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lunes, 31 de enero de 2022

¿Estás viviendo tu vida, o solo sobreviviendo?




Uno de los grandes bloqueos del Chakra Raíz (1er Chakra de los principales del canal central de la columna vertebral, ubicado en el piso pélvico aproximadamente) es vivir desde la supervivencia. Este modo se activa/mueve por el miedo, y desde dicha perspectiva, todo parece cuesta arriba. Las piernas pesan, muchas veces hasta la sangre no puede fluir con normalidad. Nuestro enraizamiento y sostén a la vida parece bloqueado o es imperceptible. Se percibe un gran agobio, sentimos desamparo. Cuesta confiar en que la vida puede favorecernos, o que esté fluyendo a nuestro mayor beneficio. Se nos dificulta reconocer: nuestras capacidades para subsistir, las opciones que puedan llegar a aparecer para asistirnos, que tengamos lo que necesitemos y podamos disfrutarlo. Dudamos lograr concretar, materializar y dar los pasos que realmente queremos o deseamos. Más allá del Chakra, y de la cuestión energética, este modo supervivencia es algo más común de lo que nos gustaría admitir. 





Hay que enfrentarse al miedo generado por la supervivencia. Nos referimos al miedo a morir. Que en realidad, no es más que el miedo a atreverse a vivir intensamente. Cuando uno acepta tenerlo y lo reinterpreta, puede hacer de él su motor para no desaprovechar nunca más ningún instante. Recién ahí, se entrega realmente a vivir aceptando la incertidumbre de la vida misma. Es una rendición a lo que es y a permitirse disfrutarlo, encontrando nuevas perspectivas. Muchas de las veces que creemos estar demasiado hundidos en el pozo del dolor o vacío, solo estamos resistiéndonos a nuestra mayor evolución. En esos instantes la entrega a sentir aquel dolor, hasta que finalice, es simplemente nuestra mejor solución. Si no llegamos a tocar fondo, no podemos ver que existía un fondo, por ende no vemos siquiera cómo salir. Algunos de los mecanismos inconscientes que retrasan nuestra recuperación son: la negación de lo que realmente nos pasa o sentimos, anestesias provisorias con las cuales intentamos callar los dolores, distracciones que nos mantienen siempre haciendo otra cosa que no sea atender o reconocer lo que nos sucede, entre otros. Al tomar consciencia de ello y decidir aceptar la situación, uno puede rendirse a sentir plenamente lo que tanto le duele. Esto no implica resignarse, ni tampoco quedarse a vivir cómodamente en el fondo del pozo, por el contrario, es simplemente dejar de resistirse a lo que pulsa desde nuestro interior. Atreverse a admitirlo con nosotros mismos y sentirlo en su totalidad. Esta entrega nos permite ver y comprobar cómo todo pasa en esta vida, aún más, los estados emocionales. Son estados, no nos gobiernan. Solo nuestras resistencias y represiones, por la incomodidad de sentirlos completamente, los agrandan al punto de sentir que nos superan. Pero cuando uno decide afrontar lo que le sucede todo vuelve a ordenarse, ya que solo buscaba llamar nuestra atención para resolverlo de una vez por todas y dejar de negar su existencia. Luego de esta rendición amorosa, vamos limpiando la perspectiva y se va abriendo un nuevo camino para mostrarnos la subida. Siempre estuvo ahí, pero necesitábamos tocar fondo para poder verlo... 


El modo supervivencia se activa desde los miedos, pero si lo afrontamos y superamos, se vuelve innecesario. Es como aprender a vivir desde cero, un renacer dirían algunos. Hay una famosa frase de Mark Twain que lo ejemplifica: "Los dos días más importantes de tu vida es el día en que naces y el día que descubres por qué". Quizás podamos reemplazar el "por qué" por "para qué". Una vida con propósito, sea cual fuere, siempre nos va a impulsar y motivar a vivirla plenamente. 


La vida está para ser vivida, no para atravesarla esperando no morir en los intentos. Claro que riesgos va a haber y miedo también, ya que es una emoción que busca preservar la vida y que la cuidemos sin exponernos a arriesgarla. Solo recordemos tener la opción de afrontar y sentirla como cualquier otra emoción, no es necesario hacer del miedo nuestro estilo de vida. Vuelvo a aclarar que son elecciones, pero al menos tengamos presente que hay otras opciones, antes de quedarnos con la que más conocemos. 


