Últimamente hubo dos frases que me quedaron resonando (hasta les diría que en todo el cuerpo) y por semanas se me siguen apareciendo, aclarándome mucho más a cada instante. La primera es "Primero Ser e ir haciendo, para que luego vayamos teniendo" y la segunda es "Más y mejor". Me gustaría poder explicarles el poderoso efecto que tienen todavía en mi cotidiano, ambas frases que aparecieron para quedarse. Voy a intentar hacerlo en este artículo para ver si mi aporte les resuena, o contribuye como disparador de sus propias reflexiones en este crecimiento conjunto evolutivo y constante.
Hay muchas circunstancias que se me ordenan concentrando toda mi energía en Ser quien quiero según mis pulsos internos, gustos, valores personales y preferencias. Tiene que ver con haber logrado recuperar ese poder personal de decisión que tanto nombro en las publicaciones y videos. Me llevó mucho recorrido entender que no estaba decidiendo por mí primero, sino que lo solía hacer condicionada a un entorno con el que buscaba confrontar, o al que pretendía complacer. En ambos casos, mi motivación la determinaba un entorno externo a mí. Como si no tuviera ni voz ni voto en el asunto, y para tomar una decisión, primero debía fijarme que con ella no molestara a otros ni desentone demasiado. Estas tendencias (que repetí durante tantos años) no son de extrañar, si tenemos en cuenta mi alta sensibilidad. Cuando uno crece en un entorno con el cual difiere por una forma de sentir diferente y amplificada, más un pensamiento divergente que no suele ser comprendido tampoco; es casi natural priorizar a los demás, antes que a uno mismo. Como solía creer que, por ser diferente mi sentir o mi pensar, debía estar equivocada yo (sintiendo mucha vergüenza por ello), me forzaba por anular algo tan genuino mío para hacerlo encajar con lo de los demás. Me encontré mil veces pensando que al ser "la distinta" eso debía ser regulado para no molestar, incomodar, ni confrontar a otros. Todo PAS (persona altamente sensible) tiende a invalidar su rasgo por no entenderlo y por haber sido criticado (o no comprendido) desde muy temprana edad. No es raro entonces que hayamos crecido priorizando la voz de los demás, por sobre la nuestra interna. Y al hacerlo, anulábamos consecuentemente nuestro "voto" o poder de decisión personal. Para decidir, primero había que chequear cómo ese entorno podía llegar a reaccionar ante una voz, que por lo general solía diferir de la mayoría. Luego en función de no generar conflicto, se otorgaba el voto al exterior, causando así un mayor conflicto interno con nosotros mismos. Además dicha "traición", o anulación de esa parte tan genuina de uno como el sentir, percibir o pensar; también se vivía con la intensidad del rasgo. El dolor era aún más profundo. Otro aspecto muy común que termina influyendo más, es que por la sobreempatía, el PAS suele creerse responsable del bienestar de su entorno, o al menos de no ser el que lo interrumpa desentonando con él. De otro modo, puede aumentar su grado de culpabilidad haciendo aún más difícil priorizarse.
A los que no son PAS también les ocurre algo similar, pero percibido en menor medida o de diferente forma. Cuando todos fuimos creciendo aprendimos a vernos y a ver el mundo a partir de los pensares, sentires y valores de nuestros padres/referentes a cargo. Eran ellos que nos moldeaban pensamientos, sentires "correctos" o no y acciones adecuadas e inadecuadas según sus propios criterios. Es lógico y hasta inevitable, ya que por ser pequeños no podemos valernos por nosotros mismos dependiendo de ellos. Fue de quienes aprendimos y fuimos construyendo esos esquemas mentales que devienen en nuestra autoimagen y su correspondiente autoestima. Si en nuestro entorno de primer infancia nuestros adultos referentes solían repetirnos constantemente que no éramos hábiles para alguna actividad específica (un deporte o alguna asignatura de la escuela por ejemplo) es común que de grandes lo asumamos por indiscutiblemente cierto y nunca descubramos realmente si estaban o no equivocados. El niño toma por absoluto, y siempre acertado, todo lo que le digan aquellos adultos que lo fueron criando desde bien pequeño; porque no se lo puede cuestionar a aquella edad tan temprana. Si de grande nunca se lo puso a pensar por sí mismo y solo se limitó a repetírselo en su diálogo interno, seguirá sosteniendo aquella creencia como una verdad absoluta. Se vuelve un mandato familiar o lealtad invisible a sostener a lo largo del tiempo, y hasta al querer cuestionarlo más adelante, podemos llegar a sentir ciertas resistencias, ya que derribarlo podría equivaler a una traición al propio clan. Mantenemos lealtades a esa familia de origen de forma inconsciente. Enfrentarse o pensar distinto es similar a separarse de su grupo de pertenencia, a quedarse solo y desamparado, o a llegar a desilusionarlos arriesgando a que nos retiren el cariño y rechacen por ello. Nuestra mente lo interpreta como peligroso y se pone en marcha el mecanismo de resistencia a no ir por un camino diferente al que tomaron nuestros ancestros. Aún así, siempre hay cuestiones con las cuales estuvimos en conflicto para con ese entorno familiar de origen, por lo tanto generamos una contradicción. O elegimos por ese otro, o lo hacemos por nosotros mismos. La toma de decisiones se condiciona a un entorno, a menos que hayamos recuperado ese poder personal de decisión para priorizar ser como nos gusta a nosotros, más allá de lo que los demás hagan u opinen.
