¿Qué es eso de la hipervigilancia?
¿Son tan malos los enojos?
¿Sabés defenderte y cuidar tu sensibilidad o aprendiste a sobreadaptarte para no sufrir más todavía?
¿Huis del conflicto?
Bueno, vamos paso a paso. Una cosa es ser empático como rasgo natural de tu carácter y otra muy distinta es actuar inconscientemente desde una "sobreempatía". También hay casos en el que los empáticos van descubriendo este rasgo y sus verdaderas implicancias por etapas. Y el combo más complejo se lo llevan los altamente sensibles, que nacieron con esos aspectos amplificados.
Todos tenemos sensibilidad y una tendencia natural y hasta biológica (como nos muestran las neuronas espejo) de ser empáticos. Somos seres sociales, no existimos sin un otro. Nuestro cuerpo compensa los sobreesfuerzos, fallas de órganos o sistemas, buscando sostener la homeostasis o mejor estado de salud posible a cada momento. La misma naturaleza, de la que siempre fuimos y seremos parte, nos muestra especies que actúan desde mentes colmenas o consciencias colectivas, evidenciando un claro altruismo y una fuerza armonizadora que regula cualquier exceso en pos de sostener el equilibrio global. Como si todo tendiera hacia un bien común.
En casi todos mis artículos remarco la importancia de observar las historias que nos contamos acerca de nosotros mismos y del entorno que nos rodea. Cuando llevamos años repitiéndonos que somos empáticos, muchas veces y sin darnos cuenta, vamos ampliando dicho concepto hasta deformarlo. Y no es un defecto ni tampoco lo hacemos por casualidad.
Ponerse constantemente en los zapatos del otro nos hace olvidar de estar en los nuestros. Además, el universo y nuestra mente, que detestan los espacios vacíos, tenderán a rellenarlos. Y después te enfurece ver que el otro se quedó con ambos pares y vos descalzo.
El problema no es ser empático sino hacerse cargo de responsabilidades ajenas. Porque una cosa es contemplar, colaborar o hasta contribuir con alguien y otra distinta es tomar su lugar. El mejor ejemplo lo podemos ver con los padres y sus hijos. Los padres enseñan, educan, guían, pero no pueden hacer las cosas por ellos sin que eso vuelva a los hijos dependientes e irresponsables. Y sin embargo, desde el cariño y el dolor de tratar de evitarles experiencias adversas a sus hijos algunos padres cruzan esos límites y se vuelven sobreprotectores o incluso controladores.
Siendo madre jamás juzgaría o criticaría a otros padres, solo comento algunas tendencias que observo que van generando dinámicas disfuncionales o potenciales inconvenientes en las habilidades sociales de nuestros hijos a medida que van creciendo.
Hay que aclarar que las líneas son tan sutiles que la mayoría de veces las cruzamos sin notarlo, o desde las mejores intenciones. Como cuando mi hija me cuenta un problema y tengo que controlarme de no aconsejarla acerca de cómo resolverlo, porque lo único que buscaba de mí era una simple escucha.
Y uso este ejemplo porque hay una cuestión de fondo que nadie quiere pensar ni decir. Si siempre que mi hija me cuenta un problema yo la aconsejo acerca de cómo resolverlo, estoy dándole a entender indirectamente que no confío en sus capacidades de solucionarlo a su forma, ritmo y estilo. Estoy cruzando la línea de su libertad diciéndome que lo hago desde la tendencia natural de no querer verla sufrir. Y aun cuando no sea mi intención ella puede llegar a sentir que no la veo capaz, lo que implica un riesgo demasiado caro para arriesgarse a pagarlo. Por eso soy consciente e intento controlar dicho impulso. También aclaro que mi hija ya es mayor de edad, un factor no menor.
Las personas demasiado empáticas tienden a cruzar esas líneas todo el tiempo y ni lo notan. Esto las lleva a cargar con problemas ajenos o preocupaciones innecesarias, que los terminan agotando. Quizás lo vienen haciendo desde niños, o en su familia de origen su empatía los empujaba a compensar las fallas del sistema cubriendo huecos que los llevaban a correrse de los roles establecidos. Como lo vienen haciendo desde siempre, está tan integrado en su personalidad que es difícil reconocerlo. Y si crecieron en una familia disfuncional esa empatía se agudizó creando un sistema de hipervigilancia capaz de detectar cualquier necesidad del entorno incluso antes de que sea dicha o mostrada, por una cuestión de mera supervivencia.