Tantas cosas hacemos por y desde el miedo llegándolo a naturalizar sin darnos cuenta. En el artículo anterior hablábamos de ello. Vamos callando opiniones por miedo al qué dirán, vistiéndonos a la moda (por más que no sea algo cómodo o de nuestro agrado) por miedo a no destacar, perdiendo autenticidad por miedo a ser diferentes, hasta siguiendo profesiones por miedo a decepcionar a quienes esperan algo distinto a lo que queremos, matando sueños por miedo a no lograr cumplirlos, adaptándonos a cualquier cosa por miedo a crear algo nuevo o cambiar lo conocido, o a quedarnos solos, etc., etc. 


Desde la supervivencia y los miedos se nos van reduciendo las opciones. Vamos viendo más limitaciones que posibilidades. Opuesto sería darnos cuenta de estar creando esa vida al elegir vivirla desde el miedo, pero sabiéndonos capaces de crear algo distinto desde la confianza. 


Ser consciente de elegir y atreverse a confiar es acorde a cualidades de la misma vida: creación, creatividad, enraizamiento, sostén en nuestros propios recursos internos siempre disponibles en cualquier contexto, confianza en nosotros y en la vida misma que ya somos, cooperación en armonía con el entorno y con los demás, etc. 


Nos puede servir pensarnos energéticamente como una planta o un árbol. La profundidad de las raíces permite un mayor crecimiento en altura. De la misma tierra que siempre la sostiene, toma sus nutrientes y la fuerza para crecer en cada etapa. Se nutre también de la luz del sol para crear su propio alimento. Va floreciendo una vez que se colma de lo necesario, para luego brindar sus frutos desde el servicio a la vida misma. En la semilla que fue al principio, contenía toda la información y recursos necesarios para florecer al máximo de sus potencialidades. Solo debía concentrarse en ponerse como prioridad para desarrollarlo en cada etapa. Si los ciclos son atravesados con naturalidad y sabiduría, la planta o árbol llega a lograr soportar condiciones climáticas extremas y hasta adaptarse cambiando su inclinación según le convenga más. Cada árbol sabe qué frutos tiene para dar y no intenta dar otros que no sean los propios, no le encontraría sentido alguno a ello. Así como también sabe dónde crecer y dónde no es tierra fértil según el tipo de planta que es. No podemos negar la sabiduría y belleza de lo simple y natural. Somos esa misma naturaleza, por más que nos olvidemos. 


Cuando nuestro cuerpo levanta fiebre o quema calorías seríamos como ese fuego que vemos arder en las sequías. Nuestros líquidos y fluidos son como los mares y ríos. Nuestra tierra es nuestro mismo cuerpo con su materialidad y sostén. El aire que respiramos, en perfecta comunión con la atmósfera, recorre nuestro sistema respiratorio y hasta el oxígeno nuestra sangre. Y así podríamos seguir enumerando. No necesitamos tantos ejemplos; toda forma de vida pertenece al equilibrio natural, por ende también, contiene la sabiduría intrínseca a dicho orden. Va mucho más allá de que seamos capaces de reconocerlo, de lo que hagamos con ello y hasta de que decidamos ir en contra de todo esto. Vamos a seguir siendo naturaleza y una expresión más de vida, hasta nuestro último día en esta existencia. 


Recordarlo puede aliviar mucho ese peso de creer que estamos sobreviviendo. La vida se abre paso de infinitas formas y hasta raíces rompen el asfalto en las calles. No es tan frágil como solemos pensarla muchas veces, y nosotros tampoco lo somos. 


