Ya hemos hablado de la cantidad de juicios que hacemos constantemente a las personas, circunstancias, entornos y demás. Nuestra mente pareciera tomar el ejercicio de juzgar como su juego predilecto. Todo el tiempo nos encontramos opinando, incluso desde esos juicios. Cuando alguien nos cuenta algo solemos decirle casi en automático: "¡Que bien!" o "¡Que mal!". Sabemos que cada vínculo, actividad, situación y hasta contexto tiene tanto su parte buena, como su parte mala a la vez. Es un mundo dual si nos quedamos mirando la vida desde esos conceptos mentales. Por eso hablábamos en otro artículo sobre cómo los filtros mentales nos limitan de vivir más completa y plenamente a diario. Solemos siempre dar la misma solución: integrar las dualidades. Hoy vamos a hablar de cómo usar esos juicios a nuestro favor, para poder hacer esa integración. Recordemos que todo es una oportunidad.
Cada actitud que nos molesta de un otro puede derivar en un juicio para descalificarlo, pero esa persona también nos ofrece aprender algo. Solemos rechazarlo a primer instancia y nos perdemos de la oportunidad de crecer integrando algo nuevo, hasta superador, gracias a esas molestias y a nuestros juicios. El ejemplo más claro lo encontramos con la Envidia. Cuando envidiamos a otro, por tener algo que nosotros creemos querer y no tenemos, solemos juzgarlo para rechazar esa incomodidad de sentirnos menos o esa insatisfacción de no tener aquello que tanto nos gustaría. Si es el caso de alguien que recibe mucha plata de repente, podemos llegar a decir algo como "en algo raro estará metido para ganar tanto de repente" o "vamos a ver en cuánto se la despilfarra", etc. ¿Qué podríamos aprender o integrar de la envidia? Antes que nada, el reconocimiento de un deseo propio por tener eso que el otro nos muestra. Muchas veces ese deseo no es tan evidente para nosotros mismos y puede estar reprimido, o ser algo difícil de reconocernos a nivel personal, por contradecir nuestros valores/principios. Por más distraídos que nos hagamos, para con ese deseo que nos cuesta admitir tener, viene un otro que nos lo muestra y ese enojo/fastidio/celo nos permite hacer un acto de honestidad con nosotros mismos. Esto siempre nos va a ser algo positivo y de crecimiento, no solo por sacar de la represión un pensamiento tan importante para nosotros, sino también por posibilitarnos hacernos cargo de ese deseo y permitirnos validarlo para cumplirlo; en vez de mentirnos nuevamente. Si lo que envidiamos es un objeto y nos permitimos reconocerlo (en vez de disfrazar nuestra envidia por sentirnos mal al tenerla), podremos pensar de qué formas conseguir nosotros eso que tanto queremos en este presente. Si no nos es posible podemos también preguntarnos: ¿qué buscamos realmente, o para qué creemos necesitar tanto ese objeto? Tal cual lo contábamos en nuestra anterior publicación: hacernos dicha pregunta nos abre el verdadero camino a lograr lo que realmente queremos; o a buscar en este presente lo que pensamos que ese objeto nos puede brindar en un futuro. Si lo que envidiamos es una cualidad o talento, aceptar esa envidia nos permite pensar en nuestros propios talentos o cualidades a desarrollar, si lo estamos o no haciendo, qué podríamos hacer para encontrarlos y desarrollarlos más; hasta ponernos en acción dando algún nuevo paso. Ante la molestia tenemos dos opciones: la rechazamos para seguir reprimiendo esa emoción, o la reconocemos para atenderla como nuestra oportunidad de crecer con lo que nos pasa. Si la rechazamos solo postergamos una molestia que va a volver a salir en otro contexto más adelante, y cuánto menos la reconozcamos, más la agrandaremos aumentando nuestro fastidio o frustración. Lo que resistimos persiste, lo que aceptamos nos transforma.