Ese mecanismo los fue volviendo expertos en sintonizarse a los problemas o dolores de los ambientes. Y su respuesta natural es tomar dicha responsabilidad y poner todos los recursos que tienen para resolverlos. Pero encierra esa sombra que pisotea la privacidad, de alguien que no quiere que su tristeza sea revelada ante otros, o la libertad de que el otro de los pasos que elija cuando considere. Es una distorsión que en realidad busca sacar al empático rápido de la necesidad de resolver su propio dolor o incomodidad, que se ve reflejado en otros.
Muestra la incapacidad de sostener la calma, una escucha activa, la presencia, el respeto y la paz ante el mundo emocional ajeno. Además de evidenciar la tendencia a juzgar lo correcto e incorrecto del proceso de los demás.
Es que a todos nos cuesta estar en dolor sin querer huir, resolverlo o protegerse. Y así como nos pasa con nuestros dolores, esa misma incomodidad brota ante el dolor ajeno o la mera sospecha de que esté flotando en el entorno.
Las personas altamente sensibles nos llevamos el desafío mayor porque sentimos como propias las emociones de los demás y las energías de los ambientes. E igualmente el autoconocimiento sale a nuestro rescate y a mayor inteligencia emocional, mejor aprendemos a lidiar con esas situaciones. Porque de otros o propias sabemos canalizar dichas emociones sin pensar ni actuar desde ellas con reacciones impulsivas que no nos traen nada bueno. Si sos PAS y no llegaste a ese punto, mi primera recomendación es que trabajes con tu energía para fortalecer tu campo y te adentres en el camino del autoconocimiento (o podés chequear mi curso online que recomiendo al final de cada artículo).
En cualquiera de todos estos casos es fundamental tomar consciencia de que sólo somos responsables de lo nuestro, de nuestro mundo interno, nuestro lugar, bienestar y propia felicidad. Y el mensaje de que debimos adaptarnos, ser complacientes y tomar la felicidad de otros como nuestra prioridad probablemente se nos grabó desde niños cuando era más importante conservar conexiones armoniosas que preservar nuestra autenticidad. Quizás los dones se interpretaron como cargas, el poder como intimidación o problema, la sensibilidad como debilidad y la profundidad como trastorno. Fuimos moderando lo nuestro en pos de no generar confrontaciones, adaptándonos a priorizar el bienestar común al propio y ante el menor signo de molestia ese ajuste se activa de manera tan automática y silenciosa que a veces se vuelve extremadamente difícil de detectar.
Pero cuando el empático decide dejar de cargar con responsabilidades ajenas va aprendiendo a poner límites, a saberlos comunicar más asertivamente (sin lucha, demandas ni dramas) y sobre todo a nunca volver a abandonar sus zapatos ni su lugar.
Si tomamos el enfoque para entender la empatía desde el modelo multidimensional de Decety y Jackson comprenderemos que la empatía se compone de cuatro dimensiones principales: el aspecto afectivo, la consciencia del otro, la consciencia de uno mismo y la flexibilidad cognitiva. En la primera dimensión que abarca el aspecto afectivo se engloba la información emocional que se comparte recíprocamente entre las personas, quién siente y quién recibe, percibe lo que el otro siente y cuál sería su respuesta. En las dimensiones de la consciencia de un otro y la propia se agrupan las respuestas cognitivas acerca de comprender puntos de vista distintos a los nuestros, por qué un otro puede sentir con una intensidad diferente a la propia, qué pensamientos impulsan a sentirse de esa manera y las funciones cognitivas superiores (como planificación, razonamiento, flexibilidad) que se activan condicionando sus comportamientos o decisiones, a la par de los nuestros que no siempre coincidirán. A cuanta mayor inteligencia emocional tengamos acerca de nuestra dimensión afectiva, más fácil podremos percibir y lidiar constructivamente las diferencias desde la consciencia de un otro y la propia. Y en la dimensión de la flexibilidad cognitiva se puede apreciar el comprender que un otro sienta y se comporte distinto a lo que nosotros estaríamos acostumbrados o tenderíamos a hacerlo, los conflictos que ello implica en la dinámica del vínculo y la capacidad de flexibilizar nuestros marcos mentales para encontrar vías de mediación asertivas en pos de enriquecer el vínculo en vez de romperlo por las diferencias. Otra dimensión en la que se evidencia más que cuanto mayor flexibilidad tengamos para abrirnos a ideas nuevas o superadoras para con nuestra vida, mayor capacidad de ejercer dicha habilidad tendremos para ser flexibles ante un otro distinto, y a veces opuesto, a nuestros valores, pensamiento, sentires y comportamientos.
