Seguidores... ¡SUMATE! 💕

miércoles, 27 de abril de 2022

La magia del individualismo


Priorizarse a uno mismo es una respuesta evolutiva. Solemos pensar que es un acto egoísta y que los demás deberían estar por encima de nosotros, ante ciertas cuestiones que creemos que favorecen al bien común. Es mi intención que con este artículo puedan reflexionar si es tan cierto aquel prejuicio, o crecimos pensándolo al revés. Muchas de las creencias que sostenemos nos limitan y la gran mayoría responden a arquetipos del inconsciente colectivo. Cuestionárselas es permitirse crecer.





Empecemos por nombrar que como humanidad pareciéramos estar transitando una cierta adolescencia. Sé que es una de las formas de pensarlo, y bastante particular, por lo que entiendo que no todos estarán tan de acuerdo. Aún así, se las comparto para aportar una perspectiva más. 


La adolescencia es una crisis en la que el individuo va tomando consciencia de su crecimiento y le surge orgánicamente repensarse más allá de su familia de origen. Se va dando cuenta de que empieza a poder elegir por sí mismo, en vez de cumplir con las expectativas o demandas de sus padres/referentes. Se cuestiona lo establecido que vino absorbiendo sin pensar, para rever si quiere reelegirlo o hacerlo diferente. Es una etapa en la cual la persona tiene una crisis de identidad que le permite romper con lo que venía construyendo, para volver a construirse desde un nuevo lugar o mentalidad. Suele ser un estadío bastante crítico que se tiñe de rebeldía, nuevos ideales e idealismos, angustias y muchas cosas más. De niño parecía ser todo mucho más fácil, ya que se dependía de lo que los padres (o referentes que nos criaban) nos iban enseñando de la vida y nosotros. Estábamos a cargo de ellos sin pensar en valernos por nosotros mismos todavía. Esta dependencia es natural, orgánica, sana y hasta inevitable. Desde que se tiene memoria, construimos una imagen de la vida y de nosotros mismos a partir de lo que ese primer entorno familiar nos iba transmitiendo. La mente del niño es moldeada por ése entorno directa e indirectamente; ya que también influyen las experiencias que vayamos atravesando esos años. De adolescentes, nos empezamos a cuestionar todo aquello que creíamos tan cierto. Tenemos la motivación de empezar a buscar una voz propia que suele tender a diferenciarse. Como si estuviéramos tratando de encontrar nuestro rol individual y único para con los entornos de siempre. Se van tomando de referentes a otras personas, más que nada, a aquellos que podamos percibir como pares. Para el adolescente "los nuevos padres" de los cuales guiarse o aprender son sus amigos, personas que admire, o similares. Es una etapa que le permite redefinir sus valores personales y reconstruir su autoimagen. Para ello, debe hacer un cierto camino de introspección e individuación. Es con uno mismo, más allá de otros referentes externos que pueda tomar como modelos o guías. 


La humanidad nos fue criando con modelos de educación y sistemas socioculturales que tendían más a masificarnos que a individualizarnos. Los conceptos de éxito basados en productividad masiva son un ejemplo. Se considera exitoso a aquel que sea el mejor por sobre los demás y cuente con este prestigio avalado por la mayoría. Va más allá del talento o habilidades, si no se logra el éxito económico masivo y a gran escala, puede que se tienda a creer que no sirve para nada ser bueno o diferente en algo. En la escuela todos deben aprender lo mismo, y al mismo ritmo, para lograr las calificaciones necesarias para graduarse. Lo genuino parece un terreno misterioso o sin tanto valor, a menos que se explote económicamente para hacerse masivo o popular también. Lo nuevo (o diferente) parece estar fuera de lugar y tener que lidiar con las resistencias de la mayoría, que busca sostener lo común como lo único válido o verdadero. 


Sabemos que estas cuestiones fueron cambiando con el paso de los años y es precisamente lo que nos da el mejor ejemplo de ésta reflexión. Estamos evolucionando como humanidad. Estamos dejando de tender hacia lo colectivo como prioridad. Las causas de este aparente cambio de dirección se las debemos a todas las fallas que empezaron a mostrar los viejos sistemas y sus dolorosas consecuencias. No somos iguales, a pesar de todos formar parte de la misma humanidad. Es una interesante dualidad, un tanto paradójica, pero muy nutritiva de poder evaluar para seguir creciendo. Nuestra evolución se apoya en la relatividad entre lo individual y colectivo, ya que de su juego salen nuestros grandes movimientos creativos. Así como los niños aprenden de sus referentes dependiendo de ellos, la humanidad construyó sistemas que reflejan este modelo en su desarrollo. Países, industrias, paradigmas, ideas, profesiones, se peleaban por ser los hegemónicos "padres" de los niños de turno. Quien se imponía se volvía el modelo a seguir para los demás y muchas veces sin permitirse cuestionar ni pensar en otras alternativas. Desde ése afuera nos fuimos definiendo como personas también. Elegimos profesiones que sean rentables en ese sistema para conseguir esa idea de éxito que nos enseñó. Seguimos modelos de parejas, familias, tendencias de estilos de ropa; del mismo modo, que el adolescente busca la guía o referencia de sus pares/amigos. Creíamos deber cumplir con esas estructuras colectivas que nos hicieran sentir parte de la "normalidad", simplemente, por ser lo que hacen todos los demás. 


Pero cada vez más personas dejan sus trabajos en relación de dependencia, o nuevas generaciones nos muestran profesiones más creativas y al alcance de todos los que deseen explotar sus talentos. Se van viendo más ejemplos de que todo fue cambiando y es una virtud saber adaptarse, explotando mejor nuestros recursos internos para enriquecernos en esos movimientos. Tal como el 2020 nos mostró que los vínculos sobrevivieron modificando su presencialidad por virtualidad y tantas otras cosas más. Como adolescentes estamos en ésa crisis de transición que nos permite redefinirnos. Aquellos viejos sistemas que se fueron agotando a sí mismos, no son totalmente obsoletos, ni tampoco fueron errores. Nacimos en estos contextos para enriquecernos de ellos también. Podemos tomar lo que nos hayan dejado de positivo y enriquecedor, para llevarlo a nuestro terreno, haciendo una versión propia acorde a nuestros valores personales que nos permita seguir evolucionando. Del mismo modo que pudimos aprender de nuestros padres o familias como referentes, para elegir por nosotros mismos nuestros valores. Todo puede ser inspirador. 


Así como experimentamos a nivel personal nuestra etapa de adolescentes, sabemos que a veces éstas crisis son bastante complicadas de atravesar. Se juegan muchas emociones que implican dichos procesos de transición. Vamos creciendo en saber tomar responsabilidad para no caer en esa inconsciencia típica del adolescente, que se cree inmune a cualquier dolor, o que le cuesta medir las consecuencias de sus actos. Romper estructuras de identidad ya establecidas puede implicar demasiada angustia, sentirse verdaderamente desorientados, grandes conflictos, rebeldías sin sentido, intensas indignaciones, etc. En algún grado, esa rebeldía es necesaria para destruir lo que se venía sosteniendo sin cuestionar siquiera. El tema se vuelve destructivo, cuando no está motivada a construir lo nuevo, sino a siempre quedarse batallando contra lo diferente. 


