En realidad, no lo sé. Pero no dejes de leerme hasta el final, porque estas palabras tienen una dirección clara, aunque ahora no lo parezca.
¿Entonces, por qué me veo en la necesidad de aclararlo? Bueno, quizás el ego al leer ciertas ideas de "solución" o proactivas las juzgue de alguna manera para descartarlas. Y es necesario que lo aclare, porque si te topaste con alguno de mis artículos y al leerlo pensaste no estar en ese "nivel" en el cual puedas aplicar algo que te haya inspirado mi escritura, dejame recordarte que seguramente es tu ego jugando una de sus cartas. Y no lo digo porque me crea especial o que comparta verdades que los demás no, porque ese sería mi ego hablando. Lo digo y aplica tanto a la información que desde hace 6 años vengo compartiendo, pero también a cualquier otra información que otros difundan. Porque en definitiva es información al fin. Y siempre estamos en poder de decisión de qué hacer al encontrarla. Así que la recomendación vale para que aprendamos a reconocer al ego entrometiéndose en nuestros procesos de avance.
Tampoco nos pongamos en resistencia y lucha con él, sólo está repitiendo lo que aprendió a hacer porque en algún momento fue efectivo defendernos de esa manera. Pero ahora con mejores recursos podemos elegir desde qué perspectivas pensarnos, para vivir más amorosamente y en paz, cualquier situación que la vida nos traiga.
A vos, que me estarás leyendo y me inspiraste a escribir esto, muchas gracias. Tomo esta oportunidad para hacerlo extensivo a los demás que puedan sentirse de la misma forma. Y me voy a explicar mejor para que se entienda. En esta vida todo es mucho más simple de lo que nos damos cuenta y todo se puede vivir mejor, aun cuando nos veamos ahogándonos en un océano de dudas o problemas. ¿Por qué? Porque siempre tendremos las mismas dos opciones de elección: dejarnos hundir o aprender a nadar. Dicho de otro modo, para aplicar mejor a todas las demás circunstancias: Siempre estamos decidiendo qué hacer con lo que nos pasa, incluso con lo que sentimos y pensamos. Es nuestro bendito Poder Personal.
El acto de juzgar un hecho, emoción o pensamiento como negativo o positivo siempre nos alejará de permitirnos aceptarlo como es para saber usarlo como el combustible del motor de nuestro crecimiento evolutivo. Y si vivimos una situación y nuestra primera reacción es juzgarla, probablemente activemos diversos mecanismos automáticos (inconscientes) para rechazarla porque nos creemos incapaces de hacerle frente.
Ya hice un artículo hablando de cómo invertir los juicios, y hasta la envidia, a nuestro favor (Te recomiendo que después lo leas acá si te interesa profundizar más). Porque es momento de tomar consciencia del motivo que nos lleva a hacer esos juicios en primer lugar. Si lo hacemos desde una intención de discernir y aprender de algo que nos puede aportar un otro o un afuera, estaremos usando nuestro poder personal para decidir crecer o enriquecernos gracias a ese contexto. Ahora bien, si la intención es rechazar, separar, criticar, culpar, justificar, u otra similar, entonces estaremos anclándonos o resistiendo a cambiar y desaprovechando la oportunidad de dejar que esa situación nos cambie para avanzar.
De nuevo los movimientos son los mismos y son duales. Pero recordemos la ley de dualidad que nos dice que los extremos no son tan opuestos como pensamos. Un defecto y una virtud son dos caras de una misma moneda y lo que vuelve al defecto nuestra virtud es una intención de trascender y nuestra decisión de movernos desde la resiliencia. Por ejemplo: Una persona que critica todo tiene una capacidad soberbia de análisis intelectual que, si se enfocara hacia su interior, capitalizaría en enormes trascendencias por su introspección profunda e inconformista. Y la diferencia vuelve a radicar en el mismo punto: ¿Qué decide hacer con dicha habilidad?