Entonces ese priorizar la energía en Ser lo más genuinos posible, nos va llevando a movernos por motivaciones propias e individuales acordes a nuestras preferencias o valores. Ya no nos movemos por complacer, rebelarnos, conseguir aprobación, seguir manteniendo roles establecidos, ni por encajar o pertenecer. Estamos decidiendo quiénes queremos ser y desde eso nos movemos, luego vamos viendo que al hacerlo en ese orden (y sin traicionarnos a nosotros mismos), vamos teniendo efectos y resultados como consecuencias. No nos movemos para tener, cumplir, ni hacer; sino para ser quienes más nos gusta o preferimos. Esto ordena a la energía que siempre responde a nuestra intención. Es una intención alineada a nuestra esencia, es más genuina, por lo tanto, se van a corresponder con nosotros consecuencias más coherentes a lo que vinimos a aportar. En el camino vamos descubriendo ya tener dones o habilidades que desconocíamos, por no haber concentrado nuestra mirada primero en lo interno. No nos definimos por lo que otros puedan decirnos, ni por lo que estemos haciendo, recordamos que estamos decidiendo quienes ser primero. Al apuntar el foco a nuestra esencia aflora lo más verdadero de nosotros mismos, lo que solo nosotros vinimos a aportar y a expresar. Ya no se vuelve tan importante la forma que elegimos para hacer esos aportes, quizás hasta nos sorprendamos de descubrir que siempre estuvo eso irradiándose desde nuestro interior a donde íbamos, sin saberlo siquiera. Lo que cambia ahora es que nos predispusimos a encontrarlo, prestarle atención o a reconocerlo, y al enfocar nuestra atención en nuestro interior, lo hicimos crecer. Todo a lo que le regalemos nuestra atención crecerá siempre y acá es donde entra la segunda frase: "más y mejor".
Siempre que seamos más genuinos, mejor será para nosotros y para nuestros entornos. Estaremos contribuyendo a un bien personal y al bien común por consecuencia (puede que esto último surja hasta sin buscarlo). Más allá de las diferentes opiniones que tengamos al respecto, podemos llegar a acordar que debemos dejar de creer que priorizarnos es ser egoístas. Es solo un prejuicio que nos suele llevar a demasiado malestar interno innecesario. Primero amarse más y mejor, para luego amar más y mejor (porque al no ser condicionado, será más genuino y hasta desinteresado) a los demás. Es fácil entender que nuestro poder personal de decisión tiene que estar enfocado en priorizar a los verdaderos protagonistas de nuestra vida, nosotros mismos, de otro modo, quedaríamos relegados a ser meros espectadores de ésta. Tomar responsabilidad del lugar que cada uno ocupa para con el colectivo de humanidad que somos, hará que podamos mejorar nuestros aportes individuales contribuyendo a un bien común. Es aportar al mayor beneficio de uno, que además, vamos comprobando que es el mayor beneficio para los demás también. Más y mejor conmigo, para más y mejor con los demás. Recordemos que estamos hablando de movernos desde pulsiones internas genuinas, acordes a la verdad de nuestro corazón. Hay gente que vino a aportar algo tan nuevo o diferente a lo que ya tenemos, que nunca encontraría cómo expresarlo si esperara una comprensión, aprobación o algo similar de los demás. No hay algo similar preexistente, lo vino a crear esa persona. Si no logra expresar su naturaleza más genuina, por desentonar con sus entornos, lo habrá desperdiciado y todos los demás nos perderemos de habernos beneficiado también de lo que nunca aportó. Pongamos un ejemplo con algún deportista o músico brillante que se destaca por lejos al innovar aportando no solo mayor talento, sino algo muy auténtico. Si se frena en el camino porque sus entrenadores o las disqueras no lo comprenden y critican, no se convertirá en el máximo referente en su disciplina y hasta podríamos perdernos de cambios de paradigmas que su genialidad hubiera aportado influyendo a otros que lo hubieran seguido después. ¿Imaginen qué hubiese sido del básquet si Jordan no se hubiera animado a seguir sus preferencias, o del rock argentino si Luis Alberto Spinetta hubiera decidido no insistir a pesar de sus primeras críticas recibidas?
