¿Cómo habitarnos distinto cuando no tenemos idea de lo que eso implica?
¿Cómo validar nuestra voz cuando venimos de contextos donde fue silenciada?
¿Cómo reconocer el daño y el dolor sin caer en victimismos que nos desempoderen?
¿Cómo sentirse verdaderamente merecedor cuando ni tenés el registro de lo que eso significa?
Porque a veces olvidamos que no es una carrera, sino un proceso. Y en los procesos hay etapas. Al principio es normal enojarse, reconocer el resentimiento que cargaba nuestra alma, hablar a los gritos porque descubrimos que nuestra voz sí importaba. Gritar ante el mundo que no exagerábamos, que no éramos los insoportables, ni tampoco los que causábamos los conflictos; sino simplemente los que teníamos la capacidad de verlos, la intolerancia a callarlos y la valentía de proponer algo distinto.
Hace poco escuché una charla de un psicólogo que se especializaba en analizar las dinámicas de las familias disfuncionales. Aclaremos que por disfuncional no estamos refiriéndonos a padres separados o modelos distintos al tradicional, sino más bien a algo más profundo que las formas. Hablamos de un entorno donde las dinámicas familiares y de convivencia afectan negativamente al bienestar psicoemocional de sus integrantes. Esos hogares tienen síntomas específicos: mala comunicación (silencio, mensajes confusos, críticas constantes, manipulaciones y lenguaje ofensivo), conflictos no resueltos (y por lo general silenciados), escaso apoyo emocional (no se fomenta la expresión de afecto, ni se validan emociones como la tristeza o el enojo ya que se interpretan como muestras de debilidad), falta de límites sanos (generando aislamiento entre los miembros si son límites demasiado rígidos, o invasión de la privacidad si los límites son exageradamente flexibles), distorsión de roles (hijos que asumen responsabilidades de adulto ante la inmadurez de los padres, roles invertidos) e inestabilidad (normas y demostraciones de afecto inconsistentes, condicionados por cambiantes estados anímicos de los referentes, adicciones o conductas compulsivas). Y estas consecuencias se vuelven verdaderos obstáculos para el desarrollo afectivo de sus integrantes. En especial de los más pequeños que reciben ese modelo como su primera interacción con el mundo.
Lo que más me asombraba de la charla fue darme cuenta hasta donde calaban dichos efectos en la construcción de la identidad. Porque cuando uno nace en ese ambiente cree que es absolutamente normal y que a todas las familias les suceden las mismas cosas. Pero se normaliza lo que está enfermo, es realmente nocivo y ni se registra el impacto psicológico que trae a largo plazo. Por eso hablo de procesos. En una primera etapa uno se da cuenta de lo más evidente, pero luego debe seguir hilando más fino. Porque viene desde la raíz.
Aparecen problemas en la adultez, como una autoexigencia desmedida, baja autoestima, mala gestión emocional, una marcada tendencia a construir vínculos desde la dependencia emocional o toxicidad, dificultad para sostener vínculos sanos a largo plazo, cuadros de ansiedad o depresión, etc. En este punto me detengo para recordarles que, si algo de todo esto les resuena, es muy importante que sepan reconocer la necesidad de realizar un tratamiento con un profesional de salud mental. Porque se debe abordar un camino extenso para desandar y finalmente romper con dichos ciclos transgeneracionales. Sé que deben estar pensando que es demasiado, o puede parecerles imposible, pero por más difícil que haya sido su pasado, no es una condena ni determinará infaliblemente su futuro. Recuerden que siempre están en poder de decisión de cómo vivir cada momento de su vida.
Lo digo desde la experiencia. Se puede salir y hacer cambios tan trascendentales que a los que te rodean les cueste entenderlo. Pero hacerlo solo es prácticamente imposible, además de innecesario.
Retomando lo que les venía contando acerca de la charla, me llamó profundamente la atención que aquellos miembros familiares, que desde temprana edad detectaban las dinámicas nocivas y se resistían a aceptarlas, eran los que no podían callarse. Decían lo que nadie quería escuchar, reclamaban resoluciones o coherencia, se rebelaban ante la autoridad, etc. Pero un sistema enfermo se resiste a sanar. Por lo tanto, el grupo termina atacando al único que proponía curarse. Lo ubican en el lugar del chivo expiatorio. Y por plantear las consecuencias de la enfermedad lo acusan de ser el que la genera.
