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domingo, 26 de julio de 2026

¿Qué haría el amor frente al odio? | Autoconocimiento y Actualidad


Bowl de cerámica con kintsugi
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos

Tengo un dilema y aprovecho su atención para consultárselos. Sí, este no es un artículo más. Hace un tiempo ya había hecho otro que hubiera deseado no tener que escribir, pero lo hice de todos modos, para compartir las enseñanzas que pude rescatar. Sin embargo, en este caso necesito aclarar mi mirada "pensando en voz alta con ustedes", porque siento que me puedo estar perdiendo de algo importante...

Para comenzar necesito ponerlos en contexto así entienden de dónde nacen mis dudas. En mis primeros recuerdos no tengo registro de conflictos ni vergüenzas acerca de mostrarme tal cual era. La primera vez que sentí esa vergüenza fue a través de un episodio donde experimenté la humillación de mis compañeras de colegio. Toda la clase riéndose de mí, ninguna maestra ni nadie defendiéndome. Callé el dolor porque me abrumó tanto que ni siquiera lo pude entender, por lo tanto, ni mi madre lo supo. Y teniendo en cuenta, como les decía en otros artículos, que vengo de una familia disfuncional que me encasilló en el rol de chivo expiatorio, esto de no haber sido defendida cuando lo necesitaba era moneda corriente, además de haberme dejado varias huellas.

Mi primera reacción fue creer que lo que me decían era cierto y que era culpable de los conflictos que me rodeaban y de no causar más dolor. Internalicé la agresión, haciéndola propia, como también luego lo haría de manera inconsciente con todo lo que me criticaba mi familia. Pero cuando presenciaba una agresión a un otro, me era intolerable quedarme callada. Tengo marte y venus en aries, pelear contra quien sea no me asustaba y recuerdo que descalificaban lo que decía precisamente por haberme etiquetado como "la peleadora". Hasta recuerdo que llegaba un momento en el que a mi compañera agredida le importaba menos que a mí seguir luchando para que se la trate con el respeto que merecía. Y aun así, yo seguía alzando mi voz.

Si me preguntan qué conseguía con ello responderles "nada" sería falso. Porque sí notaba ciertas reacciones positivas. Algunas compañeras, después de mi insistencia, se sumaban tímidamente a la causa. Pero los avances eran tan mínimos que se diluían y jamás vi que las agresoras tomaran algún tipo de responsabilidad acerca del daño que causaban en los demás o que algún adulto responsable interviniera. Habiendo trabajado en una escuela secundaria y viendo tantos avances en estos temas llegué a aplicar el protocolo de bullying que se consiguió crear para frenar estas situaciones. Siempre atenta a que nadie recibiera esas faltas de respeto y agresión mientras yo pudiera evitarlo.

Mi enojo se dirigía más hacia los que permitían que se lastimara a alguien por quedarse callados o incluso hacia los que lo festejaban y querían sumarse. Porque de alguna manera comprendía que a la gente que se le ocurría maltratar a un otro era inútil intentar hacerla entrar en razón.

También forma parte del contexto de mi dilema el hecho que durante años evadí los conflictos. Pasé de pelear, creerme culpable de decir lo evidente o reclamar, a sentirme derrotada y dejarme vencer. Me juzgaba por hablar y por callar también. Jamás me gustó tener que pelear en primer lugar. Y como decía el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung "lo que resistes persiste, lo que aceptas te transforma". Cuando resistía a los conflictos, ellos me perseguían a todas partes. Recién con los años y mucho trabajo interior aprendí a afrontarlos de maneras asertivas y entendí por qué me transformaban.

Ver los conflictos es un primer paso, plantearlos correctamente es otro distinto. También depende de las intenciones, compromiso y voluntad de todos los involucrados. Porque cada uno puede responder desde su humilde lugar. Pero si del otro lado hay alguien que no está dispuesto a tomar responsabilidad de su aporte al conflicto, uno no puede hacer nada.

Y creo que ese es el fondo del dilema. Me conflictúa y hiere profundamente a mi alta sensibilidad ver el odio y las mentiras propagarse tan fácil o con tanta liviandad.

 

Conexiones entrelazadas entre hilo rojo
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos

Desde mi experiencia cotidiana percibo una distancia importante entre la realidad que vivo y algunas de las narrativas que circulan sobre mi país. No espero que todos compartan esta percepción, pero esa diferencia fue la que me llevó a preguntarme cuánto de nuestras reacciones nace de los hechos y cuánto de las historias que construimos alrededor de ellos.

Porque al principio pensé que era una cuestión de las redes y su desinformación. Pero cuando trasciende lo virtual y gente influyente de otros ámbitos se apropia de discursos falaces para seguir propagándolos me pregunto qué deberíamos hacer, desde una mirada amorosa pero que por eso tampoco tiene por qué bancarse las faltas de respeto.

Porque el verdadero amor pone límites sanos. No permite agresiones gratuitas. Piensa en un bien común en el que sea respetada la integridad de cada parte, para mantener la armonía del todo funcionando de la mejor manera para evolucionar.

Pero da la impresión de que muchos de los que hablan lo hacen desde la desinformación o la intención de cancelar, separar y sacar algún tipo de beneficio al enfrentarnos, por lo tanto, si es así, jamás tomarán responsabilidad y estarán abiertos a un diálogo sincero. Y ahí está mi dilema, porque yo sugiero directamente no comprar discursos ajenos y mucho menos los que buscan destruir en vez de construir (como les venía proponiendo en los últimos artículos). ¿Pero si esta postura genera indirectamente que, al no estar defendiéndonos, permitimos que esto siga creciendo aún más?

