Quizás este sea el artículo más difícil que me nació escribir. Mi ego se resiste, pero el poder de mi vulnerabilidad lo pide a gritos. Así que respiro y dejo que caigan las palabras más sinceras...
Desde que comencé con mi pasión de ofrecer herramientas, técnicas o reflexiones de autoconocimiento, me acompaña un sentir. Está latente, aparece sólo en ciertas ocasiones y luego vuelve a dormir.
Soy consciente de que hay miles de personas proponiendo ideas como yo. No pasa por la competitividad, o ahora ya no, porque en un principio sí me juzgaba sintiendo que lo mío, si no funcionaba tanto (en términos de productividad como seguidores y esas métricas), no debía ser tan valioso o suficiente. Hace un poco más de siete años ya que nació este proyecto y yo cambié demasiado en el recorrido. Al principio me apoyé en Patricia mi profe, porque pensé que mi único rol era el de darle difusión a su valiosísimo aporte. Pero, tal como ella me dijo, al conocerme y ver mis números personales, tenía una maestría que poner a disposición de otros. Me tomó mi tiempo juntar confianza, decidir qué actividades estaba lista para desarrollar por mi cuenta para sumar a las de Patri, y más tiempo para animarme a crear el canal de YouTube. Si bien siempre me fue bastante fácil hablar frente a una cámara o delante de grupos numerosos (el colegio ya me había preparado desde muy jóven y mi 11 maestro hacía el resto al explicar mis ideas), no es lo mismo que hacerlo en persona. Noté que entraba en un personaje, sin darme cuenta siquiera. Me juzgaba de más al ver cómo había quedado cada video, me autoexigía grabándolo varias veces, etc. Pero todo formó parte de mi experiencia. Un poco forzado al principio, aunque desde una intención demasiado pura, más fluido y amable cada vez.
A veces sentía que me hablaba sólo a mí. Mi abundancia creativa era abrumadora. He llegado a tener que obligarme a dormir, porque cuando me relajaba apoyando la cabeza sobre la almohada, era el mejor momento para captar las ideas más poderosas. Grababa tantos videos que los tenía programados con meses de antelación. Por eso sentía que me estaba hablando a mí, el día que se publicaba el video programado, siempre resonaba algo del tema hablado con lo que me venía pasando. Lo tomé como recordatorios. Lidié con miles de frustraciones, hice varios cursos y apliqué un montón de fórmulas para ganarle a los algoritmos siempre cambiantes, me repetía que no importaba a cuánta gente llegaba mi mensaje mientras que esté disponible y al menos a una persona le llegue al corazón. Pero mentiría si les dijera que ver los números que crecían demasiado lento, o a veces se estancaban, no me afectaba. Como todo en esta vida tenía una resonancia con algo mío interno. Mi valor, el valor de mi palabra, la libertad que había elegido darle a mi voz (en honor a tantas veces que la había censurado), el mal hábito de medirse por los resultados o la falta de ellos, mi autoestima que fui redefiniendo mejor cada día, la certeza de que lo que ofrecía merecía ser reconocido escuchado y hasta retribuido materialmente, etc. Pero, por sobre todo, había un deseo mayor impulsándome a no rendirme. Sentir que lo que estaba haciendo tenía sentido y había nacido de una vocación demasiado genuina como para ignorarla por miedos, vergüenzas y juicios.
Las formas fueron cambiando con el tiempo, mis intereses también. Aunque la esencia siguió pulsando, creciendo y expresándose con nuevos recursos y actualizaciones. Aun así, una sensación profunda me seguía los pasos. En mi vida personal cada experiencia que logré trascender me dejaba el tesoro de su aprendizaje, la oportunidad de actualizar la narrativa con mi estado interno del momento y aplicar mis decisiones más conscientes y amorosas en mi vida cotidiana. Se fue forjando sin darme cuenta el pilar de la coherencia. Valor interno que prácticamente fue el verdadero motor de mis mejores transformaciones. Esta sensación ponía en duda mi coherencia. Cada dos por tres aparecía como un susurro para decirme que, si había aprendido tanto, ciertas situaciones, no debían volver a repetirse en mi vida.
Con el tiempo comprendí que esa sentencia me estaba haciendo más complicada la existencia. Las personas de alta sensibilidad no sólo captamos mayor cantidad de estímulos de una situación puntual, sino que además nuestros procesos cognitivos son más profundos. Para decirlo de otra manera, nuestra mente suele darle más vueltas a cada experiencia. Creer que llegaste a un pensamiento base y luego descubrir que había mucho más escondido y asociado, es absolutamente lógico y no sólo para una persona de alta sensibilidad. De nuevo estaba midiendo mi evolución según mis resultados, aunque esa vez fueran más internos que externos. Recuerdo el momento en el que me vi en esa encrucijada y decidí grabar uno de mis videos hablando del avance no lineal en nuestros procesos (si te interesa verlo, hacé click). En estas últimas semanas me di cuenta de mucho más.
