No importa en la situación que te encuentres, creo que todos estamos viviendo un desafío similar: El habilitarnos a disfrutar del presente, tal cual es, sin querer controlarlo ni forzarnos a cambiarlo.
Y como ya vine diciendo en muchos artículos, esto es lo que forma la base de la verdadera valoración. Porque no se puede disfrutar de lo que no vemos como valioso primero. Por lo tanto, el desafío implica entrenar nuestra mirada.
La mente se aburre, incomoda y escapa del presente. Es una especialista en encontrar patrones, relacionarlos y llevarnos de paseo por nuestros recuerdos, para imaginar escenarios futuros. Pero no sabe qué hacer ante el silencio del presente. Y como es tan eficiente, tiende a completar el vacío.
El problema radica en que nos perdemos del momento por estar distraídos con esas ideas. Porque en vez de dominar nuestra energía mental para que se enfoque en valorar mejor nuestro presente para disfrutarlo más, nos dejamos llevar por las interpretaciones mentales y sus dinámicas de estar siempre en movimiento evadiendo el aquí y ahora.
Quizás debamos analizar cuáles son los requisitos para poder disfrutar en profundidad. Porque puede ser que tengamos ciertas ideas preconcebidas de lo que es el disfrute. Y en este punto es donde nuestro enfoque suele desviarse hacia el afuera. Creemos que se disfruta lo que se tiene, lo que nos sucede, con quiénes lo compartimos, lo que nos llega o conseguimos, de la actividad que estamos haciendo, etc.
Pero ¿y si mejor disfrutamos de lo que somos?
Recuerdo haber escrito un artículo en el que hablaba precisamente de cambiar el orden y priorizar el ser, para ir haciendo desde nuestras motivaciones más genuinas e ir recibiendo por consecuencia el tener (te invito a leerlo después acá). Porque aun cuando estemos haciendo siempre lo mismo, no somos los mismos cada día. En nuestro interior se van moviendo emociones distintas, hay días que tenemos más o menos energía y voluntad, incluso podemos estar en paz o en conflicto interno, aceptando o resistiendo. Y al concentrar nuestra mirada en el afuera solemos ignorar la importancia de atendernos primero, saber entendernos para decidir mejor y valorar lo que ya somos.
Pero en ese silencio o aparente vacío del presente, que tanto aterra a nuestra mente, se encuentra la paz. Porque una gran parte nuestra sabe que no hay urgencia ni apuro. Que al despertar podemos elegir valorarlo como un día más o un día menos. Y que la actitud que decidimos tener para afrontar lo que sea, probablemente nos permita disfrutar o nos lleve a sufrir lo que experimentemos.
No es lo que hacés, sino desde dónde y para qué lo estás haciendo. El autoconocimiento o la autoobservación nos permite entender esas motivaciones internas que si no las conocemos difícilmente sepamos actuar en coherencia con ellas. Y cuando uno va en contra de algo interno el malestar es inevitable.
El tema es que muchas de esas motivaciones internas nos son inconscientes y actuamos como en piloto automático. Hacemos lo que siempre hicimos, repetimos rutinas, o ni las cuestionamos. Quizás podríamos hacer lo mismo con una mejor actitud para disfrutarlo, pero ni lo pensamos y nos movemos como estamos acostumbrados a hacerlo.
La paz del presente no puede convivir junto a nuestras ideas de que las cosas deberían ser distintas de lo que son. Por ejemplo si estás en un trabajo que no te gusta, el conflicto te lleva a sufrirlo. Y es lógico, porque no podés cambiar que no te guste. Pero ¿que tal si te permitís analizar la situación desde distintas perspectivas al llegar a casa ese día?Podrías evaluar las ventajas de ese trabajo que tanto te disgusta, lo que te permite hacer, si es posible cambiarlo por otro, si realmente no te gusta o estás aburrido de que sea siempre igual, si perdiste la motivación que te permitía disfrutarlo o te disgustó desde el principio, si no te permite compartir buenos momentos con gente que te hace sentir bien o lo contrario, quizás te está generando una red de contactos que en un futuro te permita conseguir un trabajo mejor pero al no saberlo te resistís o lo hacés de mala gana y esas personas ven que como no te gusta no te ofrecerían algo similar en otro lado mejor (o hacerlo de manera autónoma), etc.
