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lunes, 1 de junio de 2026

Acerca de miradas implacables | El peso del velo



Presbicia

 

  Tener que disociar partes del cuerpo y a la vez coordinar un sinfín de otros factores, como anticipar el paso siguiente o mantener los hombros abajo y atrás. Abrir el pecho, mirar siempre al horizonte, declarando que tu reino no conoce ningún límite. Habitar la sensualidad, el ritmo suave y profundo, de los movimientos más sutiles del cosmos. Hacerlo por una misma, para tu placer, por merecerlo, aunque no estés siendo vista. Envolver el aire con el perfume de tu velo, jugar a desenredarlo y dejarlo correr en el tiempo, como un ovillo infinito de ilusiones. Intencionar la esencia de cada estilo, aprendiendo que hay momentos de presentación y otros en los que es clave saber retirarse desde la dignidad, que ya plantó en los demás el germen del deseo insaciable de suplicar por un baile más. Hace tres años ya desde la primera clase y todavía me siento una confusa principiante.

  Me pregunto si soy capaz, si algún día lograré mejorar. El primer año la vara estaba demasiado alta. Ellas bailaban desde niñas, reflotando chistes internos que estuvieron años alimentando en confidencia. Mientras yo me cuestionaba haber tomado la decisión correcta, creyendo que lo abandonaría más rápido que las clases de guitarra.

  Por eso no entiendo las miradas de los demás, los comentarios de mis amigas y los que intentan disimular cómo me señalan entre cuchicheos, creyéndose invisibles por estar escondidos entre la multitud. Pero, además, no es nada nuevo. En la facultad, en el único trabajo que hice, con algunas parejas infantilmente competitivas, casi siempre fue igual: Yo abrumándome ante cualquier mínimo desafío sin siquiera registrar el desempeño tan destacado ante los ojos de los demás. Como si mi mirada fuera defectuosa, o tuviera menos olfato para detectar el olor a quemado de un incendio forestal.

  Tampoco me sorprende del todo, jamás supe lidiar con las diferencias. Porque la distorsión aparecía así, de la nada, cacheteando mi rostro. Podría nombrar miles de ejemplos, más de cuarenta años recolectan una evidencia abismal. Quizás la imagen de recién nacida de mi hija sea la más significativa. Mi mente la evocaba impoluta, más hermosa de lo que habría imaginado en mis mejores fantasías, sin ningún signo de recién nacida, desprendiendo un hipnótico perfume de inocencia a base de dulzura y misticismo. Sin embargo, mirar esa misma foto seis meses después me hizo dudar de mi cordura. No me malinterpreten, estaba viendo un bebé precioso, pero no era la misma. La piel rosadita que gritaba el esfuerzo invertido en el trauma de nacer, los ojos más rasgados e inflamados y esa actitud de introversión y duda que denotaba la fragilidad de una vida tan nueva que nadie osaría dejar de proteger. Y me quedé atónita con los ojos clavados en la imagen del televisor. Un par de minutos después del shock un miedo recorrió mi piel: ¿Podía un sentimiento distorsionar tanto mi mirada? Hasta el día de hoy me lo sigo cuestionando.

  Ver los defectos físicos de mis exparejas, que tiempo atrás ni siquiera registraba. Estar convencida de que la nota del parcial apenas si me habilitaba a un recuperatorio, mientras que la profesora dudaba haber corregido bien porque al pronunciar el diez mi reacción la tomó desprevenida. Asegurarles a mis compañeros de trabajo que cualquiera habría actuado como yo en esa situación, y todos al unísono entonando un NO tan rotundo y tajante que anulaba cualquier intento de explicación. Ya no puedo seguir mintiéndome: estoy siempre al revés.

  Como si habitara un mundo distinto, o hablara una lengua extranjera en mi propio país. Mi hija, siempre tan sabia, lo simplificó con maestría la semana pasada al decirme: “Mamá, si vos siempre hacés todo bien y la única que no se da cuenta sos vos”.

