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domingo, 23 de noviembre de 2025

Mirar adentro para dejar de danzar con la ilusión



¿Cuántas veces te dijiste: "No me eligen, no me quieren, no soy suficiente, me quieren si me callo, me quieren si encajo, me quieren si soy complaciente" -o algo similar- sintiendo que tenías que ganarte el amor de los demás y convirtiéndolo así en un campo de batalla?

Si te resuenan mis palabras y estás cansado de esa lucha, seguí leyendo esta reflexión con la mente abierta. Bajá las armas del ego y apoyá su escudo en el suelo, porque acá no hay ningún combate, urgencias, ni adversarios.

El amor no duele, porque no lastima. Duele su ausencia, los apegos, o creerse separados de lo superior, divino, total (o como quieras llamarlo según tus creencias) que antes de nacer sentíamos pertenecer.

Éramos una unión indivisible y quizás esa fusión con la totalidad sea una definición más adecuada para el amor. Porque el amor incluye tomar el interés común como propio y por eso no lastima, se dañaría a sí mismo mientras daña a un otro. Y aunque sintamos la separación con lo trascendental y eso origine en nuestro interior aquel famoso vacío, nunca dejamos de llevar en la sangre nuestra esencia.

El amor, la unión, el todo, la esencia, aquella fusión con nuestras raíces... En este aquí y ahora sigue latente dentro nuestro, aunque no la veamos por distraernos buscándola afuera. A pesar de que dicha búsqueda sea completamente inútil, frustrante y dolorosa sino entendemos de dónde viene.

Lo vivimos como heridas de rechazos y abandonos de un otro, hasta de entornos, contextos, etapas y lugares (que esto te resuene demasiado ahora no sería tan extraño, teniendo en cuenta el año 9 que estamos transitando, ya que es el de los cierres y finales). También lo confundimos con pérdidas, como si al pasar los años nos fuéramos fragmentando y esas partecitas nuestras se nos desprendieran con la brisa al caminar. Si no hacemos la pausa necesaria para cambiar esa narrativa, sentiremos la nostalgia de un pasado que nos va rompiendo y el crecimiento abrumador -y despiadado- de ese vacío en cada paso.

Porque nunca estuvimos separados. Ni siquiera encontraremos el origen de esas "heridas" de abandono o rechazo en nuestras primeras memorias de esta vida. Creo que el mejor ejemplo, que se me ocurre para que se entienda lo que quiero decir, es el del embarazo y nuestro nacimiento. Estuvimos en el cuerpo de nuestra madre, con todo a nuestra disposición, fundidos en plena armonía con la totalidad. Sintiendo el ritmo de la vida suceder y nutriéndonos con cada sonido del latido del corazón de mamá. Ese repiqueteo de tambores, como el tic tac de los relojes, nos daba paz y confianza. No debimos sentirnos más seguros en ningún otro lugar, ni experiencia, que durante el embarazo de nuestra madre. No había dolor, daño, peligro ni indiferencia. Sólo la contención del amor moldeándonos cada célula con ternura.

Y de repente, la vida nos expulsa afuera. Nos arranca de aquel abrazo constante para dejarnos llorando en un mundo que nos aterra, porque no lo entendemos. Nuestro inconsciente lo interpreta como un abandono, un rechazo a seguir viviendo de esa simbiosis tan perfecta y luminosa que nos embriagaba de amor. Pero no se originó en el útero primero, sino al decidir encarnar. Aunque de eso ni conservemos memorias.

Como un trauma lo replicamos hasta el infinito. Con cada vez que nos dejaron llorando solos, que no nos entendieron, que nos juzgaron, que nos convencieron de que no debíamos sentirnos de esa forma, o que sentimos que no había manera posible de no defraudar a los demás. Se gestó de a poco la sensación de que había algo demasiado malo en nosotros que era indigno de amor, o algo roto que debíamos reparar. Pero a pesar de todos nuestros intentos la angustia no calmaba, habitándonos como una huella invisible e imborrable. 