Este punto es fácilmente reconocible y trasladable a otras situaciones más generales. Porque quizás tuviste la fortuna de nacer en una familia sana, pero la sociedad y cómo se manejan las dinámicas en la actualidad, es otro sistema. Y son sobrados los ejemplos históricos de personajes condenados socialmente por cuestionar lo que se estableció por consenso como "normal".
Pero por más buenas intenciones y recursos que haya propuesto el chivo expiatorio de la familia, el sistema lo terminó anulando. Y en ese momento se da algo que en lo personal me fue casi imposible de detectar desde el comienzo. Esa batalla perdida no es simplemente un dolor para esa persona. Porque termina teniendo un efecto mucho más poderoso a largo plazo.
Y acá, si fuiste tildado de chivo expiatorio como yo, te pido que observes a tu ego. Porque lo que voy a decir lo confronta directamente. No perdiste la batalla muriendo de pie. Tampoco eras inmune a la enfermedad por haberla intentado combatir. Ella te ganó en silencio y mucho más de lo que te cuesta admitir.
Les voy a dar un ejemplo: Yo era la que se resistía a aceptar reglas sin sentido, por mero capricho de la autoridad de turno. Tenía que medir las conversaciones telefónicas para que jamás superaran los diez minutos o me arrancaban el cable cortándome la comunicación (sin importar si me habían llamado o si llamaba yo, ni que tuviéramos otra línea telefónica en la casa que estaba libre en caso de emergencias). ¿Por qué? Porque según mi padre las cosas importantes sólo se hablaban en diez minutos, el resto estaba de más. Sin entrar en detalles, también me llegó a poner horario de visitas o a decir que los psicólogos eran todos chantas que se aprovechaban de la gente vulnerable (cuando le conté que estudiaría Psicología). Pero quizás la declaración más denigrante que recuerdo fue en la casa de mi abuelo. En un cumpleaños familiar le dijo a todos que yo debía ser abogada porque defendía lo indefendible o novelista por las historias que me armaba en la cabeza. Y todos se rieron. Por primera vez me quedé muda ante la furia, el dolor y la humillación. No por falta de argumentos, que siempre abundaban en mi mente y hasta debía filtrarlos. Sino por falta de recursos ante semejante herida a mi autovaloración.
Pero durante años lo consideré un insulto. Hasta que en una consulta numerológica (la primera que impulsó la curiosidad de estos temas en mi vida) me dijeron que me diera cuenta cómo ese insulto encerraba algo más. Mi padre valoraba mi ingenio, mi capacidad argumentativa en una discusión, mi creatividad y mi imaginación infinita. Lo usó para criticarme delante de los demás, pero es como si se le hubiera escapado un halago disfrazado de agresión. Yo debía llevar como unos 34 años creyéndome una persona sin talentos que hasta su padre se burlaba de eso delante de la familia. Y de nuevo me quedé muda, mirando a la numeróloga.
En terapia la psicóloga me hizo ver todo un mundo de esas creencias que habitaban distorsionadas en mi mente. Mi alta sensibilidad con sus emociones más intensas empantanaba la claridad de mis ideas. Pero para resumirlo: mi autoestima estaba enterrada más allá de las napas subterráneas.
Los constantes menosprecios y rechazos suelen generar sentimientos de incompetencia, baja autoestima y ansiedad. Además, podés llegar a identificar que cuando alguien te lastimó tu empatía te hizo minimizar el daño justificando de más las acciones del otro. No es solo porque hayas reprimido tus enojos, o sobre entiendas a los demás, es que en el fondo te creías merecer ese daño. Registrá que quizás tenés la tendencia a poner las necesidades, sentimientos o deseos de los demás por sobre los tuyos, autosacrificándote (lo que ahora se popularizó como "people pleasing"). Porque hayas aprendido a silenciar tu voz para evitar los conflictos, a tal punto que te cueste admitírtelo a vos mismo. Por eso, a pesar de que hayas batallado con todas tus fuerzas, perdiste la batalla. Tu identidad se formó absorbiendo la enfermedad a tal punto, de que ni siquiera reconocés que merecías cubrir tus necesidades afectivas más básicas. No tenías que pedirlas a los gritos, en una familia sana, están siempre disponibles. Las genera el mismo amor que sostiene los vínculos día a día.