Los que tengan senderos con números maestros me entenderán mejor. Aunque seguro que los demás también pueden sentirse identificados. Cuando uno atraviesa en su vida experiencias demasiado fuertes, traumáticas y de un sufrimiento profundo, trascenderlas implica poder verlas desde múltiples perspectivas. El cuerpo y nuestro inconsciente nos protegieron del dolor más difícil de asimilar en aquel momento. Eso deja una marca o huella, una memoria. Uno puede cambiar su narrativa, darle tanto amor hasta que se reorganice para expresarse con mejores interpretaciones, ver y llorarlo, expresarlo mil veces, hacer de todo y sentir que la huella sigue ahí. Es que en realidad no se trata de borrarla. Hay ciertas experiencias que marcaron nuestro destino. Y aun cuando las hayamos entendido, a tal punto de agradecerlas con sinceridad de corazón, el cuerpo conserva el registro.
Hace una semana o dos mi cuerpo expresó todavía recordar mi registro más doloroso de desamparo. Volví a sentir, después de años, que había algo más profundo que no estaba viendo. Y el juicio acusatorio de la coherencia se despertó de su letargo. Por eso escribir esto le cuesta tanto a mi ego, aunque mi alma y cuerpo saben que es necesario. Yo siempre intento mostrarme como soy, en autenticidad y honestidad. Cada palabra de mis artículos y reflexiones sale de mi corazón, por eso es tan valiosa para mí. Y revisando las últimas entradas de este blog, mi sentir cobra más sentido en lo personal. Ya me estaba diciendo la asociación inconsciente que tanto me costaba admitir. Algunas circunstancias incómodas me vinieron sucediendo sin respiro desde noviembre del año pasado. La mayoría de ellas las afronté con resiliencia. Sabía que lo más importante era mi decisión, que ya era capaz de mirar y expresar lo que sentía por más intenso que fuera. Hace tiempo que vivo con la premisa de que lo importante no es lo que pasa ni lo que sienta, sino qué decido hacer con ello. Me sentía segura, fortalecida y enraizada en mi verdad. Pero a veces la vida te sacude de varios frentes en simultáneo, como una tormenta, como lo hizo hace tiempo de la forma más dolorosa para mí. Y uno se olvida que la verdadera fortaleza no viene de afuera, ni de decisiones internas, ni de una energía enraizada, sino de la fe. Y no hablo de lo religioso. La fe en la vida, la fe en que uno va a estar bien, la fe en que uno es capaz de volver a sentir ese desamparo tan profundo que duele ahora al escribirlo, y que marcó tanto en un pasado tan lejano, y renacer.
Porque el inconsciente habla en simbolismos y a veces eso hace que nos sea tan difícil de entender por qué asocia ideas, en apariencia, distintas. Porque no se trata de ser más conscientes para vivir una vida feliz, sino de aprender a ser feliz en cualquier estilo de vida, y de saber que estamos decidiendo cómo vivirla. Cuando estas situaciones se presentan creer que el mundo está en nuestra contra es demasiado habitual. Por eso perdemos la fe, porque venimos construyendo desde dentro y vemos cambios a nuestro al rededor, aunque no sea lo importante, sino saber sentirnos mejor en cada situación, ganar autonomía y derrochar más amor; pero cuando te encontrás sobrepasada con múltiples situaciones incómodas de afrontar, te planteás si no estarás delirando y si la realidad te está mostrando lo que más te cuesta ver. Y en parte la "solución" es un mix variado de todo eso y un poco más. Porque no existe forma de solucionar lo que se creó desde el nivel de consciencia en el que se ve como "problema". Hay que elevar la vibración para apreciarlo desde el nuevo nivel del espiral (como decía en el video anteriormente nombrado), que es superior y nos permite una mejor mirada, más amplia. Para ejemplificar esta idea, puedo poner de ejemplo nuestro sentir y las ideas asociadas en un momento cualquiera de nuestro pasado que nos haya desafiado. Aquella situación fue interpretada a primera vista como problema, lo peor que nos podía suceder en ese momento, como perder un trabajo que creías seguro. Quizás eso habilitó que te permitas explorar nuevas vocaciones y explores mejores caminos, que llevaron a mayor autorrealización futura. Pero desde el presente ese propósito mayor, beneficioso, no se percibía como tal, sino como "problema". Entran a jugar su papel cada momento asociado del pasado en el que te viste frente a un imprevisto que juzgaste como negativo a primera vista. Saltan los no puedo, esto me supera, no tengo lo que necesito, qué voy a hacer, quién soy yo sin ese trabajo, cómo voy a afrontar lo que viene, arruiné mi vida, tengo una familia que sostener, este es el peor momento para cambiar, no sé lo suficiente para empezar de nuevo en otra cosa, quién me va a