Cualquier situación que nos genere disgusto es una verdadera oportunidad para conocernos mejor y entender qué podemos hacer para solucionar nuestro malestar. Pero si ni siquiera nos atrevemos a mirarla de frente y a desmenuzarla en profundidad, nos estaremos conformando con vivir ese disgusto cada vez que se nos presente la misma situación otra vez.
La buena noticia es que no tiene por qué ser así y es parte de una valoración más verdadera poder observar lo que nos sucede desde nuevas perspectivas. Porque puede ser que te dijiste mil veces que ese trabajo no te gustaba, pero quizás lo que no te gustaba no era eso sino el horario, el ambiente, el sueldo, las distancias, y quizás podrías estar abierto a buscar otro lugar en el que tus condiciones mejoren y aun haciendo la misma actividad puedas disfrutarla.
Por eso, si hay un conflicto en tu presente, observarlo mejor te ayuda a valorarlo distinto permitiéndote recuperar la paz. Aunque si me estás siguiendo en la reflexión, te darás cuenta de que el conflicto empieza adentro y por ende el enfoque para resolverlo tiene que dirigirse hacia tu interior primero. Y poder identificarlo más acertadamente ya te trae paz, después queda la parte de ver según tus posibilidades actuales las posibles resoluciones externas. Quizás era una cuestión de actitud o de permitirte valorar que, aun cuando no puedas o no te convenga cambiar ese trabajo que te disgusta, eso no implica que debas sufrirlo. Porque en la aceptación quizás descubras que es el medio que creaste para conseguir el dinero que te permita disfrutar de tu comida, salidas con tus hijos o incluso vacaciones. Y valorarlo desde esa óptica te ayuda a aceptarlo mejor y hasta permitirte disfrutar de sus ventajas. En definitiva, nada es completamente malo ni del todo tan bueno.
Además, la presencia tiene un poder energético mucho mayor del que nos imaginamos. Desde la paz del presente uno puede valorar la totalidad. No hay falta ni necesidades, más allá de nuestra capacidad de pensar si las habrá o no en un futuro, que siempre será incierto. Y cuando uno vibra desde el presente tal cual es, lo hace desde la abundancia. Y no sólo de la abundancia de lo que ya hay, sino también siendo consciente de que las posibilidades son infinitas. Por ejemplo si solés perderte de ver y habitar el presente con mayor consciencia, seguramente desconozcas que tenías la posibilidad de disfrutarlo en vez de dejarlo pasar. Y muchas veces en el silencio del momento es cuando se nos aparecen las mejores ideas. Quizás nazca la inspiración que creías haber perdido, se te ocurran formas más creativas de hacer lo mismo de siempre, te aparezca la solución a algo que creías imposible de resolver, o algo similar. Y no es por casualidad, sino por hacer espacio. Esas posibilidades están en tu aquí y ahora esperando que te decidas a observarlas para saber si te conviene elegirlas o descartarlas. Pero si ni siquiera estás disponible a observarlas, probablemente las dejes pasar.
¿Qué es entonces lo que nos lleva a resistirnos?
Como venía diciendo se trata de los conflictos internos o de simplemente vivir el momento presente desde un modo inconsciente o propio del modo de supervivencia. Y no podemos ignorar que todo eso se genera desde los miedos. Los mismos miedos que te llevan a pensar que lo que vendrá será cada vez peor (ignorando que el futuro siempre será incierto), o que te empujan a querer controlar que los resultados que te lleguen coincidan con tus expectativas previas. Esas resistencias y la actitud de controlar provienen de la profunda desconfianza hacia tus capacidades de afrontar cualquier desafío que la vida te ponga adelante. Por eso saber valorarnos mejor y poder evaluar más amablemente con nosotros mismos nuestro recorrido que nos hizo ser quienes somos ahora, no sólo nos da paz sino confianza.