Ser más y mejor uno mismo primero como elijamos expresarlo nos lleva a dar nuevos pasos, que pueden llegar a ser trascendentes a nuestra individualidad, ya que nutren a otros sin que lo busquemos siquiera. Como si los caminos y proyectos parecieran tener Vida propia. Es ahí cuando muchos dicen que es como rendirse a que la vida nos viva, o a dejar que la misma nos lleve. Algo similar les contaba en el video sobre encontrar nuestro propósito, con respecto a aquellas personas que desde la numerología tenían senderos de vida con números maestros. En esos casos, la persona necesita vivir situaciones bastante complicadas para que se vaya gestando internamente el impulso a que aflore una sabiduría interna que le permita trascenderlas, y luego, se vuelva su maestría compartirla con otros para que se inspiren a tomar nuevos caminos superadores. Es claro que esas situaciones al vivirlas parecen inconexas o no tener un rumbo determinado, pero es al ir dando esos pasos, que ese camino se va mostrando y le permite a la persona poner a disposición lo aprendido, pudiendo capitalizar todo su dolor en aportes hacia los demás. En cierto punto del recorrido nada parece tener forma, pero luego todo se va aclarando al caminarlo. Hay que permitir dejar que lo aprendido los trascienda, para que otros se puedan nutrir de sus ejemplos a seguir, o de sus métodos propuestos. Por todo esto me gustaría aclarar que el "más y mejor" sugiero vivirlo como motivación, voluntad, constancia y desde el disfrute; en vez desde la autoexigencia presionándonos constantemente. Se trata de caminar siempre motivados con hambre de más y saber que somos merecedores y dignos de darnos mejores oportunidades, que las que conseguíamos hasta ayer, superando después también nuestros aportes. Invita más a ir celebrando y valorando nuestro progreso, que a medir nuestros pasos con ideas fijas, ya que podríamos caer en obligarnos, en vez de dejar que surja naturalmente. Cada vez que nos encontremos autoexigiéndonos, estaremos limitando esa expresión más orgánica y genuina que pulsa internamente por salir. La forzaremos a que se exprese de una determinada forma "correcta" pudiendo desperdiciar la oportunidad de que algo más genuino, auténtico u original aflore. Implica rendirnos a permitir expresarnos más libremente fluyendo con la Vida. Quizás la autoexigencia, al salir, pueda mostrarnos que no estamos confiando tanto en nosotros mismos. Desde ella, buscamos controlar que cada paso se dé de una determinada forma, porque tenemos miedo y nos sentimos incapaces de afrontar cualquier situación imprevista. Es entonces, una invitación a que confiemos más en nosotros mismos y en nuestros recursos internos. Aún cuando desconozcamos tenerlos, siempre afloran cuando la situación lo requiere. Los números maestros descubren su maestría al experimentar superar las crisis que la vida les propone, pero antes de lograrlo, la mayoría ni se imaginaba siendo capaces de trascender tanto, ni mucho menos, haciendo de ello un servicio para que les sirva a otros. Rendirse a permitirlo confiando más, nos deja ver como vamos siendo mejores en cada nueva experiencia.
