En el artículo anterior hablaba, entre otras cosas, de la tendencia a permitir que los discursos que consumimos nos dividan. Haciendo un llamado a recordar que las diferencias nos enriquecen en vez de amenazarnos. Siguiendo con esa línea, creo que es importante analizar un factor que influye mucho a la hora de poder apreciar de forma positiva la diferencia. Me refiero a nuestra capacidad de valoración.
Quizás el núcleo de la respuesta lo encontraremos al pensar la forma en la que fuimos criados. Más allá de los diferentes valores inculcados por nuestras familias en la infancia, la mayoría de modelos de crianza comparten la misma cuestión central. Aprendemos a ver y valorar la vida desde las miradas de nuestros padres/referentes. Es imposible escapar a que ellos moldeen esas primeras experiencias que luego fundarán la estructura central de nuestro pensamiento. Esto no implica que luego podamos transformarlo, pero nos lleva mucho trabajo interno hacerlo, precisamente por ser ideas fundacionales que tenemos demasiado arraigadas y actuando de manera inconsciente.
Por lo general nuestros referentes nos educaron a partir de premiar o castigar conductas. También moldearon la forma de lidiar con nuestras emociones. Eso explicaría por qué tanta gente adulta, e incluso en su tardía adolescencia, carece de recursos para afrontar de maneras más resilientes situaciones que generen frustración. Y en esos casos es común encontrar el patrón de que fueron criados en un ambiente demasiado sobreprotector.
Nuestra familia de origen nos enseñó dónde poner el foco para valorar cada situación. Y aun cuando no lo hayan expresado directamente en palabras, nos formaban mediante su ejemplo y la coherencia entre sus discursos y sus acciones. Que premiaran nuestra buena conducta, o castigaran la falta de ella, nos fue transmitiendo un mensaje indirecto de que nos valoraban más por los resultados obtenidos que por cómo éramos como personas. Mensaje que además se reforzaba por un afuera en donde el éxito se mide por lo que se obtiene de manera material, profesional o sentimental.
Me permito hacer una aclaración que repito cada vez que hablo de nuestra infancia. Mi intención jamás pasa por criticar a nuestros padres/referentes. Como madre sé muy bien la inmensa dificultad y desafíos que nos aporta la maternidad/paternidad. Y tampoco pretendo generar rencor hacia nuestra historia. Simplemente me limito a analizar las consecuencias en la adultez que ciertas experiencias nos dejaron marcadas con la intención de tomar consciencia sobre ellas, empoderarnos y decidir distinto a partir de la nueva información o recursos. Por lo tanto, tomemos lo que nos sirve para avanzar mejor y aprendamos a mirar a nuestros padres desde una mirada de comprensión y compasión. La gente hace lo que puede con lo que tiene, con lo que sabe y con lo que aprendió. Y hasta creo que en ese sentido cada generación goza de mayores privilegios que la anterior, estamos evolucionando y mirar con los ojos de hoy a generaciones anteriores que tenían otros desafíos no sería tan apropiado. Además, el foco debemos ponerlo en nosotros y en lo que nos dejaron para elegir desde nuestro poder personal cómo administrarlo mejor.
Como venía diciendo, aprendimos a valorar desde la mirada de nuestros referentes adultos. Y ese movimiento es mucho más poderoso de lo que solemos contemplar. Porque nos invita inconscientemente a valorarnos desde afuera sin contemplar nuestro interior. Le cedimos nuestro poder personal a que nos dijeran quiénes éramos, cómo era el mundo, qué cosas son importantes para valorar y cultivar en nuestra vida y cuáles descartar, etc. Nos inculcaron sus propios valores personales y no tuvimos la oportunidad ni la consciencia de cuestionarlos para saber si queríamos elegirlos o preferíamos otros. Y es lógico y no es que esté mal, pero nos dejó una marca demasiado grande como para ignorar. Por eso se vuelve central cuestionarlos.
Muchos de nosotros jamás estuvimos de acuerdo con ciertas dinámicas o valores de nuestra familia de origen. Y las habremos tratado de corregir si formamos una familia propia de adultos. Pero en este punto sucede algo interesante, que no siempre tomamos consciencia. Hacer las cosas distinto por ir en contra de algo no siempre es lo adecuado. Si actuamos desde un lugar de haber evaluado lo que recibimos y elegir algo mejor, seguramente estaremos evolucionando. Pero si nuestro parámetro es ir siempre en contra de lo que recibimos, estaríamos repitiendo el error que lo que sucedió siga condicionando nuestros valores o conductas. Así que a la hora de cuestionar nuestros valores, no nos olvidemos de ese pequeño detalle.
"La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar."
Carl Rogers
Aprender a valorarse mejor es un tema súper amplio (te invito a que después de leerme pases por mi canal de YouTube que tengo varios videos sobre valorarse, como este por ejemplo) que implica autoconocimiento y actos de amor propio concretos para crear una autoestima más sana, pero ahora veamos algunas cuestiones básicas.
El foco rara vez se nos enseñó a centrarlo en nuestro interior. Quizás haya padres más conscientes que lograron acompañar a sus hijos educándolos en conocerse a sí mismos, o escuchándolos mejor en vez de adoctrinarlos. Y sé que esa última palabra es demasiado fuerte, pero no puedo ignorar el hecho de que a muchos los criaron sin dar más explicaciones que el famoso "porque lo digo yo que soy tu padre/madre" y eso a la larga para mí es un adoctrinamiento. Razón por la cual traté siempre de explicarle a mi hija que las reglas estaban puestas con sentido y propósito. Y aunque como todos los padres me equivoqué mucho, siempre creí que yo estaba aprendiendo más de ella que ella de mí.
Y si tu caso fue una familia de reglas demasiado rígidas la tendencia a cuestionarlas debió nacer en la adolescencia mediante la rebeldía típica de la edad. Probablemente te hayan acusado como a mí de rebelde y cuestionadora, como si preguntar fuera una falta de respeto. Quizás te hayas echado más culpas de las que te correspondían o hayas silenciado tu tendencia a cuestionar. Y si es así, al menos repensalo, porque en mi caso personal fue precisamente una de mis mayores virtudes para siempre estar trascendiendo creencias limitantes y creencias heredadas.
Cómo sea que se haya desarrollado tu infancia, valorarnos desde afuera primero nos genera medirnos por resultados. Que como decía antes, encima se ve reforzado por ideas de la sociedad, pero esa misma sociedad parece no valorar las cuestiones más importantes de la vida como el aire para respirar que se da por garantizado, o cuidar la naturaleza del planeta para sostener una buena calidad de vida y no profanarla por lucrar con ella, por dar algunos ejemplos. No se nos enseña a valorar nuestro tiempo, nuestra energía, nuestra salud mental, por sobre encima de nuestra productividad. A veces se sobrevalora la cantidad por sobre la calidad. Por ejemplo: si tenés 10 amigos es mejor que si tenés solo uno pero con una relación más auténtica de amistad, si llegás a tal edad sin haber formado una pareja o familia algo malo debés estar haciendo, si tenés un trabajo que no te gusta pero paga tus cuentas mejor conformarse, etc.
Y llegado este punto de la reflexión aclaro que cada uno elige sus valores personales y su escala de prioridades. Yo sólo puedo hablar desde los míos, pero de ningún modo busco inculcarlos a los demás. Por lo tanto, no lo olvides al leerme porque podemos diferir en conceptos y sin embargo coincidir en la importancia de revisar qué es valioso para cada uno.
"Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder para elegir nuestra respuesta."
Viktor Frankl
Entonces, les propongo preguntarse con total honestidad y en la intimidad:
¿Cómo empezamos a construir una valoración propia?
¿Qué cosas valoro porque realmente las elegí?
¿Cuáles heredé sin cuestionarlas?
¿Qué persona quiero ser aunque nadie me aplauda?
Hasta ahora hablé solo de cómo cada uno valora y qué elige valorar. Y para mí ese es el mejor orden, porque si no sabemos valorarnos y no elegimos valores coherentes con quienes somos en esencia y autenticidad, no podremos hacerlo con otros de una manera tan profunda. Porque como decía en el artículo anterior también, no vemos ni valoramos el mundo como es, sino que lo hacemos desde nosotros, como somos y valoramos nosotros.
Incluso desde nuestras expectativas e ideales. Y este aspecto no es nada menor si nos ponemos a analizar los argumentos que suelen dar las personas que no saben valorar las diferencias o hasta incluso a sus "opuestos ideológicos", por llamarlos de alguna manera. Pero también es algo tan común que se refleja en múltiples escenarios como un grupo fanático de un artista musical criticando con severidad el nuevo disco, padres diciéndole a los hijos que los defraudaron, hijos sintiendo que defraudaron a sus padres, público que asiste a ver un deporte de equipo y si el jugador más hypeado no juega por alguna lesión reclaman que se les devuelva lo que pagaron, espectadores juzgando si algún remake estuvo a la altura de lo que esperaban, etc., etc. Y en algunos casos no solo se toman atribuciones de criticar las obras ajenas en vez de crear las propias como tanto les gustaría ver, sino que además demuestran una exigencia desmedida descartando trabajos completos por un simple detalle o solo porque esperaban algo distinto. Evidenciando sus criterios subjetivos, su autoexigencia y su incapacidad de valorar (la intención, la entrega, el tiempo invertido, la creatividad, la ilusión, el gasto físico, etc.) proyectada en el exterior.
Porque poder valorar las diferencias como valiosas o potenciales de enriquecimiento nace de poder valorarlo en nuestro interior primero. Y más aún si lo tuviste que hacer porque eras demasiado diferente a la familia en la que te criaste. Probablemente ellos te enseñaron, consciente o inconscientemente, a anular esa diferencia para encajar o cumplir. En vez de aprender de ella como una posible mejora al sistema familiar y sus dinámicas. En mi caso eso se expresó con la alta sensibilidad y cómo ellos desconocían absolutamente saber reconocerla. Era obvio que no sabían qué hacer distinto, cómo validarla, ni cómo entenderme. Y esa invalidación generó en mí que yo misma la rechazara de la misma manera que aprendí durante años. El cambio recién vino cuando me encontré con la información que me explicaba esas diferencias y cómo verlo distinto. Y por supuesto con mi trabajo de desarrollo personal enfocándome en aprender a validarme tal cual era.
Quizás por eso me fue tan necesario revisar mi valoración y hoy esté escribiendo sobre ello. Los invito a dejarme en comentarios sus experiencias y a compartir este artículo con quien le pueda ayudar leerlo. Además, les pregunto si les interesa que sigamos hablando del tema, porque sólo abordé algunas cuestiones básicas, pero siempre hay mucho más que decir.
Si no habías leído mi artículo anterior te invito a hacerlo acá. O también a revisar qué nos propone la numerología de este año leyendo este otro artículo.
🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear el Lalyverso Soleado acá. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas, porque me ayudan muchísimo a seguir creciendo. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻



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