Más
allá de la energía que hayas decidido encarnar en esta vida y tu identidad de género elegida, habitarla en su
esplendor, es todo un desafío. La sagrada femineidad es tan compleja que se la
malinterpretó y restringió durante siglos. Pero no nos vamos a centrar en ese
aspecto, sino en cómo apreciarla mejor para amigarnos con ella como humanidad.
Desde
lo físico nuestro cuerpo crea y hace prosperar la vida desde sus inicios.
Podríamos decir que el útero femenino es un portal por el cual la vida se
manifiesta y materializa en este plano. Portar dicha capacidad sagrada en el cuerpo
conlleva miles de implicaciones. Desde el tamaño del útero y su expansión hasta
el tipo de desafíos emocionales que nos propone cada etapa de nuestros ciclos
hormonales (como hay momentos que nos requieren reposo, otros más movilidad,
los distintos alimentos que nutren mejor o tendemos a elegir en cada etapa, su
relación con nuestros estados de ánimo, etc). Los estudios acerca de la
regulación del sistema nervioso, que tanto se popularizan hoy en día por las
redes sociales, están basados en una biología masculina. Porque en una
determinada instancia, los médicos que investigaron el tema reconocieron que el
cuerpo de la mujer era demasiado complejo y continuaron sus estudios
excluyéndolo. Así que, si sos mujer y esas técnicas no te sirven, no te
frustres. Todo siempre nos lleva a lo mismo: la necesidad de saber escucharnos,
conocernos y encontrar nuestros propios métodos.
La
fuerza de la mujer o la energía femenina no es tan física ni concreta. Se la
relaciona más con la suavidad, la ternura, la capacidad de sostener y nutrir
desde la emocionalidad, el florecimiento a un ritmo distinto y más cuidado. Es
como el agua que siempre está fluyendo y va marcando el cause con paciencia y
perseverancia.
Como
en un embarazo o ciclo hormonal, nada puede apresurarse. Sin embargo, nos forzamos
a cumplir con las exigencias de un mundo que va a otro ritmo y sin darnos
cuenta nos vamos desfasando de nuestro reloj interno. Soy consciente de que en
determinadas circunstancias una no puede dejar de cumplir con ciertos
compromisos, pero siempre podemos elegir la actitud desde donde los afrontamos
y el permitirnos reconocer con más amor y paciencia nuestro estado interno
antes de accionar. Porque esos pequeños detalles hacen una gran diferencia.
Quizás
sea momento de suavizar la forma en la que nos autoexigimos, amigarnos con nuestros cuerpos imagen y sensualidad, aplicar esa misma
ternura con la que le hablamos a nuestros hijos cuando están aprendiendo algo
nuevo, reconocernos vulnerables sin por eso sentirnos débiles ni en peligro,
etc.
Conocer
y atender nuestra emocionalidad nos va a dar la estabilidad necesaria para experimentar
cómo ese florecimiento es otro tipo de fuerza tan fuerte, o incluso más en
ciertos casos, que la fuerza física. Aunque tampoco se trata de comparar ni
competir, sino de darle el reconocimiento y valor que tanto nos costó admitir
como humanidad.
La
mayoría de las cualidades de la energía femenina sólo florecen en un ambiente
seguro. Y creo que ese es el mayor de los desafíos, porque razones para
sentirnos inseguras hay en abundancia. Pero lejos de desmotivarnos, podemos
utilizar esta cuestión para ganar sabiduría. Usemos esa sensación de seguridad
como una brújula, para elegir mejor nuestros vínculos, para saber expresar sin
miedos ni culpas nuestras necesidades, para aprender a poner y sostener límites
y para crear espacios nuevos de contención. Asumamos nuestro merecimiento de
vivir mejor y valorar más lo que sale de nosotras cuando realmente nos sentimos
sostenidas. Porque esa nutrición femenina, la suavidad, dulzura, profundidad, intuición, sensibilidad, creatividad,
liviandad y alegría son tan necesarias como todas las demás cualidades de la
polaridad opuesta.
Quizás
sea momento de que las valoremos más nosotras sin reprimirlas. Empecemos por
escuchar nuestros diálogos internos y a analizar en total sinceridad nuestras
actitudes. ¿Nos permitimos mostrarnos vulnerables, habitar cada estado
emocional y etapa del ciclo, sin juzgarnos ni ignorarlos, por forzarnos a
seguir adelante? ¿Nos permitimos pedir ayuda si no podemos con algo, sin
sentirnos débiles ni desempoderadas? ¿Cargamos con la responsabilidad de
nuestros entornos o sólo nos ocupamos del lugar que nos corresponde?
¿Maternamos a nuestras parejas? ¿Sabemos dejarnos cuidar o siempre somos las
que cuidamos de todos? ¿Nos rendimos en sumisión cuando nos controlan, dejando
que decidan otros por nosotras? ¿Sabemos expresar nuestro sentir sin miedo aun
cuando pueda ser rechazado o juzgado? ¿Moderamos nuestra intensidad para
encajar en parámetros de otros? ¿Sostenemos vínculos que nos hacen sentir menos
o pequeñas, esos en los cuales no podemos expresarnos completa ni libremente
como somos o como lo haríamos cuando estamos en soledad?...
Podríamos
escribir un libro de preguntas y dinámicas para revisar, que también incluya si
estamos expresando nuestra polaridad o debemos aprender a restituirla. Porque
años de acondicionamiento social nos hicieron fortalecer y habitar más nuestras
cualidades más masculinas. Volver a reestablecer el orden interno y habitar
nuestra energía (aclaro que estoy refiriéndome a cuestiones más allá del género
biológico y la identidad de género elegida) también es desafiante. Debemos
reentrenarnos y muchas veces ni nos daremos cuenta que tendemos a
desbalancearnos de nuevo. Y este aspecto es potenciado por el desafío de la
energía masculina que tampoco supo equilibrarse para expresarse más sanamente.
Porque ¿cuántas de nosotras crecimos con modelos masculinos que no expresaban
las mejores cualidades de su polaridad? Ni hablar de las malas experiencias que
pudimos tener con ellos en las interacciones y las huellas tan difíciles de
borrar que nos hayan dejado a nivel inconsciente. Pero estamos en tiempos de
transición, donde todos estamos aprendiendo a habitar mejor nuestro poder.
Quizás debamos recuperarlo, dejar de temerle, asumirlo con mayor consciencia y
amabilidad. Confiemos en nuestra capacidad natural de saber nutrirnos y
empecemos por maternarnos a nosotras como hubiéramos necesitado. No nos
olvidemos que todo comienza por nuestro mundo interno y que somos las únicas
responsables de hacerlo florecer, para después saber sostenerlo y defenderlo
poniendo los límites amorosos que sean necesarios. Seamos nuestro lugar seguro
para fortalecer nuestra confianza y luego saber decidir mejor. Veamos más las
opciones que las limitaciones que nos plantean los desafíos y recordemos
nuestras inmensas capacidades de afrontarlos con grandeza.
Otorguémonos
la libertad de ser sin restringirnos ni criticarnos. Porque nuestra naturaleza
vino a expresarse y a gozarse, no a estar pidiendo permiso para que la dejemos
salir.
Sé que es un tema demasiado amplio del cual hay muchas aristas que se pueden seguir analizando, pero hoy quise traerles un pantallazo general, como una humilde pincelada, en honor al día de la mujer y al privilegio que tenemos de expresar nuestra femineidad en total libertad y gozo.