Ya no importa el primer dolor, ni su origen, porque nuestro interior lo sigue cargando. Y cada presente encierra una nueva posibilidad de tomar consciencia para liberarlo definitivamente. Dejar de aceptar migajas de amor a cambio de volver a siquiera sentir un segundo de esa paz tan preciada. Dejar de buscar afuera lo que creo que calmará el grito del vacío que me come por dentro. Dejar de anestesiarlo con distracciones o adicciones esporádicas que considero que emulan algún atisbo de aquella paz...

Porque el alma sabe. Sabe que nunca fue rechazada, que nunca la abandonaron y que jamás dejó de ser y experimentar ese amor pacífico, aliviador y balsámico. Sabe que no hay vacío ni ausencia, que no hay separación. Y espera paciente. Espera a que recuerdes quién sos. Espera con la dulzura de una madre cuando acaricia al bebé entre sus brazos por primera vez. Aguarda a que recuerdes que el sonido de los latidos de tu corazón, son el mismo pulso del amor que recorre tus venas. Espera que recuerdes que estás hecho del mismo material cósmico que hace brillar a las estrellas. Que nunca te separaste, ni te puede abandonar tu esencia. Que del mismo modo que ese espacio vacío mantiene los elementos de un átomo siempre unidos, nada se pierde. Que todo está cambiando y transformándose, pero tu esencia la llevás a donde sea que vayas y es la que te hace brillar más fuerte con cada respiración. Que sos ese amor indivisible, en una forma y envase distinto nomás. Y que, si en algún momento te volvés a olvidar, podés cerrar los ojos para sentir de nuevo a tu paz abrazándote en tu interior.

Ya no hay rechazo ni abandono, más que tu olvido pasajero. Te podrás entretener un rato danzando entre ilusiones, hasta que, al elevar la vista, verás a tu reflejo aplaudiéndote de pie. Y al bajarte del escenario, te mirarás en el espejo del camarín para reconocerte otra vez.




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martes, 18 de noviembre de 2025

No permitas que la sobreinformación te abrume



Cuando entramos en el loop de sanar nos perdemos. Terminamos descartando toda herramienta como si fuera un engaño de un otro para ganar dinero, estafando a la gente más vulnerable. Pero no hay que dejarse llevar por exabruptos semejantes. No todo es blanco o negro, la mayoría son matices. Y lo genuino siempre es simple.

Podríamos comenzar por analizar la carga invisible que conlleva la palabra "sanar" o sanación. Si hay algo que sanar es porque primero existió una enfermedad, así como si hay algo que "reparar" existió algo o alguien que lo rompió en primer lugar. Y ambos términos nos llevan a distorsiones. Nos hacen pensarnos enfermos o dañados, como si hubiera algo malo en nosotros que nos obliga a cambiarlo con urgencia porque lo juzgamos de peligroso. Pero esos dolores del pasado (que llamamos heridas) en algún momento fueron un recurso efectivo, que hasta pudieron salvarnos la vida.

En el caso de una experiencia traumática, el dolor emocional que nos genera ese momento puede interferir con nuestra claridad mental para encontrar los mejores recursos de cómo atravesar dicha experiencia de la forma más eficaz. En un accidente, por ejemplo, si nos dejamos vencer o pensamos desde el miedo y el dolor que aparecen al darnos cuenta la situación que vivimos, podríamos no tener la claridad mental de que debemos salir del auto antes de que explote. El miedo nos paralizaría impidiendo nuestra respuesta más eficiente y poniendo en riesgo nuestra vida. Es cuando nuestra inteligencia en modo supervivencia le apaga el volumen a nuestras emociones. Las reprime para actuar y resolver la situación. Recordemos que el cuerpo y la mente funcionan a base de principios de optimización de energías y atender lo emocional en ese momento, nos dispersa de enfocarnos exclusivamente en el pensamiento y la acción. Por lo tanto, bloquearlo temporalmente termina siendo la opción más inteligente.

