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jueves, 31 de marzo de 2022

Invertir nuestros juicios a recursos u oportunidades




Ya hemos hablado de la cantidad de juicios que hacemos constantemente a las personas, circunstancias, entornos y demás. Nuestra mente pareciera tomar el ejercicio de juzgar como su juego predilecto. Todo el tiempo nos encontramos opinando, incluso desde esos juicios. Cuando alguien nos cuenta algo solemos decirle casi en automático: "¡Que bien!" o "¡Que mal!". Sabemos que cada vínculo, actividad, situación y hasta contexto tiene tanto su parte buena, como su parte mala a la vez. Es un mundo dual si nos quedamos mirando la vida desde esos conceptos mentales. Por eso hablábamos en otro artículo sobre cómo los filtros mentales nos limitan de vivir más completa y plenamente a diario. Solemos siempre dar la misma solución: integrar las dualidades. Hoy vamos a hablar de cómo usar esos juicios a nuestro favor, para poder hacer esa integración. Recordemos que todo es una oportunidad. 


Cada actitud que nos molesta de un otro puede derivar en un juicio para descalificarlo, pero esa persona también nos ofrece aprender algo. Solemos rechazarlo a primer instancia y nos perdemos de la oportunidad de crecer integrando algo nuevo, hasta superador, gracias a esas molestias y a nuestros juicios. El ejemplo más claro lo encontramos con la Envidia. Cuando envidiamos a otro, por tener algo que nosotros creemos querer y no tenemos, solemos juzgarlo para rechazar esa incomodidad de sentirnos menos o esa insatisfacción de no tener aquello que tanto nos gustaría. Si es el caso de alguien que recibe mucha plata de repente, podemos llegar a decir algo como "en algo raro estará metido para ganar tanto de repente" o "vamos a ver en cuánto se la despilfarra", etc. ¿Qué podríamos aprender o integrar de la envidia? Antes que nada, el reconocimiento de un deseo propio por tener eso que el otro nos muestra. Muchas veces ese deseo no es tan evidente para nosotros mismos y puede estar reprimido, o ser algo difícil de reconocernos a nivel personal, por contradecir nuestros valores/principios. Por más distraídos que nos hagamos, para con ese deseo que nos cuesta admitir tener, viene un otro que nos lo muestra y ese enojo/fastidio/celo nos permite hacer un acto de honestidad con nosotros mismos. Esto siempre nos va a ser algo positivo y de crecimiento, no solo por sacar de la represión un pensamiento tan importante para nosotros, sino también por posibilitarnos hacernos cargo de ese deseo y permitirnos validarlo para cumplirlo; en vez de mentirnos nuevamente. Si lo que envidiamos es un objeto y nos permitimos reconocerlo (en vez de disfrazar nuestra envidia por sentirnos mal al tenerla), podremos pensar de qué formas conseguir nosotros eso que tanto queremos en este presente. Si no nos es posible podemos también preguntarnos: ¿qué buscamos realmente, o para qué creemos necesitar tanto ese objeto? Tal cual lo contábamos en nuestra anterior publicación: hacernos dicha pregunta nos abre el verdadero camino a lograr lo que realmente queremos; o a buscar en este presente lo que pensamos que ese objeto nos puede brindar en un futuro. Si lo que envidiamos es una cualidad o talento, aceptar esa envidia nos permite pensar en nuestros propios talentos o cualidades a desarrollar, si lo estamos o no haciendo, qué podríamos hacer para encontrarlos y desarrollarlos más; hasta ponernos en acción dando algún nuevo paso. Ante la molestia tenemos dos opciones: la rechazamos para seguir reprimiendo esa emoción, o la reconocemos para atenderla como nuestra oportunidad de crecer con lo que nos pasa. Si la rechazamos solo postergamos una molestia que va a volver a salir en otro contexto más adelante, y cuánto menos la reconozcamos, más la agrandaremos aumentando nuestro fastidio o frustración. Lo que resistimos persiste, lo que aceptamos nos transforma. 


¿Cuál es el gran freno que nos ponemos para aceptar lo que nos incomoda? Otro juicio: el de que está mal sentirnos así. Eso también es lo que agranda aún más el malestar interno. No solo nos molesta lo que un otro nos refleja que nos cuesta aceptar, sino que nos molesta también (y a veces aún más) lo que sentimos ante esta situación. Juzgamos (en el caso del ejemplo) sentir envidia, hasta nos da culpa y así tapamos nuestro sentir, evadiendo la responsabilidad de enfrentar aquella molestia. ¿Cuál es la ganancia de hacer esto? (porque siempre suele haber una ganancia detrás) no movernos. Quedarnos en el papel de ser aquel que nunca tiene lo que quiere y es el pobre víctima de una vida injusta que se lo regala a todos los demás menos a él. Desde el victimismo evadimos y desaprovechamos la oportunidad de tomar responsabilidad para solucionar lo que tanto nos duele. Solo lo agrandamos. Si bien son opciones sepamos que lo hacemos, para saber que también podemos hacerlo distinto. Todo dependerá de cuántas ganas tengamos de lograr lo que tanto queremos y nuestra voluntad de decidir hacerlo. 


Cuando aceptamos reconocer la molestia podemos admitirnos el juicio que le hicimos a esa otra persona o situación, por lo tanto podemos saber qué cambios realizar para solucionar nuestro malestar. Si por ejemplo, nos molesta que un otro siempre esté decidiendo por nosotros, podremos llegar desde el enojo a juzgarlo como agresor, autoritario, invasivo o malvado. Si nos reconocemos en esta situación, habría que preguntarse ¿Qué me está enseñando, o qué puedo aprender de esa persona con esa actitud? Probablemente podamos aprender a tomar responsabilidad sobre nuestro poder personal para decidir por nosotros mismos, en vez de cederle a ese otro nuestro lugar para después quejarnos. El exceso de su conducta nos da la pista de lo que no estamos haciendo nosotros y podemos llegar a integrar. La clave va a estar en nuestra capacidad de detectar esa molestia, el juicio y trascenderlo para transformarlo en nuestro nuevo aprendizaje. Sigamos con otro ejemplo: si lo que nos molesta es una persona que juzgamos de egoísta por no preocuparse demasiado por lo que sucede a su alrededor, podemos preguntarnos al menos si no estamos demasiado encima de los demás y solemos tomar responsabilidades que no nos corresponden. Quizás nos muestra que podemos relajarnos más, para solo hacernos responsables de nuestra vida o lugar, dejando a los demás que lidien con sus decisiones y sus consecuencias. Nos puede recordar la libertad de cada uno de decidir sobre su vida y hasta hacernos cargo de nuestra soberbia que nos lleva a estar midiendo a los demás sin conocer sus razones, creyéndonos mejores. Nos muestra que quizás solemos estar más enfocados en lo que los otros hacen o no, para evadir atender lo que nosotros estamos haciendo con nuestra vida. Una persona satisfecha, plena o feliz no se mete con las demás. 


Es claro que esos juicios que le hacemos a otros (o a las circunstancias) tienen más que ver con nuestras proyecciones inconscientes, que con lo que realmente nos muestra lo externo. Todo juicio es una idea. Así como podemos tener otras ideas concentrándonos en otros aspectos de lo que nos están mostrando; nuestra tendencia a elegir un juicio negativo, habla más de nosotros que de lo que realmente sucede. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo entonces? Porque esos pensamientos o verdaderos deseos suelen estar reprimidos o sernos inconscientes. Desconocemos tenerlos. Como decíamos antes, muchas veces admitirlos nos lleva a sentirnos mal para con nuestros valores personales. Ser soberbio o envidioso también es motivo de hacernos otro juicio más, para seguir manteniendo todo eso en represión a través de la culpa o hasta la vergüenza de admitirlo. En realidad, es la causa por la que lo reprimimos en primer lugar. La molestia, celo o enojo nos muestra que estamos reprimiendo algo por juzgarlo de negativo de sentir o pensar. Si lo admitimos lo podemos transformar. Reconocerlo es el primer paso, no juzgarlo de nuevo es el segundo. Luego, podremos decidir qué acciones o decisiones tomar para solucionarlo realmente en nuestro presente y para con nosotros mismos. Podemos usar de guías o hasta de motores estas emociones para entendernos mejor. Para reconocernos realmente qué queremos y dejar de postergarlo. Usar la fuerza del enojo como la firmeza necesaria para hacer un cambio o poner un límite. Y también para dejar de ver "enemigos" donde no los hay, porque ese juicio al invertirlo se nos vuelve la solución que más necesitamos en ese momento para con nuestra vida. 


Es interesante como podemos reinterpretar aquello que tanto nos duele para verlo como nuestro potencial crecimiento. Solo requiere que afrontemos las incomodidades, un sinceramiento para con nuestro sentir y que nos hagamos cargo de lo que nos sucede. Es sabernos responsables o tomar responsabilidad, en vez de pensarnos como víctimas. La palabra responsabilidad nos habla de la habilidad de saber responder. Es saber responder diferente a lo que veníamos haciendo. Es hacernos cargo de nuestros juicios y estados emocionales. A muchos no les gusta tanto esta palabra, pero seguramente será porque desconocen la enorme ganancia que les aporta. También puede que la sientan pesada por las culpas y miedos sin atender. Pero sin reconocimiento, aceptación y sinceridad con lo que nos pasa, no hay crecimiento. Dejamos que un contexto o un otro determine nuestro estado emocional, le cedemos nuestro poder personal al no hacernos cargo nosotros primero. La única ganancia de esto es que, si algo no sucede como nos gustaría, podremos siempre culpabilizar a un otro o a la circunstancia, en vez de a nosotros mismos. ¿Hasta qué punto es verdadera ganancia si no estás decidiendo realmente por vos en tu vida? Dependés de lo que otros creen correcto, de estar siempre en su contra, de complacerlos, de no confrontarlos o actitudes similares, para sentirte bien o no. Cuando en realidad podes sentirte bien ahora, retomando la capacidad de ser solo vos quien decida en tu vida. Es como tener un camino con un cartel que te indica que atravesándolo cumplirás tus deseos, pero vos elijas ir por otro. Son decisiones, como decíamos antes, pero seamos conscientes de que seguramente las tomemos por miedos a realmente cumplir lo que queremos, a arriesgarnos, o por sentirnos culpables y no merecedores de estar bien. 


