Son sobrados los estudios que hablan sobre los beneficios de meditar con regularidad. Pero hay quienes sostienen ciertos preconceptos acerca del tema, que los alejan de lograr la constancia para alcanzar dichos beneficios. Por eso hoy les propongo que los revisemos.
Para ser espiritual hay que meditar todos los días es otro preconcepto errado, más que nada cuando se nos olvida que la espiritualidad es intrínseca a cualquier experiencia y no una vivencia adquirida mediante prácticas o mandatos externos. Al realizar ciertas prácticas como la meditación en realidad estamos expandiendo nuestra experiencia espiritual de ese momento, como para sentirla mejor o ser más consciente de ella. Pero toda práctica espiritual sin coherencia en la vida cotidiana no suele tener ningún efecto demasiado profundo. Es como practicar una religión sólo de la boca para afuera, por decirlo de un modo más entendible. Por ejemplo: si meditás todos los días pero vivís en constante ansiedad el resto de tus actividades, podrías plantearte el propósito desde el cuál estás meditando o preguntarte si el tipo de meditación es el adecuado para vos. Quizás estés practicando hacer silencio unos minutos al comenzar el día, que no está nada mal tampoco, pero sabé que la experiencia podría ser muchísimo mejor. Tal vez debas cambiar el horario y meditar sin un reloj que te apure, para permitirte llegar a estados de contemplación más profundos, o ser más consciente de por qué surgió la ansiedad durante el resto del día, hacer aquel autoanálisis antes de irte a dormir y proponerte encarar el nuevo día desde estados internos de mayor paz, calma o autoconfianza. También puede ser que la meditación diaria no sea suficiente y debas empezar a prestar atención a esa ansiedad que no lográs dominar, para saber si no es momento de pedir ayuda profesional. Lo que vamos normalizando tanto a veces se transforma en los primeros indicios de futuras crisis de ansiedad o ataques de pánico. Creo que en todos los casos conviene ser bien honestos con nosotros mismos acerca de cuáles son las motivaciones para meditar, qué efectos vamos viendo, qué emociones nos dominan y qué se puede hacer al respecto para que esa ansiedad no nos saque del poder del momento presente, impidiéndonos vivirlo en plenitud.
Pensar que el que medita o es espiritual no se enoja jamás, puede ser otra distorsión bastante popular. Y en este caso el riesgo de sostener esa creencia es muy alto, porque implicaría reprimir nuestras emociones más genuinas en pos de sostener una imagen más políticamente correcta ante los demás y también para con nosotros mismos (aunque quizás ni nos demos cuenta de que lo estamos haciendo). Las emociones más desagradables, por lo general mal llamadas negativas, no son fáciles de sentir sin tender a ponernos en lucha con ellas. Quedate tranquilo que esto es absolutamente entendible y más común de lo que pensás, porque está reforzado por la forma en la que nos criaron. ¿A quién no le dijeron "No te enojes" o "Bueno, tampoco es para tanto"? Minimizar nuestro sentir, criticar nuestra sensibilidad de exageración no sólo es falta de empatía y es más común de lo que creemos. Por lo general tiene que ver con la capacidad de la otra persona de saber lidiar con esas emociones incómodas. Si las reprime en su vida, pretender que las entienda desde la compasión al verlas manifestarse en un otro, es casi como seguir creyendo en Papá Noel. Y el hecho de que en nuestra infancia la mayoría no recibió herramientas suficientes para desarrollar mayor inteligencia emocional y aprender a gestionar nuestras emociones de maneras más sanas, tampoco ayuda. Se va haciendo una bola de nieve que crece cada vez que vuelve a rodar. Entender nuestros enojos es un tema súper interesante y amplio (te invito a que veas mis videos al respecto) y en este caso sólo me limito a contemplar el preconcepto de ya no enojarse más por ser espiritual o meditar todos los días. Si el enojo es una simple emoción como cualquier otra no deberíamos sentirnos mal porque se manifieste. Enojarse no te hace menos espiritual o consciente. Lo que decidas hacer cuando te enojes, ya es otra cosa. La clave está en cómo se gestiona y qué hacemos con lo que nos pasa, en vez de intentar controlar lo que sentimos o lo que nos llega desde afuera. Y aunque la diferencia parece mínima, en este caso genera un efecto abismal. Si agredís a un otro porque estás enojado, podés evaluar con mayor autocrítica cómo estás expresando tu espiritualidad. Pero si al enojarte ponés el límite que antes te costaba tanto sostener, o tomás la decisión de dejar de permitir que otros te agredan, entonces tu enojo está siendo gestionado de manera asertiva y seguramente es por consecuencia de tu madurez emocional y nivel de consciencia que debés venir ampliando hace tiempo. En este último caso sería hasta una confirmación de tu coherencia y de cómo expresás esa espiritualidad haciéndote respetar sanamente. Entonces, enojarse en sí no significa nada. Qué se hace con ese estado emocional puede ser que implique mayor análisis, pero no por ser espiritual o meditar se es perfecto. Ser consciente no es ser "Bueno" o "Impecable", tiene más que ver con la capacidad metacognitiva de observar el momento presente desde una mirada más amplia para decidir mejor en ese momento (si nos sale) o en la próxima ocasión que nos encontremos con algo similar. En este sentido, ser más auténtico o coherente sería una definición más acertada de ser consciente.