El problema viene cuando no sacamos de la represión todo ese sentir y seguimos ignorándolo/tapándolo, porque es demasiado incómodo atenderlo ahora en el presente que no existe el accidente ni el auto. Lo que resistimos persiste y crece desde nuestro inconsciente. Buscará formas cada vez más invasivas de aparecer a gritos, pidiendo que nos hagamos cargo de que existe latiendo en nosotros.

Y podés memorizarte todos los protocolos, haberte leído miles de manuales y descubrirte paralizado ante ese miedo o dolor que vuelve a aparecer. También podés trascenderlo y vas a ver que te va a seguir apareciendo, disfrazado en otras situaciones y circunstancias distintas que jamás asociarías entre sí. Acá es donde podemos "sanar" síntomas una y otra vez, sin darnos cuenta de que necesitamos llegar a lo más profundo para encontrar las causas que los están generando en primer lugar. O por lo menos el núcleo central que los dispara, el origen que tienen en común. 

Es cuando, en vez de abandonar lo que te propusiste con tanta valentía superar, tenés que aprender a discernir qué herramientas o métodos son más profundos o te hacen mirar en lo sustancial y no rendirte. Desde mi experiencia y aprendizaje te digo que dejes de mirar afuera y no te distraigas con circunstancias, síntomas, nombres, edades ni personas. Todo está tocando una fibra muy interna que todavía late en tu inconsciente. La ventaja es que está bastante desesperada o cansada de gritarte que la escuches, por lo que no es tan difícil saber por dónde hurgar.  

Aquellas partes de nosotros mismos más que sanación/reparación necesitan nuestra mirada, observación sin juicio y la valentía de tratarlas con amor, en vez de hacerlo desde el miedo o el fastidio de encontrar siempre algo más que atender. Si pensamos en sanar/enfermar vamos a vernos víctimas de algo que no podemos más que atacar. Si pensamos en mirar e integrar, la aceptación viene de un amor incondicional sin juicio a lo que encontremos, porque está en nosotros y merece ser escuchado o visto.

Es importante observar desde dónde hacemos lo que hacemos. La intención de sanar viene de reparar algo enfermo y genera miedo, mientras que integrar conlleva la intención de incorporar desde nuevas miradas más amorosas lo que nos pide atención.

Muchas de esas "heridas" o marcas se originaron en nuestra infancia y como dijimos fueron recursos de supervivencia. Ahora que ya no estamos en situación de peligro necesitamos actuar desde la seguridad, la calma y la presencia que permite, en vez de rechazar.

Otras veces simplemente se trata de tenernos paciencia y desde el amor ir más despacio, o a nuestro ritmo. Hay lugares, situaciones o personas que nos traen paz y nos posibilitan más fácil mantener la calma; mientras que otros nos activan los viejos recursos que aprendimos desde el miedo y actuando a la defensiva. También pasa que nuestro sistema nervioso sigue protegiéndonos, aun cuando ya no exista peligro, de maneras más instintivas. Tenés derecho a priorizar tu paz. Y en estos casos no te confundas, no es que no sanaste esas viejas "marcas", sólo necesitas atravesar el momento de transición al nuevo estado de una manera más amable, priorizando lo que te da paz y aprendiendo a usar las nuevas herramientas o recursos (si te interesa profundizar más este aspecto tan complejo te recomiendo leer este otro artículo o podés mirar este video). 