Volviendo al tema central, los juicios que hagamos nos abren las puertas a descubrirnos mucho más. Si estamos dispuestos a mirar adentro, podremos ver los recursos que tenemos y aprovechar estos juicios como nuestras verdaderas oportunidades. Cuando no sepamos invertir esos pensamientos, porque nos cueste ver qué nos puede enseñar un otro que creemos que nos lastima tanto; al menos siempre podemos admitir lo que pensamos de esa persona. Ese es un primer paso. Luego buscando con nosotros, podemos pensar si eso que nos muestran lo hacemos nosotros y si no nos vendría bien hacerlo, aunque sea en otro grado o de otra forma. Es así que podemos ver que quien te agrede te enseña a saber defenderte sin agredirlo tampoco. Tengamos presente que invertir nuestros pensamientos sobre lo que siempre nos sentimos tan víctimas puede no sernos algo tan fácil al principio, pero mejoraremos en la práctica. Cabe aclarar también que, con todo este análisis no buscamos justificar a aquellos que puedan dañar a otros ni minimizar esas cuestiones, solo nos enfocamos en nuestra única responsabilidad al respecto. Atender lo que nos pasa a nosotros es nuestra prioridad, ya que de las consecuencias de los actos que otros realicen no somos nosotros los responsables. Solo somos responsables de nosotros mismos, nuestro accionar, pensar, sentir y de las consecuencias de lo que causemos. Siempre podemos decidir qué hacer con lo que nos llega de otros y éstas reflexiones sobre lo que podamos interpretar son con nosotros mismos, no con los demás. Por ejemplo si alguien te agrede, te defendés y luego con vos mismo reflexionas por qué soles vivir situaciones de agresión. Podés descubrir que al no saber poner un límite a tiempo (o asertivamente), estás permitiendo esa agresión y te vendría bien tomar el ejemplo de firmeza de esa otra persona para sostener el límite la próxima vez que algo así te suceda. 


Otra gran oportunidad es la de poder reinterpretar la relación con nuestros padres. Aceptarlos, reconciliarnos y hacer las paces con ellos (estén vivos, ausentes o no) nos permite integrarlos y sanar la primera de todas nuestras relaciones. Este aspecto es fundamental para el camino de hacerse completamente responsable de uno mismo. Muchas veces estas implicancias también nos son inconscientes. No solemos darnos cuenta hasta dónde nos afecta no estar en paz con nuestros progenitores. Veamos un poco estas cuestiones para saber la importancia de integrarla también y más desde los juicios que hayamos hecho sobre su forma de criarnos o relacionarnos con ellos. 


Nuestros padres son el primer contacto con este mundo y nuestro primer vínculo. Dejan una huella inconsciente y hasta arquetípica sobre modelos de autoridad, cuidado, providencia, responsabilidad, tolerancia a la frustración, formas de dar expresar y recibir cariño, etc. Nos nutrimos de ellos y su forma de ser, de criarnos y de vincularse para con nosotros. Aún cuando alguno de ellos haya estado ausente. Esa ausencia también nos es arquetípica. Solemos relacionarnos de adultos con otros, muchas veces movidos o condicionados por esos modelos recibidos en la infancia. No es de extrañar, que alguien con ausencia paterna o materna busque modelos de referencia en otros adultos, aunque ellos sean algún entrenador físico, abuelos o hasta padres de un amigo. Muchas otras veces, nos vemos buscando o actuando desde esos modelos en las parejas que formamos de adultos. En otros casos las ausencias de alguno de los padres no son físicas, pero sí emocionales. Tener padres ausentes emocionalmente hablando afecta profundamente a nuestro autoestima, autopercepción, autoconfianza, comprensión a nosotros y a los demás, al desarrollo de nuestras habilidades sociales, no saber poner o respetar límites personales, etc. Tener padres sobreprotectores o demasiado controladores nos hace crecer llenos de inseguridades para con nosotros mismos, miedos constantes, baja autoestima y nunca sentirse suficiente, pobre concepto sobre nuestras capacidades o sobre nuestro potencial de hacernos responsables de nosotros mismos de forma independiente y sana, etc. Implicancias hay muchas, solo podemos dar un pantallazo general para que cada uno se sienta disparado a reflexionar consigo mismo qué relación tuvo con sus padres y si está verdaderamente en paz con ellos. 


La reconciliación con nuestros padres que les propongo no es necesariamente para expresárselas a ellos o tomar alguna acción concreta. Es solo una reconciliación para con nosotros mismos y para con esas huellas psicoemocionales que pudieran habernos dejado de forma inconsciente. No implica que lo hablemos con ellos, o que siempre debamos obligarnos a quererlos. Como todo vínculo se construye, implica de dos partes para ir haciéndolo. No tenemos obligación para con ellos solo por ser nuestros padres, si surge y podemos llevarnos bien mejor. Pero no es imprescindible para lograr estar en paz con ellos internamente. Algunos quizás, ni los hayan conocido y otros quizás ya ni estén vivos. Pero en todos los casos, esos modelos arquetípicos de cómo fueron nuestros padres y su relación con ellos, siempre están en nuestro inconsciente, por eso tienen tantas implicancias. Es esa parte interna nuestra la que proponemos reinterpretar, atender y pacificar. Al hacerlo, hasta estaríamos mejorando nosotros como padres, si tenemos hijos, ya que dejaríamos de repetir muchas de sus conductas de forma inconsciente. ¿Cuántas veces se encontraron repitiendo a sus hijos las mismas frases que les decían sus padres? Volvemos a ver que nos atraviesa un montón de aspectos de nuestra vida actual aquella primera relación. 


Desde lo que planteábamos al principio del artículo, podemos concentrarnos en qué aspectos más nos molestaban de nuestros padres o de la relación que tuvimos con ellos. ¿Qué juicios negativos les estamos haciendo? ¿Qué emociones nos pulsan al pensar en ellos o en estos aspectos? ¿Podemos realmente rescatar los aprendizajes, o hay cualidades de ellos que nos cuesta aceptar y comprender desde la compasión? La reconciliación abordada desde este enfoque, nos propone hacernos cargo de lo que sentimos con honestidad sin juzgarnos por sentir o pensar eso, pero buscando invertir esos pensamientos por los que nos muestren lo positivo o el aprendizaje que podamos rescatar de sentir o pensar eso. Por ejemplo, si sentimos un abandono podemos evaluar en qué nos estamos abandonando en este presente, ¿realmente nos valoramos y priorizamos para atendernos como merecemos? ¿No habremos desarrollado conductas de sobreprotección, o de hacernos cargo de cuidar a todos los que nos rodean y esa ausencia nos puede enseñar a retirarnos un poco para solo hacernos cargo de nuestro lugar? ¿Dejamos a los demás que desarrollen sus habilidades para hacerse cargo de ellos mismos con libertad y respetando que lo hagan a su forma, o buscamos controlar que cumplan con las nuestras casi moldeándolos, por miedo a que ellos también nos "abandonen"? ¿No estamos buscando ser vistos como "necesarios" para que nunca se olviden de nosotros? ¿No los estaremos haciendo dependientes de que siempre nos busquen para ayudarlos, así nos sentimos importantes o imprescindibles para ellos? ¿Cuál es la forma de relacionarnos que tenemos con nuestros vínculos actuales, es sana? ¿Tenemos miedo a que un otro nos abandone como lo hizo alguno de nuestros padres? ¿Qué técnicas empleamos con otros para asegurarnos de que eso no suceda, son manipulaciones de algún tipo? Puede llegar a ser que al no haber aprendido cómo relacionarnos sanamente, por esa ausencia en primera instancia, hayamos desarrollado diversas formas no tan sanas de vincularnos para recibir atención, aprobación, lealtad o cariño. En estos casos la ausencia se puede ver como el recurso para hacer una retirada de esas técnicas y la verdadera oportunidad de redefinir internamente nuestra forma de vincularnos. Hasta incluso lo podemos pensar como un verdadero llamamiento a priorizarnos, aprender a cuidarnos atendiendo nuestras necesidades sin abandonarlas por complacer primero a otros, cultivar el amor propio necesario, sanar nuestro autoestima, perdonarnos si nos llegamos a haber culpabilizado por esa ausencia o abandono, etc. Hacer esa retirada con uno mismo para sanarse, nos permite después cambiar nuestra manera de relacionarnos con otros también. Es solo un ejemplo para mostrar todo lo que podemos ver a partir de un juicio o idea que nos quedó grabado para rechazar algún aspecto de nuestros padres. Si nos animamos a reconocerlo, aceptar las implicancias que nos trajo ese vínculo e invertir esa interpretación (para encontrar cómo puede servirnos ahora esa conducta que tanto rechazamos) estaremos pacificando aquella historia. Nos reconciliaremos con ese pasado que ya no necesita pulsar reprimido desde nuestro inconsciente, gracias a nuestra decisión de tomar responsabilidad sobre él. Si no hacemos consciente lo inconsciente; el mismo dirigirá nuestra vida y lo llamaremos destino, nos recordaría Carl Gustav Jung. 


Muchas veces tenemos conflictos internos que desconocemos por completo. Hacer estas reflexiones introspectivas, en vez de ignorar nuestras molestias o juicios descalificativos, nos permite lograr la paz y solucionarlos. ¿Vamos a seguir desaprovechando estas tan valiosas oportunidades, por ceder a nuestras tendencias de siempre estar subiendo al banquillo de acusados a otro personaje más? O quizás hasta lleguemos a sentir demasiado confortable ese asiento y nos cueste levantarnos de una vez. En cualquiera de todos los casos, siempre somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Nunca es tarde para reconciliarnos con nosotros mismos y dejar de jugar al juego de jueces, víctimas, villanos y verdugos. Ya fuimos todos esos personajes más de una vez, probemos perdonarnos de verdad y usar esa creatividad para cumplir todo lo que deseemos de corazón. 