Llegamos entonces a un determinado momento en el que hay que aclarar que, en todos estos pasos, suelen aparecernos diversos miedos relacionados a nuestros avances. Son resistencias que se activan inconscientemente para protegernos. Cuando uno está por animarse a trascender (lo que siempre hizo de la misma manera) no solo aparecen esas tendencias a no romper lealtades con el clan; sino que además, para nuestra mente, el recurso conocido es más efectivo y el mejor. Se plantea repetir el viejo hábito o forzarse a crear una nueva conexión neuronal para el cerebro, aunque va más allá de lo biológico y conductual. En algún momento de nuestra infancia, lo que repetimos siempre, fue una respuesta necesaria para sobrevivir a una situación dolorosa. Nuestra mente tenderá a volver a usarla hasta que decidamos que ahora, con mayor consciencia, tenemos nuevos recursos y respuestas más sanas disponibles. Lo que aparece como indicio de esa resistencia al cambio (o a lo nuevo) desde nuestra mente, será un miedo disparado para que volvamos al viejo método conocido sin arriesgarnos a salir de esa zona de confort. Más allá de estas cuestiones más técnicas, todos podemos reconocer aquellos miedos que aparecen al dar los pasos que tanto queremos dar. Se disfrazan de inseguridades, nervios, ansiedad, incomodidades y hasta procrastinaciones (no sabemos por qué, pero tendemos siempre a dejarlo para después sin terminar de concretar el nuevo paso). ¿Qué miedos se nos disparan? Los viejos conocidos a no poder, no tener lo suficiente, no saber lo necesario, no disponer de los recursos para hacerlo, a no confiar en el valor de nuestro aporte, al qué dirán de nosotros, a equivocarnos, a arrepentirnos luego, a que nos salga mal, a que no sea el momento adecuado, a no poder con tanto, a que nos rechacen/juzguen/humillen/critiquen, etc., etc. En nuestras historias personales todos tenemos algunos "miedos favoritos", que suelen robarle mayor protagonismo a los demás. Si no sabés cuáles son los tuyos, preguntate: ¿qué es lo primero que te decís negativamente, o pensás, al intentar hacer algo nuevo? En la respuesta los vas a encontrar, o tendrás alguna buena pista por dónde buscarlos.
Podemos tomar la aparición de nuestros tan conocidos "miedos favoritos" como una alarma que suele encenderse al estar ante algo que realmente deseamos hacer. Así los usaríamos de guía para darnos cuenta de que, a lo que no nos animamos, es un indicativo claro y fuerte de un deseo importante para nosotros. Es en esta instancia en la cual uno va aprendiendo a decidir hacerlo con miedo igual, o decide confiar soltándolo, para permitirse pensar que puede salir mejor de lo que podíamos llegar a imaginar. El miedo es una emoción que se dispara por una simple idea. Aquella idea proviene de alguna experiencia previa que nos causó dolor, por eso el mecanismo que activa nuestra mente busca protegernos de revivir ese dolor. Ahora bien, esta idea se basa en una proyección a futuro por ejemplo: "no voy a poder". La única forma que tenemos realmente de saber, o corroborar si podemos (o no) realizar algo, es haciéndolo. No poseemos una bola de cristal que nos permita ver lo que sucederá con anticipación y el miedo termina siendo una suposición en base a un pasado, que ya no existe, porque el presente es un nuevo escenario. Por más similitudes que tenga con aquella experiencia pasada en la que se nos quedó grabado aquel miedo, no implica el mismo resultado y éste solo podremos averiguarlo poniéndonos en acción. Es cierto que conviene decidir confiar, a pesar del miedo, para poder dar ese paso disfrutándolo más; pero en el peor de todos los casos, lo daremos con miedo igual. Basta experimentarlo para comprobar que los miedos suelen ser casi siempre ideas falsas, si encima decidimos confiar y pudimos mantener la calma, seguramente lo habremos disfrutado o nos habrá sorprendido un resultado mejor del que pudimos imaginar. Entonces, es importante recordar que ese miedo nos puede avisar de que estamos por dar un paso crucial para nosotros. Recordaremos no caer en "parálisis por análisis", ya que evitaríamos siempre tomar acción por estar ideando nuevas estrategias o pensando nuevos escenarios futuros posibles y más adecuados. Si se encuentran trabados en esa etapa del camino, les recomiendo leer nuestro artículo "¿Para qué querés lo que tanto deseas?" ya que les cuento cosas muy útiles a tener en cuenta en esos casos.