Una vez escuché a alguien proponer un ejercicio bastante poderoso e introspectivo. Como todo, requiere de nuestra absoluta honestidad y la prohibición de juzgar o criticar lo que aparezca durante el proceso. Se trataba de tomarse un momento, en completa soledad que sea largo y sin interrupciones, para cerrar los ojos. Primero hacer dos o tres respiraciones profundas llevando toda nuestra atención al ritmo y sonido del latido de nuestro corazón. Si nos aparecen pensamientos, mirarlos como si fueran nubes en el cielo, dejando que el viento los mueva sin pelearnos porque estén ahí. Seguimos respirando y escuchando nuestro latido. Esto nos permitirá encontrar aquel estado de calma desde dónde iniciar. 
Luego vamos a visualizarnos entrando a un ambiente en el que encontraremos, de a una y paradas en un semicírculo, a todas nuestras antiguas versiones, e incluso a una de nuestro futuro. La niña más chiquita, la preadolescente, la adolescente, la joven, la que quizás haya anestesiado más su sufrimiento con distracciones como el trabajo u otras cosas, la adulta de hace cinco o seis años atrás y una versión del futuro que visualizaremos con todo resuelto y en la mayor plenitud. 
El ejercicio propone que vayamos recorriendo el semicírculo de a una versión por vez, sin apresurar los tiempos para dialogar con cada versión. La idea es imaginarse acercándose, por ejemplo a la niña, para mirarla a los ojos con amor y silencio primero y con dulzura ir haciéndole preguntas:

¿Qué te duele?
¿Qué sentís?
¿Qué te enojó más de lo que te dijeron o de cómo reaccionaron los demás?
¿Qué mensaje necesitaste escuchar que no te dijeron?
¿Qué cargas o responsabilidades de otros seguís sosteniendo?
¿Qué es lo que más te preocupa?
¿Cuál es tu mayor miedo?
¿Sos tan culpable o hiciste lo que te salió y te olvidaste de que sólo estabas aprendiendo?
¿Qué necesitás?
¿Qué es lo que más querés?
¿Querés decirme algo más? No tengo apuro, tomate tu tiempo.

Y todas las demás preguntas que se les ocurran para lograr una comunicación desde la compasión que vaya guiando el diálogo hacia darle las respuestas, que ahora desde esta mayor consciencia del presente, le podamos dar para tranquilizarla por completo. No importa si lo que hizo o dijo no fue lo mejor, no la queremos corregir. Sólo dejarla hablar, escucharla y regalarle nuestra presencia amable y compasiva.
Lo importante es terminar el diálogo de esa versión con un abrazo y diciéndole a la niña que deje que ahora nosotras nos hagamos cargo de todo, porque tenemos más herramientas para resolverlo. Invitarla de la mano a que nos acompañe a hablar con la siguiente versión y así repetir el proceso, hasta que se llega a estar de frente a la versión del futuro.
A esa última de nuestras versiones la vamos a mirar con atención, tratando de describirnos qué nos transmite. ¿Cómo luce? ¿Qué siente? ¿Qué logró? ¿Cómo nos hace sentir su felicidad o autorrealización? y después sólo le vamos a pedir consejo. Le podemos pedir que nos guíe a dar el próximo paso en el presente para seguir sus huellas de la forma que mejor nos haga sentir y recordarle que siempre puede guiarnos a través de nuestra intuición.
El cierre del ejercicio prefiero dejarlo a libre elección. Pueden darse un abrazo, celebrar, sentarse en una ronda a charlar cosas más amenas, etc. Lo importante es agradecerles y registrar que se hayan liberado de toda carga, dolor o tensión que presentaban al principio.
Al finalizar nos despedimos del ambiente, sabiendo que esa puerta que cerramos está ubicada en nuestro corazón.

Puede parecer un delirio, un juego, una pavada o un acto de muchísima liberación. La clave va a estar en no apresurarnos, darle lugar a la profundidad, respetar los tiempos, silencios, las reacciones y llantos o berrinches y que a nadie le quede más nada por decir. También en tratar con tanto amor a cada versión que podamos llegar a ver en su rostro el alivio y la sonrisa. Y por supuesto en jamás olvidar que esas versiones habitan en nuestro interior, las podemos volver a visitar repitiendo el ejercicio cuantas veces creamos necesario. En realidad, de esta manera logramos ordenar nuestro hogar interno, volverlo nuestro espacio seguro, donde se pueda hablar sin represiones ni reglas, y donde sepamos acompañarnos sin soltarnos la mano ni abandonarnos. 