Porque los defectos y virtudes solo son potencialidades y hablan más de nuestros recursos internos disponibles. Si nuestra intención es crear o crecer será vestida con el disfráz de virtud. Pero si está motivada por una intención de resistencia o destrucción, además de estancamiento generará daño a otros y siempre a uno mismo. Y es así de simple, no tan complicado como nuestra mente desde el ego nos está queriendo contar. No sos ni tus defectos ni tus virtudes, sos lo que decidís ser y hacer con lo que tenés disponible en tu interior a cada presente.
Llegado este punto quizás sea útil identificar las frases por las cuales podemos reconocernos hablar desde nuestro ego y desmenuzarlas un poquito.
"Soy así, siempre lo fui" o cualquiera de sus variantes, nos delata la resistencia al cambio y a la evolución. Anclarse para justificar alguna mala actitud o comportamiento, es la mejor forma de no resolver ninguna molestia, problema o malestar. Nadie ni nada permanece inmune al cambio. La vida es cambio y movimiento constante. Una planta si no crece, se muere. Nadie puede dejar de cumplir años. Ninguna pared resiste impoluta al paso del tiempo. Todo se está transformando y anclarse para resistirse o justificarse con ser el mismo es una completa mentira. Si fueras el mismo siempre no habrías crecido desde que naciste, ni de cuerpo, ni de mente. Da igual si lo hiciste mejor o peor, o si fuiste a un ritmo más lento, porque siempre te estuviste moviendo. Y el acto de sostener lo que nos impide evolucionar siempre será traducido en sufrimiento. La vida tiene dolor, como también tiene amor y tantas cosas más, pero anclarse a definirse y vivir desde el dolor es sufrir. De nuevo, a cada presente podemos elegir si aceptar para dejarnos transformar y avanzar, o resistirnos hasta que los cambios nos quiebren.
Y en este punto entra también la excusa de la edad. Los "Es demasiado tarde para mí" o similares. Si bien no vamos a pensar desde la fantasía, porque una persona de 90 años que siempre soñó correr una maratón probablemente no pueda y no le convenga intentar hacerlo a su edad, sí puede emular la emoción que aquel logro le hubiera provisto en un contexto o con una excusa distinta. Por eso hace algún tiempo había escrito un artículo cuestionando para qué deseamos tanto lo que deseamos (si te interesa, después leelo acá). Entendernos en profundidad va a ser clave para saber cómo darle la vuelta a cada situación y conseguir la plenitud disponible a todo momento. Es en estos casos cuando el ego se pondrá caprichoso y nos puede llegar a decir "pero no es lo mismo, eso no vale nada", sepamos que lo va a hacer porque se resiste a aceptar que su historia de fracaso y lástima por el tiempo perdido ya no tiene el mismo efecto.
"Los siempre, los nunca y el ¿por qué a mí?" evidencian la mentalidad de victimismo. Aunque si te identificás en este punto, no alimentes a tu ego culpándote. Hay que entender que no estamos acostumbrados a mirar primero adentro. Buscar afuera, ya sea en situaciones o en los demás, las causas de nuestros malestares es algo demasiado común. Y no por casualidad. Pero para entendernos mejor es necesario ordenarse: ¿De quién es la molestia? ¿Es posible solucionarla desde nuestro lugar, con las opciones que sí estén en este presente a nuestro alcance? ¿O seguirás creyendo que tenés que conformarte porque el afuera no va a cambiar? Este punto es extensísimo, porque abarca las ideas de injusticia, los sentimientos de impotencia, los rencores provenientes de humillaciones o de situaciones en las que nos sentimos ofendidos y agredidos por un otro, la obsesión por mantener el control, la idea de que aceptar es resignarse, etc.
Pero desactivar la mentalidad del victimismo no es difícil, sólo requiere de una especie de traducción. La mayoría de las historias que nos contamos no tienen que ver con lo que realmente pasó, sino con cómo nos sentíamos. Aun cuando sepamos gestionar nuestras emociones, ellas están tiñendo nuestros pensamientos. Y esto es tan simple de identificar como pensar qué nos molestó en un momento determinado. Creemos que nos enojan las actitudes de los demás, pero en realidad nos enojan las ideas que asociamos inconscientemente a esa actitud en particular.