La capacidad de crear es innegable. Creamos pensamientos, obras, vínculos, emociones, sentimientos, sistemas, artefactos, artesanías y millones de cosas más a cada instante. Utilicemos ese fuego creativo para evolucionar en modos más agradables de vivir. Disfrutemos de nuestra capacidad creadora, aportando nuestros frutos como esos árboles. Recordemos que primero se deben nutrir y fortalecer ellos mismos para luego ofrecer sus frutos, podríamos hacer de ello una analogía con el amor propio. Si no nos amamos primero y descubrimos que es lo mejor que tenemos para ofrecer a la vida, no podremos desarrollarlo lo suficiente como para florecer a nuestra mayor capacidad. Si no lo tenemos en cuenta, daríamos a otros los nutrientes que necesitamos para cumplir con nuestro propósito más elevado. Cuando uno se colma primero de ese amor propio y se atiende; lo que luego da es más genuino, desinteresado y verdadero. Claro que son opciones y cada uno es libre de elegir cómo quiere vivir su vida. Solo recordemos que mientras estemos respirando, siempre tendremos toda esa información y los recursos necesarios en nuestro interior; tal cual la semilla de cualquier planta que podamos observar en nuestro entorno. 


Quizás al florecer, podamos celebrar el segundo nacimiento que nombraba Mark Twain.







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lunes, 17 de enero de 2022

¿Te mueves por miedo, o por amor?





Como tantas otras dualidades de esta vida, las motivaciones internas por las cuales nos movemos (o actuamos) no escapan a ser analizadas desde dos pilares: miedo y amor. 


No es que haya uno bueno y otro malo, si así lo pensáramos volveríamos a caer en esa dualidad. Simplemente son opciones, aunque podemos ver una más agradable de vivir que la otra. Llegamos al punto entonces de tener que aclarar que vivir sin miedo, también sería contraproducente. El miedo busca preservarnos la vida, evitar exponernos a peligros, o posibles daños. Es una de tantas emociones más, quizás entender que toda emoción tiene su propósito o sentido positivo intrínseco, podría ayudarnos a asimilarlo mejor. Así como tienen su objetivo, algunas emociones son tan dolorosas o difíciles de sentir, que muchas veces nos cuesta entender o llegar a encontrar siquiera ese propósito. Un buen camino para poder transitar mejor esas emociones más incómodas, podría ser verlas en mayor profundidad o desde nuevas perspectivas. Debemos recordar que solo son estados y que así como vienen abruptamente, deberían poder terminar en algún instante del mismo modo. El problema radica que al no comprender, o tener tan presente este aspecto de principio y fin de cada emoción, solemos dejarnos tomar completamente por alguna de ellas. Si hacemos esto, vamos a pensar y actuar desde la emoción; en vez de sentirla y transitarla más desapegadamente. Hacemos de ella una motivación interna desde dónde pensar, actuar y hasta nos llegamos a identificar tanto con ella, que nos definimos por un simple estado emocional (soy miedosa por ejemplo). En estos casos, debemos recordar que somos mucho más que aquel estado que sentimos en un momento determinado de nuestra vida. También que somos los que decidimos desde dónde pensar y actuar en esos momentos. Muchas veces la verdadera complicación surge cuando olvidamos esto y de forma inconsciente permitimos que una emoción nos domine completamente, en vez de ser nosotros los que recordemos estar en control sobre ella. Fuimos quienes la generamos en primer instancia, es imposible que nos supere; a menos que lo permitamos al identificarnos tanto con ella, o la creamos superior. 


Vivimos en ciertos contextos y entornos que suelen criarnos, informarnos, educarnos y hasta exigirnos comportar desde el miedo. No podemos obviar este aspecto, antes de ponernos a analizar nuestras verdaderas motivaciones internas desde dónde actuamos día a día. Si te criaron padres que te dijeron cómo comportarte y cuando no cumplías con esas normas recibías un castigo, reto o similar; entonces aprendiste a actuar por obligación, exigencias de otros y miedo a sus reacciones en caso de no cumplir con sus expectativas. No queremos polemizar sobre si estas son (o no) las mejores formas de crianza o educación, ya que eso pasa por criterios personales y la libertad de cada padre de elegir los que considere mejores según sus valores personales. Solo lo nombramos para traer luz de hasta dónde estos modelos de crianza nos marcaron psicoemocionalmente y posiblemente sean los que estemos reforzando o repitiendo de forma inconsciente, impidiéndonos sentir mejor en la vida adulta. A veces sirve pensarlos como programas que nos quedaron grabados inconscientemente, desde los cuales solemos actuar sin siquiera darnos cuenta. 