Si bien puede no ser el mejor método, es un ejercicio siempre disponible que alivia mucho.

El objetivo de este artículo es recordarles que a veces nos perdemos en qué funciona más rápido y fácil, cuando verdaderamente necesitamos simpleza y profundidad. También en recordarles que los métodos genéricos no a todos les funcionan y siempre hay que traducirlos a nuestro lenguaje o forma. A que no dependan jamás de nadie externo para que "los salve" o se olviden de que el cambio más duradero es el que hagamos desde lo más esencial con nosotros mismos y que podamos aplicar o ver funcionar cada día.

No se trata de sanar, por lo general es saber entenderse. Por eso el autoconocimiento siempre va a servir. No siempre vas a encontrar las mejores herramientas, pero jamás dudes de tu capacidad de trascender y evolucionar. Puede que necesites que te acompañen o pedir ayuda, también es importante saber reconocerlo. Pero siempre hay una voz adentro tuyo que sabe, el yo del futuro que te guía o tu creatividad sugiriéndote ideas. No las descartes, proba cuál te funciona mejor. A veces será escribir cartas que después se rompan o quemen, especialmente para hablar con los que ya no estén todo lo que nos quedó por decirles, un diario emocional donde descargar esos pensamientos que no te animás a pronunciar en voz alta, etc., etc.

No perdés nada con intentarlo y podés ganar mucho. Hoy te comenté un par de aspectos sobre este tema, pero se puede ver mucho más. Dejame en los comentarios si te interesaría que sigamos explorándolo juntos🤗




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viernes, 7 de noviembre de 2025

Date permiso de dejar de ser "la fuerte que todo lo puede"




  Quizás a los hombres les suceda algo similar con la energía femenina o su sensibilidad. Pero a muchas de nosotras no nos quedó otra opción más que crearnos la armadura de fortaleza para salir adelante. Y sostenerla a largo plazo, es completamente agotador.

  Tal vez la ansiedad, que tanto combatimos, nos muestre las fugas de esa armadura vencida. Es que, al no sentirnos seguras, es comprensible que los miedos salgan a nuestro rescate y encima, al ser tan incómodos de sentir, los vemos como nuestros enemigos de turno a combatir. Cuando en realidad, a veces, sólo sean nuestras formas de pedirnos una pausa que nos habilite hacer un cambio profundo.

  En el día a día no te das cuenta. Es probable que hayas normalizado poder con todo vos sola, o sientas que no tenés otra opción. Y lamentablemente, en algunos casos, lo último sea verdad.

  Sin embargo, TODOS necesitamos y merecemos dejarnos sostener. 

  El miedo más grande que asoma al pensarlo es a la propia vulnerabilidad. Mostrarse vulnerable implica no tener corazas que nos protejan y arriesgarse a sentir dolor nuevamente. Aunque solemos olvidar que también implica la parte más positiva: ¿Y si sale bien y podés confiar? ¿No será que también tendremos miedos a que nos salga bien?

  Creo que ante estas situaciones es necesario no olvidarse de separar el merecimiento y la autovaloración personal, de los resultados externos que vayamos a cosechar. La verdadera seguridad no te la va a dar ninguna armadura. Ese es un autoengaño que adoptamos en un momento de supervivencia, cuando no nos quedaba otra opción más que salir de esa circunstancia difícil con lo que teníamos disponible.