Veamos un ejemplo: si un nene cada vez que se baña deja la toalla mojada en su cama y la madre, a pesar de habérselo dicho mil veces, no consigue que su hijo cambie dicha actitud, se enfadará y le reprochará su error. Ahora bien, realmente es el desorden lo que tanto le molesta o es la idea que asocia de que a su hijo no le importa lo que ella le dice, que se siente cansada de tener que estar todo el día ordenando la casa, o que nadie se da cuenta de cómo ayudarla (por decir algunas ideas, aunque sepan que podría haber muchas más). Porque la situación no es tan complicada, si a ella le molesta el desorden, le toma menos tiempo, angustia y trabajo, llevar la toalla hasta el canasto de la ropa sucia, en vez de iniciar un reclamo que probablemente no resuelva nada. Y lo que le impide hacerlo de una, son sus ideas que dispararon el enojo. Pero si su hijo finalmente se hiciera el hábito de llevar la toalla al lavadero, ¿creen que el problema se solucionaría para siempre? En realidad, no. Porque esas ideas seguirán pulsando e intentando salir en nuevos contextos. Entonces la única forma de acabar con esa molestia es revisar por qué la madre no se siente valorada o en todo caso que esta molestia la lleve a hacer un cambio más efectivo, como proponer dividir las tareas de la casa y pensar las consecuencias (no castigos) de que cada persona no cumpla con su parte. Pero contarse la misma historia de que ella es la única que se mueve por la familia y nadie la valora como se merece sólo alimentará a su ego para seguir sufriendo.
Y el sufrimiento no sólo impide que disfrutemos de la vida, además daña nuestra salud. Una emoción únicamente dura 90 segundos y esas historias falsas que nos repetimos todo el tiempo son las responsables de hacer renacer esa emoción por otros 90 segundos, en loop hasta la eternidad. Lo que nos genera un estrés crónico, debilita nuestro sistema inmune y a la larga se expresa en síntomas físicos. Porque el cuerpo también nos está queriendo avisar que sostener el sufrimiento no sólo es una tortura mental, sino que a largo plazo se nos vuelve insostenible. No se puede resistir al cambio. Y en esta instancia me permito contarles que en mis ideas neuróticas yo quería hasta evitar que el tiempo no pasara. Me angustiaba todo cambio, ver crecer a mi hija, ver cómo las que creía amistades sinceras no eran lo que pensaba, resistirme a que las formas de siempre ya no me servían más, etc. Porque si de cambios se trata mi personalidad 9 debió aprender a hacer esos cierres de maneras más resilientes. Así que, no les hablo por ser fan de discursos motivacionales, sino desde la experiencia. Y todo mi enorme crecimiento no se debe a tener un 11 maestro de destino, sino a la valentía y la voluntad que invertí en aprender a tomar mejores decisiones. Y ahí sí soy una especie de fan del amor propio y el poder personal, porque no hay historia desde el ego que les llegue a los talones.
Por lo tanto, para resumir este punto recapitulemos que toda historia que nos contemos es relativa. Relativa a un contexto y a nuestras formas de sentirlo, a nuestra capacidad de valorarlo, escalas de valores desde dónde lo podamos comprender/juzgar, etc. Hay múltiples factores influyendo y sobre todo casi infinitos puntos de vista desde dónde comprender una situación. Pero sepamos que el ego usa siempre las mismas: juzgar para denigrar/descalificar, criticar, rechazar, resistirse, culpar, llevar todo a verdades absolutas e inamovibles, victimizarse y problematizar todo. Cuestionar nuestras historias en vez de repetirlas es desactivar las respuestas automáticas de un ego que nos confunde. Porque nos permite tomar responsabilidad y actuar distinto.
