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viernes, 31 de octubre de 2025

No estás retrocediendo, estás tomando impulso






  Si en estos días o el último mes te sentiste convulsionado, arrastrado por tus emociones, o incluso reaparecieron viejos miedos que creías haber superado hace tiempo; leé este artículo hasta el final. Puede que te sorprenda o te invite a encontrar una nueva perspectiva que no imaginaste...

  Quizás las personas con mayor presencia de signos de agua (Cáncer, Escorpio o Piscis) seamos las que más sentimos estos movimientos. También puede ser que los captemos por nuestra sensibilidad y ni siquiera entendamos por qué nos sentimos así tan de repente. Más allá de los signos que predominen en nuestra carta natal astrológica, es innegable que, desde cualquier disciplina o herramienta, podemos analizar los grandes movimientos energéticos que nos trajo octubre.

  Veníamos de los portales de septiembre, que hacían grandes cierres en este año numerológico 9. Y si bien octubre vibra 1 sigue perteneciendo a este año de cierres. No es un uno cualquiera, es el comienzo del cierre que se anticipa a fin de año.

  Si no te interesa la numerología, no te preocupes, todo esto se puede pensar y observar desde múltiples ópticas.

  Me gustaría compartirte una experiencia personal. Hoy me reconocí sintiendo una sensación demasiado familiar. Hacía varios días que venía lidiando con altibajos aparentemente inconexos, como emociones que aparecían y se iban sin explicación. Hasta que hoy me cayó la ficha. Ya viví esta situación antes y eso me permite reconocer su sabor.
  
  Resulta que hace unos cuantos años atrás yo vivía en una casa con demasiados problemas estructurales y uno de ellos tenía que ver con el techo. A pesar de los arreglos que había hecho al mudarme ahí, al poco tiempo tuve que lidiar con filtraciones y diversos problemas que en ese momento me angustiaba no poder resolver fácilmente. Cada vez que llovía se activaba de forma automática en mí una ola inmensa de preocupaciones. Si estaba en el trabajo, ante las primeras gotas ya empezaba a sufrir, porque no sabía con lo que me iba a encontrar al llegar a mi casa. Ya tenía el recuerdo de haber cruzado la puerta y haberme encontrado con escombros en el piso, otras veces con ambientes inundados por la cantidad de precipitaciones que caían en poco tiempo, de hecho, había trasladado el cuarto de mi hija para que durmiera en un lugar más seguro hasta que lograra volver a mudarme (plan que ya estaba en marcha afortunadamente), etc. Todas aquellas memorias sumaban más angustia a mi preocupación ante cada nueva lluvia. Preocuparme era inevitable y si lo pienso desde la lógica hasta era sano. Debía resolver urgente aquella situación. De no hacerlo, todo podía empeorar aún más.

  Pasaron unos meses desde que había activado, con pasos concretos, mi plan para mudarnos a un lugar mejor. Pero conseguir ese nuevo hogar se demoró un poco más de lo previsto.

  Una vez que todo se solucionó creí que podía volver a disfrutar de la lluvia como cuando era más chica. Pero no sucedió exactamente de esa forma. Si bien la nueva casa estaba impecable y no tenía de qué preocuparme, al descubrir que estaba lloviendo una vez más, mi sistema nervioso seguía en alerta.

  No había lógica. Sólo se activaban memorias intrínsecamente relacionadas con mi cuerpo. La huella de tanto sufrimiento del pasado seguía latente. Volvía a renacer con cada gota que escuchaba caer y no había palabras que calmaran mis nervios.

  Les cuento esta historia porque hoy reconocí una sensación similar. Aún cuando ya no soy la misma que vive desde los miedos y haya hecho una transformación abismal en prácticamente todas las áreas de mi vida, me encontré otra vez enroscada en cadenas de pensamiento desde la ansiedad. Un viejo miedo había renacido. Uno de los que creía haber erradicado hace bastante.

  Y durante días dejé que me ganara la angustia por volver a sentirme así. Al principio me resistí a reconocer el miedo, luego lo intenté combatir y controlar. Desde ayer me rendí a aceptar que sentirlo de nuevo no significaba un retroceso, ni nada tan grave como la ansiedad me empujaba a creer. Y hoy recordé las primeras lluvias al mudarme.

  A veces es necesario comprender que nuestro cuerpo maneja un tiempo distinto que el de nuestros otros niveles de expresión. El sistema nervioso necesita atravesar varias nuevas experiencias y mucha paciencia, y amor, para comprender que ya no estamos en peligro. Más allá de que lo entendamos racionalmente. Fue el aprendizaje que me dejó la primera vez que vi llover en mi nuevo hogar.
   