Traigo esta información para que entendamos que cada componente o dimensión de la empatía puede variar y trabajarse por separado de una persona a la otra. Y que si alguna de las habilidades sociales, afectivas o cognitivas que implican cada dimensión no está tan desarrollada eso explicaría por qué a algunos les cuesta más ser empáticos, lidiar con la empatía sin excederse apropiándose de emociones ajenas o coartando libertades que no le son propias, abrumarse ante las respuestas psicoemocionales de un otro, tomarlas de aprendizaje, enriquecerse o enriquecer los vínculos, la gente que no ofrece una respuesta empática completa sino parcial, o aquellos que tengan alguna limitación a nivel neuronal que les impida desarrollar el mecanismo de supervivencia más básico que activa la empatía o la limite de alguna forma, etc.
En cuanto a lo que venimos denominando sobreempatía desde enfoques profesionales se conoce como hiperempatía y se trata como un concepto psicológico que describe un nivel extremo o exagerado de empatía afectiva. Se reconoce como un rasgo o síntoma en el que la persona absorbe y siente el estrés, las emociones o el dolor de los demás como si fueran propios y en formas distorsionadas o amplificadas en algunos casos. Genera entre otros efectos una pérdida de límites donde cuesta separar la identidad propia de la ajena, lo que los lleva a descuidar las necesidades propias en pos de priorizar las de los demás. Además de exponerlos en vulnerabilidad a que otros con comportamientos más abusivos o conductas narcisistas los vean como el blanco fácil, debido a su compasión exacerbada.
Algunos de los efectos que causa la hiperempatía pueden ser: agotamiento emocional, estrés crónico, ansiedad, dificultad extrema para decir no o poner y sostener límites, sensación de fatiga social o desgaste físico y mental.
Las pautas para corregir el exceso de empatía se basan en construir una barrera protectora que no limite la capacidad de conectar con el resto. Estableciendo límites claros; practicando decir que no sin explicar ni justificarse de más; definir mejor el espacio personal y la disponibilidad emocional para con los demás; tener presente que tu única responsabilidad es con vos mismo y tus necesidades afectivas y necesitás priorizarlas para no suplir las de los demás primero; saber reconocer los vínculos que te drenan o están desbalanceados en reciprocidad y poder alejarte amablemente para recuperar tu centro; desarrollar la ecpatía (el opuesto necesario) visualizando una barrera energética que proteja tu espacio, usando anclajes emocionales para diferenciar lo que no es tuyo, o entendiendo que se puede acompañar a alguien y validarlo emocionalmente sin la obligación de solucionarle el problema o cargarlo en tus espaldas por sacrificio; gestionar mejor tu energía mediante "ayunos sociales", prácticas de autocuidado o fortalecimiento de tu campo energético; etc.
Probablemente el consejo más útil sea el de transmutar la energía que enfocás en la empatía afectiva hacia una mayor compasión cognitiva, escuchando a un otro desde la mente en vez desde tu cuerpo. Así comprenderías al otro desde una forma más analítica, en vez de sintonizar con su sufrimiento. Aunque es cierto que en las personas de mayor sensibilidad esa tarea requiere muchísima más energía y esfuerzo.
Lo importante es entender que tu rol desde el vínculo no es hacerte cargo de lo que le sucede a un otro sino de ofrecerle (si te nace de forma genuina) un apoyo constructivo. Quizás el simple hecho de hacerle preguntas acerca de si hay algo concreto que esté a tu alcance que le podrías ofrecer para ayudarlo, te pone en un rol más activo y saludable. Pero siempre recordando que no sos responsable ni es tu obligación, sino algo extra que a veces no te nace y otras puede que sí.
Y en el caso de que conozcas a alguien que siempre fue demasiado compasivo con vos y su conducta y disponibilidad cambió de repente sin aviso, quizás esta información te aporte un poco de luz acerca de su cambio para que sepas que quizás no te rechazó como creías ni se volvió más frío de la nada, sino que aprendió a gestionarlo distinto por una decisión de autocuidado o madurez.
Si algo de lo compartido les resonó o les pareció desafiante de poder llevar a cabo, los invito a expresarlo en los comentarios. También pueden continuar leyendo otros artículos relacionados como este o este otro.
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