En lo personal mil veces me encontré preocupada por situaciones que, a mi yo del pasado que realmente la pasó mal, le parecerían un chiste. Y recordar que antes pude con cosas muchísimo peores, refuerza mi autoconfianza. Por lo tanto, recomiendo siempre estar alimentando esa confianza en nuestro potencial y su desarrollo constante, más allá de cualquier resultado que podamos obtener.
Porque quizás estamos haciendo mil cosas y no vemos reflejados esos resultados afuera. Pero eso no significa que jamás llegarán, ni que hayan sido en vano toda la energía, tiempo y esfuerzo invertidos. Puede que estemos puliendo alguna destreza que en el futuro nos sirva para algo que ahora ni sepamos que necesitaremos o nos sucederá. O simplemente estemos explotando alguna virtud para perfeccionar lo que estamos creando. Y como decía antes, nos sirve de excusa para seguir disfrutando si elegimos actuar desde el disfrute. Entonces todo termina siendo ganancia y el resultado una consecuencia, como algo secundario que si llega aumenta nuestro disfrute y si no llega no nos quita lo disfrutado ni el valor de lo creado.
Para disfrutar del silencio y la paz del presente se necesita liviandad. Todas esas emociones reprimidas, miedos inconscientes o conflictos internos son cargas, como mochilas pesadas que ni registramos seguir teniendo sobre nuestras espaldas. Y cada presente nos regala la oportunidad de liberarlas. Si ponemos el foco en quiénes somos y cómo nos sentimos en el ahora, podremos encontrar más alivio del que creemos. Además, de permitirnos disfrutar cada momento aceptándolo tal cual es, en vez de resistirnos o juzgarlo.
Una vez que nos rendimos a la paz del presente y entrenamos esa capacidad de valorar lo que es y lo que hay sin estar juzgándolo de que debería ser mejor o distinto, el presente toma otro color. Se vuelve una experiencia más disponible para expandir el disfrute de estar vivo.
Quizás estamos tan distraídos pensando en nuestros deseos que nos olvidamos de apreciar como se merece el tener salud, vitalidad, un techo, comida, seres queridos, habilidades o talentos, tiempo libre, etc.
Y todo eso que ya tenemos o somos está esperando que lo reconozcamos mejor para valorarlo como se merece. No sabemos qué nos depara el mañana, pero sí estamos viendo el hoy como se nos presentó. Habitarlo a consciencia y valorarlo mejor nos da la paz de permitirnos disfrutarlo más.
Cuántas veces nos encontramos reconociendo que nuestro presente nos habrá parecido imposible desde la mirada de nuestro pasado. Quizás ni te imaginaste lo que te iba a permitir disfrutar la maternidad cuando en tu pasado ni pensabas querer tener hijos, si vivís en otro país del que naciste probablemente soñaste estar donde estás ahora mil veces, hasta incluso nuestro niño interior jamás se imaginó cómo seríamos hoy. Y de nuevo te pido que al pensarlo no te olvides de recordar que todo tiene sus pros y sus contras, y que no te sirve de nada enfocarte en lo que no sucedió en vez de lo que sí lograste.
Porque en definitiva creo que el punto es saber apreciar el tesoro del recorrido, dejando de sobrevalorar las metas. Cada paso del camino te va enriqueciendo como persona, te enseña algo, te hace descubrir nuevas cosas de vos mismo, te va preparando para ser distinto, te ayuda a expandirte y a poder sostener más de maneras más amorosas o amables. Por eso el poner el foco en lo que ya somos es tan gratificante, aun cuando seamos conscientes de nuestras capacidades de ser mucho más y mejor cada día.
Para concluir la reflexión los dejo con una pregunta: ¿Qué aspecto de tu presente merece hoy una valoración más amorosa de la que le estás dando? Si te nace, compartilo en los comentarios 👇🏻
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