¿Y si nunca hubo nada que cambiar?
¿Por qué nos obsesionamos con estar solucionando algo todo el tiempo?
¿Será por nuestra incomodidad de habitar el vacío?
Hace tiempo vengo observando que cuanto más forzamos una situación, peor nos sentimos. Pongamos el ejemplo de conseguir una meta cualquiera. Podemos pasar años, invertir todo lo que tenemos, dedicarle tanta energía y esfuerzo que ya empieza a pesar. Y llega un momento en el que ese agotamiento nos hace dudar, nos cuestionamos por qué no funciona, por qué no vale todo lo invertido y si somos merecedores de aquello que nos repetimos desear tanto. Quizás hasta lo abandonamos. O tal vez se nos da solo, cuando menos lo esperábamos. Y es ahí donde entran a jugar otras variables.
Si lo conseguimos la satisfacción es demasiado efímera, puede durarnos semanas, pero realmente nada a comparación de todo lo invertido. Y así casi sin darnos cuenta empiezan a pasar los días y ya nos entretenemos con una nueva meta que alcanzar.
O quizás después de recibirlo no sabemos sostenerlo en el tiempo y nos damos cuenta de que no era cuestión solamente de generarlo y recibirlo, sino también de haber creado la estructura interna necesaria para que eso perdure y crezca. Como cuando después de germinar, una planta necesita de riego constante y la luz del sol de cada día.
Si no lo conseguimos nos contamos historias, por lo general falsas, para justificar no haberlo logrado. Podemos pensarnos no merecedores, hablamos de probabilidades, de edades y oportunidades perdidas, de trenes que no pasan o ya pasaron, echamos culpas a un afuera que no valoró nuestros esfuerzos, etc. Pero la mayoría de esos discursos no tienen fundamento real y a veces hasta el paso del tiempo los contradice. Por ejemplo: al darnos cuenta de que era mejor que aquella relación de pareja (que tanto nos dolía) se haya terminado o no haya funcionado desde un principio, porque lo que vino después lo superaba ampliamente. O quizás porque necesitábamos aprender a elegirnos, para luego elegir mejor.
O puede que el tiempo que nos llevó hacer crecer esas raíces y juntar la fuerza para atravesar la tierra hacia la superficie nos haya enseñado que no era lo que realmente estábamos buscando o queríamos. Quizás ese deseo no fue bien comprendido desde el principio, lo impulsamos desde motivaciones no esenciales o buscando una aprobación externa. Sería el caso de esos momentos en los que nos empeñamos de más en demostrar algo, que si valoráramos verdaderamente, no necesitaríamos fijarnos en demostraciones externas. Lo que es y se siente, se sabe. Si se confirma o no afuera, es un extra. Pero si necesitamos de algo externo para saberlo por lo general no se nos muestra. Y no porque no sea algo valioso, sino porque no desarrollamos nuestra propia capacidad de valorarlo primero como se merece. Y si conseguimos darnos cuenta en ese proceso y lo apreciamos internamente dejando de buscarlo afuera, se revela solo cuando menos lo esperamos.
Sea como sea parece haber un mismo patrón. Jamás nos damos cuenta en momento presente de que eso era lo mejor para ese momento. Y nuestra energía vive dispersándose entre escenarios futuros o pasados. Que además, sin estar sucediendo en ese ahora, nos disparan estados emocionales como frustración, ira, ansiedad, etc.
Es que aceptar y confiar desde la incertidumbre es incómodo, para valientes y a veces hasta parece insensato. Valoramos más la urgencia de tener que estar "haciendo algo" todo el tiempo como si aceptar y permitir no fuera una decisión en sí misma y no implicara demasiado protagonismo o movimiento interno de por sí. Ni hablar de los casos en los que el silencio de ese vacío nos trae la oportunidad de ampliar la perspectiva, o nos permite una nueva mirada.
Aclaremos que la aceptación no implica pasividad o resignación. Simplemente se trata de dejar de luchar o resistirnos a que lo que suceda se de, de esa manera tal cual está aconteciendo. Es poder permitirnos estar sin querer huir ni rechazar esa circunstancia. Para luego, evaluando cómo nos sentimos y qué podemos o queremos hacer, tomar las mejores decisiones. Porque los juicios que hacemos de la situación no sólo nos limitan, sino que disparan distintos estados emocionales. De qué sirve decirnos que lo que sucede es lo peor, si nos guste o no, ya lo estamos viviendo. Sirve más permitir que sea sin juzgarlo y ver qué se puede hacer, para sentirse mejor o para crecer de esa experiencia. Además, esos juicios vienen desde el miedo de no sentirnos capaces de sobrellevar las situaciones inesperadas o que contradigan a nuestras expectativas previas. Quizás las cosas no salieron como queríamos, pero eso suele ser mejor en varios ocasiones.
También nuestro poder personal nos recuerda que siempre tenemos el poder de decidir cómo vivir lo que sea que nos suceda. Si dejáramos de juzgar ciertos resultados, o falta de ellos, como fracasos, podríamos decidir desde mayor calma, amor o seguridad. Permitamos que sea la vida quien nos diga qué semillas se convirtieron en árboles y cuáles se secaron. Porque el exceso de agua también las ahoga, no las deja respirar.
Siempre hay un momento para todo. De siembra, de crecimiento, de espera, de cosecha. Hay que aprender a bailar, sostener el equilibrio, disfrutar lo que nos trae el movimiento, expresarnos ante nuevos públicos, bancarse y sostener el aplauso. Y por más que logres o no lo que sea, lo que termina valiendo más es cómo te sentiste y cómo te trataste durante el proceso.
Este artículo es un fugaz recordatorio para que dejemos de huir del presente. Permitámonos abrir nuestras ideas de lo que está bien o mal de nuestra situación actual. Cuestionémoslas al menos. Por un instante aceptemos que todo sea como es y permitámonos descubrir con el tiempo si era tan así como creímos al principio o la vida nos sorprendió mostrándonos algo nuevo.
Porque en la incertidumbre no se puede hacer ninguna afirmación absoluta. Y si lo ignoramos puede que estemos sufriendo un proceso que la vida nos termine mostrando que era lo mejor para ese momento. Y si lo hubiésemos permitido desde la aceptación, lo habríamos disfrutado.
Pongamos metas para seguir caminando con entusiasmo y no para obligarnos a avanzar. Porque en definitiva todo lo que creemos afuera no nos lo vamos a llevar. Y caminar en paz disfrutando de cada paso sea como sea, siempre nos va a hacer crecer. Además de recordarnos lo importante de cualquier recorrido: qué tipo de persona estamos siendo, cómo tratamos a otros, qué sentimos, qué hacemos con lo que sentimos y cómo nos tratamos a nosotros mismos.
👉🏻 Si te gustó el artículo, no olvides de dejarme un comentario y de clickear el botón de seguir 💕
🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