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jueves, 24 de marzo de 2022

Siempre estamos decidiendo...


Hoy llegó a mí un reel que me inspiró la idea de compartirles la mirada numerológica y el enriquecedor análisis que nos puede aportar reflexionarlo. Empecemos por ver la imagen final en la que se muestra la principal idea con claridad:






Para que se entienda mejor, les voy a explicar brevemente lo que se está queriendo transmitir. Una persona escribe las fechas de inicio de las 1ra, 2da guerras mundiales y la de la actual Rusia-Ucrania. Se encuentra que, al sumar los números de los días (separando por números de dos dígitos), las tres fechas le dan el mismo resultado: 68. En la descripción del video se pregunta si "¿Será pura coincidencia?" y en la leyenda, que agrega mientras se ven las cuentas, escribe "ESTO ES ATERRADOR". 

Hecha esta explicación de lo que nos muestra el reel, pasemos a evaluarlo desde un enfoque numerológico. 

El procedimiento para obtener ese número de cada fecha que hace la chica del reel, no es el habitual de numerología, pero a pesar de las diferencias, cumple con el principio básico de ella. Para sacar la energía de un día se sigue con la misma lógica de suma y como en estas operaciones no se altera el resultado por el orden que elijamos sumar cada número, estamos llegando de diferentes formas al mismo resultado. Para que se entienda mejor, digamos que la persona del video hace una cuenta que desde la numerología se haría diferente, pero como ambas son sumas, el resultado final no se altera. 

Aclaremos un último detalle: el número final no sería 68, sino 5 pero decimos que es lo mismo, ya que el 68 se debería volver a sumar para dejarlo en un solo dígito (según el video: 6+8=14 y 1+4=5 mientras que en numerología sería: 24/02/2022 2+4+0+2+2+0+2+2=14 y 1+4=5) dándonos de ambas formas el mismo 5. Así que podemos decir que, si un numerólogo hubiese sacado la energía del día de estas tres fechas, habría coincidido indirectamente con lo que la persona nos muestra en el video. Las tres fechas son días de vibración 5. 

Podemos llegar a ver no sólo las cualidades de ese 5, sino que además por venir de un 14, nos está orientando hacia la necesidad de un nuevo comienzo de estructura o reconstrucción. El 1 es una energía que suele compararse con Aries (cuyo regente es Marte, Dios romano de la guerra) en la astrología por ser las del comienzo de ciclos, y si no están siendo expresadas en sus frecuencias más elevadas, pueden manifestarse en tendencias demasiado egoístas, individualistas, egocentristas, caprichosas, de mucha fuerza por querer imponer su camino, agresivas, impacientes y tercas. El 4 nos habla de construcciones que buscan su estabilidad en bases verdaderas o profundas, por eso es el número que nos habla de las raíces, familias de origen o mandatos familiares, tradiciones, instituciones, lo conocido o estable, los límites y la rigidez, lo lento pero seguro, de buscar asentarse y construir, de encierros o terquedades por no ser flexible a lo nuevo ni a los imprevistos o cambios (resistencias), etc. Entonces, el 5 que viene de un 14 es un número que ya nos muestra desde el comienzo esa lucha del 1 por romper lo estable del 4 en pos de algo nuevo. Nos deja ver esa resistencia de romper la estructura conocida, por lo que nos introduce ese nuevo comienzo, o ese 1 en sus tendencias más egoístas. Este 5 nos va a seguir hablando de cambio y libertad, pero lo va a hacer partiendo de esa dificultad o conflicto contenido en el 14, que no aparece, por ejemplo de un 5 que viene de otra suma (como lo sería venir de un 50 o un 23). Veamos ahora algunas cualidades de la energía 5, que como estuvimos analizando, se vuelve la gran protagonista del asunto. 

Comencemos por recordar que ninguna energía es buena, mala, ni mejor, o peor que otras. Todas son neutras y lo que solemos ver en ellas es a modo arquetípico, como un modelo de cualidades específicas que contienen. Podemos pensarlas como las distintas frecuencias de una misma vibración, como si fueran distintos diales en una radio. Algunas frecuencias son más densas o bajas y esto se suele interpretar como el lado negativo, oscuro o menos favorable de esa vibración. Las más altas, por el contrario, suelen ser entendidas como ventajas, beneficios, oportunidades, recursos y fuerzas disponibles a favor. Como los defectos y virtudes de una persona. Sabemos también que los defectos, al dedicarnos a superarlos, pueden volverse nuestras mayores virtudes (resiliencia) y que siempre tenemos todas aquellas opciones disponibles. Con los arquetipos de los números sucede igual. No hay nada definitivo ni determinante, mucho menos inevitable. Siempre me gusta aclararlo, ya que muchos, con ésta y otras herramientas de autoconocimiento (como la astrología), suele pensar que son las energías disponibles las que determinan los contextos y nuestras posibilidades, sintiéndose “condenados” por ciertos eventos que no pueden evitar ni hacer nada con ellos. Al menos yo, no comparto para nada esa forma de pensar estas herramientas y por el contrario, lo veo como un mapa que si nos interesa saber interpretar (o leer) nos puede servir para no perdernos en llegar a dónde realmente decidamos ir. Más adelante seguiremos especificando esta aclaración, ya que es hasta la que le da título a éste artículo y lo haremos aplicando lo que veamos de estos datos numerológicos observados. Así que continuemos. Entonces, ¿qué cualidades o frecuencias podemos encontrar en la energía 5? 

El 5 es una energía que se mueve y busca constantemente Libertad. Es el número de los cambios, las aventuras, el desapego, el comercio, la agilidad mental, la rapidez, los viajes, el turismo, la expansión, las revoluciones, la liberación, lo volátil o ligero y las negociaciones, entre otras cosas más. En sus frecuencias más bajas, esta energía se expresa de un modo bastante curioso y análogo a una guerra con sus implicancias. El 5 en su frecuencia más densa se vuelve tirano. El motor que lo impulsa a siempre estar buscando su ideal de libertad, lo puede llevar a querer imponerse a otros, y en pos de lograrlo descuida no pisotear las libertades ajenas. También hay quienes lo ven como dictador, ya que considera tan justa su causa, que suele no medir ni escatimar en los medios posibles por los cuales llevar a cabo sus fines. En éstas frecuencias la búsqueda de libertad se puede motivar por negaciones y huidas, más que por verdaderas necesidades o deseos genuinos. Es en estos casos una energía de mucha irresponsabilidad que estaría huyendo a comprometerse y al esfuerzo que le puede implicar quedarse demasiado tiempo quieta en un mismo lugar y por eso es de moverse constantemente hacia lo nuevo o lo que le sigue. En cuanto a sus habilidades para comercializar, agilidad mental y verbal para conseguir lo que se propone; este aspecto en baja frecuencia puede volverlo ambicioso, embaucador y ventajista. Pero en sus frecuencias más elevadas la búsqueda de libertad y cambio constante, se vuelven sus grandes motores de exploración y crecimiento. Una energía 5 bien encausada puede lograr la liberación de etapas retrógradas que venían causándole sufrimiento o estancamiento. También le otorga cualidades de emprender y comercializar internacionalmente productos o proyectos con mucho éxito. Le proporciona estar en movimiento siempre descubriendo algo nuevo, por lo que interesarse para seguir ampliando sus conocimientos o expandiendo sus experiencias hacia nuevos rumbos y aventuras. Le aporta la sabiduría necesaria para discernir cuando una etapa es mejor cerrarla desapegadamente, para continuar dirigiéndose hacia una nueva superadora. Todo dependerá de su nivel de consciencia sobre sus motivaciones internas y cuánto se conoce a sí mismo, ya que el gran desafío de ésta energía es: no autoengañarse con estar buscando libertad, cuando en realidad está huyendo, y de conciliar respetuosamente con los demás sin interferir en sus libertades o tiempos menos acelerados. Como vemos siempre termina dependiendo de uno mismo y cómo decida encausar estas energías disponibles; nunca al revés. 

Como último dato curioso desde la numerología les agrego una muy breve aclaración sobre ese número 68. No lo tuve en cuenta desde el principio, ya que desde el cálculo utilizado por este enfoque, no nos aparecería este número, si no su suma que nos da 14 y luego 5; o en caso de sumar números más grandes en la fecha un 32 y luego un 5. Pero es interesante aportar que un 68 se compone de estos dos dígitos que en su combinación nos muestran algo más. El 8 es el número de la fuerza, el infinito, el poder, la economía, la dominación o tendencia a controlar y a abusar del poder (en sus frecuencias más bajas). Es también la energía que se puede expresar como la más agresiva, ya que dispone de demasiada fuerza o carácter. Bien encausado nos proporciona la determinación necesaria para nunca rendirse, saber poner límites, la firmeza al defenderse, la soberanía o la autoridad. Es interesante que aparezca un 6 antes que fuerce a este 8 a moderar tanta energía disponible. El 6 es el número de la armonía y de la integración, el que más busca integrar las dualidades o solucionar conflictos. Aunque esto visto en guerras pueda parecer extraño de interpretar, si nos ponemos a pensar en mayor profundidad quitando juicios de "bueno o malo" y solo quedándonos con que son opciones, podemos ver que una guerra termina siendo una resolución o al menos posibilitándola al finalizar. Quiero expresar que no estoy para nada de acuerdo, ni mucho menos a favor, de llegar a estos extremos para resolver nuestros conflictos como humanidad. Solo me limito a hacer un análisis de observación (y no de posturas) al respecto de lo que estoy planteando. Entonces, decíamos que una guerra (a pesar de llamarla conflicto armado) no es el escenario que genera un conflicto inexistente; sino en sí, el que busca resolverlo. Se llega a una guerra con un conflicto que la precede y que se decide resolver de esa forma tan agresiva, dañina, despiadada y cruel. Por más que nos duela seguir viendo esto como humanidad, ese 68 lo vemos reflejado en la tendencia del 6 buscando apaciguar un 8 violento y abusivo. Nos termina llevando a ese 14 que redobla el desafío por las tendencias rígidas de un 4 que le cuestan los cambios y se resiste sosteniendo su estructura. Podemos ver ese 5 como liberación en su aspecto de resolución de conflicto, o como el tirano/dictador que pisotea la libertad de quien se le aparece en su camino, impidiéndole lograr sus objetivos. 