  No me reí, sólo abrí más los ojos y me tragué el silencio, intentando digerirlo con letargo.

  Justo yo que valoro tanto cualquier mínimo detalle que a la mayoría se les pasa por alto ver. Que tengo que hacer un esfuerzo por intentar enojarme al recordar que el abandono durante el embarazo me dolió en el alma. No sólo subí demasiado la vara para medirme a mí misma, también la bajé tanto con los demás, que anulé todo punto de referencia.

  Tengo una sed insaciable por creerme insuficiente. Una ambición voraz por criticarme con animosidad. Y no es acerca de los resultados, porque un diez en esa Universidad que jamás regalan nota, o lo prolífico de mi creatividad, no admiten ni un atisbo de duda. Sólo que no me alcanzan, porque no los puedo ver. No los creo verdaderos, no son reales, tangibles ni merecidos. Fueron por casualidad, o porque los demás dejan que su sentimiento les tiña el juicio como yo dejé que mi amor embelleciera la primera imagen de mi hija guardada en el corazón. Quizás por falta de conocimiento sobre algún tema específico, porque a veces la gente aparenta haber sido entrenada para ver siempre el vaso medio lleno. También podría seguir nombrando miles de excusas más.

  O ese sea mi gran defecto, al mejor estilo de una maldición del destino: Vas a hacer las cosas tan bien que destaques, pero no vas a poder disfrutarlo porque jamás lo vas a reconocer como deberías. Aunque sería una explicación demasiado simplista e inmadura.

  Y mi antigua psicóloga bajaría los lentes hasta casi resbalarse de sus fosas nasales para preguntarme: ¿No ves la relación con la personalidad de tu padre? Otra vez me engañó la mirada, me apropié de sus palabras. Era él quien se la pasaba recordando que no tenía sentido sacarse un nueve en vez de un diez si habías estudiado tanto. El que me recordaba no haber sido abanderada como mis dos hermanos ni en la primaria ni en la secundaria, e incluso el que justificaba que esos dieces de la facultad no valían porque psicología era todo chamuyo.

  Y a pesar de que con él sí desataba toda mi furia, me terminó ganando la batalla. No sólo le creí, sino que además me adueñé de su rigidez implacable. Pero como soy tan empática y sufrí tanto el frío metálico de cada palabra cortando mi piel, intenté usar esa navaja sólo con quien realmente se la merecía: yo y nadie más. Porque si hablamos de inmolarse por otros mi psicóloga Andrea recordaría la actitud de mi madre, así llenamos el álbum de figuritas como yapa.

  ¿Qué se hace cuando ya no quedan más huecos para clavar la daga? Cuando la piel arde demasiado y los demás te miran como si estuvieras tan loca que no se les ocurre otra explicación mejor que decirme exagerada.

  ¿Cómo dejar de maltratarte cuando, a pesar de saber todo esto, seguís sin poder reconocerte nada? Ningún logro será suficiente. Seguirán cayendo, como fichas de dominó, en ese pozo sin fondo dónde se acumulan las grandes ironías de la vida.

  Dejo caer el velo violeta sobre las baldosas del patio y le confirmo a mi profesora de danza árabe que el domingo estaré en el teatro una hora antes, para volver a ensayar.


                                                                                                         *****


  Algunos llegamos a ser verdaderamente implacables con nosotros mismos cuando nos cuesta horrores registrar nuestros propios "dieces". A mí me llevó tiempo entender que mi mirada estaba un poco "eclipsada". Por eso hoy decidí compartirles uno de mis cuentos. Además, elegí este en particular para mostrarles que a veces el refugio o bálsamo de nuestro sufrir no está en el pensamiento, sino en el volver al aquí y ahora a través del arte y el cuerpo. 

  ¿A alguien más por acá le pasa que le cuesta horrores reconocer sus logros? Los leo en los comentarios. 


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