¿Cuál es el gran freno que nos ponemos para aceptar lo que nos incomoda? Otro juicio: el de que está mal sentirnos así. Eso también es lo que agranda aún más el malestar interno. No solo nos molesta lo que un otro nos refleja que nos cuesta aceptar, sino que nos molesta también (y a veces aún más) lo que sentimos ante esta situación. Juzgamos (en el caso del ejemplo) sentir envidia, hasta nos da culpa y así tapamos nuestro sentir, evadiendo la responsabilidad de enfrentar aquella molestia. ¿Cuál es la ganancia de hacer esto? (porque siempre suele haber una ganancia detrás) no movernos. Quedarnos en el papel de ser aquel que nunca tiene lo que quiere y es el pobre víctima de una vida injusta que se lo regala a todos los demás menos a él. Desde el victimismo evadimos y desaprovechamos la oportunidad de tomar responsabilidad para solucionar lo que tanto nos duele. Solo lo agrandamos. Si bien son opciones sepamos que lo hacemos, para saber que también podemos hacerlo distinto. Todo dependerá de cuántas ganas tengamos de lograr lo que tanto queremos y nuestra voluntad de decidir hacerlo.
Cuando aceptamos reconocer la molestia podemos admitirnos el juicio que le hicimos a esa otra persona o situación, por lo tanto podemos saber qué cambios realizar para solucionar nuestro malestar. Si por ejemplo, nos molesta que un otro siempre esté decidiendo por nosotros, podremos llegar desde el enojo a juzgarlo como agresor, autoritario, invasivo o malvado. Si nos reconocemos en esta situación, habría que preguntarse ¿Qué me está enseñando, o qué puedo aprender de esa persona con esa actitud? Probablemente podamos aprender a tomar responsabilidad sobre nuestro poder personal para decidir por nosotros mismos, en vez de cederle a ese otro nuestro lugar para después quejarnos. El exceso de su conducta nos da la pista de lo que no estamos haciendo nosotros y podemos llegar a integrar. La clave va a estar en nuestra capacidad de detectar esa molestia, el juicio y trascenderlo para transformarlo en nuestro nuevo aprendizaje. Sigamos con otro ejemplo: si lo que nos molesta es una persona que juzgamos de egoísta por no preocuparse demasiado por lo que sucede a su alrededor, podemos preguntarnos al menos si no estamos demasiado encima de los demás y solemos tomar responsabilidades que no nos corresponden. Quizás nos muestra que podemos relajarnos más, para solo hacernos responsables de nuestra vida o lugar, dejando a los demás que lidien con sus decisiones y sus consecuencias. Nos puede recordar la libertad de cada uno de decidir sobre su vida y hasta hacernos cargo de nuestra soberbia que nos lleva a estar midiendo a los demás sin conocer sus razones, creyéndonos mejores. Nos muestra que quizás solemos estar más enfocados en lo que los otros hacen o no, para evadir atender lo que nosotros estamos haciendo con nuestra vida. Una persona satisfecha, plena o feliz no se mete con las demás.
Es claro que esos juicios que le hacemos a otros (o a las circunstancias) tienen más que ver con nuestras proyecciones inconscientes, que con lo que realmente nos muestra lo externo. Todo juicio es una idea. Así como podemos tener otras ideas concentrándonos en otros aspectos de lo que nos están mostrando; nuestra tendencia a elegir un juicio negativo, habla más de nosotros que de lo que realmente sucede. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo entonces? Porque esos pensamientos o verdaderos deseos suelen estar reprimidos o sernos inconscientes. Desconocemos tenerlos. Como decíamos antes, muchas veces admitirlos nos lleva a sentirnos mal para con nuestros valores personales. Ser soberbio o envidioso también es motivo de hacernos otro juicio más, para seguir manteniendo todo eso en represión a través de la culpa o hasta la vergüenza de admitirlo. En realidad, es la causa por la que lo reprimimos en primer lugar. La molestia, celo o enojo nos muestra que estamos reprimiendo algo por juzgarlo de negativo de sentir o pensar. Si lo admitimos lo podemos transformar. Reconocerlo es el primer paso, no juzgarlo de nuevo es el segundo. Luego, podremos decidir qué acciones o decisiones tomar para solucionarlo realmente en nuestro presente y para con nosotros mismos. Podemos usar de guías o hasta de motores estas emociones para entendernos mejor. Para reconocernos realmente qué queremos y dejar de postergarlo. Usar la fuerza del enojo como la firmeza necesaria para hacer un cambio o poner un límite. Y también para dejar de ver "enemigos" donde no los hay, porque ese juicio al invertirlo se nos vuelve la solución que más necesitamos en ese momento para con nuestra vida.