Ahora continuemos con lo que sería aún más interesante y útil de evaluar del video. La descripción que se pregunta si es pura coincidencia la vamos a dejar a un lado, ya que dependerá del criterio o percepción de cada uno. Veamos esa leyenda que aparece en todo el video y en mayúsculas: "ESTO ES ATERRADOR". Sabemos que puede ser una mera expresión, pero igualmente nos aporta más elementos para seguir teniendo en cuenta en esta reflexión. Nos permite un análisis sobre el aspecto más productivo de todo este asunto: ¿Qué puede estar implicándose en que otro día 5 comience una nueva guerra? ¿Somos presos de un pasado que nos condena a repetirse sin cesar? ¿Estamos siempre repitiendo lo mismo en nuevos contextos, o podemos evolucionar? ¿Qué elegimos como humanidad a la hora de resolver nuestros conflictos, siempre las mismas opciones; o tenemos más recursos disponibles? ¿Crecemos con lo que nos sucede, o repetimos lo conocido hasta naturalizarlo tanto, que ni nos asombre volver a vivirlo? 

Es interesante como un video nos permite disparar tantos puntos de análisis, que nos puedan servir para crecer en el camino. El hecho de que esté abierto a las interpretaciones de quienes les llega, también puede sernos positivo. Cada uno sacará sus propias conclusiones, pero no debemos olvidar que éstas y nuestras decisiones son las que aportan a ese colectivo que seguimos siendo como humanidad; a pesar de los países, idiomas o fronteras políticas. Sobre este punto es que me gustaría profundizar más y si les interesa una mirada aún más detallada, los invito a que lean nuestro artículo sobre Ser paz en tiempos de guerra o el video de Youtube homónimo, que les voy a dejar al final.

La información está ahí siempre disponible, como el aire que nos envuelve y nos permite respirar para seguir viviendo cada instante. Lo que decidamos hacer (o no) con ella, ya corre por cuenta de cada uno. En lo personal, no creo que existan las casualidades y el hecho de saber que nuevamente como humanidad caemos en esos lugares conocidos tan dañinos para todos, no debería sernos indiferente. Ahora bien, desde el lugar que a cada uno le compete es solamente que podremos aportar algo que de verdad contribuya a superar éstas obsoletas formas de resolver nuestros conflictos. La libertad individual implica responsabilidad, como la otra cara de una misma moneda. Para tomar responsabilidad sobre nuestra libertad, al ejercerla plenamente, debemos conocer primero nuestro verdadero lugar y el alcance de nuestro aporte a lo colectivo desde lo individual. Somos esa misma humanidad, pero no todos desde lo individual tenemos el rol social o político para decidir una guerra como resolución de un conflicto. Sin embargo, sí podemos ver qué conflictos internos reflejan esos contextos que vemos afuera. ¿Solemos también entrar en guerra con nosotros mismos, o con un otro que opina opuesto a nuestro pensar? ¿O usamos otros recursos nuevos, más conscientes, evolutivos y amorosos? Si no estamos pudiendo resolver de formas más pacíficas y amorosas para con nosotros mismos las situaciones conflictivas de nuestra vida cotidiana, no debería sorprendernos ver reflejado este aspecto a un nivel colectivo magnificado. A veces solemos olvidar que como es afuera es adentro, como es arriba es abajo y que todo está interconectado. Pero si lo recordamos (o hacemos consciente) se vuelve aún más evidente y hasta aliviador saber que siempre estamos en poder de decidir aportar a esa interrelación algo más enriquecedor. Si todo está resonando, nuestro aporte es mucho más importante de lo que creemos. Ahí está lo que alivia al saberlo, siempre podemos aportar desde nuestro lugar algo superador. La cuestión radica sobre ¿qué decidimos hacer con lo que nos pasa? ya sea como humanidad, pero más importante y previo, con nosotros mismos internamente. Es por esto que decidí el título del artículo refiriéndome a nuestro aporte. Siempre estamos decidiendo. A veces será a través de acciones y otras a través de formas de ver, pensar y hasta la actitud que elijamos tomar para enfrentar éste o cualquier otro suceso. Si vamos a negar o resistirlo, probablemente estaremos sacando ese lado más tirano del 5 que niega reconocer su responsabilidad para con esa libertad tan anhelada. La libertad no se pide, se ejerce; pero si esto se lleva a cabo sin su responsabilidad consecuente, estaremos pisoteando a los demás que nos vayamos cruzando por el camino hasta sin darnos cuenta. Seguramente por desconocer que nuestras decisiones en lo individual (y hasta cotidiano) afectan tanto a lo colectivo y a nuestros entornos más cercanos. Hacerse responsable de las libertades individuales no es depender de lo que un contexto nos demande (o podamos creer que nos lo exija), sino que implica ejercer nuestra habilidad de saber responder desde lo interno con mayor coherencia para con lo que tanto decimos no querer ver en ese externo. Si seguimos cediendo esas responsabilidades propias a un otro, viviremos en lucha o conflicto de lo que pensemos que debería estar haciendo diferente. Ahora bien, si retomamos nuestro poder personal de decisión y ejercemos responsablemente nuestras libertades individuales; no habrá nada externo superior a ello. Sé que a muchos les sonará ingenuo, pero pongamos un ejemplo. Ningún político puede pasar por encima de la voluntad bien reclamada y exigida de su pueblo. No solemos ver esto tan seguido, seguramente porque en las discusiones del pueblo cuesta encontrar una voz unificada y ahí es donde prevalece la impunidad política. Esto tampoco es nada nuevo de contar, es el famoso "divide y reinarás". Quizás me fui un poco del punto principal que me gustaría transmitir con este tema, ya que considero que para lograr unirnos como humanidad y decir basta pacíficamente a una guerra; habría que primero saber pacificar esos conflictos propios. Ser aportes de paz en esos tiempos de guerra. Aprender de los contextos para enriquecer nuestros entornos más cercanos con lo que vemos que en ellos falta o serviría más aportar. 

¿Qué se puede hacer más allá de cualquier contexto? Ejercer nuestro poder personal de decisión sobre qué hacer con lo que nos pasa, en vez de dejarse determinar por esas circunstancias externas. No somos víctimas de los contextos, somos la misma humanidad que los construye a cada paso o decisión que tomemos. Podemos quedarnos criticando como pobres sujetos presos de sus circunstancias "crueles" todo lo que vemos de mal o erróneo en el mundo, pero ¿sería la mejor opción? ¿No estaríamos desperdiciando nuestra mejor oportunidad de hacer verdaderos cambios y esta vez desde nuevos lugares, como por ejemplo, nuestro mundo interno o vida cotidiana? Acaso lo que nos molesta tanto, ¿no nos da la oportunidad de dejar de negarlo para reconocerlo, y de esa forma, decidir algo diferente para solucionarlo de una buena vez? Hace ya un tiempo hice un video sobre los enojos, en el cual me refería precisamente a esta cualidad. El enojo es fuerza. Es una gran cantidad de energía que hasta hace que nuestros cachetes se pongan colorados, o se nos note en la cara la necesidad de hacer algo en ese instante, con tanto que nos desborda. Esta energía bien encausada (tal cual sucede con los arquetipos de los números, especialmente del 8) nos da fuerza y firmeza para cambiar radicalmente algo que ya nos es intolerable. No es ni buena, ni mala. Solo es un gran impulso, que si sabemos aprovechar, nos puede servir de motor para lograr dar pasos más coherentes con nuestros verdaderos deseos. Solemos caer en descargarlo en otros, o hasta con nosotros mismos, cuando no lo entendemos en su aspecto más favorable. Del mismo modo, podemos trasladar esto a lo que venimos viendo del mundo (o la vida), que tanto nos molesta o indigna. Usemos esos motores hacia verdaderos cambios evolutivos desde nuestros lugares individuales y probemos que se empieza a reflejar como resonancia en los contextos colectivos. No tenemos nada que perder, siempre intentamos las mismas cosas que nos llevan a los mismos resultados. Es hora de ser más creativos. 









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martes, 22 de marzo de 2022

¿Para qué querés lo que tanto deseas?





Con frecuencia planificamos, o soñamos, motivados siempre por un deseo de conseguir algo. Más allá de lo que busquemos conseguir, solemos actuar, o concentrarnos más en el "cómo lograrlo"; que en el "para qué". Y de esta forma, activamos en nosotros varios mecanismos que nos son inconscientes, pero que hacen que no encontremos lo deseado. Sin darnos cuenta somos los que nos frenamos de conseguirlo, porque solemos enfocarnos en una pregunta que nos lleva a limitarnos; en vez de impulsarnos en nuestro camino. 


Cuando nos enfocamos en el cómo, vamos proyectando hacia el futuro escenarios posibles y lo hacemos desde ideas sobre nuestros recursos actuales disponibles para usar en aquellos futuros. La mayoría tiene más inseguridades y no suele reconocer, tanto como se merece, sus capacidades de lograr cumplir sus sueños. Ni hablar de los que sostienen un autoestima bajo. De esta forma, estamos poniendo nuestra energía en futuros que nunca sabemos cómo se van a dar, hasta que realmente suceden, y en ideas sobre cuán capaces seremos de afrontar dichos escenarios o contextos. Además, el estar proyectando a futuro nos lleva a luchar con las expectativas y los resultados que vayamos teniendo a cada paso. Lo peor es que, al no darse los pasos planeados, solemos pensar que erramos en las expectativas, diciéndonos cosas tales como que no merecemos soñar tan alto. Lo cual vuelve a frenarnos y a alimentar ese bajo autoestima. Todo esto puede funcionar como nuestro gran mecanismo inconsciente para evitar conseguir realmente lo que queremos y a lo grande, tal cual nos lo merecemos. Sí, somos capaces de lograrlo, y hasta les diría que tenemos más miedo a todos nuestros potenciales, poder y capacidades; que a las ideas de no tener lo suficiente o de no poder. Por más que suene paradójico yo fui descubriendo, en mí y en otros, que tememos mucho más a poder lograrlo, que a no poder hacerlo. Es ahí cuando activamos estos mecanismos inconscientes para frenarnos. Este detalle lo seguiremos explicando más adelante, porque es interesante tomar consciencia de aquellos miedos que usamos como excusas para no ir por lo que realmente podemos. Pero ahora sigamos con el eje planteado sobre el cómo y para qué nos movemos cuando queremos cumplir un sueño. 