Porque no estoy de acuerdo en que uno tenga que ofenderse ni defenderse de algo que no hace, mucho menos que tenga que salir a aclarar mentiras, tratando de demostrar lo tergiversado que puede volverse el discurso desde el odio. 

Sé que muchos de quienes leen este blog son de otros países y probablemente reciban una imagen muy distinta de la realidad argentina a través de los medios de comunicación. No pretendo convencer a nadie de cuál es la correcta. Justamente ese es el punto que me interesa: cómo una misma realidad puede narrarse de maneras tan diferentes que terminamos reaccionando más frente a los relatos que frente a los hechos mismos.

Muchas veces me pregunto si detrás de ciertos discursos no habrá también heridas, miedos o dolores que todavía no encontraron otra forma de expresarse. Quizás haya que mirar hacia adentro y revisar si no somos nosotros quienes sentimos la necesidad de responder desde nuestro dolor o nuestras ideas preconcebidas, o sostenidas en pos de la búsqueda de pertenencia e identidad. Porque una cosa es haber caído en las tentaciones de alimentar al ego y otra distinta es supurar desde heridas de dolor e injusticia. Ahora, el dilema irrumpe preguntándome: ¿Hasta dónde uno desde el amor debe permitir que se propague semejante odio?  ¿Qué haría en esta situación una persona que ama desde un amor puro y consciente? 


Sendero dorado en bosque al amanecer
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos

Porque con el contexto que les di, entenderán que por experiencia puedo decir que los conflictos solo se solucionan cuando del otro lado hay voluntad y disposición a abrir la mirada para escuchar realmente a un otro. Cuando se dejan los egos de lado que buscan tener la razón y habla el corazón. O cuando la empatía sana está sosteniendo la energía del ambiente, permitiendo solucionar lo que el conflicto muestra como oportunidad. Por lo que no se puede pretender que la resolución sea con los demás, sino con uno mismo. Y ahora les pregunto así me ayudan a reflexionar... 

¿Qué oportunidad nos presenta el odio?


Odiar es dejarse envenenar el alma. No se llega al odio de la nada y es el peor sentimiento que pude experimentar en mi vida. Me daba culpa sentirlo y aun así no podía evitarlo. Nacía de constantes acumulaciones múltiples, de broncas no reconocidas, de silencios que hieren, de miles de agravios que creí merecer, de angustias o frustraciones tan profundas que te arrojan a los abismos del peor desamparo. Y en su raíz, como todo en esta vida, es contra uno mismo. Contra lo más esencial.

Pero decir que el perdón, la compasión y la aceptación del amor es el verdadero antídoto, suena demasiado fácil y simplista. Porque tenés que tener el coraje de reparar cada daño. Además que el odio te cegó la mirada, destiñiendo la tolerancia, haciéndote creer justificado tu accionar desde el más profundo dolor que te hizo ser aún peor de la actitud que tanto criticabas. Te quiebra por dentro, te enfrenta con lo que no querés ver y te desafía a que lo reconozcas y aceptes más allá de lo que te confronta. Y el verdadero perdón no viene de una fuerza de voluntad, por más grande que sea. De hecho, en mi caso, fue al revés. Yo me forcé a perdonar lo que fue completamente ignorado por el otro y por mí, por lo tanto, carecía de la reparación que merecía. Insistir en seguir adelante, además de violentarme, fue transformando mi dolor en odio. 

El verdadero perdón es poder mirar el dolor a los ojos, sin bajarle su intensidad, por más incómodo que se sienta. Es validar que uno se sintiera de esa manera, aun cuando para otros no tenga ninguna lógica y sea juzgado. Poder expresarlo sin dañarse hasta que se transforme solo, desde esa aceptación consciente y junguiana. Pero después queda la reparación, porque si volvés a actuar de la misma manera, te perdonaste en vano.

Puede que el odio nos esté invitando a revisar las heridas colectivas que todavía siguen abiertas, pulsándonos más preguntas acerca de los miedos que subyacen debajo, los enfrentamientos que pujan por instalar discursos que sirven de caramelos para el ego, cuánta tolerancia a la diferencia tenemos y si podemos verla como una oportunidad de enriquecernos entre todos, si no estaremos tratando de defender discursos que provengan de la necesidad de pertenecer y por eso nos sentimos ofendidos, etc.

Porque quizás tanto odio nos invite a preguntarnos si no estaremos negando odiar lo que más nos duele ver afuera y si no negamos odiarnos en algún grado a nosotros mismos. Y qué tal si ponemos nuestro foco en cultivar los mejores valores personales, con nosotros mismos primero, para después ofrecerlos a los demás. Además, porque sería lo que nos permita no dejarnos influenciar por discursos que destruyen tan fácilmente.

Por eso después de tantas vueltas vuelvo a confirmar que el amor no niega la herida, sino que la integra y por lo tanto para mí, seguirá siendo la mejor y única respuesta.


Les pido que dejen en los comentarios sus opiniones, porque si hay algo que me estoy perdiendo de ver (en especial por haber sido un tema que me costó tanto aceptar y transmutar en su momento) me encantaría que me lo hicieran saber. Siempre desde el respeto y sin entrar en victimismos, que nos alejan de tomar la responsabilidad de hacer los verdaderos aportes constructivos desde el lugar individual que a cada uno le corresponde. Espero leerlos acá abajo 👇🏻


Y después de comentar, los invito a que sigan leyéndome, porque en el artículo anterior les hablé sobre la numerología maestra de Argentina y el mundial que también les puede resultar interesante.


🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear el Lalyverso Soleado acá. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas, porque me ayudan muchísimo a seguir creciendo. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻

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