Porque la creencia más dolorosa que se va arraigando en silencio es que no sos digno de ser amado, aceptado como sos (con tus defectos y virtudes) y que no te merecés ser apoyado cuando más lo necesitás. Y como no sabías que ese era realmente el mensaje que estabas recibiendo de tu familia, ni siquiera lo pusiste en duda.
Y ojo porque descubrir eso es normal que te genere enojo, resentimiento y un dolor inmenso. Pero no está mal que te enojes, que lo expreses en voz alta (aun cuando los demás se incomoden o te critiquen). Aunque tené cuidado de no volver a ceder. Esta vez podés hacer algo con esa herida. Y encausarla como el verdadero motor de tu transformación.
A pesar de haber normalizado dichos comportamientos, tenemos que reflexionar sobre cómo nos sentimos cuando pensamos en nuestra familia. Si nos sentimos respaldados y sabemos que nos apoyarían o ayudarían en caso de necesitarlo, aun mientras no compartan nuestras decisiones; o si por el contrario sentimos que no formamos parte de ella, o que no nos aceptan ni apoyan, incluso si sentimos que nos dan más problemas que ayuda. Porque si estamos ante el segundo caso, es posible que hayas normalizado actitudes dañinas. Aclaremos que no se trata de ser perfectos ya que ninguna familia lo es, sino de comprender y aceptar que ciertos patrones tóxicos no son normales. Abandonar esta creencia es el primer paso hacia relaciones más saludables y un verdadero bienestar. Ahora, te merecés dar lo que no recibiste.
Porque todas esas historias pueden recordarnos la necesidad de sanar nuestro primer vínculo: el que tenemos con nosotros mismos. Construir una autoestima sana, elegir mejor con quién nos relacionamos y jamás olvidarnos de que somos dignos de recibir ese amor incondicional que nos merecíamos desde el primer día. Seguramente te cueste y no tengas el registro de cómo recibir sin incomodarte, sin pensar que si pedís ayuda estás molestando, o sin tratar de arreglártelas sola porque no tenés a nadie. Pero sabés que esas historias ya no son ciertas. Que tu pasado ya no existe y que si te tratás con esa dureza volverías a perder la batalla.
Ya es hora de bajar las armas y hacer una reconstrucción tan profunda que no te vuelvas a pelear con la vida que te tocó. Es momento de perdonarse y de que el amor sea la guía para repensarte mejor. Sos mucho más que lo que tus entornos supieron valorar de vos. Y muchísimo más de lo que otros ven o te dicen. Pero si no lo podés apreciar como te merecés, vas a estar siempre buscando afuera la validación que no te dieron. Y por más palabras bonitas que ahora te digan, porque quizás ya cambiaste de entornos, si no las creés ciertas no sirven de nada.
El diálogo interno es un reflejo de lo que absorbimos de otros, hasta que tomamos la responsabilidad de ordenarlo. Somos los que decidimos qué ideas descartar y cuáles nos enriquecen y queremos conservar. Nosotros dominamos nuestra mente. Y aunque a algunos nos tomó varios años sacar toda la maleza del jardín y sanear la tierra, siempre todos podemos hacer siembras mejores.
Comenten sus opiniones o compartan sus experiencias en los comentarios si les resonó algo del artículo.
Descubrí qué nos propone la numerología de este año 2026. Y si te interesa saber tus números personales y cómo te afecta este año 1, contactate conmigo para coordinar una consulta online.
🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear el Lalyverso Soleado acá. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas, porque me ayudan muchísimo a seguir creciendo. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻
Nota importante: Aunque este artículo nace de un camino personal, recordá que los temas de salud mental, trauma y reconstrucción de la identidad son procesos profundos que requieren acompañamiento especializado. Si al leer esto sentís que necesitás herramientas para gestionar tu propio proceso, buscar a un profesional de la salud mental (psicólogo/a) es el acto de amor propio más valiente que podés tener. No debés transitar esto solo; un profesional puede ayudarte a navegar estas aguas con seguridad y contención. Permitite recibir ese apoyo que no te supieron dar.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Si te gustó la información o tenés algo que opinar al respecto, dejame tu comentario 🙌🏻💜