Es interesante como podemos reinterpretar aquello que tanto nos duele para verlo como nuestro potencial crecimiento. Solo requiere que afrontemos las incomodidades, un sinceramiento para con nuestro sentir y que nos hagamos cargo de lo que nos sucede. Es sabernos responsables o tomar responsabilidad, en vez de pensarnos como víctimas. La palabra responsabilidad nos habla de la habilidad de saber responder. Es saber responder diferente a lo que veníamos haciendo. Es hacernos cargo de nuestros juicios y estados emocionales. A muchos no les gusta tanto esta palabra, pero seguramente será porque desconocen la enorme ganancia que les aporta. También puede que la sientan pesada por las culpas y miedos sin atender. Pero sin reconocimiento, aceptación y sinceridad con lo que nos pasa, no hay crecimiento. Dejamos que un contexto o un otro determine nuestro estado emocional, le cedemos nuestro poder personal al no hacernos cargo nosotros primero. La única ganancia de esto es que, si algo no sucede como nos gustaría, podremos siempre culpabilizar a un otro o a la circunstancia, en vez de a nosotros mismos. ¿Hasta qué punto es verdadera ganancia si no estás decidiendo realmente por vos en tu vida? Dependés de lo que otros creen correcto, de estar siempre en su contra, de complacerlos, de no confrontarlos o actitudes similares, para sentirte bien o no. Cuando en realidad podes sentirte bien ahora, retomando la capacidad de ser solo vos quien decida en tu vida. Es como tener un camino con un cartel que te indica que atravesándolo cumplirás tus deseos, pero vos elijas ir por otro. Son decisiones, como decíamos antes, pero seamos conscientes de que seguramente las tomemos por miedos a realmente cumplir lo que queremos, a arriesgarnos, o por sentirnos culpables y no merecedores de estar bien.
Volviendo al tema central, los juicios que hagamos nos abren las puertas a descubrirnos mucho más. Si estamos dispuestos a mirar adentro, podremos ver los recursos que tenemos y aprovechar estos juicios como nuestras verdaderas oportunidades. Cuando no sepamos invertir esos pensamientos, porque nos cueste ver qué nos puede enseñar un otro que creemos que nos lastima tanto; al menos siempre podemos admitir lo que pensamos de esa persona. Ese es un primer paso. Luego buscando con nosotros, podemos pensar si eso que nos muestran lo hacemos nosotros y si no nos vendría bien hacerlo, aunque sea en otro grado o de otra forma. Es así que podemos ver que quien te agrede te enseña a saber defenderte sin agredirlo tampoco. Tengamos presente que invertir nuestros pensamientos sobre lo que siempre nos sentimos tan víctimas puede no sernos algo tan fácil al principio, pero mejoraremos en la práctica. Cabe aclarar también que, con todo este análisis no buscamos justificar a aquellos que puedan dañar a otros ni minimizar esas cuestiones, solo nos enfocamos en nuestra única responsabilidad al respecto. Atender lo que nos pasa a nosotros es nuestra prioridad, ya que de las consecuencias de los actos que otros realicen no somos nosotros los responsables. Solo somos responsables de nosotros mismos, nuestro accionar, pensar, sentir y de las consecuencias de lo que causemos. Siempre podemos decidir qué hacer con lo que nos llega de otros y éstas reflexiones sobre lo que podamos interpretar son con nosotros mismos, no con los demás. Por ejemplo si alguien te agrede, te defendés y luego con vos mismo reflexionas por qué soles vivir situaciones de agresión. Podés descubrir que al no saber poner un límite a tiempo (o asertivamente), estás permitiendo esa agresión y te vendría bien tomar el ejemplo de firmeza de esa otra persona para sostener el límite la próxima vez que algo así te suceda.
