Aprender a valorarte en profundidad y dejar de conformarte con menos de lo que merecés no se da de la noche a la mañana y hay un mecanismo sutil de autoengaño que, al menos yo, tardé mucho tiempo en reconocerlo.
A mayor crecimiento personal, más perspicaz se vuelve tu ego. Y ya les venía contando en artículos anteriores que estos procesos se daban en capas. La capa que hoy me nace compartir es una que para muchos todavía es invisible y por eso iluminarla es tan liberador.
Desde el dolor de haber cargado con bajo autoestima durante tantos años es común contarse historias para tratar de moderar el sufrimiento. Como ya lo compartía en el artículo de dejar de personificar tu dolor (que si no leíste te sugiero después leerlo acá) podemos enojarnos con nuestros entornos por no habernos sabido valorar como nos merecíamos desde un comienzo. Distraernos buscando culpables o victimarios que la vida injusta nos pone en nuestro camino. Aunque los protagonistas principales terminarán siendo nuestros padres o referentes que marcaron la primera huella del modelo de cómo vincularnos con los demás.
Nuestro ego (y en algunos casos hasta activaciones de nuestro sistema nervioso) nos empuja a ir hacia lo conocido, aun cuando sepamos del caos, lo que no nos conviene o el riesgo de dañarnos que trae implicado. Y todavía no dije nada que no haya planteado en artículos anteriores.
Porque a medida que vas reconociendo tu valor es mucho más evidente la primera señal de alarma que te estás salteando por dejarte llevar ante una vieja tendencia. Sin embargo, la minimizás, la confundís o le bajás el tono de gravedad de rojo a naranja. Y no es un error, falta de consciencia, ni que tus heridas sean más fuertes que tu voluntad de cuidarte mejor. Simplemente caés en ese lugar conocido de nuevo porque hay una ganancia.
Un beneficio que a tu ego le aterraría que te dieras cuenta de que es la motivación principal para volver a repetir un patrón. A veces se amparará debajo de la parte que todavía no se convenció lo suficiente de que merecés mucho más de lo que te estás permitiendo. Y no es la típica explicación de autosabotaje, el freno que te complica el camino ni una tendencia masoquista.
Más bien funciona como una esfinge delante de la puerta hacia un nuevo camino. Cuanto más progreses la esfinge se vuelve más astuta y te da razones más sofisticadas para que vuelvas a elegir el camino anterior y no cruces la puerta.
¿Pero qué es lo que se gana conformándote de nuevo con algo que sabés cada vez más que no te merecés?
No descarto que para algunos será la forma de castigarse y mantenerse en un molde que ya les quedó chico. Por miedo al cambio o al riesgo de animarse a hacer algo distinto, el miedo a la soledad (si su desvalorización se veía más que nada en sus vínculos), el miedo a perder lo seguro o cómodo, miedo a arriesgarse a costas de que salga mal y vuelvas a sufrir (miedo a la vulnerabilidad) o las dudas acerca de sus recursos y capacidades para realmente conseguir mucho más. Porque cada persona es un mundo y sabrá cuál es el discurso favorito de su ego disfrazándose de esfinge.
Pero para otros es poner en riesgo tu identidad. Porque te definías desde lo que ibas permitiendo sostener, ya sea ese trabajo que no te gustó jamás, tus constantes "fracasos" cada vez que algo nuevo no te funcionó como esperabas, o esa pareja que siempre te hizo sentir que estabas solo.
La ganancia es la identificación con lo que siempre hiciste y los que siempre te relacionaste, el no ser distinto a tus entornos, el no animarte a romper una lealtad invisible con tu clan para seguir sintiendo la pertenencia, el no ser el que eleve la voz cuando todos permanecen callados. También protegerte de la incertidumbre que sobreviene de dar un salto al vacío o de permitirse cuestionarte quién sos ahora que ya no te podés repetir que sos el que nadie valora, el que no merece ser feliz, el que no merece ganar más o vivir mejor, el que sí puede, el que es exitoso, etc.
Y tu ego vuelve a traer sus excusas favoritas basadas en sus cuatro pilares principales: los no puedo, los no tengo (lo que se necesita o no soy suficiente), los no saber (lo que se requiere o lo que nos conviene hacer/decidir) y los no debo (acorde a ideas política y culturalmente establecidas que terminan reprimiendo nuestros deseos genuinos).