Recapitulemos: Siempre podemos decidir quiénes queremos ser, o qué elegimos aportar a cada contexto, sin importar cuál sea, ni cómo se desarrolle. Por eso la primer frase propone enfocarnos casi exclusivamente en primero Ser para movernos desde ese punto interno, con mayor flexibilidad, para con el hacer y tener posteriores. Las acciones y los resultados pueden variar demasiado en cuanto a los distintos entornos, momentos o circunstancias. ¿A cuántos les habrá pasado, por ejemplo, que el 2020 los forzó a modificar sus planes? Cuando nos concentramos en planificar tanto, o en la acción primero, terminamos dependiendo de que esas condiciones se den a cada paso; poniendo en riesgo seguir caminando si eso no se cumple. Si nos enfocamos en tener, también forzamos a que se den otras determinadas circunstancias, que hasta pueden llegar a depender más de otros (o de momentos) que de nosotros mismos. Nuestra decisión sobre con qué actitud caminar (o vivir) es interna y está relacionada con decidir quiénes ser, o qué dejamos salir de nosotros en cada circunstancia. Más allá de que es nuestro verdadero aporte energético por ser la intención que le damos a toda nuestra energía, para que se ponga en marcha en esa dirección, amplificando afuera lo que sale de nosotros primero. En definitiva, estamos concentrándonos en desde dónde queremos vivir lo que sea que nos llegue y lo que sea que se nos vaya ocurriendo hacer. Cada uno irá decidiendo qué considera mejor, pero no olvidemos de ir moviéndonos con la flexibilidad suficiente para contemplar que los contextos pueden cambiar de formas, a veces imposibles de prever desde el presente. La vida es incierta siempre. Quizás el más y mejor sea un buen motor para aprovecharla al máximo mientras nos dure.
En cuanto a la intensidad, o a al más, les puedo aportar otras cuestiones que suelen aparecer. Solemos creer que más puede ser demasiado y que "tanto" nos puede dañar. ¿Cuántas veces sentimos que lo logrado es demasiado bueno para ser cierto, tanta felicidad es demasiado sospechosa, o que seguramente no podamos disfrutarlo al máximo porque en algún momento lo vamos a arruinar? Dichos miedos provienen de no creernos verdaderamente merecedores de lo mejor y de tender a conformarnos con menos para ir por lo seguro. Nos tiramos a menos, casi antes de empezar. Con respecto a las emociones, también solemos creer que sentirlas intensamente nos puede hacer algún daño y tendemos a querer regular su volumen. Cuando hacemos esto, en realidad, no estamos más que reprimiendo un grado de esa emoción por no animarnos a sentirla en su totalidad. La emoción no bajará su intensidad, solo estaremos dejando una parte suya acumulada, que buscará salir después, aún con mayor fuerza. Lo que resistimos, persiste. Hay que repensar la idea de que mucho es demasiado. Claro que pueden haber excepciones o casos puntuales que no abarque, todo termina siendo relativo. Pero pensemos en ejemplos de la naturaleza: ¿Acaso el sol regula su intensidad para que no nos quememos? Si lo hiciera, ¿no dejaría de dar vida a aquellos lugares donde no llegue, por haberse contenido? ¿Una tormenta debería pasar sin rayos para que no nos asustemos? Y qué pasaría si le pidiéramos a la luna que regule su brillo al recibir la luz del sol, ¿no se modificarían hasta las mareas?...
La naturaleza nos muestra cómo claramente cuanto más y mejor nos concentremos en Ser quienes somos en esencia, estamos contribuyendo desde nuestro lugar, a todo lo que de nosotros depende o a lo que afectemos con ello.
Muchas veces no solemos pensarnos tan importantes, por desconocer nuestro verdadero valor. A alguien le escuché decir: "El Universo es la economía perfecta, donde nada sobra ni nada falta". Si la vida gasta energía, oxígeno y nos mantiene vivos, no puede ser por error o estar de más; seguramente le seamos tan valiosos y funcionales como le es todo lo demás. Si todavía no lo podemos sentir así, quizás haya una herida de desvalorización que atender. Habíamos dicho antes, que nuestro aporte más importante es el energético, siendo lo que modifica directamente nuestros entornos. Muchas veces lo olvidamos, porque la energía es imperceptible a nuestra vista y requiere de mayor sensibilidad poder sentirla. Pero no dejamos de aportar, por el simple hecho de no sentirlo o desconocerlo. Nuestra presencia, mientras estemos vivos en este planeta, es valiosa y trascendente para la vida misma y para todos los que la vivimos simultáneamente. Nuestro verdadero valor es inherente a nuestra presencia, ya que es nuestra energía. Nunca lo olvidemos, podemos elegir miles de opciones acerca de cómo la usemos, expresemos, o qué decidamos hacer con ella; pero en todos los casos, seguirá siendo igual de valiosa. No hay dos personas que sean iguales y cada una desde su lugar específico contribuye a un todo interrelacionado, como piezas de un reloj, u órganos de un mismo cuerpo. Nadie más que uno mismo podrá hacer lo que le pulse desde lo genuino aportar, ya que nadie más que uno, piensa, experimenta, ni siente la vida de la misma manera.
No prives al mundo de tu mayor y mejor brillo. Por eso te invito y me recuerdo: ¡Ser más y mejores expresiones de esta maravillosa Vida que tenemos el honor de compartir!
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