Es por ello que en el crecimiento personal vas a encontrar tantas personas hablando de reprogramar o biodescodificar la mente inconsciente. Ahora, continuaremos indagando en lo que realmente implica este marco con respecto al miedo. 


Miedos hay miles, podemos sentir y actuar por miedo al rechazo, a la humillación, al abandono, a ser injustamente tratados, a no ser debidamente reconocidos, a no obtener aprobación, a quedarnos solos, a que nos separen de nuestros grupos de pertenencia, a que una parte con la cual nos identificamos no se pueda sostener, al cambio, a la muerte, a sufrir, a quedar expuestos o sentirnos vulnerables, a no poder, a no tener, a perder, a no saber, a equivocarnos, a no ser suficientes, a no merecer, a enfermarse, a confrontar, a defraudar a otros, a ser culpables, a mostrar algo demasiado genuino o íntimo, a no confiar, a no sentirse seguro, a ser humillados, etc., etc. 


En realidad el miedo principal de base, que dispara otros, es el miedo a morir, o a no sobrevivir. Los demás son cadenas de deducciones mentales que si desenredamos nos van a llevar siempre a este miedo madre. La falta de consciencia o negación constante a asumir tener miedo a morir, nos lleva a crear miles de falsas seguridades tales como: “solo va a pasarme de viejo y falta mucho para eso”. Este miedo a la incertidumbre no es natural, de hecho va en contra de lo esencial de la vida. No hay garantías, ni saberes o certezas absolutas, la vida siempre es incierta. Solo sabemos que siempre está en movimiento y cambio, pero no podemos predecir cuáles van a ser los que sucedan y cómo eso va a afectarnos. Así que cuanto más aceptemos la incertidumbre intrínseca a la vida, mejor vamos a poder lidiar con ella, sin que nos lleve a vivir desde la negación o a crearnos ideas falsas. 


Muchos de los miedos, derivados del principal a morir, provienen de una autoimagen y autoestima correspondiente, demasiado pobre de nosotros mismos. Hay que tener siempre presente que esa idea que nos hicimos sobre quienes somos, y su consecuente autovaloración, no son aspectos definitivos ni absolutos. Siempre estamos a tiempo de poder cambiarlos, solo requiere de voluntad, o la simple decisión de redefinirlos. Seguramente, las fuimos construyendo en función al entorno de nuestra infancia y de más grande los reforzamos de formas conscientes e inconscientes. Por eso comprender de dónde tomamos esas ideas, que creemos tan absolutas e incambiables, puede sernos de gran ayuda. Simplemente muchas de ellas, ni siquiera nos tomamos el tiempo de cuestionarlas. ¿Cuántas personas crecieron recibiendo mensajes como "no sos inteligente" o "sos tonto" y nunca los cuestionaron? Quizás eran aquellos hijos que requerían mayor capacidad de comprensión o desafío por parte de los padres, pero éstos cansados por sus rutinas (fastidiados de quizás estar inconformes con su vida, o algo similar), le decían así al niño que no cumplía a la primera con alguna exigencia. Ni hablar de si era un niño más creativo que el resto de sus hermanos, por ejemplo: no era comprendido que pudiera procesar la información, o a actuar de formas más originales, que no eran las esperadas seguramente. Muchas veces estos casos, en realidad le ocurren a un niño incluso más inteligente que su entorno y al no ser comprendido como tal; recibe el mensaje contrario. Luego, de adulto, se lo vive repitiendo cada vez que actúa diferente a los demás que lo rodean. No es hasta que lo puede evaluar y cuestionar realmente, que deja de causarle un sinfín de experiencias verdaderamente dolorosas. 