El autoconocimiento y cualquier introspección profunda se vuelven claves fundamentales para reencontrarse con lo genuino, desde donde reconstruir nuestra identidad. Para saber cuáles son esos valores personales, que van a ser la base de nuestra nueva autopercepción, es necesario priorizar la individualidad. Se precisa separar las distintas voces para encontrar cuál es la propia. Si crecimos definiéndonos por lo que nos decían otros de nosotros mismos, es un paso primordial cuestionarlo para saber (desde el pensamiento crítico) qué es lo verdadero que nos pulsa internamente. ¿Qué es lo que cada uno trajo de único y diferente? ¿Qué viniste a aportar como individuo al colectivo de humanidad que sos? ¿Lo estás expresando? ¿Estás haciendo lo que realmente querés, lo que pensás que deberías en función de lo que otros te dijeron, o lo que hacen los demás por ser la mayoría? ¿Conocés tus virtudes y defectos? ¿Sabés cuáles son tus recursos internos o capacidades? ¿Es tan cierto lo que siempre te repetís de vos mismo, o te animaste al menos a cuestionarlo? ¿Es realmente egoísta (o dañino para el bien común) pensar primero por uno mismo; para saber si estamos de acuerdo con lo que todos los demás hacen, opinan, proponen, cumplen o actúan? 


¿No está plagada la historia de la humanidad de casos donde lo masivo nos llevó a extremos destructivos exagerados? Podríamos nombrar genocidios, guerras, esclavitud, discriminación, histerias colectivas, opresiones a minorías, etc... 


Todo el tiempo estamos jugando con la relación individuo-humanidad. Por lo menos a mí entender, venimos de priorizar lo colectivo por sobre lo personal, por creer que pensar por uno primero puede ser egoísta. Ahora eso no tiene por qué ser así, si los valores personales del individuo se basan en lo más genuino de si mismo. Pongamos el ejemplo de aquellos que inventaron algo nuevo: Si no se hubiesen atrevido a proponer su idea por más innovadora, incomprendida o criticada que esta fue para los demás; muchos de los campos de tecnología y avances de la misma humanidad se habrían perdido de beneficiarse de sus aportes. Lo innovador implica romper con lo establecido, validando su diferencia con la mayoría. 


Entonces, ¿Dónde radica esa diferencia entre lo individual productivo a un bien común y lo egoísta que va en contra de éste? En el grado de autoconocimiento que tengamos. Cuando uno se conoce en profundidad, sabe cuales son sus tendencias egoístas y cuáles sus deseos personales. No es lo mismo seguir un deseo que pulsa desde lo más genuino; que dejarse llevar por una tendencia del ego. El ego se mueve desde el miedo y a la defensiva; lo genuino busca construir y cooperar. El ego tiende a superar a otros; mientras que lo más genuino busca superarse a sí mismo. Es cuando se vuelve necesario preguntarnos: ¿Cómo nos estamos relacionando con los demás? ¿Buscamos competir o cooperar? ¿Somos capaces de reconocer nuestros errores desde la humildad, o hacemos lo imposible para sostener tener la razón? ¿Reconocemos lo valioso en los demás, o solemos denigrarlo para enaltecer lo nuestro? ¿Nos alegramos del éxito ajeno, o lo envidiamos secretamente? En una discusión, ¿escuchamos al otro antes de responder, o hablamos para contestar corroborando lo que nos interesa sostener? ¿Estamos buscando agradar, o expresarnos libremente? ¿Nos importa más ser como nos nace, o que nos aprueben? ¿Nos preocupa decepcionar a otros de lo que creemos que esperan de nosotros, o ser coherentes con lo que sentimos/pensamos/actuamos? 


Volvemos al mismo punto recurrente en nuestras publicaciones: las intenciones. Si nos movemos desde una intención (o motivación interna) de crecer a partir nuestros entornos, nunca podremos ir en contra del bien común al decidir por nosotros mismos. La diferencia para no caer en egoísmo al pensar por nosotros primero, radica en moverse para construir; en vez de moverse por destruir. No necesitamos pisotear a nadie si estamos decidiendo desde valores personales, en vez de intereses egoístas. Si bien todos tenemos un ego y esas tendencias conviven en nosotros, a la hora de priorizarnos para decidir más allá de un entorno, no somos esclavos de ello. Conocernos bien nos permite identificar aquellas tendencias, para no caer en estar repitiéndolas inconscientemente. 


No somos todos iguales, tampoco dejamos por ello de formar parte del mismo colectivo. Una cosa no tiene por qué anular a la otra, se pueden retroalimentar constructivamente. Debemos encontrar aquello individual que nos hace tan diferentes (o únicos) para desarrollarlo validándolo y poder comprobar que nunca está en contra del mayor beneficio para los demás. Aquellas diferencias pueden enriquecernos a todos como humanidad si nos animamos a expresarlas como prioridad, disfrutando de crecer a partir de tanta diversidad. El mejor ejemplo de todo esto nos lo regala la misma naturaleza, de la cual (aunque lo olvidemos) siempre formamos parte. En ella todo es armónico y equilibrado. Diversas especies de vida conviven cada una en su rol exacto y contribuyendo al mayor beneficio. Los ecosistemas nos muestran la evidencia de cómo nada sobra ni falta, pero todo a la vez tiene su papel fundamental. El individuo es para la sociedad (o humanidad) lo mismo que cualquier especie es para el ecosistema. También podemos verlo en un cuerpo y su relación con las distintas células. No son iguales las células del estómago que las del corazón, cada una desde su lugar cumple su función y aportan por ello a la homeostasis necesaria del cuerpo para sostener una buena salud. La vida cumple con estos principios de armonía y nosotros como humanidad no estamos exentos a ella. 


Es normal que desde pequeños hayamos tendido a anular esa voz propia por hacerla encajar con la de los demás, creíamos que era la única forma de que nuestros referentes nos aprueben, validen, no los decepcionáramos, ni nos dejaran de querer. Pero a medida que fuimos creciendo, se nos hizo inevitable poder reencontrarla para vivir con mayor coherencia interna o paz. En esta aparente adolescencia de la humanidad, ¿ya tomaste responsabilidad sobre tu rol individual? Nunca es tarde y siempre es más sencillo de lo que parece. Internamente, tu mayor felicidad siempre va a pulsar a que seas genuino y escuches a tu corazón como prioridad. Simplemente es expresar con mayor fidelidad aquello que siempre tuviste dentro para dar y que solo vos podes hacerlo de la forma que decidas.




🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻


💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥



viernes, 22 de abril de 2022

Nada es lo que parece...






Solemos creer que las causas de lo que nos sucede son externas a nosotros mismos. Si nos enojamos, creemos que un otro (o una circunstancia) nos hizo enojar, que algunas cosas nos pasan por casualidad o por meras coincidencias, que el lugar o las personas que nos rodean son las que nos tocaron, que la mayoría de las cosas no dependen de nosotros... 

Algunos creen en el karma, otros en el destino, si se trata de creencias se vuelve súper amplio el panorama. Más allá de lo que cada uno elija creer, desde su completa libertad de hacerlo, podemos ver que en la vida hay ciertos principios. Si hacemos algo, generamos cierta consecuencia y a ello podemos llegar a entenderlo como "causa y efecto". 

Solemos buscar ésas causas en lo externo, debemos verlas o comprobarlas con los sentidos. Tendemos a ello desde bien pequeños. Nuestros padres nos fueron explicando que así funcionaba el mundo. 

Desde estas concepciones, no es raro caer en percepciones de castigo, culpas, culpables, víctimas, etc. 

Si en vez de entenderlo desde ésos paradigmas, nos propusiéramos a observarlo sin juicio, quizás cambiaríamos aquellas ideas por la de responsabilidad. Si somos responsables de generar un efecto mediante una causa, ya no suena tan pesado, al contrario, nos recuerda que depende de nosotros y podemos elegir. Tenemos la habilidad de responder, podemos generar nuevas causas y así obtener nuevos efectos o consecuencias... 

Quizás, todo en esta vida se trate de puntos de vista o perspectivas. La misma situación, según el enfoque con el que la abordemos, puede variar notablemente su impacto psicoemocional en nosotros. Si la vida la pensamos desde una perspectiva de injusticia, siempre estaremos encontrando (o percibiendo) desde juicios duales como: bueno-malo, víctimas-victimarios, culpables-inocentes, etc. Con la misma facilidad podemos percibir, o pensar la vida, desde otra perspectiva más amable o amorosa. ¿De quién depende? Sí, de nosotros mismos. Así que tan desempoderados o impotentes no somos. ¿Qué pasaría si empezáramos a ver que las causas de ésos efectos, que nos rodean constantemente, no son materiales ni externas como creemos; sino internas y energéticas? 

El exterior se vuelve un reflejo de lo interno. Primero es adentro y luego se proyecta afuera. Más que causas y efectos podríamos pensarlo como información que resuena, se refleja, o se corresponde. Es preferible verlo así, ya que con causas y efectos nos cuesta no caer en ideas de culpabilidad. 

El afuera nos está mostrando lo que llevamos dentro a cada instante y nos da la oportunidad de verlo, para tomar responsabilidad y empoderarnos. Aclaremos que en este "juego" de reflejos, resonancias y correspondencias, hay una importante proyección. Esto implica que lo que vemos externamente, que llevamos dentro, lo percibimos distorsionado. Se amplifica al manifestarse. No es tan inmenso o exagerado en nuestro interior. De hecho a veces, puede jugar a ser complementario. Es acá cuando se nos suele complicar entenderlo. 

Para ejemplificar, veamos el típico caso del enojo. Nos suele enojar lo que no nos gusta reconocer de nosotros mismos y otros nos lo muestran. Pero también a veces nos enojamos para tener la fuerza necesaria de sostener nuestras decisiones sabiendo marcar un límite personal. En este último caso, nos llega algo que ya tomamos responsabilidad internamente cambiándolo y esa situación solo requiere de nosotros que manifestemos ese cambio con una decisión o acción concreta. Muchas veces que nos enojemos podemos llegar a dudar sobre si es el primer caso que requiere reconocimiento, o el segundo que requiere expresar un cambio o poner un límite. El grado de honestidad para con nosotros mismos y el autoconocimiento son los que nos ayudarán a discernir mejor. 

Cuando uno percibe las resonancias y correspondencias de lo externo para con lo interno, está siempre ganando mayor autoconocimiento. Son verdaderas oportunidades de crecimiento, si nos disponemos a tomar responsabilidad y no culparnos. Habrá que recordar siempre la actitud amorosa y de aceptación libre de juicio para con lo que encontremos de nosotros mismos. Probablemente al comienzo, nos encontraremos con el desafío de aceptar e integrar amorosamente nuestra sombra. Todo aquello que vivimos rechazando en lo externo habita en nosotros mismos, aunque sea como un potencial. No siempre lo estaremos manifestando, pero si lo decidiéramos, descubriríamos que ese potencial o capacidad de hacerlo existe en nosotros. Las diferencias las marcarán los valores personales que hayamos cultivado en nuestra vida y nuestras elecciones. 

También debemos aclarar algo muy importante. Todo esto no implica que permitamos a un otro que nos dañe, porque nosotros también tenemos el potencial de hacerlo. Hay que diferenciar que éstos análisis de lo que se refleja afuera de nosotros, no son para actuar diferente en lo externo. Son para evaluarlos a modo introspectivo, solos con nosotros mismos, para tomar decisiones que nos servirán ante la próxima situación similar que nos suceda. Por ejemplo: si solemos vivir situaciones en las que nos sentimos maltratados, en la experiencia es importante defenderse. Una vez hecho eso, y en algún momento que podamos verlo más tranquilos, podremos evaluar por qué permitimos un maltrato o cómo dejar de hacerlo. Nos preguntaremos si no nos estamos maltratando nosotros primero en algún área de nuestra vida y tomaremos responsabilidad de también ahí no permitirlo. No estamos justificando que nos maltraten, al contrario, estamos buscando dejar de permitirlo y tomar la oportunidad de evaluar si ese maltrato no lo estamos haciendo con nosotros en algún grado menor. Por ejemplo, postergar una necesidad básica como la de comer para salir corriendo por alguien (o algo) puede llegar a ser un maltrato. No priorizarse al decidir es anularse a uno mismo para elegir por otros primero. Quizás no solemos pensarlo como maltrato al principio, pero si lo evaluamos mejor se puede entender. Así que además de analizar cómo estamos permitiendo que un otro nos maltrate, para dejar de consentirlo, estaremos evaluando si para con nosotros no estamos ejerciendo algún tipo de maltrato también y cómo dejar de hacerlo. Si tomamos esa situación dolorosa para aprender de ella, es probable que no nos vuelva a suceder otra similar. Y en el peor de todos los casos, habremos aprendido la necesidad de marcar el límite de defendernos y no permitir un nuevo maltrato. 

Aquellas situaciones que tanto nos duelen suelen estar encerrando grandes tesoros de crecimiento. Lo que más nos cuesta transitar requiere de nosotros mismos mayor fortaleza interna, pero también es a la vez lo que nos permite descubrir que éramos capaces de superarnos tanto. Hay ciertos recursos o potenciales internos muy valiosos que solo salen en situaciones límites, crisis o ante los obstáculos del camino. Esa creatividad que aflora en momentos críticos nos puede hacer ver que disponíamos de mayor cantidad de recursos internos, fortalezas y capacidades de las que creíamos. Quizás hasta pueda pensarse que descubrir ese potencial es la razón por la cual podemos estar generando aquellos conflictos desde lo interno. Para poder verlo de esta forma hay que primero aceptar el dolor que nos genera la situación, y más allá de lo que hagamos externamente o con otros, permitirnos pensar qué nos dejó de aprendizaje o qué riqueza interna nos hizo encontrar. Como decíamos en el anterior ejemplo, aquel maltrato nos muestra la necesidad de defendernos, la capacidad de tratarnos mejor, la asertividad que podamos desarrollar al poner los límites con otros, etc. 

Siempre podemos evaluar con nosotros mismos, en algún momento de tranquilidad y silencio, qué no estamos viendo de esa situación que tanto nos conflictúa. De hecho, es un gran ejercicio. Disponerse a abrir la percepción sin volver a repetirse la misma creencia o idea fija que nos veníamos contando mentalmente. Es clave poder tomarse ese rato empezando por la rendición, que implica decidir tomar responsabilidad de nuestra parte interna que está correspondiéndose externamente para que la hagamos consciente de forma amable y amorosa. Si llegara a surgir alguna culpa en ésa instancia, recuerden que siempre proviene de una "condena" o juicio negativo. También es importante hacer consciente aquella idea para perdonarse y cambiar su perspectiva, de otro modo, la culpa será el freno a que podamos seguir creciendo. Nos impide aprovechar la oportunidad de trascender aquello que nos duele tanto. Por eso la actitud amorosa de aceptación libre de juicio es la mejor forma de mirar adentro. Aceptarse a uno mismo en todas sus fases, sobre todo las más oscuras; ya que son las que más amor requieren de nosotros. 

Si nos animamos a cambiar de perspectivas, cuestionándonos lo que solemos dar por evidente, o hasta imposible de cambiar, permitiremos que nuevas ideas afloren. Vuelvo a insistir que no implica un cambio externo primero, sino que nos invita a después (más allá de cómo hayamos decidido actuar) repensarlo para crecer de lo que nos pasó. Nos ayuda a que asumamos la responsabilidad de no volver a repetir la misma situación que nos duele tanto sin culparnos y aprendiendo a conocernos más. 

Esto se vuelve verdaderamente interesante y beneficioso cuando se trata de algún síntoma físico. Más allá de los recursos o decisiones médicas que podamos tomar al respecto, el cuerpo nos está hablando. En vez de ver las enfermedades como errores, debilidades, castigos o batallas; podemos repensarlas mejor y estaríamos contribuyendo a una curación mucho más rápida o menos dolorosa. En el peor de todos los casos, al haberlo intentado, habremos llevado amor o aceptación a ésos dolores. No subestimen ése detalle. Muchas de las llamadas de atención físicas que pensamos como síntomas o enfermedades, solo requieren internamente que le demos una atención amorosa y sepamos acompañar al cuerpo en sus procesos de evolución; en vez de rechazarlo batallándolo o viéndolo como nuestro enemigo. Es algo similar a lo que sucede con los aspectos de nuestra sombra. Lo que más nos cuesta reconocer, es lo que más amor nos está pidiendo y se merece de nosotros. Y ese amor aporta demasiado. "Sanar es ver con amor lo que antes veíamos con miedo". 

La gran diferencia estará en ser capaces de dejar de vernos como víctimas de nuestras circunstancias injustas e incambiables; para pasar a hacernos responsables de aceptarnos, amarnos más y decidir hacer algo con lo que nos sucede. Si somos víctimas solo podemos quejarnos, si tomamos responsabilidad podremos resolverlo. La simple oportunidad de no volver a interpretar lo que nos sucede desde una mirada externa y absoluta, nos permite salir del modo automático e inconsciente de repetición. A veces es solo eso lo que se necesita, simplemente permitir preguntarse: ¿Es tan así como creemos, o lo podemos pensar diferente? La duda o el cuestionamiento a nuestras creencias tan fijas se vuelve nuestra mejor aliada. Luego, hasta podamos sorprendernos de que esa reflexión interna se vuelva mucho más fácil. No olvidemos que una parte de nosotros mismos está generando esa situación (a la que nos resistimos tanto) para poder crecer de ella. Al darle el espacio, aceptando que quizás haya algo positivo que no estamos viendo, esa parte podrá aflorar para guiarnos hacia dónde seguir. 

No se conformen con lo que les molesta o duele, siempre puede ser una gran oportunidad para descubrir algo nuevo de nosotros mismos. Cuanto más amoroso sea el paso que decidamos dar, más amorosos serán los resultados que cosecharemos después. Más amor nunca viene mal. De hecho, cuanto más podamos amar aquellos aspectos de nosotros mismos que tanto nos cuestan, más podremos hacerlo con los de los demás. Primero adentro, para que después lo veamos reflejado y correspondiéndose con un nuevo afuera. 

En definitiva, nada es lo que parece, porque no vemos al mundo como es; lo vemos como somos. 




🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻


💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥



sábado, 16 de abril de 2022

Sobre madres y padres solteros...





La paternidad o maternidad consciente, por llamarlo de alguna manera, presenta grandes desafíos muy enriquecedores a trascender. Para los que somos madres, o padres solteros, algunos desafíos parecen multiplicarse. Antes que nada, les aclaro que no es mi intención decirle a otros padres cómo criar a sus hijos, solo me surge compartirles algunas cuestiones, que en mi experiencia de madre soltera, fui descubriendo. Cada uno decidirá qué considera mejor, en función de sus criterios, posibilidades o circunstancias. En este artículo les contaré algunas tendencias, que al tomar consciencia, pueden aportar alivio ante las dificultades. 

Cuando uno empieza algún camino o proceso de crecimiento personal, o hasta cuando va a terapia por primera vez, se vuelve evidente (y casi inevitable) repensar qué tipo de padres estamos siendo con nuestros hijos. En estos procesos, vamos descubriendo hasta dónde nos marcaron las experiencias de nuestra infancia y la trascendencia de esos modelos adquiridos de aquellos adultos referentes que nos criaron. Se busca trascender lo recibido para estar mejor con uno mismo, pero si además ya somos padres, es lógico querer aplicar lo aprendido con nuestros hijos y su crianza. No queremos dejarles las mismas huellas que nos encontramos. En este aspecto es muy importante que entendamos que nadie nace sabiendo cómo criar a sus hijos, muchas veces desde el amor y con todas las mejores intenciones no se obtienen los resultados deseados, los criterios de crianza son demasiado variados y los que elijamos, quizás, no coincidan con los valores de los demás o mismo de nuestros hijos y sus necesidades. Puede hasta pasar que con un hijo nos salga más fácil que con otro, que alguno nos presente desafíos más complejos y miles de otras variantes. Lo principal de todas éstas cuestiones es que nos grabemos a fuego, que seguramente, nos equivoquemos más de lo que acertemos al criarlos y que no somos malos padres por ello. Venimos nombrando en casi todos los artículos anteriores cómo nos marcaron los sistemas de crianza recibidos, pero también aclaramos mil veces que por ciertas cuestiones (hasta socioculturales) son circunstancias casi inevitables. Podemos criar haciendo más énfasis en generarles mayor confianza y un mejor autoestima, pero seguirán dependiendo de nosotros para crecer, y en esos momentos, nuestra influencia será determinante. O sea, no podemos evitar dejarles huellas, pero sí podemos fijarnos que sean las más amorosas posibles. Sepamos que el error es parte del camino y en estas cuestiones las culpas pueden volverse nuestros grandes obstáculos. Por eso ya sabemos y aceptamos, que a pesar de estar haciendo lo mejor que creamos, probablemente vayamos a dejarles más huellas de lo que nos hubiera gustado. Así que no nos condenemos, frustremos, ni nos tiremos abajo por ello. Recordemos también que hicimos nuestro mayor crecimiento personal a partir de esos dolores que vivimos en nuestra infancia, nuestros hijos también son capaces de ir superando lo que sin quererlo podamos llegar a causarles. Lo más importante es caminar con una intención amorosa y valorarla más, en vez de juzgarnos severamente por todo lo que no nos salió como preferíamos. Habiendo aclarado esto, continuemos con todo lo demás. 

Suelo ver dos grandes tendencias a la hora de criar a nuestros hijos: una en la que repetimos los modelos adquiridos de nuestros padres (por lo general de formas inconscientes); y la otra, en la que solemos hacer lo opuesto a lo que hicieron con nosotros. En ambas podemos encontrar el mismo patrón: nuestro punto de referencia son los modelos de padres que tuvimos. Terminamos condicionando la crianza de nuestros hijos según lo que creemos haber recibido de nuestros padres, ya sea para repetirlo o para modificarlo. No solemos pensar más allá de estos condicionamientos. Igualmente que en nuestro proceso de crecimiento personal, pasamos esa etapa de romper (o trascender) mandatos familiares y sociales absorbidos inconscientemente por nuestros primeros entornos. Por lo tanto, siempre nos va a servir pensar qué valores queremos transmitir a nuestros hijos en esta vida que tenemos el honor de compartir como sus referentes. No importa si coinciden o difieren de los recibidos, no nos condiciona aquel aspecto. Tenemos que aclarar también, que nuestros hijos aprenden mucho más de nuestros ejemplos y coherencia, que de nuestras palabras o discursos. Si decimos algo, pero actuamos contrariamente, el mensaje que le demos también será contradictorio; por lo tanto, el efecto no será el esperado. Por lo menos yo, fui descubriendo que cuanto más trabajaba en mi interior, y por mí o para mí, mejor madre me iba volviendo por consecuencia indirecta. No podemos hacer con otros, lo que no estemos haciendo con nosotros mismos primero. Si queremos amarlos sanamente, debemos primero amarnos sanamente a nosotros mismos, para saber lo que es, qué queremos transmitirle y qué no. Además, al empezar por uno mismo, los cambios con todos nuestros vínculos (no solo con nuestros hijos) se empiezan a reflejar naturalmente y sin esfuerzo. Para ejemplificarlo, tomemos la aceptación a ser como somos. Si no nos aceptamos realmente y vivimos expresando esos rechazos a lo que menos nos gusta de nosotros mismos, podemos llegar a estar rechazando aspectos de los demás sin darnos cuenta siquiera. Si no me tengo paciencia al equivocarme, ¿cómo puedo tenerla cuando mi hijo se equivoque? Si no reconozco tener defectos, ¿cómo voy a aceptar y no criticar constantemente los defectos que crea ver en mis hijos? Si creo siempre tener razón, ¿cómo le voy a enseñar qué es la humildad?... 

Como en todos los temas y áreas de nuestra vida, todo empieza primero adentro. Si enfocamos nuestra intención amorosa de estar mejor con nosotros mismos y seguir avanzando con dulzura en nuestro crecimiento personal; estaremos siendo más amorosos y compasivos para con todos nuestros entornos. Les enseñaremos desde el ejemplo y uno de los más importantes, como el de que priorizarse no es ser egoísta, sino hacerse responsable de su propia vida primero. Seguramente, les transmitiremos la trascendencia de que pensar por uno mismo y seguir la voz de su corazón es prioridad. Podremos inspirarlos a que se acepten, valoren y amen a sí mismos primero, para luego relacionarse sanamente con otros. ¡El bendito amor propio! Se vuelve fundamental poner nuestro amor propio primero, precisamente, porque todo empieza por nuestro interior. Si lo fuimos aprendiendo para con nosotros lo transmitiremos en nuestros actos y palabras, casi sin buscarlo. 

Ahora bien, la mayoría de los que somos padres caímos (o caemos) en el autosacrificio con demasiada facilidad. ¿Cuántas veces anteponemos a nuestros hijos por sobre todas las demás cosas de la vida? Solemos darle el primer lugar en la escala de prioridades, y pensar en no hacerlo, hasta nos causa cierto rechazo o culpa y consideramos que puede llegar a ser egoísta. Pero pensémoslo en profundidad. Una madre o padre que vive para sus hijos los está poniendo en un lugar no demasiado justo para ellos. Les pone la presión de ser el motor o motivo de su existencia, felicidad, o similares. Deposita en ellos la necesidad de que lo hagan feliz, evadiendo su propia responsabilidad sobre el asunto. Depende de ellos para definirse, para sentirse bien, o para creer que está cumpliendo el propósito de su Vida. ¿Qué pasa entonces cuando esos hijos crecen? ¿Y con los proyectos individuales y sueños? ¿Estaría justificándose de no cumplirlos por haber tenido que criarlos? ¿Es ese un buen ejemplo, para que cuando esos hijos crezcan, lo tomen de modelo para cumplir sus propios sueños? ¿No les reclamaríamos que todo ese sacrificio sea mejor reconocido mediante múltiples reproches o demandas? ¿No les estamos enseñando a poner la razón de vivir o motivo de felicidad en función a un otro, en vez de a su cargo? ¿No se volverían dependientes de un otro para sentirse plenos, en caso de seguir nuestro ejemplo de autosacrificio? Les inculcaríamos que hagan las cosas lo mejor posible solo para no desilusionar a esos padres tan sacrificados, en lugar de hacerlas por motivaciones propias. ¿Qué sucedería a la hora de que esos hijos (criados desde el sacrificio) tuvieran que tomar sus propias decisiones de adultos? ¿Elegirían profesiones por sí mismos, o en función a retribuir un poco de todo lo que sus padres dejaron por ellos? Quizás, hasta se sientan presionados a seguir lo que creen que esos tan sacrificados padres esperan de ellos. De adultos, podrían creer que les deben algo y buscarían complacerlos eligiendo para no defraudarlos, en vez de hacer sus elecciones por motivaciones propias en función de sus gustos o valores personales. Quizás, hasta se sobreidentifiquen con aquellos padres, y si tenemos en cuenta esto de las huellas que nos dejan para la vida adulta, les sería mucho más difícil trascender sus mandatos familiares o sociales. ¿Sería realmente sano para esos hijos, y para nosotros mismos como padres, ponerlos en ese lugar tan central de nuestra existencia? ¿No somos personas antes que padres? Cuando esos hijos crecen y se van de la casa, ¿qué pasa con nuestra motivación, o motor de felicidad, se apaga? ¿Pierde sentido nuestra vida si ellos ya no están? ¿Hasta dónde no les estaríamos influyendo para que nos devuelvan algo de todo lo que dejamos de hacer por ellos? ¿Es realmente sano entregarse por completo, casi vaciándose, a un otro en cualquier vínculo? Pensemos este punto traspasándolo a otro vínculo para evaluarlo mejor: En una pareja, ¿es válido sacrificar todo lo individual por anteponer las necesidades del otro ante las propias? ¿Qué pasaría en el caso de que ese otro necesite o demande algo que va radicalmente opuesto a nuestros valores personales? Si nos pidiera que dejáramos de reunirnos con nuestras amigas para solo reunirnos con sus amigos, ¿cederíamos sacrificando nuestras amistades? Pero pongamos otro ejemplo, en el cual, ni siquiera tenga que ser algo que nos pidan. ¿Qué pasaría si esa persona quisiera vivir en un país alejado y nosotros no? ¿Nos iríamos igual? ¿Es realmente sano anteponer siempre a un otro primero, que a nosotros mismos? Y volviendo al ejemplo del cual aprenden nuestros hijos de nosotros, ¿no les estaríamos enseñando a que ellos también se sacrifiquen por un otro primero en todos sus vínculos? No olvidemos que los padres terminamos siendo para nuestros hijos los modelos de relacionarse con los demás. Si les enseñamos que el autosacrificio es algo sano (aunque sea transmitido indirectamente por nuestra conducta hacia ellos), seguramente, será lo que inconscientemente tiendan a repetir para con sus vínculos de adultos. 

Somos libres de elegir y cada uno considerará si ese autosacrificarse por sus hijos es algo que les gustaría o no transmitir al criarlos. En lo personal, tengo el ejemplo de mi madre y el mío para elegir algo mucho más sano que eso. Reconozco que es mi opinión personal y pueden no compartirla, pero me gustaría contarles en pocas palabras algo de ello, por si les inspira a reflexionar diferente ese sacrificarse tanto. Mi madre dejó de trabajar por criarnos, era profesional y tenía su título universitario. Durante años la escuché decirme que le hubiese gustado viajar por el mundo, volver a trabajar y hasta en algún momento llegó a confesarme que quería separarse, pero la razón que me contó que la llevaba a no hacer todo esto, éramos nosotros (sus tres hijos). En algunos casos, esperaba que creciéramos para pensar en concretar sus planes, en otros, nos ponía de excusa para no tomar decisiones difíciles. Todo eso no importó demasiado cuando se murió sin concretar ninguna de estas cosas que me había confesado querer lograr. Es cierto que eso no implicaba no haber tenido una vida feliz igual, pero a mí como hija, me generaba culpa saber que mi madre no hacía lo que tanto quería por nosotros. Me pesaba pensar que le estaba obstaculizando su camino para disfrutar cumplir sus metas, hasta sentía que podíamos como "molestarle", o que quizás, se arrepentía de haber tomado esas decisiones de sacrificarse tanto por la familia. Ni hablar de la angustia que me generó saber que se murió sin haber logrado muchas cosas que dijo querer. Por mi parte, yo pasé muchos años deprimida llegando a poner como motor para seguir adelante a mi hija. En ese momento no sabía como hacerlo diferente. Cada fin de semana que mi hija se iba con el padre, yo parecía apagarme de nuevo, para volver a revivir, una vez que ella volvía. La llegué a poner de excusa en varias oportunidades. No podía ir al recital que tanto quería, a pesar de tener entradas gratis, porque no sabía con quién dejarla y me lo perdí (les sumo el dato de que tampoco pregunté si alguien me la podía cuidar por esas horas), no renunciaba al trabajo que ya no quería seguir haciendo, porque me veía como el único sostén económico para las dos y hasta llegué a dejar de hacer un viaje a un retiro por no querer dejarla tantos días, a pesar de que fuera solo un fin de semana. Tengo miles de ejemplos similares más, pero me iría del tema central por contarlos. El caso es que me privaba yo de hacer lo que quería, poniendo de "excusa" a mi hija. A pesar de no decírselo ni reprochárselo, en algún grado, eso me pesaba por dentro. Con los años, llegué a ver mi capacidad de autoengañarme tan tenaz que tenía, porque en realidad no hacía lo que quería por no animarme. La excusa de que "era por ella" me la decía como mera justificación para no afrontar con coraje lo que me pasaba realmente. Con el tiempo fui cambiando muchísimas cosas, salí de esa depresión y revolucioné la mayoría de mis creencias mentales. Llegué a sentirme demasiado culpable por haberla puesto en ese lugar tan injusto para ella y para conmigo, en vez de admitirme mis cobardías. Me perdoné las culpas, hasta le pedí perdón a ella, reconociéndole con humildad, que durante muchos años no estaba tan bien conmigo misma, como para haberle brindado la mejor versión de madre que se merecía de mí. Me enfoqué en priorizarme, porque entendí que era necesario estar bien conmigo primero y también para darle el mejor ejemplo a seguir de forma indirecta sin influir en su libertad de decisión y pensamiento. Llegué a renunciar a ese trabajo desde la motivación personal de decidir qué quería hacer yo, sabiendo que estaba eligiendo por mí y no había errores en ello. Mejoramos mucho nuestra relación y convivencia, aunque sé que nos queda mucho por recorrer. Estoy profundamente agradecida y muy honrada de haber hasta llegado a festejar juntas que cumplí varias cosas que tanto quería hacer por mí. Me enfoco cada día en mi lugar o responsabilidad para educarla en que solo ella se haga responsable de su felicidad, libertad y amor propio. No soy la madre perfecta y no creo que exista algo similar, pero tengo la humildad de reconocerle mis errores disculpándome y dialogar para mejorar juntas día a día. Ya no la hago responsable de mi felicidad, ni motor de mi vida; eso siempre me correspondió a mí misma y fue gracias a mis sufrimientos que lo fui descubriendo.



Como padres solteros, tenemos otros desafíos más que contemplar. Uno demasiado común, es el de pensar que debemos cubrir el rol del otro que no está, aún cuando mantengamos una buena relación si nos separamos. Más allá de las distintas variantes (no es lo mismo haber enviudado, estar separados en buenos términos y en no tan buenos, no contar con el reconocimiento ni apoyo del otro, u otras situaciones), podemos ver una tendencia general y casi natural de querer cubrir ése otro rol o espacio. Es lógico, tendemos a darle todo lo que podamos y necesiten nuestros hijos, a pesar de que exceda nuestro rol. El punto en el cual podemos repensar estas cuestiones se entiende mejor si evaluamos los impactos psicoemocionales que estos generan. Más allá de cuestiones de género, los roles en una dinámica familiar tienen una relevancia importante para la psique infantil. El niño necesita roles definidos, aún cuando hablemos de una familia funcional, o disfuncional, como les gusta denominarla a muchos. No podemos ser padre y madre a la vez. A pesar de que nos desvivamos por ello, no es el mejor impacto para el niño tampoco. Podemos diferir en criterios y respeto si no comparten estas opiniones. El caso es que no podemos reemplazar al que no está, ni tampoco nos corresponde. De nuevo, hablo por experiencia personal y es algo que hasta ni se nos ocurriría cuestionarnos como padres solteros, pero igualmente, se ve necesario hacer. Si abarcamos más que nuestro rol, lo que tenderíamos hacer es a sobrecargarnos e intentar lo imposible, además de transmitirles un mensaje confuso. ¿Está bueno inculcarles que todo depende de uno solo, cargando con responsabilidades ajenas? ¿Queremos transmitirles que no puede o merece recibir ayuda, contención y ser acompañado dignamente en una tarea que le corresponde a dos? Si bien lo hacemos para no dejarles el hueco, o que eso no los lastime, estaríamos pudiendo hacerles un daño mayor sin darnos cuenta. Le podemos llegar a inculcar que uno está solo para todo, que no puede confiar en nadie más, que no merece ser acompañado sanamente en sus vínculos, o hasta que nosotros todo lo podemos, y ése abarcar más de lo que nos corresponde, le puede doler mucho más cuando ya no estemos en este mundo. El mensaje que indirectamente le daríamos también, es que podemos con todo como si fuéramos invencibles y que vamos a estar siempre para todo lo que necesiten. Eso no es real y hasta podemos llegar a coartar su autonomía o la capacidad de valerse por sí mismos, sin apropiarse de responsabilidades ajenas. Repensemos los roles. La madre tiene un rol más presente para el niño en sus primeros años de vida y el padre, desde el embarazo, su rol es acompañarla apoyando y conteniéndola. Luego, podrán distribuirse las distintas responsabilidades que haya que cubrir, que no sean exclusivas a la madre en sí. El padre puede tomar mayor protagonismo a lo largo de los primeros meses y su rol es el de estar constantemente colaborando en todas aquellas tareas que ayuden a la madre con tanta presencia que se le demanda, hasta por cuestiones biológicas. A medida que el niño crece, se va equiparando esta cuestión y hasta desde lo psicológico es necesario para ese niño un determinado corte del padre para con tanto apego natural que tiene el lazo con su madre. Es como si pasada esa etapa del Edipo, o complejo de Electra, los niños tuvieran que asimilar un nuevo orden en esos roles y vayan ganando por ello sus incipientes primeros indicios de que crecer es obtener mayor autonomía. En esta reestructuración aparece como protagonista el límite. No es fácil poner límites desde una autoridad firme, pero amorosa a la vez. Por lo general, uno de ambos padres suele ser más permisivo que otro. La dificultad a la hora de saber poner esos límites suele radicar en que nosotros como padres crecimos con modelos de autoridades distintas a lo que queremos ejercer ahora con nuestros hijos. Por lo general, la mayoría de nosotros se crio en familias donde ésa autoridad nos educaba indirecta o directamente (según el caso) a través de miedos. Si cumplíamos alguna norma familiar era por no recibir un castigo, o sea por miedo a ser castigados, muchos ni siquiera recibíamos la explicación de por qué ese límite era necesario. Ni hablar de aquellos casos en los cuales muchas madres depositaban exclusivamente la responsabilidad de poner límites en los padres diciendo cosas tales como "Vas a ver cuando llegue tu padre a casa". Venimos de modelos verticales de rígidas autoridades jerárquicas, que hasta no debían siquiera dar demasiada explicación y se delimitaban a un simple "porque lo digo yo" o "porque soy tu madre/padre". Nos enseñaron a movernos por obligación, capricho y por miedo a las represalias que se sucedían si no obedecíamos. Ahora las cosas cambiaron un montón, pero en nuestro inconsciente todavía habitan esas historias y recursos absorbidos de aquellos modelos en nuestra infancia. Muchos de ellos afloran casi sin darnos cuenta en frases que soltamos sin pensar con nuestros hijos. No es fácil por ello resetear esta información para adaptarla a nuevos contextos como los actuales y no todos lo saben hacer. Educar poniendo límites amorosos y sanos, implica mucho esfuerzo y paciencia. Algunas formas sirven más o mejor con algunos hijos que con otros. Hay miles de variables que influyen y se pueden contemplar. Así que, para no extenderme demasiado, solo voy a agregar que amor y miedo son opuestos. Desde una autoridad amorosa puede haber: diálogo, respeto, firmeza, coherencia, escucha, flexibilidad, contención, etc. Desde una autoridad que es ejercida desde el miedo habrá: temor, exigencia, intransigencia, imposición, reclamos, posibles contradicciones, sobreprotección o excesivo control, etc. 


También hoy en día, nos encontramos con otras variantes más que la del premio y castigo, ya que se puede educar en responsabilidad y consecuencias. No olvidemos que, más allá de los modelos de crianza que adoptemos según nuestros criterios como padres; estamos formando a nuestros hijos en valores personales, autoconfianza, autoimagen, autocuidado, normas básicas de convivencia, formas de relacionarse con otros, respeto, libertad, autonomía, diálogo, escucha, etc. La mayoría de todo lo que vayamos a enseñarles lo haremos a través de las dinámicas familiares, la experiencia, el ejemplo y la palabra. Poner límites, permitir o hacer concesiones, a pesar de que nos cueste, es parte fundamental de ésas dinámicas. No poner tantos límites por miedo a no saber hacerlo amorosamente tampoco es la solución, ya que los estaríamos criando haciéndoles creer que todo siempre se dará como ellos pidan y de mayores no tendrán las experiencias ni sabiduría necesaria para tolerar y superar sus frustraciones cuando no suceda lo que ellos esperan. Les limitaríamos de que puedan encontrar recursos internos para incorporar esa tolerancia a la frustración, y en vez de aprenderlo a la edad que más fácil les resulte, deberán tener que hacerlo de mayores con sus vínculos o trabajos. El límite es sano y les ayuda a asumir la responsabilidad necesaria para ir forjando su propia autonomía, que no los lleve a dependencias emocionales de adultos. Les permite encontrar sus propios recursos internos para lidiar con la aceptación, la frustración, el respeto por la libertad de los demás y saber ejercer la libertad de hacerse responsables de sí mismos sanamente. 


