Las transformaciones suceden mediante capas. Y el hecho de que los temas de crecimiento personal se hayan puesto de moda disfrazan una verdad incómoda. Hay una etapa del proceso en la cual la persona cree haber trascendido sus limitaciones por simplemente reconocerlas, repetirse mantras o técnicas al sentir que se le activa una antigua memoria de dolor, se convence de que está en su centro y avanzando. Pero a la energía no se la puede engañar...
El afuera le sigue mostrando los mismos resultados. El mismo patrón en sus relaciones, las mismas inseguridades en los temas más desafiantes, las mismas discusiones, etc. Cree que es cuestión de tiempo, de elegir mejor y de a poco confunde actuar desde su centro con protegerse inconscientemente de volver a atravesar la misma frustración una y otra vez, intentando controlar las circunstancias.
Quizás se haya aislado de más, haya cambiado de trabajo o de amistades. Aunque algo dentro suyo lo sabe. Necesita incomodarse, ir hacia lo que está huyendo para tomar la responsabilidad de sentir esas emociones y desde ahí, en vivo, tomar nuevas decisiones.
Porque la transformación no es solo mental. De nada sirve cambiar las ideas si no habitás desde el cuerpo los momentos de transición. A veces sólo se necesita reconocer que no se sabe cómo actuar, animarse a pedir ayuda, o admitirse ese mismo miedo de siempre por más que sea ridículo e irreal. Porque la aceptación honesta libera.
Los verdaderos cambios no se pueden forzar y se tratan acerca de duelar identificaciones falsas desde el dolor o la lucha. Tienen su propio ritmo, hay que poner el cuerpo, enfrentarse al miedo que genera mostrarse vulnerable, dejar de reprocharse vivir otra vez lo mismo y hablar desde el corazón sin filtrar ni una palabra.
"En la incomodidad vive la expansión"
Este tema ya lo abordamos desde otras miradas, como en el video que hablaba acerca de que el cambio no es lineal, o en los artículos que proponía cuestionar las motivaciones internas más profundas desde las cuales nos obsesionamos constantemente con cambiar todo el tiempo. Pero no es sólo cuestión de saber quedarse en el centro de la tormenta. Es usar lo aprendido para sentir que esta vez sí podemos atravesarla, porque ya no estamos sobreviviendo ni somos los mismos. Tenemos nuestro poder de decisión y la riqueza de haber aprendido a ver, honrar y amar hasta nuestras peores resistencias.
Porque no cambiás para no volver a arriesgarte, para evitar sentir dolor de nuevo, ni esperando no volver a dudar ni flaquear. La cuestión es no abandonarse en el proceso, dejar de pensarse desde filtros viejos, fortalecer tu confianza en tus capacidades de atravesar cualquier adversidad porque ahora tenés más recursos y estás eligiendo mejor.
La experiencia es nuestra verdadera maestra. No importa cuánto sabés, ni lo que te repitas para sentirte empoderado. Si no lográs sostener un límite, que tanto sufrimiento del pasado te llevó a crear en primer lugar, es lo mismo que nada.
Y podés aislarte si tus patrones en las relaciones se repiten, pero cuando las memorias que se te activan son más trascendentes como duelos o desamparo no tenés adonde esconderte. Y lo digo por experiencia. Sentís que se te desmorona todo, como si nunca hubieras hecho ningún avance. Sin embargo, esto tampoco es completamente cierto.
“No siempre necesitás que cambie el escenario. A veces necesitás descubrir que vos ya no sos quien lo atravesó la primera vez”
Tu verdadera fortaleza radica en quien sos. Y no sólo sos tu mente, lo que te cuentes, ni tu cuerpo o sistema nervioso. El proceso de destrucción o caos que permite renovación y creación aparece en todos los órdenes de la vida y naturaleza.
Es como si la vida cada cierto tiempo te pidiera que supieras morir y renacer en versiones nuevas. Resistirse a ello es imposible y extremadamente doloroso. Tenés que ir a lo más profundo de tu ser y quizás confiar en que la vida es más sabia y nada pasa por casualidad ni error...
"El instante en el que dejás de resistirte al cambio es cuando tu alma puede llevarte a tu máxima expansión"
Las tomas de consciencia y las lecciones caen como fichas cuando el proceso va avanzando, fluido, de manera orgánica sin apuros ni esfuerzos. Y el nuevo desafío es permitir que esas transiciones se hagan con mayor liviandad cada vez.
Se pueden ver como momentos de purga o depuración de los matices más sutiles que hasta ahora venías ignorando. Si ya no te dejás vencer por el miedo que te invita a huir, te vas a ver cara a cara con la oportunidad que te trae aplicar lo elegido. Habitar distinto los mismos lugares y experiencias, aceptar y fluir para dejarse llevar por el cambio verdadero que primero siempre será interno.
Y al menos en mi experiencia, a esos momentos les sigue un silencio extraño. Una calma te abraza cada célula renovando tu paz. Empezás a sentir que ya no es tan importante el resultado. Que hay mucho más que es esencial. Que los "cómo" sí hacen la diferencia.
La paciencia y cómo decidas tratarte durante las transiciones te van dando pistas acerca de la nueva etapa que acabás de inaugurar, aun cuando el afuera no te lo refleje todavía.
Si sos una persona altamente sensible sabés de lo que te hablo. Porque tu mente maneja esa misma profundidad que derrumba todo lo que no tiene un propósito verdadero para tu esencia. Tu sistema nervioso te avisa mucho antes, tanto de los avisos previos a la tormenta como la intuición de que la calma llegó con más antelación de lo que puedas ver e imaginar. No es magia, adivinación ni brujería. Se trata de la información del ambiente que tu sistema nervioso por ser más poroso (su barrera para la absorción de estímulos es más permeable) captó en mayor volumen de lo que tu mente racional puede reconocer u ordenar. Y todo esto se siente raro, puede confundirte o traerte una certeza que no sabés de dónde viene. Tu verdadero desafío es no dudar acerca de la información que tu cuerpo te está transmitiendo.
Todos tenemos intuición y cuanto más la escuchemos y nos atrevamos a seguirla sin cuestionar, la sabremos aprovechar de brújula. Del mismo modo que algunas aves emigran antes de que se vea ni un solo signo de una futura catástrofe.
Por eso no sólo hay que quedarse con lo que entendamos racionalmente de los procesos. Aprendamos a concentrarnos en habitar desde la mayor presencia (y sin juicio) cada paso, para estar siempre escuchándonos y eligiendo mejores modos desde donde sentirnos, tratarnos para caminar más livianos, seguros y confiados. Y permitiendo que la brisa se vaya llevando nuestros girones de piel muerta.



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