Más allá de cualquier ejemplo, todos estamos llenos de estas historias; siendo algo totalmente esperable en relación a la forma en la que crecimos. En las etapas en las cuales no podíamos valernos por nosotros mismos todavía, dependíamos de ese adulto referente que nos fue moldeando nuestra forma de pensar la vida y de pensarnos a nosotros mismos. Por esto es necesario en algún momento de nuestra maduración psicoemocional cuestionar, revisar y hasta reprogramar esas ideas que se grabaron en nuestro inconsciente. Podemos verlo como ese tan necesario autoconocimiento. Hay que plantearse qué hay de cierto en esas historias que nos vivimos repitiendo y qué tomamos de otros, sin ni siquiera pensarlo primero. Muchas de esas historias pudieron ser hasta proyecciones de aquellos adultos referentes que depositaban en los niños, también haciéndolo de forma inconsciente, porque ellos a su vez quizás no reprogramaron sus propias historias con las que fueron criados. Esto es muy fácil de identificar en aquellos padres, que justificados desde querer hacerle un bien a su hijo, hasta pueden llegar a influir en su futuro profesional. Quizás proyectan sus propios deseos frustrados y desde pequeños los van llevando a que hagan todo lo que a ellos les hubiera gustado hacer y nunca pudieron. Cuántas madres llevan a ballet desde bien pequeñas a sus hijas por esto. De nuevo, aclaro que no es mi intención juzgar a nadie ni cuestionar los criterios de crianza, solamente lo describo para que podamos ver que hay una cierta etapa en la cual el niño se impregna de muchas tendencias e ideas que no le pertenecen (o que hasta pueden ir en contra de su propia naturaleza). Y todo esto sucede casi sin darnos cuenta. 


El autoconocimiento es el camino que nos va llevando a desglosar todas esas historias y a repensar si realmente somos quienes nos decimos/creemos ser, o simplemente no nos conocemos tan en profundidad. Nos permite cuestionar, reprogramar, redefinir nuestra autoimagen para sanar ese autoestima o autovaloración. 


El poder personal se vuelve nuestro mayor recurso en estos procesos... 


Siempre, sin excepción, tenemos la libertad de decidir. Decidir a quiénes escuchamos, con qué actitud afrontamos cualquier situación (hasta nuestra propia muerte cuando nos suceda), decidir las motivaciones internas desde dónde actuar, las ideas que queremos alimentar y cuáles descartar, decidir pensar por nosotros mismos, de forma más coherente con nuestros verdaderos pulsos internos y no desde exigencias ajenas, decidir qué hacer con lo que nos sucede, con lo que sentimos, etc. 


Ahora llegamos al núcleo de la cuestión. Cuando actuamos, ¿desde dónde lo estamos haciendo? ¿Desde ideas impulsadas por esos innumerables miedos que tenemos, o desde ideas de amor propio y autenticidad para con nuestros valores personales? ¿Quién decide realmente si actuamos desde el miedo a posibles escenarios futuros? ¿Estoy decidiendo yo, o la personalidad distorsionada que tengo de mí mismo? ¿Conozco realmente mis valores personales, o sigo los de mis entornos? ¿Actúo por lo que realmente quiero, o para complacer a otros? ¿Estoy de acuerdo con lo que sucede, o ni siquiera me lo cuestiono antes de tomar una decisión al respecto? ¿Me corresponde actuar a mí, o ese asunto ni es mi responsabilidad y estoy queriendo influir en las decisiones de otros, o queriendo cambiarlos para que actúen como yo creo que deberían? ¿Estoy siendo verdaderamente honesto con lo que quiero? ¿Soy coherente para actuar según lo que quiero? ¿Estoy postergando lo que quiero por no confrontar (al comunicar alguna decisión que haya tomado) a mi entorno? ¿Decido yo, o dejo que decidan por mí? ¿Puedo sostener mis decisiones ante reacciones de rechazo a ellas por parte de mi entorno? ¿Decido desde lo que otros puedan llegar a opinar, o desde lo que realmente yo considero mejor? ¿Hago lo que hace la mayoría o pienso primero por mí mismo? etc., etc... 


Veamos un ejemplo: Las veces que no nos animamos a decir que "no" a alguien, por miedo al conflicto o a una posible reacción negativa, estamos priorizando a un otro por sobre nuestro deseo o necesidad propia. Si esto suele repetirse con frecuencia en ese vínculo, va a llegar un momento en el cual el fastidio por no hacer lo que realmente queremos (o de dejar de hacer algo que no queremos) nos va a pasar factura. Puede salir a modo de estallido de furia contra ese otro, que seguramente no comprenda la sobredimensión de nuestra reacción cuando esto suceda. No llegaríamos a ello si hubiéramos enfrentado ese miedo y atravesado, por más que nos cueste, la incomodidad de decir que "no" en la primera instancia. 


En nuestro ejemplo, estaríamos actuando motivados por el o los miedos. En cambio, si en el mismo caso actuáramos motivados desde el amor, el resultado sería distinto. 


Antes de pasar a detallarlo, necesitamos detenernos a analizar el concepto que tenemos de amor. Esto es muy personal, pero podemos llegar a establecer criterios comunes, tales como que el amor implica respeto. Que parte de una aceptación o validación de uno mismo (sus deseos, necesidades, hasta su aspecto físico actual) y hacia un otro, que es libre de ser como decida. 


Si actuáramos desde el amor, podríamos ser honestos de comunicar al otro nuestra respuesta negativa sin culpas. No solo por autenticidad, sino también por aceptación y respeto a nuestro sentir. Recién ahí, también desde el amor, podríamos sostener nuestra decisión ante la reacción del otro (que no podemos predecir). En caso de que reaccione enojándose con nosotros por nuestra respuesta, al haber actuado por decisión propia en vez de impulsado a complacer o confrontar a un otro, la firmeza de sostener nuestra decisión nos la otorga esa seguridad. El ser fiel a un sentir propio, habiéndolo comunicado con respeto. Luego, el saber que la reacción de un otro es su asunto. No nos corresponde hacernos cargo de lo que otro haga, sienta o piense. Puede que hayamos atravesado cierta incomodidad al tener que comunicarle la respuesta, pero la decisión de hacerlo a pesar de ello, también nos proporciona más firmeza para sostenerla. En el caso que nuestro ejemplo se trate de poner un límite de forma asertiva, hasta estaríamos comunicando qué es lo que permitimos y lo que no estamos dispuestos a tolerar en nuestros vínculos. A veces cuando cambiamos la dinámica de una relación que no estaba acostumbrada a que pongamos límites, el otro puede resistirse y es allí cuando nuestra fortaleza permite que sostengamos nuestra decisión. Hasta podríamos, con ello, mostrarle a un otro que se puede vincularse desde el amor y el respeto a uno mismo y a los demás. Haríamos un cambio positivo en la dinámica con ese vínculo, informando las nuevas reglas. 


Claro que la decisión siempre es nuestra. Recordemos que siempre tenemos esa libertad y poder personal de decisión, más allá de cualquier contexto, vínculo o entorno. A veces, nos olvidamos que siempre estamos decidiendo y permitimos que otros lo hagan por nosotros, casi sin darnos cuenta. Esto suele llevarnos a sentir una impotencia tal, que hasta nos lleguemos a justificar con miles de excusas desde el miedo tales como "no puedo hacer otra cosa". ¿Cuál es la ganancia de andar cediendo así nuestro poder personal a los demás? Seguramente será que cuando algo resulte desfavorable, podremos echarle la culpa a quien decidió por nosotros. También a que sean otros los que se encarguen de nosotros, en vez de tomar esa responsabilidad. 


Volvemos a repetir que son opciones, cada uno será libre de decidir la que prefiera. Al menos en mi experiencia, al cuestionarme mis motivaciones internas para descubrir desde dónde estoy actuando, encuentro mucha satisfacción. Es que cuando uno actúa por amor tiene la consciencia tranquila, más allá de cualquier resultado. Sabe que se actuó por una intención genuina, coherente y hasta noble en algunos casos. Luego, puede ir aprendiendo en la experiencia qué le resulta mejor o cómo comunicar más claramente sus decisiones. Muchas veces también podemos ver que lo que se da con amor, se recibe con amor. Pero ojo, bastantes otras no. Y eso dependerá de la responsabilidad de los demás. 


La mayoría de contextos de limitaciones, solo se sostienen por gente que no se anima a enfrentar sus miedos. Por desconocer nuestra libertad y poder de decisión, siempre disponible en cualquier contexto o instancia. Solo nos puede dañar lo que creamos cierto, alimentemos y permitamos que nos dañe. Al actuar desde el miedo es lo que estamos nutriendo, y por ende, generando afuera. Seguramente, nos vuelvan más motivos para seguir temiendo. Si bien los casos son muy variados, sabemos que no son experiencias agradables de transitar... Siempre es bueno recordar, que estamos eligiendo. Nuestra responsabilidad y poder personal se vuelven las mejores herramientas aliadas o recursos (siempre disponibles) para cualquier contexto.







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