valorar o elegir, etc., etc. Y si en otro momento de tu vida, quizás la infancia o alguna circunstancia que te confrontó más profundo (generándote un trauma), lo sufriste demasiado, tu cuerpo sale al rescate. Intenta ayudarte, protegerte, hacerte ver cómo lo estás viviendo, pedirte un cambio de actitud o al menos tomar consciencia de tu dolor más profundo que quizás seguiste sosteniendo por costumbre, por haber sido parte de tu historia de vida, por ser lo que antes te definía a un nivel más estructural y no lo supiste. Semejante estrés expresa un síntoma. Encima al descubrirlo te preocupás, exacerbás esos miedos de impotencia y la sensación de profundo desamparo. Pensar que deberías aceptarlo y confiar en la vida parece un delirio, una creencia demasiado optimista. Pero la vida con el tiempo te demuestra lo contrario. Tenías que confiar, eso te estaba reubicando en el mejor lugar, aunque en ese momento no lo pudiste prever. Por eso nuestra confianza y seguridad no puede estar puesta en circunstancias externas. Tiene que venir como un caudal interior que le diga a nuestro cuerpo que ya no está en modo supervivencia, que no es necesario activar soluciones biológicas, ni causarnos más daño para aprender, porque se puede aprender desde lugares más amorosos que desde el dolor.
Yo he sido testigo de múltiples ocasiones, incluso personales, en las que el simple hecho de no aferrarse a una interpretación negativa determinante y permitirse confiar, hace que nuestra energía siga su curso más fluido. Los resultados que aparecen son mejores, a veces hasta imposibles de creer. Es que quizás esa situación sólo venía a enseñarnos a atravesar aquellos miedos más profundos, que a veces olvidamos que todavía existían en nuestros registros. Pero si desmenuzamos cualquier situación, nuestra alma sabe por qué la generó en primer lugar. Y la mente es demasiado limitada para entenderlo en ese momento, está llena de ansiedad por salir rápido del dolor, intenta escapar, lo tapa, lo niega, se deja vencer por las imágenes de escenarios futuros aún más terribles que quizás jamás sucederán, pero que está acostumbrada a pensar. Lo único que domina esa mente inquieta es nuestra decisión. Podemos ver pasar como nubes en el cielo cada pensamiento sin alimentarlo como verdad. Entregarse a confiar de que pase lo que pase, se sienta lo que se sienta y se de cómo se de, tenemos en nuestro interior un infinito arsenal de recursos para vivirlo mejor. Tenemos la certeza de la fe, de que nada viene a nuestra vida por error, de que hay algo superior que nos mantiene en este presente todavía respirando, por lo tanto, le interesa conservar nuestra vida. Esa fe a veces se siente delirante, poco realista o fantasiosa. Claro que cada uno podrá decidir en qué creer. Pero aporto el recordatorio (no menos importante) de que en realidad todo en la vida es incierto, especialmente no sabemos cuál será nuestra última respiración, y no por ello nos preocupamos de conseguir lograr inhalar el oxígeno del aire una vez más. Lo damos por garantizado, lo normalizamos y esa certeza nos da tranquilidad, aun en el último momento de nuestra vida, de nada sirve preocuparse por respirar una vez más. Pasa que nuestra mente es la que se olvida de esa incertidumbre, es la que le teme a lo que no puede catalogar. Entonces termina siendo lógico que busque referencias de nuestro pasado para entender y cuando en nuestro pasado hubo dolores tan grandes que afrontar, el miedo será mayor o más profundo de ver. El simple hecho de conocer cómo funciona esta mente nos permite no creerle todo lo que nos propone. Nos invita a tener más compasión con nuestras ideas y estados de ánimo, a enseñarles a confiar. Porque, aun en el peor de todos los escenarios, de nada sirve vivirlo desde el miedo y la preocupación, porque el alma sabe de esas transformaciones que se sienten como muerte, pero terminan en resurrección. Y precisamente para ejemplificar esto se me viene a la mente uno de los últimos artículos que escribí en el año pasado, un año 9 de cierres/duelos a diferencia de este 1 de nuevos comienzos con miradas superiores e integradoras desde lo que ya se trascendió. El post hablaba sobre la primer "herida de separación" y cómo la vivimos de forma traumática hasta tomar verdadera consciencia de que jamás existió separación y que era momento de dejar de danzar con la ilusión (leélo acá si te interesa profundizar más).
Seguramente esta nueva entrada será como un recordatorio más a mí misma, aunque sino es así y a alguien más le tocó el corazón o le aportó una nueva perspectiva, mi vulnerabilidad se sentirá más validada y mi alma se reirá conmigo otra vez.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario