Presbicia
Tener que
disociar partes del cuerpo y a la vez coordinar un sinfín de otros factores,
como anticipar el paso siguiente o mantener los hombros abajo y atrás. Abrir el
pecho, mirar siempre al horizonte, declarando que tu reino no conoce ningún
límite. Habitar la sensualidad, el ritmo suave y profundo, de los movimientos más
sutiles del cosmos. Hacerlo por una misma, para tu placer, por merecerlo,
aunque no estés siendo vista. Envolver el aire con el perfume de tu velo, jugar
a desenredarlo y dejarlo correr en el tiempo, como un ovillo infinito de ilusiones.
Intencionar la esencia de cada estilo, aprendiendo que hay momentos de presentación
y otros en los que es clave saber retirarse desde la dignidad, que ya plantó en
los demás el germen del deseo insaciable de suplicar por un baile más. Hace tres años ya
desde la primera clase y todavía me siento una confusa principiante.
Me pregunto si
soy capaz, si algún día lograré mejorar. El primer año la vara estaba demasiado
alta. Ellas bailaban desde niñas, reflotando chistes internos que estuvieron
años alimentando en confidencia. Mientras yo me cuestionaba haber tomado la decisión
correcta, creyendo que lo abandonaría más rápido que las clases de guitarra.
Por eso no
entiendo las miradas de los demás, los comentarios de mis amigas y los que
intentan disimular cómo me señalan entre cuchicheos, creyéndose invisibles por
estar escondidos entre la multitud. Pero, además, no es nada nuevo. En la
facultad, en el único trabajo que hice, con algunas parejas infantilmente
competitivas, casi siempre fue igual: Yo abrumándome ante cualquier mínimo
desafío sin siquiera registrar el desempeño tan destacado ante los ojos de los
demás. Como si mi mirada fuera defectuosa, o tuviera menos olfato para detectar
el olor a quemado de un incendio forestal.
Tampoco me
sorprende del todo, jamás supe lidiar con las diferencias. Porque la distorsión
aparecía así, de la nada, cacheteando mi rostro. Podría nombrar miles de ejemplos,
más de cuarenta años recolectan una evidencia abismal. Quizás la imagen de
recién nacida de mi hija sea la más significativa. Mi mente la evocaba
impoluta, más hermosa de lo que habría imaginado en mis mejores fantasías, sin
ningún signo de recién nacida, desprendiendo un hipnótico perfume de inocencia a
base de dulzura y misticismo. Sin embargo, mirar esa misma foto seis meses
después me hizo dudar de mi cordura. No me malinterpreten, estaba viendo un
bebé precioso, pero no era la misma. La piel rosadita que gritaba el esfuerzo
invertido en el trauma de nacer, los ojos más rasgados e inflamados y esa
actitud de introversión y duda que denotaba la fragilidad de una vida tan nueva
que nadie osaría dejar de proteger. Y me quedé atónita con los ojos clavados en
la imagen del televisor. Un par de minutos después del shock un miedo recorrió
mi piel: ¿Podía un sentimiento distorsionar tanto mi mirada? Hasta el día de
hoy me lo sigo cuestionando.
Ver los
defectos físicos de mis exparejas, que tiempo atrás ni siquiera registraba. Estar
convencida de que la nota del parcial apenas si me habilitaba a un
recuperatorio, mientras que la profesora dudaba haber corregido bien porque al pronunciar
el diez mi reacción la tomó desprevenida. Asegurarles a mis compañeros de
trabajo que cualquiera habría actuado como yo en esa situación, y todos al
unísono entonando un NO tan rotundo y tajante que anulaba cualquier intento de
explicación. Ya no puedo seguir mintiéndome: estoy siempre al revés.
Como si
habitara un mundo distinto, o hablara una lengua extranjera en mi propio país.
Mi hija, siempre tan sabia, lo simplificó con maestría la semana pasada al
decirme: “Mamá, si vos siempre hacés todo bien y la única que no se da cuenta
sos vos”.
No me reí,
sólo abrí más los ojos y me tragué el silencio, intentando digerirlo con
letargo.
Justo yo que valoro
tanto cualquier mínimo detalle que a la mayoría se les pasa por alto ver. Que
tengo que hacer un esfuerzo por intentar enojarme al recordar que el abandono
durante el embarazo me dolió en el alma. No sólo subí demasiado la vara para
medirme a mí misma, también la bajé tanto con los demás, que anulé todo punto
de referencia.
Tengo una sed
insaciable por creerme insuficiente. Una ambición voraz por criticarme con
animosidad. Y no es acerca de los resultados, porque un diez en esa Universidad
que jamás regalan nota, o lo prolífico de mi creatividad, no admiten ni un
atisbo de duda. Sólo que no me alcanzan, porque no los puedo ver. No los creo
verdaderos, no son reales, tangibles ni merecidos. Fueron por casualidad, o porque
los demás dejan que su sentimiento les tiña el juicio como yo dejé que mi amor
embelleciera la primera imagen de mi hija guardada en el corazón. Quizás por falta
de conocimiento sobre algún tema específico, porque a veces la gente aparenta
haber sido entrenada para ver siempre el vaso medio lleno. También podría
seguir nombrando miles de excusas más.
O ese sea mi
gran defecto, al mejor estilo de una maldición del destino: Vas a hacer las
cosas tan bien que destaques, pero no vas a poder disfrutarlo porque jamás lo
vas a reconocer como deberías. Aunque sería una explicación demasiado simplista
e inmadura.
Y mi antigua psicóloga
bajaría los lentes hasta casi resbalarse de sus fosas nasales para preguntarme:
¿No ves la relación con la personalidad de tu padre? Otra vez me engañó la
mirada, me apropié de sus palabras. Era él quien se la pasaba recordando que no
tenía sentido sacarse un nueve en vez de un diez si habías estudiado tanto. El
que me recordaba no haber sido abanderada como mis dos hermanos ni en la primaria
ni en la secundaria, e incluso el que justificaba que esos dieces de la
facultad no valían porque psicología era todo chamuyo.
Y a pesar de
que con él sí desataba toda mi furia, me terminó ganando la batalla. No sólo le
creí, sino que además me adueñé de su rigidez implacable. Pero como soy tan empática
y sufrí tanto el frío metálico de cada palabra cortando mi piel, intenté usar esa
navaja sólo con quien realmente se la merecía: yo y nadie más. Porque si
hablamos de inmolarse por otros mi psicóloga Andrea recordaría la actitud de mi
madre, así llenamos el álbum de figuritas como yapa.
¿Qué se hace
cuando ya no quedan más huecos para clavar la daga? Cuando la piel arde demasiado
y los demás te miran como si estuvieras tan loca que no se les ocurre otra explicación
mejor que decirme exagerada.
¿Cómo dejar de
maltratarte cuando, a pesar de saber todo esto, seguís sin poder reconocerte
nada? Ningún logro será suficiente. Seguirán cayendo, como fichas de dominó, en
ese pozo sin fondo dónde se acumulan las grandes ironías de la vida.
Dejo caer el
velo violeta sobre las baldosas del patio y le confirmo a mi profesora de danza
árabe que el domingo estaré en el teatro una hora antes, para volver a ensayar.
*****
Algunos llegamos a ser verdaderamente implacables con nosotros mismos cuando nos cuesta horrores registrar nuestros propios "dieces". A mí me llevó tiempo entender que mi mirada estaba un poco "eclipsada". Por eso hoy decidí compartirles uno de mis cuentos. Además, elegí este en particular para mostrarles que a veces el refugio o bálsamo de nuestro sufrir no está en el pensamiento, sino en el volver al aquí y ahora a través del arte y el cuerpo.
¿A alguien más por acá le pasa que le cuesta horrores reconocer sus logros? Los leo en los comentarios.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Si te gustó la información o tenés algo que opinar al respecto, dejame tu comentario 🙌🏻💜