Otra gran oportunidad es la de poder reinterpretar la relación con nuestros padres. Aceptarlos, reconciliarnos y hacer las paces con ellos (estén vivos, ausentes o no) nos permite integrarlos y sanar la primera de todas nuestras relaciones. Este aspecto es fundamental para el camino de hacerse completamente responsable de uno mismo. Muchas veces estas implicancias también nos son inconscientes. No solemos darnos cuenta hasta dónde nos afecta no estar en paz con nuestros progenitores. Veamos un poco estas cuestiones para saber la importancia de integrarla también y más desde los juicios que hayamos hecho sobre su forma de criarnos o relacionarnos con ellos.
Nuestros padres son el primer contacto con este mundo y nuestro primer vínculo. Dejan una huella inconsciente y hasta arquetípica sobre modelos de autoridad, cuidado, providencia, responsabilidad, tolerancia a la frustración, formas de dar expresar y recibir cariño, etc. Nos nutrimos de ellos y su forma de ser, de criarnos y de vincularse para con nosotros. Aún cuando alguno de ellos haya estado ausente. Esa ausencia también nos es arquetípica. Solemos relacionarnos de adultos con otros, muchas veces movidos o condicionados por esos modelos recibidos en la infancia. No es de extrañar, que alguien con ausencia paterna o materna busque modelos de referencia en otros adultos, aunque ellos sean algún entrenador físico, abuelos o hasta padres de un amigo. Muchas otras veces, nos vemos buscando o actuando desde esos modelos en las parejas que formamos de adultos. En otros casos las ausencias de alguno de los padres no son físicas, pero sí emocionales. Tener padres ausentes emocionalmente hablando afecta profundamente a nuestro autoestima, autopercepción, autoconfianza, comprensión a nosotros y a los demás, al desarrollo de nuestras habilidades sociales, no saber poner o respetar límites personales, etc. Tener padres sobreprotectores o demasiado controladores nos hace crecer llenos de inseguridades para con nosotros mismos, miedos constantes, baja autoestima y nunca sentirse suficiente, pobre concepto sobre nuestras capacidades o sobre nuestro potencial de hacernos responsables de nosotros mismos de forma independiente y sana, etc. Implicancias hay muchas, solo podemos dar un pantallazo general para que cada uno se sienta disparado a reflexionar consigo mismo qué relación tuvo con sus padres y si está verdaderamente en paz con ellos.
La reconciliación con nuestros padres que les propongo no es necesariamente para expresárselas a ellos o tomar alguna acción concreta. Es solo una reconciliación para con nosotros mismos y para con esas huellas psicoemocionales que pudieran habernos dejado de forma inconsciente. No implica que lo hablemos con ellos, o que siempre debamos obligarnos a quererlos. Como todo vínculo se construye, implica de dos partes para ir haciéndolo. No tenemos obligación para con ellos solo por ser nuestros padres, si surge y podemos llevarnos bien mejor. Pero no es imprescindible para lograr estar en paz con ellos internamente. Algunos quizás, ni los hayan conocido y otros quizás ya ni estén vivos. Pero en todos los casos, esos modelos arquetípicos de cómo fueron nuestros padres y su relación con ellos, siempre están en nuestro inconsciente, por eso tienen tantas implicancias. Es esa parte interna nuestra la que proponemos reinterpretar, atender y pacificar. Al hacerlo, hasta estaríamos mejorando nosotros como padres, si tenemos hijos, ya que dejaríamos de repetir muchas de sus conductas de forma inconsciente. ¿Cuántas veces se encontraron repitiendo a sus hijos las mismas frases que les decían sus padres? Volvemos a ver que nos atraviesa un montón de aspectos de nuestra vida actual aquella primera relación.
