proviene cuando no nos permitimos vivirlas como simples emociones y hacemos de ellas modos de vivir, de pensarnos o de relacionarnos. El tema sería entonces, desarrollar personalidades miedosas o culposas desde dónde pensemos y actuemos éstas emociones sobreidentificándonos con ellas. Las volvemos como ejes centrales de nuestras motivaciones internas, moviéndonos así por miedos y/o culpas. Es ahí cuando se nos vuelve una necesidad atenderlas con prioridad.
Aclaremos un detalle más acerca de aquellas dos emociones tan comunes de sentir. El miedo suele encerrar un deseo oculto. Solemos temer a lo que más deseamos realizar, pero a veces no nos animamos ni siquiera a reconocerlo. Con respecto a la culpa, siempre proviene de una "condena", o sea, de un juicio negativo o de rechazo a nosotros mismos. Suele aparecer como el gran indicador de un conflicto interno. Es el caso de aquellos momentos en los cuales queremos algo, pero sentimos no merecerlo, diríamos algo pero lo rechazamos por creer políticamente incorrecto pensarlo, etc. La culpa puede ir acompañada por la vergüenza, ya que ambas provienen de un rechazo o invalidación a algún aspecto de nosotros mismos, que solemos tender a esconder o a no manifestar. Además de un conflicto interno, ambas nos llevan a no ser tan auténticos con los demás ni tan sinceros con nosotros mismos, ya que ese rechazo muchas veces nos es inconsciente.
Es momento de preguntarnos: ¿Cuán reales nos permitimos ser y mostrar ante los demás? ¿Podemos decir Sí sin miedo y No sin culpa? ¿Sabemos poner límites asertivamente? ¿Somos honestos para con nuestro verdadero sentir, o lo juzgamos constantemente? ¿Actuamos como realmente queremos, o como pensamos que deberíamos hacerlo? ¿Culpamos a otros de lo que sentimos como nos culpamos tanto a nosotros mismos por sentirlo? ¿Aceptamos a los demás como son, o los rechazamos como solemos rechazar ciertos aspectos propios por miedos, culpas o vergüenzas? Desde los miedos, culpas o vergüenzas solemos construir vínculos de dependencia emocional. Somos capaces de hacer de todo para que el otro nos quiera, acepte, apruebe, o para que no se vaya de nuestro lado. Perdemos el eje. No solemos ni registrar que estamos cayendo en estas conductas de dependencia, porque todas esas emociones nos son desconocidas. No nos entendemos. Para hacerlo tenemos que tener en cuenta que cada pareja que creemos que nos abandona, por ejemplo, solemos sentirla como aquel primer abandono que tuvimos en la infancia, aún cuando no haya sido real; sino simbólico. Aclaremos que para ésas heridas de la infancia no era realmente importante si el abandono que sentimos sucedió, o si solo fue nuestra interpretación mental de ese momento. Lo que se marca como huella en nuestro inconsciente es cómo sentimos o interpretamos esas experiencias y no si fueron ciertas. Tal es así que también nos definimos por muchas de esas interpretaciones repitiéndolas constantemente, sin comprobarlas siquiera. Por ejemplo, podemos llegar a creer que somos "tontos" si nos lo repetían constantemente y nunca nos animamos a cuestionarlo realmente. O quizás, hasta pensar que hay algo malo en nosotros por lo cual siempre nos abandonan, como si fuéramos indignos de ser amados. Terminamos entonces, dependiendo emocionalmente de una aprobación ajena para no desilusionar ni que nos retiren el cariño, actuando por miedos a castigos inexistentes, limitándonos de hacer lo que queremos por miedos irreales, mintiéndonos a nosotros mismos y a los que nos vayamos cruzando por la vida, creyéndonos víctimas evadiendo nuestras verdaderas responsabilidades, actuando desde las heridas inconscientes que ni siquiera reconocemos tener, etc., etc.
¿Algo de todo eso les suena? ¿Cuántas veces nos sentimos víctimas de esos "villanos" de turno que podíamos ver en parejas, jefes, padres, amigos, vecinos y demás? ¿Cuántos vacíos internos buscamos llenar con distracciones para no oírlos, ruidos o lugares con mucha gente para ni escucharnos, parejas para no sentirnos solos, mentiras para autoengañarnos de que no estamos tan mal, o similares? ¿Conocemos siquiera nuestras verdaderas motivaciones internas desde dónde decidimos y actuamos, o lo hacemos todo en "modo automático"? ¿Decidimos realmente por nosotros mismos, o seguimos repitiendo las mismas fórmulas desde esas dependencias emocionales para confrontar/conformar a otros?