  No es un retroceso volver a tener esas ideas que creíamos haber liberado para siempre. Por lo general cuando nos encontramos pensando desde aquellos viejos hábitos, que se activan en automático, nos juzgamos duramente y cuestionamos nuestros avances o evolución. Pero no significa nada, es sólo un pensamiento. Es cierto que, al darse de manera inconsciente, activa en nuestra biología una reacción física (como informarle a nuestro sistema nervioso de que estamos en peligro, aunque ese peligro no sea real ni esté vigente), pero nos olvidemos de lo más importante: No es lo que nos pasa, sino qué hacemos distinto esta vez.

  La verdadera evolución no se trata de no volver a sentir nunca más miedo, o no volver a tener ningún pensamiento limitante. Se trata de un baúl de recursos nuevos que incorporamos para lidiar, con esa misma situación, pero de una manera más amorosa y mucho mejor. Como si fuera una actualización del sistema.

  Quizás en este artículo no esté diciendo nada distinto que en los demás, porque ahora recuerdo haber escrito y grabado un video acerca de ello, cuando decía que el camino no era lineal y que no debíamos torturarnos. Igualmente, creo que así como me sucedió a mí, tal vez a otro en estos momentos, le sea importante recordar lo esencial.

  Sentir lo mismo no es un signo de retroceso. Actuar desde viejos patrones y recursos podría serlo. Pero aún cuando por momentos podamos perdernos, siempre tendremos los nuevos registros que nos sirvan de guía para volver a recordar tener ese baúl con nuevas soluciones.

  Juzgar nuestro sentir siempre nos va a llevar a reprimirlo y, por lo tanto, a extender nuestro sufrimiento. Es mejor permitirnos escuchar qué nos quiere decir nuestro mundo interno. Quizás debamos repetirnos más veces que estamos seguros, que ya no nos abandonaremos como lo hacíamos antes sin darnos cuenta, o que simplemente la idea que tanto tememos no es real.

  La mayoría de nuestros miedos son interpretaciones desactualizadas de una situación, o predicciones acerca de un futuro siempre incierto. Por eso no son reales, ni fundados. Y muchas veces se activan cuanto más nos acercamos a cumplir nuestros deseos más profundos. Recuerdo también haber escrito otro artículo diciendo que muchos miedos eran deseos invertidos, precisamente por esta razón.

  Al miedo hay que mirarlo sin miedo. Con coraje, desde el corazón, que es sabio y conoce el propósito de aquella idea. Muchos miedos sólo buscan preservarnos de ponernos en situaciones de peligros innecesarias, no son malos por naturaleza. Al contrario, buscan que cuidemos y valoremos más nuestra vida y seguridad. El tema es cuando nos acostumbramos y naturalizamos pensar desde esos miedos. Porque construimos sistemas de creencias desde nuestros temores inconscientes. Y al haber sostenido tantos años esas mentalidades, es normal que un viejo hábito intente renacer. Por eso no sirve de nada luchar en su contra. Es mucho más sano caminar siendo conscientes del miedo que nos genera lo nuevo o lo más deseado y atendernos emocionalmente para no sufrir cada paso. Ir más despacio si es necesario, pero jamás detener la marcha. 

  Pensemos que los hábitos de nuestro pasado fueron soluciones eficientes para otro momento de nuestra vida. El único problema de volver a utilizar esos viejos recursos es que ya vencieron, porque nosotros y nuestro entorno cambió. Necesitamos actualizarlos por otros mejores. Y como sucede en la neuroplasticidad, generar una nueva conexión neuronal lleva tiempo y voluntad. El camino más rápido para el impulso nervioso va a ser el más antiguo, porque está reforzado por la cantidad de veces que aquella conexión fue usada o repetida. La nueva que se formó, al proponer otro camino, necesita repetirse unas cuantas veces más para acostumbrar al cerebro de que la use como el mejor reemplazo de la anterior. Así como le sucede a una camioneta, que se mete campo adentro entre la hierba para crear un nuevo atajo con sus ruedas. Cuantas más veces usemos el nuevo camino, más se despeja de piedras, más se aplasta el pasto y más rápido nos dejará avanzar. El camino lo vamos haciendo al principio con demasiada fuerza de voluntad, pero luego se vuelve más sencillo. Y si por alguna razón un día nos encontramos insistiendo con tomar antiguos caminos, el simple hecho de darnos cuenta, nos va a recordar haber creado mejores atajos. No pasa nada, se retoma y se vuelve a empezar.

  Por último me gustaría aportar que a veces esos "retrocesos" no son más que impulsos. Oportunidades que no reconocimos a primera vista y que nuestro inconsciente catalogó como peligros y se encargó de resolver por nosotros. La ola del mar necesita ir un poco hacia atrás para juntar el envión necesario que le permita crecer en altura y romper hacia adelante. Lo mismo sucede con una flecha. No lo perdamos de vista al momento de volver a pasar por una situación similar, que en el pasado vivíamos como crisis o problema, pero que ya aprendimos a ver la oportunidad que nos regalaba para seguir creciendo.


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