Desde lo que planteábamos al principio del artículo, podemos concentrarnos en qué aspectos más nos molestaban de nuestros padres o de la relación que tuvimos con ellos. ¿Qué juicios negativos les estamos haciendo? ¿Qué emociones nos pulsan al pensar en ellos o en estos aspectos? ¿Podemos realmente rescatar los aprendizajes, o hay cualidades de ellos que nos cuesta aceptar y comprender desde la compasión? La reconciliación abordada desde este enfoque, nos propone hacernos cargo de lo que sentimos con honestidad sin juzgarnos por sentir o pensar eso, pero buscando invertir esos pensamientos por los que nos muestren lo positivo o el aprendizaje que podamos rescatar de sentir o pensar eso. Por ejemplo, si sentimos un abandono podemos evaluar en qué nos estamos abandonando en este presente, ¿realmente nos valoramos y priorizamos para atendernos como merecemos? ¿No habremos desarrollado conductas de sobreprotección, o de hacernos cargo de cuidar a todos los que nos rodean y esa ausencia nos puede enseñar a retirarnos un poco para solo hacernos cargo de nuestro lugar? ¿Dejamos a los demás que desarrollen sus habilidades para hacerse cargo de ellos mismos con libertad y respetando que lo hagan a su forma, o buscamos controlar que cumplan con las nuestras casi moldeándolos, por miedo a que ellos también nos "abandonen"? ¿No estamos buscando ser vistos como "necesarios" para que nunca se olviden de nosotros? ¿No los estaremos haciendo dependientes de que siempre nos busquen para ayudarlos, así nos sentimos importantes o imprescindibles para ellos? ¿Cuál es la forma de relacionarnos que tenemos con nuestros vínculos actuales, es sana? ¿Tenemos miedo a que un otro nos abandone como lo hizo alguno de nuestros padres? ¿Qué técnicas empleamos con otros para asegurarnos de que eso no suceda, son manipulaciones de algún tipo? Puede llegar a ser que al no haber aprendido cómo relacionarnos sanamente, por esa ausencia en primera instancia, hayamos desarrollado diversas formas no tan sanas de vincularnos para recibir atención, aprobación, lealtad o cariño. En estos casos la ausencia se puede ver como el recurso para hacer una retirada de esas técnicas y la verdadera oportunidad de redefinir internamente nuestra forma de vincularnos. Hasta incluso lo podemos pensar como un verdadero llamamiento a priorizarnos, aprender a cuidarnos atendiendo nuestras necesidades sin abandonarlas por complacer primero a otros, cultivar el amor propio necesario, sanar nuestro autoestima, perdonarnos si nos llegamos a haber culpabilizado por esa ausencia o abandono, etc. Hacer esa retirada con uno mismo para sanarse, nos permite después cambiar nuestra manera de relacionarnos con otros también. Es solo un ejemplo para mostrar todo lo que podemos ver a partir de un juicio o idea que nos quedó grabado para rechazar algún aspecto de nuestros padres. Si nos animamos a reconocerlo, aceptar las implicancias que nos trajo ese vínculo e invertir esa interpretación (para encontrar cómo puede servirnos ahora esa conducta que tanto rechazamos) estaremos pacificando aquella historia. Nos reconciliaremos con ese pasado que ya no necesita pulsar reprimido desde nuestro inconsciente, gracias a nuestra decisión de tomar responsabilidad sobre él. Si no hacemos consciente lo inconsciente; el mismo dirigirá nuestra vida y lo llamaremos destino, nos recordaría Carl Gustav Jung.
Muchas veces tenemos conflictos internos que desconocemos por completo. Hacer estas reflexiones introspectivas, en vez de ignorar nuestras molestias o juicios descalificativos, nos permite lograr la paz y solucionarlos. ¿Vamos a seguir desaprovechando estas tan valiosas oportunidades, por ceder a nuestras tendencias de siempre estar subiendo al banquillo de acusados a otro personaje más? O quizás hasta lleguemos a sentir demasiado confortable ese asiento y nos cueste levantarnos de una vez. En cualquiera de todos los casos, siempre somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Nunca es tarde para reconciliarnos con nosotros mismos y dejar de jugar al juego de jueces, víctimas, villanos y verdugos. Ya fuimos todos esos personajes más de una vez, probemos perdonarnos de verdad y usar esa creatividad para cumplir todo lo que deseemos de corazón.
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