Aunque llegado esta instancia me gustaría aclarar que tampoco culpemos a nuestro ego. No es que sea malo, o la causa de todos nuestros sufrimientos, porque si lo pensamos así estaremos cayendo de nuevo en uno de sus trucos. Simplemente nos identificamos con ese ego porque fue lo que aprendimos, lo que en algún momento nos sirvió para defendernos, o lo conocido que traía seguridad. Y tal como sucede con nuestro pasado, una verdadera actitud amorosa y madura, es verlo desde la comprensión y la compasión (distinto al autocompadecimiento) para poder perdonarnos y aprender de ello.
Ahora hablemos de las excusas favoritas de nuestro ego: "¿Viste que tenía razón?", "Yo soy el bueno" o "Los demás son los que siempre están equivocados". El orgullo que alimenta nuestro ego también tiene historia detrás. Crecimos pensando que debíamos ser los niños que se portaran bien para obtener la validación y cariño de nuestros padres y referentes adultos. Como cuando un nene rompe el jarrón de un pelotazo y lo primero que hace es tratar de esconderlo o negar a muerte de que fue el responsable. Y probablemente estas conductas eran reforzadas por un sistema de premios y castigos. Hasta Papá Noel (o Santa) sólo traía regalos a los chicos que se portaban bien. Ahora los padres intentamos criar a nuestros hijos con mayor inteligencia emocional, educándolos en tomar responsabilidad en vez de culpar, aunque a veces nos cueste llevarlo a la práctica. De nuevo se vuelve clave no analizar estos temas desde la culpa ni buscando quiénes fueron los villanos de nuestra historia. Pero no se puede ignorar que la tendencia del ego a sostener desde el orgullo que siempre tiene la razón tiene su motivación principal en la infancia. Lo interesante es preguntarnos: ¿Qué pasaría si yo fuera el responsable? ¿Es tan grave equivocarse? ¿Hay realmente un bueno de la película o la responsabilidad en cualquier vínculo es compartida? ¿Hay algo que pueda hacer ahora para reparar mi error? ¿Tanto me cuesta perdonarme? etc.
En el aprendizaje el error es parte del camino. No era tan grave caerse cuando estábamos aprendiendo a caminar. Ahora tampoco debería ser tan grave equivocarse en cualquier otra cosa. Y tomemos consciencia de que maltratarnos por un error sólo nos lleva a no solucionarlo ni reparar lo dañado. Otra vez tomar responsabilidad con honestidad y perdonarse vuelve a ser el recurso más valioso. Pero no olvidemos la reparación. Y todos estos movimientos no necesariamente tienen que ser con un otro. Hay casos donde pedir perdón no es posible y varias excepciones. Lo que importa es el reconocimiento con uno mismo. Tomar responsabilidad es hacerse cargo y actuar en consecuencia con coherencia. Si se puede transmitir esas disculpas a un otro es casi un bono extra. No repetir el error y hacer lo que se requiera para repararlo también es pedir perdón, pero sin palabras. Y esto lo aclaro, no para que nos salteemos lo incómodo de disculparnos porque sí es necesario, sino porque quizás nos crucemos con otros que no acepten nuestras disculpas y tampoco es bueno culparse por ello. Además, porque decir perdón y después actuar de la misma manera, o no reparar lo dañado, termina siendo inútil. Recordemos estos matices.