El ego prefiere ser la víctima de una situación injusta para justificar huir de afrontar el miedo que le implica hacer algo distinto que no tenga ninguna garantía de éxito.
Pero también existe el miedo a nuestro poder y su inmensidad. Porque, como decía en el artículo de "mujer no te achiques más", estamos programados a limitar nuestro poder y ni siquiera nos damos cuenta. Son moderaciones tan sutiles que es un desafío poder identificarlas en el momento que aparecen. Por ejemplo, cuando tendemos a justificar nuestras decisiones a un otro por miedo a que nos juzgue o por no estar del todo convencidos de lo que estamos decidiendo, o al pensar más en no incomodar a un otro con nuestra intensidad en vez de priorizar nuestra expansión.
Y el miedo activa la tendencia a controlar que, al ser tan inconsciente, hasta justifica pequeñas manipulaciones. Lo que en algunos casos explica por qué te quedás al lado de una persona tan pasiva (evidenciando la ganancia de que siempre todo se de como vos querés y el miedo a que sea un otro el que lidere o debas consensuar más); por qué ponés límites desde la agresión o los usás como castigos (mostrando la ganancia de que vos marques el ritmo por ansiedad o miedo a no obtener la respuesta deseada del otro); por qué demandás mediante reproches, críticas o ninguneos al otro para que te cubran las necesidades afectivas en vez de pedirlas sabiendo que merecés que sean cubiertas (quizás ganando identificarte con "el sacrificado" que siempre da y nunca recibe que impulsa tu miedo a sentirte vulnerable y a sufrir otra decepción más); etc.
Como verán el tema central se desactiva cuando tomamos riesgos desde el coraje. Pero antes es clave tener un grado de autoconocimiento necesario que nos de claridad acerca de lo que son nuestros deseos genuinos para no actuar desde una carencia afectiva o la dependencia emocional. Y en este punto hasta podríamos relacionar los mitos acerca de la media naranja o la paradoja de cultivar nuestra autonomía siendo seres tan sociales, que nos jugaron siempre en contra.
Porque si no iluminamos nuestra sombra primero, aprendiéndonos de memoria cada truco de nuestro ego, podemos llegar a estar creyendo sanar nuestro merecimiento desde la motivación equivocada. Y seguir persiguiendo esa validación externa que quizás nadie te dio, o la tan ausente y necesaria famosa aprobación paterna/materna que te debían.
Valorarte como te merecés no es tu deuda pendiente. Y si lo ves de esa manera lo estás pensando desde el dolor de tu herida de desvalorización. Siempre fuiste sobradamente suficiente, valioso y merecedor de cada deseo de tu corazón; más allá de lo que un otro te lo pudo reconocer, dar o decir. Y sin importar quién fue ese otro, el tema terminó siendo también que por desvalorizarte durante años, no te creías lo suficiente merecedor para actuar potenciando tu poder y expansión y eso te llevó a conformarte moderándolo sutilmente.
Tampoco te culpes, porque el juicio solo condena y jamás resuelve. Perdonate por seguir cargando esas ideas, entendé, llorá tu dolor hasta liberarlo y date el tiempo que necesites para que tu alma te guíe a reconocer tu verdadero valor. Ese que no necesita ser visto por nadie más que vos para ser aprobado, validado, valioso e imprescindible de respetar.
Porque como ya dijimos varias veces tu valor radica en tu presencia, tu energía, tu tiempo y dedicación y no en lo que te haya salido hacer, en qué experiencias o tipos de personas la vida te traiga, ni mucho menos en tus resultados o logros. Todo eso último es extra, como un bonus o una consecuencia circunstancial. Y sólo cuando la consciencia ilumina el interior y el fondo de la profundidad (a la que a veces tanto tememos llegar) todo esto se vuelve tan evidente que parece ridículo haberlo cuestionado en algún momento pasado.
Cultivá tu amor propio, merecimiento y la capacidad de reconocer tu verdadero valor desde tu libertad de elegir por vos, para vos y más allá de todo y de todos. Date el permiso de pensarte y sentir que ya sos digno y merecedor de lo que necesitás, de lo que pulsa en tu corazón y lanzate con toda tu valentía a dar los pasos de a uno y a tu ritmo. Vas a ver que el camino detrás de esa nueva puerta era más luminoso, fluido y fácil de lo que parecía parado junto a la esfinge.
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