Llegados a este punto, me gustaría aportar que durante muchos años creía estar decidiendo por mí, cuando en realidad lo hacía motivada por cierta rebeldía para con los entornos en los que me encontraba, la autoridad de turno o similares. Muchas veces actuamos radicalmente opuesto a lo que aprendimos de niños y creemos haber trascendido aquellas viejas historias, como solucionándolas por hacerlo distinto. Pero en realidad, al menos en mi caso personal que puedo asegurar, estamos condicionados a esos entornos, tanto como si los complaciéramos haciendo lo que ellos hicieron. La rebeldía y la obediencia son dos caras de la misma moneda, ya que ambas son relativas y están condicionadas a la forma de actuar de los demás. La verdadera autonomía no pasa por decidir, ni a favor ni en contra de nadie, sino a partir de motivaciones propias y genuinas. Algunas veces éstas podrán coincidir con las decisiones de nuestros entornos, pero también otras tantas podrán diferir de ellas. La brújula es interna y no externa. Al menos yo, aprendí que eso es lo sano para mí. El pensamiento crítico, cuestionarse las propias motivaciones, preguntarse si realmente queremos seguir a una mayoría porque siempre lo hicimos o porque todos lo hacen, saber discernir entre lo que sucede y nuestros propios valores personales; son grandes herramientas para construir esa autonomía o libertad. De otro modo, el entorno siempre nos va a estar condicionando.
La dependencia emocional para con nuestros referentes de la infancia era necesaria, y hasta sana, para nuestra supervivencia en aquella etapa de nuestra vida. De niños dependemos de un otro y su mirada del mundo nos va condicionando casi sin quererlo. Es como un efecto entendible, si tenemos en cuenta que no éramos capaces todavía de valernos por nosotros mismos, ni de cuestionar de si estaba bien o si estábamos de acuerdo con lo que nos iban enseñando. Ahora es cuando nos toca reflexionar que seguramente a nuestros referentes, les sucedió algo similar para con sus propios referentes y probablemente aprendieron cosas aún más difíciles de superar que las nuestras. No podemos juzgarlos con la misma vara en otro contexto y momento histórico. Así como nos pasa a nosotros, les debe haber sucedido a ellos y seguramente en la mayoría de los casos, crecieron con modelos mucho peores de cómo relacionarse o demostrarles amor a sus hijos. A algunos hasta los castigaban pegándoles con una regla si se equivocaban en alguna respuesta durante la clase del colegio. A veces perdemos la referencia, o nos olvidamos de contemplar ciertas cuestiones, y hasta no hace tanto la violencia era una forma más naturalizada para castigar a aquellos niños. Para muchos de nosotros sería impensado hacer cosas similares con nuestros hijos. Hasta no hace tanto, algunas parejas no podían separarse teniendo que soportar de todo por sostener esas imágenes familiares tradicionales ante los demás, no puedo imaginarme qué modelo de relacionarse con los demás les dejaron a sus hijos. Aquellos niños que crecieron en ambientes con otras problemáticas distintas, de grandes nos criaron como consideraron que era mejor o como pudieron. En muchos casos, hasta desde el amor, nos dejaron esas heridas. Pero el amor no es el responsable en sí mismo, sino el modo en el que creyeron que se demostraba, según los modelos de amor que tuvieron.
Aunque a veces todo esto pareciera una interminable cadena de distorsión negativa, de lo que puede considerarse un amor sano; podemos verlo diferente. Podemos ser esa generación a la que el amor deje de dolerle, o que redescubramos el concepto más verdadero de éste. El desamor, o un modelo no sano de él, es lo que en realidad duele y lastima. Hasta que no pongamos amor en ésas viejas heridas de la infancia, que seguimos arrastrando inconscientemente, no sabremos amar como realmente nos merecemos todos. Para amar a otros, hay que haber llegado primero a amar esas viejas heridas rechazadas de nuestra historia personal. Amarnos sanamente, para luego amar a otros de igual forma. Podría llegar a ser nuestro verdadero desafío como humanidad que busca evolucionar de nuevas formas y así no seguir perpetuando las mismas problemáticas de siempre.
Un primer paso será la aceptación y reconocimiento (a modo toma de consciencia) de que tenemos esas heridas que afloran en violencia, celos, posesiones, rechazos, humillaciones, descalificaciones, denigraciones, manipulaciones, dependencias, maltratos, envidias, juicios condenatorios, prejuicios, etc. Para poder cambiar algo hay que reconocerlo internamente, luego mirarlo con otros ojos o desde nuevas perspectivas. Perdonarse y decidir hacerlo diferente en adelante. Ya no somos esos niños o "huérfanos emocionales" (como les gusta llamarlo a algunos), crecimos y todo fue evolucionando. Apliquemos lo aprendido, primero para con nosotros mismos, es hora de perdonarnos aquellas viejas culpas, entender esos antiguos miedos que siempre nos acompañaron y decidir trascenderlos con amor.
Dejemos de ser víctimas de viejos relatos y tomemos la responsabilidad de liberarnos para aportar algo mejor. Retomar toda aquella energía que quedó atrapada en esas viejas emociones reprimidas y lo que nos cuesta seguir sosteniéndolas escondidas, para llevarla a que nos impulse como motor de nuestros nuevos caminos. Es momento de atenderse, priorizarse y amarse, aceptándonos en todas nuestras facetas. ¡Ojalá que el amor se ponga de moda, o se vuelva nuestra nueva tendencia!
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