Pasemos a la constante comparación con otros que nos sugiere nuestro ego. Es importante entender que catalogar todo, poner etiquetas y medirlo, son movimientos propios de nuestro aparato psíquico. Algunos hablaban de que la mente funciona como una computadora, con sus carpetas y orden de procesamiento de la información. Y estar midiendo todo para entenderlo es una cosa, pero para compararse transforma todo resultado. Lo que cambia es la intención, o motivación interna, desde donde nos comparemos (el ¿para qué?). Mucha gente se siente mal viendo redes sociales, porque no pueden evitar comparar su estilo de vida con el que observan en los perfiles de los demás. Y no voy a sugerir que lo que se muestra no es real, ni voy a ir por ese lado. Porque no debemos poner el foco en el afuera ni en los demás. Lo que puede determinar que dejemos de compararnos o no siempre será nuestra autovaloración. Una persona que se siente bien consigo misma, no busca compararse, no se anda fijando tanto en la vida de los demás. Y el autoestima sano la lleva a observar a los otros desde una mirada más amplia. Si en algún momento se siente mal porque se compara, porque tampoco está exenta a hacerlo, sabe comprender que su sentir proviene de un deseo todavía no satisfecho que le muestra un otro. Quizás use eso de excusa o motor para emprender un nuevo camino o cumplir otra meta. Porque no lo hace desde la intención de juzgarse de más o menos valioso/exitoso que el otro, sino desde dejarse inspirar.
Pero el ego nos cuenta otras historias, nos lleva a pensar que sólo valés por lo que lograste, y aun cuando siempre exista alguien que logre más que vos y otros que logren menos, nos busca comparar con lo que todavía no logramos para sentirnos fracasados, nos disfraza nuestro deseo genuino de querer algo mediante envidias y saca a relucir las miles de creencias limitantes que asocia con los que sí logran lo que nosotros queríamos. Cuando hablo de las creencias limitantes me refiero a pensamientos tales como "El que hace tanto dinero rápido algo sucio habrá hecho para conseguirlo" o "Seguro que es tan flaca porque se muere de hambre" por nombrar dos ejemplos al azar. Porque el ego es casi un profesional para inventar excusas que justifiquen no admitirnos nuestro malestar verdadero. A los envidiosos no les molesta que al otro le vaya bien, les molesta en verdad que no sean ellos los que lo estén logrando. Por lo tanto, al no admitirse tener siquiera ese deseo, se frenan de toda posibilidad de actuar para conseguir cumplirlo.
Porque el verdadero motor del ego son los miedos: miedo a no poder, a no ser suficiente, a no tener lo necesario, a estar equivocado, a que nos dejen de querer, a que no nos aprueben, a que nos abandonen o rechacen, etc., etc. Pero en vez de usar el miedo como motor para ir a paso firme y con mayor impulso hacia dónde queremos realmente, lo usa para frenarnos. Por eso esas ideas que le sirven para sostenernos en las mismas actitudes de siempre, son creencias limitantes. Limitan el potencial de crecimiento y expansión constante, que es nuestra verdadera naturaleza. Así que si te encontrás incómodo ante el éxito ajeno preguntate: ¿Cómo podría lograrlo yo también? ¿Que alguien me muestre que se puede, no es una buena noticia en realidad? ¿Qué recursos tengo para conseguirlo yo también a mi forma o adaptado a mi realidad de este presente? ¿Qué haría ahora si no tuviera tanto miedo? ¿Cuál es el miedo que me dispara? ¿Puedo tomar ese miedo como motivación para demostrarme a mí mismo que yo también puedo lograr lo que quiero? ¿Sé qué es lo que quiero? ¿Qué pasos mínimos y fáciles puedo dar ahora para avanzar?
De nuevo la respuesta proactiva desactivará cualquier comparación negativa que intente sugerir nuestro ego. El ego reacciona desde historias pasadas, pero ahora podemos resolver, ponernos en acción y usar nuestras molestias para lograr superar lo que tanto nos molesta. Aprovechemos los cambios y movimientos constantes de la vida para subirnos a la ola y dejar de esperar que nos tiren un salvavidas o nos terminemos de hundir. Jamás subestimen el poder del presente. Todo gran cambio empieza por un paso.
Dejen en los comentarios si les interesaría profundizar más en este tema o qué opinan de lo que leyeron. Realmente me ayudarían mucho si compartieran el artículo con quién pueda interesarle leerlo o decidieran valorar el aporte de mis proyectos con una donación voluntaria. En cualquiera de los casos: ¡Muchísimas Gracias y Miles de Bendiciones!

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Si te gustó la información o tenés algo que opinar al respecto, dejame tu comentario 🙌🏻💜