  El amor propio es una herramienta más útil, próspera y siempre disponible. Si no te abandonás ante el primer dolor que sientas, te darás cuenta de que el verdadero lugar seguro es una autoestima sana. Las circunstancias o vínculos pueden arrojar diversos resultados, pero jamás dependerán de tu valor ni de si sos suficientemente digna de amor o de recibir contención, sostén y seguridad. Además, porque la gente da lo que es o lo que tiene y no lo que te merecés. Nadie abraza más fuerte de lo que aprendió a sostenerse y nadie ama más limpio de lo que sanó su herida.

  Hay que entrenarse para volver a traer nuestra mirada y energía a nuestro interior, las veces que sean necesarias. Enraizadas en un mundo interno fuerte, no se necesitan armaduras. Sentiremos dolor cuando las cosas no salgan como esperábamos, porque es normal y porque elegimos soñar o ilusionarnos.  La solución no está en no ilusionarse de nuevo, en no volverlo a intentar por miedo a volver a sentir ese dolor, ni en autoconvencernos de que podemos solas siempre. Sino en atrevernos a bucear en nuestra vulnerabilidad.

  Quizás el mejor sinónimo del tipo de vulnerabilidad al que me refiero puede llegar a ser autenticidad o transparencia. Si seguimos ocultando que necesitamos dejarnos sostener de vez en cuando, proyectaremos una imagen distorsionada de lo que somos, sentimos y de lo que necesitamos realmente. Quizás nos creímos el personaje de la heroína que todo lo puede y hasta nos cueste reconocer cuando necesitemos ayuda. O lo asociemos con debilidad, cuando no sería correcto. Se necesita coraje para reconocer lo que nos pasa y comunicarlo asertivamente, y al menos yo, no veo signo alguno de debilidad en ello.

  Escribo este artículo porque la mayoría de las veces, y en especial en ciertos casos puntuales como madres solteras (si es tu caso, no te olvides de leer después el siguiente artículo) o personas que atravesaron experiencias demasiado difíciles, ni siquiera somos conscientes de que otra vez recurrimos a usar las viejas armaduras.

  Sentimos la ansiedad, la confundimos con otro tipo de temores, los buscamos racionalizar y nos autoconvencemos de que estamos bien de nuevo, para seguir adelante rápido. Pero quien huye de la profundidad, no encuentra la única llave que está en el fondo del pozo.

  La valentía y el coraje vienen del corazón, no de una armadura. La armadura con el tiempo se oxida, se vence y se vuelve increíblemente pesada. Sin embargo, el sentir y la vulnerabilidad aportan la energía necesaria para sumergirse en la oscuridad y encontrar la llave. Contienen el poder y la suavidad del agua que, con constancia y a largo plazo, hasta desgasta las piedras más sólidas.



  Reconocer que a veces no podemos con todo solas es necesario. Es abrir la puerta a un otro, que seguramente esté más que dispuesto a darnos una mano. Y si el otro que tenemos delante no nos ofrece esa disponibilidad, sabremos encontrar a alguien más que sí le nazca genuino del corazón ayudarnos cuando lo necesitemos. Algunas veces será un profesional, otras algún familiar o amigo, quizás una pareja o hasta un desconocido. 

  Si entendemos que en realidad se trata de energía, nos daremos cuenta de que, haciéndonos la fuerte, sólo estábamos bloqueando el flujo de un caudal siempre disponible a atravesarnos para limpiarnos. Sólo nosotras manteníamos cerrada esa puerta, por miedo a sumergirnos para encontrar la llave y abrirla.

  Quizás sea momento de que recuerdes que te merecés dejarte sostener, que te merecés nuevas oportunidades y que cada experiencia dolorosa del pasado te ayudó a saber elegir mejor en este presente. No te castigues de más. Perdonate e intentalo otra vez desde nuevas perspectivas. No dejarse ayudar ni compartir la responsabilidad, también es otro tipo de abandono. Permití que el caudal de amor propio rebalse desde tu corazón y la vulnerabilidad haga su magia por sí sola... No me creas, pero date el permiso de siquiera intentarlo, soltando la armadura al menos por un rato.



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