Son pocas las veces que realmente nos preguntamos para qué hacemos lo que hacemos. Si lo hiciéramos más seguido, desarticularíamos varios mecanismos inconscientes de represión y estaríamos en menor conflicto con nuestro presente tal cual es. Muchas de nuestras verdaderas motivaciones de cada paso dado, no son las que creemos y terminan siendo razones inconscientes para nosotros. Desconocemos que nos solemos autoengañar tanto. En los últimos artículos ya veníamos dando ejemplos de estos casos, pero nombremos uno súper familiar que seguramente todos habremos hecho. Creemos que queremos conseguir el nuevo auto/casa/pareja/trabajo/ingreso económico, porque al tenerlo nos sentiremos más felices. Solemos creer que “lo necesitamos" y estamos haciendo que nuestra felicidad o paz, para con nuestro presente, dependa de conseguirlo. Ni nos damos cuenta que nos embarcamos en una carrera desde la falta, o vacío que llenar, y es eso lo que vamos a seguir perpetuando. Pensamos que nuestra motivación es ser más feliz, cuando nuestra verdadera motivación es llenar un vacío. Ponemos de excusa de nuestra actual infelicidad, para con el momento presente, a la falta de eso que tanto queremos y todavía no tenemos. En vez de tomar consciencia de esta situación, para atenderla realmente en ese momento. En muchos casos conseguimos lo deseado y al tenerlo, no nos sentimos tan plenos como habíamos imaginado. Es ahí cuando reforzamos nuestro malentendido para con nosotros mismos y seguimos redoblando la apuesta. Pensamos que necesitamos un auto/casa/pareja/trabajo/ingreso mejor y hasta podemos llegar a fastidiarnos con nosotros mismos por haber conseguido algo no tan bueno. Si vamos en busca de mejorarlo, volvemos a empezar la misma carrera de insatisfacción de antes y seguramente con el mismo resultado. No nos paramos a reconocer que quizás ninguna de todas esas cosas podrán hacernos felices en profundidad, si al conseguirlas seguimos sintiendo el mismo vacío que nunca podrán cubrir. Seguimos alimentando energéticamente la falta, escasez, incompletitud y la necesidad. Más allá de que todo lo que alimentemos energéticamente siempre crecerá, el aspecto más llamativo es que creemos estar haciendo las cosas de forma opuesta. Nos es inconsciente (o desconocemos) nuestra verdadera motivación y atribuimos nuestra nueva insatisfacción a lo externo, culpabilizando lo conseguido, lo que nos costó, o hasta el hecho de no haberlo logrado todavía. Creemos que es lo externo lo que queremos y necesitamos, cuando en realidad buscamos más felicidad y ésta se siente (o no) internamente. Nuestra fuente de felicidad está en nuestro interior y solemos sentirla más, habitarla o hacerla crecer, a partir de esas excusas externas que vemos como objetos o situaciones que nos causan felicidad. Por eso no a todos nos hacen felices las mismas cosas. Esto significa que podemos ser felices en cualquier momento, o contexto que tengamos, si encontramos otras excusas o motivaciones actuales. Si lo hiciéramos, la historia cambiaría radicalmente, ya que partiríamos a buscar más felicidad de la que ya tenemos ahora en nuestros próximos logros. Estaríamos moviéndonos desde la totalidad, o sea desde ya ser felices, para sentir mayor felicidad logrando nuevos objetivos. Haríamos crecer lo que ya tenemos en el presente, porque nos gusta sentirlo más, expandirlo o alimentarlo y así veríamos como no solo lo que pensábamos nos da felicidad; sino que muchas otras cosas más ya nos están permitiendo sentir esa felicidad interna a cada paso que demos. Quizás hasta podamos sentir la felicidad de ir proponiéndonos lograr nuevas metas más allá de si las conseguimos o no, ya que ella no depende de lograr algo que "necesitemos". No hay necesidad, solo nos movemos por gusto o preferencia. Hasta podemos verlo en las palabras: no nos hacen felices las circunstancias, SOMOS o no somos felices en las circunstancias. Quizás sea momento de revisar nuestras ideas sobre lo que implica la felicidad y elegir conceptos más auténticos. 


La clave está en entendernos mejor. Si pudiéramos hacer un acto de verdadera honestidad para con nosotros mismos, descubriríamos siempre nuestras verdaderas motivaciones por más que nos sean inconscientes. Esto podemos lograrlo fácilmente si nos preguntamos: ¿para qué quiero lo que quiero? o ¿para qué hago lo que hago?. Estaríamos evaluando qué es lo que verdaderamente buscamos conseguir con esa meta y esto nos permite analizar mejor si no es algo que ya tenemos en este presente. Si descubrimos que ya lo tenemos, podremos apreciarlo más desde ese momento. Aprender a valorarlo realmente y a disfrutarlo más. 


 Cuánto más nos amiguemos con nuestra situación actual, mejor nos vamos a sentir y desde una paz o plenitud presente, buscaremos aumentarla pensando excusas futuras que nos gustaría experimentar para eso. Partimos de un presente feliz para que todo lo que nos llegue, o cada paso que demos, nos permita aumentar esa felicidad. Además, la actitud de ir caminando en disfrute nos posibilita apreciar o valorar más cada nuevo paso dado, cada resultado conseguido y hasta ser menos exigentes con lo que vayamos logrando. Ya no importa tanto cómo se debería cumplir, sino que estamos avanzando. Flexibilizamos nuestras expectativas. Todo lo que vaya sucediendo, a partir de ese presente con el que ya sentimos felicidad o completitud, nos es un regalo o una ganancia más; en vez de una necesidad. En el ejemplo de una pareja: es no buscar otra media naranja, sino darse cuenta y aprender a amar la naranja entera que ya somos, para compartir el camino con otra entera también. Dejar de depender emocionalmente de que un otro cargue con la responsabilidad de hacernos felices, cuando ya podemos serlo si decidimos hacernos cargo de nosotros mismos primero. Si tanto necesito que me amen, ¿por qué no darme yo primero ese amor, para liberar al otro de la necesidad de dármelo? Si así lo hiciera, me daría cuenta que puedo amarme como soy y eso me permite amar a otros como son, sin querer cambiarlos para que se adapten a lo que creo necesitar de ellos. Pasaríamos de esas demandas, a completarlas nosotros con nuestro amor propio. Ya no habría reproches, porque se comparte lo que surge genuino y desinteresado, en vez de la obligación de lo que el otro necesita darnos. Se valora aún más lo que nos den, porque no lo necesitamos y nos llega igual. Se puede ir construyendo un nuevo camino juntos, cada uno dando de corazón lo que le vaya surgiendo compartir. Se entiende mejor la libertad de ser cada uno como es, de que siempre estamos eligiendo y se ve más como un juego de coincidencias de compatibilidades, gustos o preferencias. 


Lo curioso de todo este asunto es que solemos buscar afuera todo lo que ya tenemos dentro. El tema es que desconocemos qué buscamos detrás de eso, que creemos necesitar. Cuando lo analizamos, vamos viendo que muchas de esas cosas, que creemos necesitar, nos sirven de excusa para evadir estar mejor en este presente tal cual es. En el ejemplo de un trabajo es súper claro poder ver este aspecto. Si buscamos un nuevo trabajo desde la huida del actual lo que estemos rechazando de éste, probablemente, lo encontraremos en el próximo trabajo que tengamos. Si me voy de un trabajo porque creo que el problema de él es que tengo muchos conflictos con mis compañeros, no sería de extrañar de que en el nuevo trabajo vuelva a tener conflictos con los demás. No es karma, mala suerte, ni responsabilidad de mis trabajos o entornos. Es que desconozco mi verdadera responsabilidad en causar, huir, o no saber resolver esos conflictos y estar en un trabajo u otro, me lo muestra constantemente. Es algo de uno mismo que va llevando a donde sea que vaya, el afuera vuelve a ser una excusa (o escenario perfecto) para reconocer el adentro y decidir diferente. Quizás, solo sea que deba aceptar a los demás como son; en vez de querer cambiarlos, para que se adapten a mis ideas de cómo deberían ser así me siento mejor. Quizás, deba aprender a estar en paz conmigo mismo aceptándome como soy, para luego poder hacer las paces y aceptar a mis entornos como son sin resistencias. Quizás, pueda reconocer mi dependencia emocional para con los demás, a los que estoy responsabilizando de lo que me corresponde a mí realmente, que sería mi propia felicidad. Y una vez atendido todo esto con total honestidad y asumiendo la responsabilidad propia, podré sentirme bien con mis compañeros y decidir diferente. Ya habiendo solucionado esos conflictos, puedo tomar la decisión de irme a un nuevo trabajo o quedarme. Si cambio no voy a llevarme esos conflictos internos con mis nuevos compañeros, porque en esta instancia ya logré resolverlos. Habré logrado cambiar por querer algo diferente para mí, en vez de huir de lo que tanto me conflictuaba tener. Será ganancia, tanto quedarme y disfrutar de un ambiente pacífico, como irme a un nuevo ambiente. Dependerá más de mis ganas de hacer una tarea u otra. Hasta es mejor para mí, ya que pienso y priorizo qué quiero hacer; en vez de elegir por dónde o con quién lo hago. Este ejemplo también lo podemos pensar variando los conflictos con los compañeros, por conflictos con la autoridad, o con la profesión/puesto/actividad; y hasta con sentirse desvalorizado, o no tan bien remunerado. Si antes de cambiar a un nuevo trabajo nos detenemos a pensar nuestras verdaderas motivaciones y qué buscamos realmente, siempre terminaríamos arreglando nuestro presente, para que si decidimos irnos sea por gusto o elección; en vez de por necesidad, rechazo o evasión. Y de ello dependerá nuestro sentir para con la decisión tomada. 


Preguntándonos para qué y qué buscamos realmente con nuestros deseos, se nos abre otra puerta importante que nos aporta mayor beneficio aún. Nos llegamos a cuestionar con qué actitud estamos viviendo lo que nos pasa. Porque en definitiva no es tan importante lo que nos pasa, sino cómo lo vivimos y sentimos. Podemos evaluar si nuestros pasos los damos desde una actitud de autoexigencia, obligación, huida, necesidad, ganas de elegir algo nuevo, crecimiento por preferencias o nuevos gustos, de decisiones o hasta de superación personal. Ganaremos mayor satisfacción sacándole presiones innecesarias como la autoexigencia o la obligación. Podremos potenciar nuestra felicidad actual si nos movemos desde actitudes como la valoración, apreciación y la gratitud. Volvemos al punto de reconciliarnos con nuestro presente, teniendo que evaluar más honestamente si lo que buscamos no lo tenemos dentro ya. En el caso de un ingreso económico nuevo podemos ver como muchos lo viven desde la necesidad. Es cierto que las situaciones acá pueden variar mucho y sabemos que no todos tienen lo que necesitan, pero más allá de ello, siempre se puede cambiar la actitud para con lo que estamos viviendo. En estos casos es recomendable asumir la situación con mayor objetividad. Hacer un verdadero análisis de si realmente lo necesito, o estoy impulsándome por creer necesario siempre tener más. ¿Puedo apreciar verdaderamente todo lo que ya logré y tengo? ¿O siempre estoy enfocándome en lo que me falta? ¿Realmente me falta, o solo me gustaría tener más para estar más tranquilo? Si ése es el caso, ¿cómo puedo sentir mayor tranquilidad aceptando el presente tal cual es?... De nuevo, ¿la tranquilidad es externa o interna? ¿Se siente o me la da algo externo? Haciéndonos estas preguntas, vamos descubriendo las verdaderas soluciones a través de la aceptación de la situación presente y qué opciones tenemos ahora de mejorarla. Solemos ver las situaciones como problemas y al hacerlo nos limitamos de ver en ese presente, con mayor creatividad, posibles soluciones. Solemos tener ideas demasiado fijas y cerradas de cómo aumentar nuestros ingresos económicos y eso encima le suma más presión o angustia a poder reconciliarnos con lo que sucede. Muchas veces creemos que para tener más plata tendremos que trabajar más horas y quizás la solución sea buscar otra forma de ganar más haciendo menos, pero nuestras ideas sobre cómo lograrlo nos limitan contemplar otras opciones. Otras veces, no nos proponemos desarrollar mejor nuestros talentos o habilidades y solo pensamos desde hacer el mismo trabajo más tiempo. Quizás hasta encontremos nuevas vocaciones en esos procesos o descubramos que se puede vivir haciendo lo que nos gusta y ganando plata por eso, en vez de teniendo que hacer cualquier cosa solo por sobrevivir económicamente. Puede ser que simplemente tengamos que pensar diferente, por ejemplo: concentrarnos en qué nos gustaría hacer y cómo hacerlo un negocio, en vez de qué hacer que nos dé más plata. Podemos llegar a sorprendernos si nos animamos a pensar desde nuevas formas. Dichas situaciones suelen ser las más complejas, porque despiertan los mayores miedos, como a no tener lo suficiente para mantener una familia, o a morir de hambre. Pero donde están esos mayores miedos, también están nuestros crecimientos más fructíferos y alivios trascendentes. 


Nos damos cuenta de que la presión o el estado emocional pueden amplificar nuestras limitaciones, impidiéndonos pensar tan libremente nuevas opciones. Llegado este punto, tenemos que reconocer que esto sucede porque estamos llenos de miedos. Se disparan por esas ideas de limitación. Muchas veces creemos que no podemos, solo porque nos da miedo no lograrlo, o intentarlo implica demasiados riesgos y que no tenemos lo necesario para lograrlo. Tememos a equivocarnos, a fracasar, a que sea difícil, a que no valga tanta dedicación, a que sea demasiado tarde para nosotros, etc., etc. Siendo así, no es de extrañar que nuestras motivaciones nos suelan ser inconscientes. Las reprimimos al tener algún miedo relacionado; o por miedo a reconocernos tan vacíos, insatisfechos o infelices. Ahora bien, muchos de nuestros miedos están basados en suposiciones sobre futuros que desconocemos cómo se van a dar. Solemos pensar desde el miedo los peores escenarios y no los mejores. El futuro siempre nos es incierto, pero también lo es la próxima hora y eso no nos preocupa a ese nivel tan trascendental. Debemos empezar por afrontar lo que tanto tememos y darnos cuenta que vivimos limitándonos de ser, o hacer, lo que realmente queremos por alimentar esos miedos. La incertidumbre es parte de la vida, aceptarla es el primer paso siempre. Ahora, no tememos realmente a lo incierto, sino a lo que creemos que pueda implicar de peligro o daño. O sea, que a pesar de ser incierto, le estamos poniendo un significado preocupante, pero ese significado no es real, solo es una idea. No sabemos, y eso implica que puede ser de todas las formas posibles. Pensar solo las opciones negativas, es desconocer que toda situación tiene su lado positivo y negativo a la vez. 


En realidad, vamos viendo que elegimos tendenciosamente inclinarnos a temerle a lo que desconocemos o a nuestros verdaderos deseos. ¿Por qué alimentamos tanto a aquellos miedos? A muchos les sorprenderá saber que la respuesta radica en que nuestro mayor miedo no es no lograr una meta, sino a lograrla. Tememos a lo que deseamos. Nos ponemos miles de excusas para no admitirlo y para no cumplir lo que realmente soñamos. Saber que tenemos más poder del que realmente solemos pensar, nos da miedo. Muchas veces, simplemente es porque nos acostumbramos a vernos como los incapaces y dejar ese papel implica tomar responsabilidad, moviéndose por lo que uno quiere. Hacernos cargo nos da miedo, porque si no nos sale como nos gustaría o como lo planeamos, no tenemos a quién culpar ni cómo justificarnos con excusas externas. Entonces, solemos aumentar las presiones y distorsionar lo complicado de los pasos a dar, para conformarnos con seguir en el mismo lugar. Llegamos a temerle hasta a ser felices o a disfrutar tanto, que solemos pensar que es demasiado bueno para ser cierto, que algo tiene que aparecer para interrumpirlo, que hay alguna trampa escondida, que no puede ser tan generosa la vida con nosotros y algo malo puede después pasar para cobrarnos tanta plenitud, que no merecemos tanto, etc. Solemos temer a vivir felices, por más ridículo que suene. Pensamos que disfrutar intensamente nos puede hasta hacer daño, creemos que no nos va a durar, o que de alguna forma lo vamos a arruinar. ¿Cuántas veces desconfiamos de alguien cuando nos trataba amablemente sin buscar nada a cambio? ¿Cuántas veces pensamos que el éxito es solo para unos pocos? ¿Cuántas veces idealizamos a los que nos muestran que cumplir nuestros sueños es posible? Tienen que tener algo que nosotros no, porque sino nos están demostrando que podemos y no lo estamos haciendo. Tienen que ser uno en un millón y nosotros no pertenecer a esas excepciones, de otro modo, nos confrontamos con el hecho de que siempre es posible. Esto suele suceder mucho en países con economías inestables, solemos justificarnos desde esta excusa, cuando hasta en estos lugares si hay uno solo al menos que crezca económicamente en este contexto; nos muestra que no es el contexto el responsable de nuestro estancamiento. Mejor decirse mil excusas y no moverse. Ya nombramos en otro artículo la idea de parálisis por análisis. Tenemos ese mecanismo de protección que activamos por temer cumplir nuestros deseos. Cuánto más analicemos las posibilidades menos nos movemos, más excusas nos diremos para no dar un solo paso y así no enfrentar el miedo. Estamos sobreanalizando para no ponernos en acción. Solemos apegarnos a esas zonas de confort, por más que la vida nos muestre que no son reales, ya que todo cambia todo el tiempo siendo esto inevitable e incierto siempre. También solemos rendirnos rápidamente si los primeros pasos no se dan como lo esperábamos, como si estuviéramos buscando excusas para no seguir. Esto último, se solucionaría si dejáramos de ver cuánto nos falta para la meta y vivamos valorando dar cada paso a la vez (o en dar pasos mucho más fáciles pero con absoluta constancia como en el método Kaizen); sin embargo, miramos lo que queda para frustrarnos y abandonarlo nuevamente. A pesar de todo, he aquí nuestra gran buena noticia: ¡tenemos miedo porque sabemos que somos capaces! 


De hecho, miles de veces logramos lo que queríamos y quizás por nuestra mente que suele juzgar de importante (o no) cada situación, no lo estemos valorando como nos merecemos. Por ejemplo: cuando éramos pequeños y recién empezábamos a escribir (o a leer), seguramente también nos parecía difícil de lograr, y a pesar de ello, todos lo habrán logrado aprender. Caminar, cocinar, el primer empleo, el primer examen, la primera cita, la primer amistad, etc., etc. Pensándolo mejor, logramos mucho más de lo que nos queda pendiente, hasta logramos sobrevivir a grandes dolores y traumas. Con el paso del tiempo, fuimos viendo que no importaba tanto si nos llevo más años y esfuerzos, o menos. Sobrevivimos hasta hoy. Es más, si hoy pudiste cubrir tus necesidades básicas de alimento, techo y vitalidad lo estás logrando de nuevo. Discutir si podrías tener o hacer más de lo que estás realizando, es una trampa más de nuestra mente. 


No es difícil cumplir sueños; de hecho puede parecer un mayor desafío, sentirse verdaderamente pleno o satisfecho con el momento presente tal cual es, sin querer cambiarle nada. 


Reconciliarse con lo que ya estás siendo, en vez de pensar que siempre podrías ser mejor, es encontrar en tu interior la fuente de la felicidad. Está ahí siempre disponible e inagotable, ¿la vamos a seguir ignorando? Si pensamos que es externa a nosotros y nos la da una circunstancia, hecho, persona, vínculo, edad, país, o similares; vamos a siempre estar luchando dependiendo de que eso externo no cambie ni se vaya. Ahora, habíamos dicho que la vida siempre era incertidumbre, cambio y movimiento. El final de ese camino es predecible, por lo que vas a luchar contra una cualidad de la vida misma. ¿Qué es lo permanente o lo que nunca cambia? Tu esencia, lo que sos mientras estés vivo. Si buscás ahí lo que tanto buscás afuera, podés sorprenderte de ya tenerlo. No me creas, te desafío a que te lo pruebes a vos mismo...








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martes, 15 de marzo de 2022

Deconstruir el "yo"





Podemos pensar el camino del autoconocimiento como un camino de deconstrucción. Vamos viendo que nuestra única tarea es desaprender lo malinterpretado, o lo "malpensado", como algunos lo llaman; ya que consideran que es aprender a pensar bien, o mejor, lo que se necesita realmente. Ya veníamos planteando la importancia de poder ver y trascender nuestros filtros mentales en uno de los artículos anteriores (sino lo leíste, podés hacerlo acá).


Construimos una idea de nosotros mismos (ese "yo") que no es real. Desde pequeños, tomamos prestadas ideas y percepciones de nuestros entornos para armar esa autoimagen. Con todos aquellos datos generamos una personalidad con la cual nos identificamos tanto, que hasta nos cuesta verla como tal. No somos solo esa idea que nos hicimos de nosotros mismos en base a lo que nos fueron diciendo otros, experiencias acumuladas, vínculos, habilidades, roles y trabajos. Somos tantísimo más y muchas veces no poder reconocerlo, es nuestra verdadera jaula de sufrimiento. Pero el asunto es bastante paradójico (o hasta ridículamente gracioso), ya que creamos la jaula en la que nos encerramos, pero ni siquiera vemos que su puerta siempre estuvo abierta. Así con la misma facilidad que la inventamos, podemos disolverla o cruzar su puerta para liberarnos. De hecho; nos cuesta más energía y esfuerzo sostenerla, que salir volando, y ahí radica lo tan ridículo del asunto. 

Puede ser por esa fascinación, sobreidentificación, o fanatismo con lo racional de nuestra sociedad, que a muchos les cueste siquiera pensar en algo más allá de su mente. ¿Quizás sea por frases como el famoso "pienso, luego existo"? Debe haber miles de razones y movimientos históricos que nos fueron llevando (como humanidad) a solo confiar en lo estrictamente racional de nosotros para avalar algo como real. Podríamos pensarlo como el mismo exceso de identificación que tenemos para con esa personalidad falsa construida a nivel individual, pero llevado a un nivel social. 

No sos tu mente ni tus ideas. De hecho, éstas se arman en función a un determinado contexto y entorno que te rodea. Se podría decir que las tomás prestadas, te influyen o que las absorbés. La personalidad que construiste de vos mismo habla más de los criterios e ideologías de los demás, que de los tuyos. No me creas, comprobalo. ¿Cuántas cosas creés no poder hacer, solo porque creciste pensando que no eran posibles? ¿Cuándo empezaste a alimentar esa idea? ¿Era lo que realmente pensabas o lo dedujiste por lo que te fueron diciendo otros? ¿Cuánta gente se cree poco valiosa, porque en sus experiencias, los demás no reconocían el valor de su presencia o aportes? ¿Cuántos se sienten indignos de amor o de relaciones sanas, solo por tener un cúmulo de experiencias dolorosas con otros que no supieron amarlos sanamente? ¿Cuántos se definen exclusivamente por lo que otros les dicen de lo que hace? ¿Cuántos se piensan según las ideas que tienen del lugar dónde nacieron, se criaron, o viven? ¿Cuántos se definen por ideas sobre la edad que tienen, diciéndose constantemente que ya no pueden, o que es tarde para ellos? ¿Cuántos se identifican con alguna condición física (o síntoma) basando todo en ideas que un solo médico o familiar pueda haberles dicho sobre lo que les sucede y les sucederá? ¿Cuántos se definen por su profesión, y al jubilarse, no saben cómo lidiar con cierta sensación de vacío? ¿Cuántos lo hacen por sus vínculos, estado civil, o familias constituidas? ¿Cuántos se sienten menos si no se casan o tienen hijos? ¿Cuántos se sienten fracasados si no consiguen un título o logros profesionales a cierta edad?... 

Siempre que pienso estos temas recuerdo la frase que dice algo así como: "Si crees que puedes hacer algo, lo harás. Si crees que no puedes hacerlo, no lo harás". ¿Dónde está la clave? En la palabra creer. ¿Qué son esas creencias sobre nosotros mismos? Ideas. ¿De dónde provienen? Seguramente, de memorias con algún impacto emocional que se nos quedaron grabadas como "únicas verdades" cuando solo eran una forma de pensar algo, habiendo disponibles muchas otras perspectivas. Les cuento un ejemplo personal: Desde que tengo memoria me recuerdo pensando las cosas de forma diferente a mis entornos. No siempre, claro. Por lo general, era la que entendía algo distinto, o veía de otra forma lo que iba sucediendo. Como la mayoría que me rodeaba coincidían entre ellos, y solo yo tenía esas ideas diferentes, me sentía tonta. Creía que mi opinión diferente debía estar errada, solo porque no coincidía con la de los demás. Mis entornos lo reforzaban criticando, o invalidando, lo que yo planteaba. Por años, creía que no tenía la misma capacidad que otros de entender bien las cosas y que debía tener algún problema. Eso me llevó a dudar mil veces antes de expresar mi verdadera opinión o mi punto de vista y aprendí a callarlo. Decirlo era confrontar y hasta ganarme unas cuántas burlas. Cuando era necesario, confirmaba si había entendido bien; o si me estaban diciendo otra cosa. Pasé mucho tiempo sufriendo esas ideas sobre mí y aquellas inseguridades. Hasta que un día, me encuentro con una información que me explicó de otra manera muchas de las cosas que yo venía experimentando. No era un problema ni una incapacidad, tenía una forma diferente de procesar la información por mi alta sensibilidad. Era hasta algo neurocognitivo, físico. Mis razonamientos solían ser más creativos, profundos, emocionales y complejos, que los de mis entornos. No era tonta, por el contrario, hasta se podían ver indicios como de altas capacidades. Lo que creía mi mayor defecto, podía ser mi mayor virtud, o una de ellas al menos. Tuve que desaprender esas ideas erróneas que me había hecho sobre mí misma. Fui reinterpretando mis mayores complejos y conflictos desde esta nueva información y todo empezó a cobrar sentido. No había nada malo en mí, solo no sabía entenderme como realmente era, porque desconocía tener un rasgo de personalidad diferente al de mis primeros entornos. Fui reeducando mi mente para dejar de invalidar lo genuino y mi propia voz. Eso me llevó a conocerme en profundidad, ya que lo que solía pensar de mí no era del todo cierto, fue malinterpretado. Venía de ideas de otros que no me comprendían porque pensaban, sentían y hasta percibían diferente a mí. De hecho, era la razón por la cual yo tampoco podía comprenderlos a ellos tan fácilmente. Puedo dar fe de la numerosa cantidad de ideas que adopté de un entorno y cómo al no ser mías, me eran incompatibles. Mucho de lo que sufría provenía de mi resistencia a aceptarme como era. Al empezar a hacerlo, todo fue cambiando sustancialmente. Comprendí el significado de aquella frase "Cambia la forma de ver las cosas y las cosas cambiarán de forma". Redireccioné esa capacidad de profundizar intelectualmente hacia entenderme mejor. La intensidad de mis emociones me fue haciendo desarrollar mi inteligencia emocional, para aportarme mayor entendimiento también en esa área. Empecé a entender que esas cuestiones, que tanto me costaban, solo las sufría por no entenderlas y al dedicarme a explorarlas mejor; descubrí que estaba desarrollando algunos de mis mayores potenciales. 

No somos lo que pensamos de nosotros mismos, al menos no en primera instancia. Siempre hay mucho más por descubrir, y esas ideas con las cuales nos definimos, son nuestras únicas barreras para avanzar en comprobarlo. 

Saber que nuestra mente nos limita de poder vernos realmente, se puede volver nuestra guía o ventaja. Debemos siempre poner en duda aquellas ideas tan absolutas, que damos por ciertas sin pensarlas siquiera. Toda idea es incompleta. Solo puede abarcar un punto de vista de una realidad que tiene muchísimos otros puntos disponibles para ver o entender lo mismo, pero de formas totalmente diferentes. Por lo tanto, ninguna idea tiene el poder de ser una absoluta verdad incuestionable. La escuela Gestalt de psicología nos diría que todo se trata de percepciones y perspectivas. Nos mostrarían unas muy divertidas imágenes donde nos hacen dudar si vemos dos caras de perfil o una copa, animales escondidos o un paisaje, dos hombres discutiendo sobre si ven un 6 o un 9 pintado en el piso ya que se encuentran cada uno en un lado opuesto, etc. Más allá de estas ideas ya planteadas, podemos empezar a verlo cada uno por sí mismo. Animarnos a romper nuestros propios moldes y abrirnos a redescubrirnos en profundidad. 

Si sumamos otros aspectos, como la Consciencia o la Energía, todo se vuelve aún más claro. Antes de nuestro plano mental está el energético. Somos primero energía y todos sus infinitos potenciales de expresión. La vamos encausando o dándole dirección en el nivel siguiente que es la mente. Según las ideas que alimentemos energéticamente, y sostengamos por sobre otras, vamos formando estructuras mentales. Estas estructuras, o sistemas de creencias, son a través de los cuales percibimos la realidad. Como si fueran nuestros anteojos, marcos, o filtros. Solo podemos entender lo que ya conocemos, o adaptarlo a conceptos similares previos. Por eso si no conocemos un idioma no podemos entender a alguien que nos hable en esa lengua. Para incorporar nuevos conceptos, vamos encajándolos en parámetros mentales previos que se asemejen en algo a lo nuevo y lo vamos moldeando de a poco. De ahí la importancia de mantener flexible las ideas, en vez de sostenerlas rígidamente como únicas verdades. De otro modo, estaríamos limitándonos de incorporar nuevos conceptos superadores a los que ya traemos; o sea frenaríamos nuestra evolución. También recordemos la importancia de decidir qué ideas nos conviene alimentar energéticamente sobre nosotros mismos y lo que vaya sucediéndonos. No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos. 

¿Qué marcos mentales tenés? ¿Desde qué paradigmas previos ves el mundo? La energía es fabulosamente obediente a la dirección que le demos. Si la llevamos a ideas de una vida cruel con personas malvadas que nos están queriendo perjudicar constantemente, así será nuestro filtro mental, y por ende, nuestro estado emocional correspondiente. Toda idea que sostengamos crecerá. Donde pongamos el foco vamos a estar creando, alumbrando y expandiendo. Nuestra mente se puede ver como un terreno fértil, dependiendo qué semillas vayamos a plantar, podremos saber qué frutos cosecharemos. 

Es hora de reconocer el inmenso poder que tenemos de vaciarnos de todas aquellas ideas previas incompletas que nos hacen sufrir o limitan, para plantar nuevas semillas. Si primero somos energía antes que mente, sería más acertado pensarnos como una fuente de infinitos potenciales esperando que le demos dirección, o forma. Tenemos la enorme capacidad de decidir quiénes queremos ser. Cambiando nuestros filtros mentales por unos nuevos, podremos cosechar los frutos que más nos gusten, en vez de los que nos acostumbramos a consumir porque no conocíamos otros. Es una nueva forma de SER, no solo de pensarse. Traerá aparejado una nueva forma de sentir y actuar, o al menos, una nueva actitud. 

Muchas veces llegando a este punto, solemos pensar que cambiar nuestra mentalidad suele ser algo muy difícil, hasta lo podemos ver desde lo neurocognitivo como cambiar hábitos. Cabe aclarar que nuestra mente no es solo nuestro cerebro y que además éste tiene neuroplasticidad (capacidad de crear nuevas conexiones neuronales). Pero si lo pensamos desde ése nivel, ya estamos estancados en el plano mental. Recordemos que vuelve a ser otra creencia. Si consideramos que es difícil, así lo será. Ahora si decidimos hacerlo energéticamente, direccionamos el foco a encontrar los caminos que nos vayan llevando a lograrlo. La clave estará en no distraerse en las ideas de "cómo lograrlo", sino en dar pasos consecuentes, sin importar lo pequeños que puedan ser. Existe algo llamado parálisis por análisis. Cuando solemos detenernos en sobreanalizar cómo vamos a realizar algo, solo postergamos ponernos en acción. El camino no se hace pensando, se hace dando cada paso y siempre uno a la vez. Aprendamos a reconocer nuestros propios mecanismos de evasión, que utilizamos solo para frenarnos en el avance, y que además, son los que hacen que esas jaulas mentales se sostengan en el tiempo. Siempre estamos cambiando, hasta nuestras células se renuevan diariamente. El estancamiento no es real, sería como frenar el movimiento constante de la vida, la edad, o el tiempo. Al no ser natural; nos consume más esfuerzo, energía y agotamiento, sostener algo en el tiempo, mientras todo lo demás va cambiando. Si nos reconocemos en este punto del camino, estamos ante la oportunidad de asumir y superar nuestro miedo al cambio. El miedo se dispara por una idea y es momento de cuestionarla: ¿A qué le tenemos tanto miedo? ¿De dónde proviene? ¿Con qué otras experiencias lo estamos asociando? ¿Qué es lo peor que puede pasar si damos el paso igual? ¿Es tan terrible? ¿No somos capaces de afrontarlo, más allá de lo que pueda suceder? ¿Vamos a elegir alimentar el miedo, o nuestra decisión de confiar/superarnos/avanzar? ¿Cuál será nuestra semilla? 

Debemos reconocer que nuestra mente está llena de juicios. Juzgamos de posible o no, capaces o no, suficientes o no, bueno o no, erróneo o no, difícil o no, etc. Como decíamos esos "juicios", que son solo ideas, pueden llegar a transformarse en los barrotes de nuestra nueva jaula. Recordemos que siempre son perspectivas incompletas y cuestionarlas puede destrabar nuestro avance para fluir mejor. El miedo al error es otra idea demasiado popular. ¿Es posible determinar que un paso es erróneo de dar, si solo podemos ver el instante presente y no el futuro camino que ese paso nos abre por delante? Cuando aprendimos a caminar de bien pequeños, ¿nuestras caídas eran errores, o fueron aprendizajes que nos permitieron saber como mantener el equilibrio necesario al dar varios pasos seguidos? Como cualquier otra idea, el "error", también podemos cuestionarlo. Lo mismo con la idea de "fracaso". La clave podemos encontrarla en que todas aquellas ideas que provienen de nuestros miedos, se basan en proyecciones a futuro. Y no podemos saber con certeza qué sucederá al llegar ése instante. Seguramente, estamos basando esas proyecciones en ideas sobre experiencias similares previas, otra vez aquellos viejos marcos mentales que nos limitan. Como decíamos, el camino se va haciendo al andar. No juzguemos nuestros pasos si nuestras ideas siempre serán incompletas, está claro que no nos ayuda. Además, lo vamos a hacer para criticarnos o autoexigirnos y esa no será una actitud demasiado amorosa como para ir caminando. Igual cada uno decidirá qué prefiere. Yo solo les recuerdo que existe otra forma de hacerlo. El camino puede ser trazado desde el disfrute, y por el solo hecho, de querer superarnos para sentirnos mejor. De nuevo estamos ante la elección de qué semillas vamos a plantar, la autoexigencia no es para nada mi preferida, porque me lleva a pensar que hay algo malo o peligroso que se debe cambiar, en vez de sentir que estoy eligiendo. Recordemos que estamos decidiendo quiénes queremos ser a cada instante. El resto corre por gustos y valores personales de cada uno. 

Otra guía importante en estos caminos de deconstrucción pueden ser nuestras emociones. Primero somos energía que luego se expresa en energía mental y ésta va disparando energía emocional, para por último manifestarse en el plano físico o material. Es así que cada emoción es generada por un pensamiento o idea. Es cierto que muchas de ellas nos son inconscientes y ahí tenemos un desafío mayor. Igual se puede saber qué idea está detrás de cada emoción si nos atrevemos a sentirla plenamente hasta que sola se diluya. Nuestro mayor desafío, en esta instancia, es no juzgar lo que sentimos y atrevernos a sentirlo completamente, sin reprimirlo ni apurarlo. Si ya estamos en una mentalidad, o decisión de no juicio, vamos a poder fluir mejor transitando completamente nuestros estados emocionales. El gran freno que solemos ponernos es creer que hay emociones que nos daña sentirlas, o que nos superan. Otra idea no real e incompleta. Podemos ver que si sostenemos, en todos los pasos del camino, una actitud de no apegarnos a ideas fijas o incuestionables; no nos identificaremos con ellas. Este desapego es necesario para poder sentir la emoción, sin pensar desde ella ni juzgarla. De vuelta, solemos resistirnos a lo que desconocemos o no entendemos. Si pudiéramos sentir una emoción como tal, lo comprobaríamos. De hecho, pueden ser nuestras grandes guías (o brújula) para ir indicándonos nuestros verdaderos deseos. Muchas veces lo que más miedo nos da, es lo que más queremos hacer. Nuestros enojos nos pueden mostrar la necesidad de poner algún límite o de hacer un cambio. La ventaja de permitirnos sentir lo que vayamos sintiendo sin juzgarlo, es que vamos a ir caminando de forma más auténtica, coherente, compasiva y hasta amorosa. También que podemos ir sanando viejas heridas de experiencias, que ya no existen en este presente, pero nos dejaron una huella emocional inconsciente. Si cambiamos la mentalidad, desde una decisión energética, vamos a estar ordenando en coherencia todos los demás niveles o planos; ya que son posteriores y correspondientes. 

Podemos ir haciendo el camino de forma más integradora y descubrir por qué alimentábamos esas viejas historias que nos contábamos de nosotros mismos. Ir entendiendo por qué construimos ese "yo" y no cualquier otro. 

La motivación de caminar con disfrute, al menos para mí, es fundamental. Podemos ir viendo en el camino cómo siempre hubo algo nuestro, muy fuerte, internamente pulsando por querer salir. Lo que más nos conflictúa suele ser sentirnos incomprendidos o no aceptados. Al haber creado un falso "yo" que sostuvimos tanto tiempo, éramos nosotros mismos quienes no nos comprendíamos ni aceptábamos; como realmente fuimos siempre. La esencia no cambia. Cuanto más nos reconciliemos con nosotros mismos y con lo que vayamos descubriendo internamente, más podremos confirmar que preferimos ser quienes somos y no quienes pensamos que deberíamos ser. Vamos a poder ir desarrollando los potenciales y ventajas de aquello, que al principio, más nos costaba aceptar de nosotros (seguramente esa no aceptación provenía de ideas ajenas). A vivir más creativamente decidiendo qué queremos, que simplemente solo sobreviviendo a lo que nos sucede. O quizás, a descubrir grandes habilidades que desconocíamos tener. Puede ser un apasionante camino de un constante asombro, digno de ser disfrutado plenamente. 









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