Meditar no nos lleva tanto tiempo como creemos. Mucha gente se justifica con no tener el tiempo necesario para meditar. Más allá de que es una excusa bastante gastada (también se usa en cuanto a hobbies, vínculos, parejas, etc), porque cuando hay verdadera voluntad uno siempre se reserva tiempo, es un tema de decisión y prioridades. Podemos empezar con meditaciones de un par de minutos, que ampliaremos poco a poco cada día si nos nace. O elegir distintos métodos meditativos como: poner la atención en la respiración, contar hacia atrás, ir escaneando cada parte del cuerpo al observar sus sensaciones antes de dormir y tensando/relajando los distintos músculos, meditar en movimiento como una breve caminata descalzos sobre el pasto registrando cada sensación, tratar de recordar los objetos y colores de un entorno al cerrar los ojos, pensar en una situación/vínculo/emoción que nos molesta y a través de la respiración exhalar la energía acumulada sin juzgarla, meditar para sentir mejor las experiencias desde el presente (al comer por ejemplo), meditación musical o de sonidos y sus contrastes con los silencios, en movimiento al danzar con sentido e intención, o algo más trascendental tratando de alinearse con frecuencias superiores para ampliar la observación del presente como si pudieras sentirte el Universo mismo mirándose al espejo, etc. etc. De hecho, las opciones son infinitas, porque es un acto creativo que siempre se puede adaptar a la agenda, gustos y preferencias de cada uno. Si hay tiempo en mayor disponibilidad se suele sugerir un mínimo de 20 o 30 minutos de meditación, aunque vuelvo a repetirles que nada es tan rígido ni absoluto.
Si no tengo el hábito no me sirve de nada. A veces una meditación profunda y bien dirigida es más efectiva que las meditaciones diarias sin sustancia ni dirección. Por supuesto que, si se intenciona bien y se sostiene la práctica a largo plazo, los beneficios serán mayores. Pero no hay impedimentos de tiempo, edad ni condición que nos limite de empezar en cualquier momento, o al menos para probar cómo nos resulta la experiencia.
Entrando en un terreno menos frecuente, pero también posible, podemos encontrarnos con la tendencia a meditar para querer huir de sentir una emoción. No es que sea algo totalmente negativo, a veces la meditación si es profunda puede darnos la distancia necesaria para más tarde volver a pensar la misma situación desde una mirada más amplia. Pero seamos conscientes de que si una emoción se nos dispara y no la atendemos ni expresamos del todo, va a volver a aparecer hasta que lo hagamos. En los caminos del autoconocimiento la evasión es un mecanismo inconsciente que se nos va a activar de distintas maneras y en diversas áreas, porque es uno de los escudos favoritos de nuestro ego que se resiste a dejar de batallar. También podemos hacer otro tipo de meditación al observar desde afuera nuestras emociones, tratando de entenderlas mejor. Sería como desmenuzar esa molestia para hacernos responsables de asumir el pensamiento que la dispara y decidir qué otra interpretación podemos darle a esa misma situación, aun cuando no vaya a cambiar externamente. Podría ser una introspección meditativa, por llamarlo de alguna manera. Cuando hacemos el ejercicio de analizar nuestras emociones y pensamientos, casi como si no fueran propios (o pensando qué le diríamos a un amigo que nos contara dicho malestar), de alguna manera estamos meditando. Porque para hacerlo mejor se requiere callar el juicio mental que tiende a rechazar lo que sentimos o niega que nuestras ideas sean tan negativas. Implica una desidentificación y que observemos en vez de descifrar desde la mente.
De todos modos, es importante que si una emoción se activa nos permitamos sentirla completamente hasta el final. Recordemos que son estados y pasan porque son transitorios. Y casi siempre las tomas de consciencia son automáticas, sin requerir de meditaciones ni análisis previos. Por lo tanto lo primordial es ir aceptando y permitiendo, en vez de huir, forzar o negarlo.
Menos probable aún puede ser el caso de que al meditar recibamos cierta información o captemos imágenes que nos generen algún tipo de preocupación. Desde mi experiencia, en el vacío del silencio es donde más podemos escuchar nuestra intuición. Por eso nombro esta posibilidad. Pero temer a lo que percibimos ya es otra cuestión. La información no es ni buena ni mala. Recordar su neutralidad nos puede ayudar a digerirla con mayor liviandad. Es como tomar nota de algo, que no se entiende demasiado su significado en el momento. A veces cobra sentido con el tiempo, otras sólo queda como una anécdota de una percepción que no descubrimos su verdadero propósito. Sin embargo, el simple acto de registrarlo sin temores es lo que nos permitirá agudizar nuestro oído interno a largo plazo. Como persona altamente sensible jamás dejé de oír mi intuición, pero a muchos les pasa que con el tiempo la voz se va escuchando más lejana. El hecho de meditar con regularidad habilita a que la voz intuitiva recobre su tono original y nuestra mente se vacíe de tanto ruido para oírla mejor. Por eso no tener miedo ni evadirlo considero que siempre será una buena respuesta. Quizás les permita recalibrar esa brújula interna de una manera más orgánica.
¿Qué opinan? ¿Se les ocurren otros preconceptos acerca de meditar? ¿Cuál es su experiencia con el tema? ¿Les es difícil la práctica o la constancia? Dejen sus respuestas en los comentarios a ver qué más podemos deconstruir...
Podés leer qué nos propone la numerología de este año 2026. Y en caso de que estés harto de las terapias holísticas, antes de rendirte, te recomiendo que leas el siguiente artículo o este otro

💕
ResponderBorrar