Decíamos entonces, que suele haber un progenitor que ponga más los límites que el otro, o al menos al cual los niños suelan respetar más en este aspecto. Esta es la mayor dificultad para los padres y madres solteros. No tenemos con quien turnarnos en imponer esos límites, contener, mantenerlos, o cuestiones similares. Algunas veces hay abuelos que ejercen esos “roles vacantes" teniendo que lidiar con otras dificultades propias, como que la firmeza no es la principal cualidad del rol de abuelo, sino que es la opuesta: la complacencia o consentirlos. Si el poner límites a partir de los modelos que recibimos en nuestra infancia nos era ya una tarea difícil, el no tener a ese otro con el cual "turnarse" o que los mantenga con el mismo criterio (en caso de que sí sea un padre presente a pesar de la separación); se nos vuelve un desafío aún mayor. Igualmente para todas estas situaciones, yo encuentro que la mejor opción va a ser mantenernos en nuestro rol ejerciéndolo con responsabilidad y marcar el límite de lo que nos corresponde, y de lo que no, de formas asertivas. Enseñémosle que no somos padre y madre a la vez. Que tomen consciencia de nuestro lugar y del suyo. Podemos también apoyarnos en otros que puedan colaborar, pero sin exigirles que ocupen esos lugares vacantes tampoco. Aunque pensemos que las ausencias duelen más, los efectos que generan roles confusos modifican aún más la dinámica completa y dejan grandes impactos en el modelo de vínculo sano que podamos transmitirles. 


También tenemos otras dificultades más cotidianas o comunes tales como: quién nos puede ayudar en llevarlos o irlos a buscar al colegio cuando estamos trabajando, quién nos ayuda a turnarse para cuidarlos al enfermarse para no faltar tanto al trabajo, quién puede hacer con ellos la adaptación del jardín si no podemos tomarnos licencia para hacerlo nosotros, quién nos da una mano para poder cumplir con sus horarios de deportes o cumpleaños yendo y viniendo todo el tiempo, si podemos o no ir a los actos escolares y esas actividades del colegio, etc., etc. La mayoría de éstas cuestiones tienen más que ver con compatibilidades y organización respecto de nuestros horarios para con los de los niños. Es sencillo entender que cuantas menos personas haya, más se nos complica no sobrecargarnos. Dentro de todos esos esquemas solemos no incluir, u optar por sacrificar, actividades personales nuestras como: salidas, estudios, esparcimiento, descanso, viajes, etc. Es casi entendible que caigamos en esas tendencias del autosacrificio, sin darnos cuenta al ver estos aspectos. Sin embargo, todo radica en nuestras prioridades y decisiones. Si tomamos el bienestar propio como una prioridad indiscutible para aportar un mayor bienestar a lo que sea que hagamos y con quienes convivamos, siempre vamos a encontrar la manera de incluirlo en nuestros esquemas o rutinas. ¿Siempre tuvimos algún hueco disponible si nuestro hijo nos pedía ir a la plaza o tomar un helado, no? Nos hacíamos el tiempo, por lo tanto, siempre se puede. El tema es que no lo sacrifiquemos, porque si a no estar tan bien por no atendernos (ni por no hacer nunca algo que nos guste) le sumamos la sobrecarga de ser padres o madres solteros; el asunto se vuelve casi inviable. También va a depender mucho de la actitud que decidamos adoptar para con lo que estamos haciendo día a día. No es lo mismo hacer todas esas actividades desde la obligación, lucha o fastidio; que desde la alegría, voluntad o disfrute. Si no están pudiendo adoptar mejores formas de afrontar las actividades o desafíos de la vida cotidiana, primero están ante la oportunidad de poder replanteárselo para cambiarlo (porque siempre estamos a tiempo), y segundo, recuerden que todo depende de nuestras decisiones. Es una decisión cómo elegimos vivir lo que sea que nos pasa y es otra decisión hacer algo con lo que nos pasa (nos molesta, fastidia, etc.). Será el momento para un gran cambio. Decidir tomar responsabilidad, en vez de estar siendo víctimas de las circunstancias o rutinas, decidir nuestra actitud para vivir nuestra vida y desde ahí reestructurar nuestra escala de prioridades. Poder se puede. Lo digo por experiencia y la ganancia de hacerlo es abismal. De nuevo, todo vuelve a depender de una simple decisión: la de no conformarse ni rendirse a sobrevivir. Podemos elegir cómo vivir lo que sea que nos suceda. Nunca lo olvidemos. 


Por último, me gustaría aportar que busquemos ser más compasivos, tolerantes y menos severos con nosotros mismos. No es tarea nada fácil, si somos padres o madres solteros en estos contextos, mucho menos si no tenemos al rededor tanta gente con la cual turnarnos. Recordemos que siempre estamos haciendo lo mejor que podemos con lo que tenemos y con lo que nos pasa. Medirnos con varas súper exigentes, enfocándonos exclusivamente en todo lo que no podemos ni llegamos a hacer, es demasiado injusto para todo lo que sí logramos hasta ahora. Como ya hemos dicho, no recibimos un manual, ni tuvimos quizás los mejores modelos de cómo ser padres. No nos presionemos por ser los mejores, sino por mejorar a medida que vayamos pudiendo, según nuestras circunstancias, en ser un poquito mejores con nosotros mismos de lo que veníamos siendo hasta ayer. Y esto comienza en poder valorar, apreciar, reconocer y admitir que no se puede con todo y eso está bien. Pero también, comienza en poder mirarnos a nosotros mismos desde una óptica más amorosa y menos exigente. En mi experiencia, la gran fórmula que encontré para poder ser tan feliz como soy ahora, después de haber estado tan deprimida, es el AMOR PROPIO. Un necesario cambio de mentalidad que me llevó a atenderme, para poder estar bien yo primero, porque sino todo lo demás me era insostenible. Y si les está costando tomar esa decisión de priorizarse ante todo, seguramente haya miles de creencias limitantes que los hagan pensar no merecer ocupar el primer lugar en su propia vida. Los invito a reflexionarlo, a recordar pedir ayuda, a dejarse ayudar y a que sea hoy el primer paso de un nuevo maravilloso camino, tan hermoso como recuerdo que comenzó el mío. Aún sin conocerlos les tengo toda la fe, si yo pude, estoy segura de que no hay persona en este mundo que no pueda lograrlo. ¡¡Millones de bendiciones!! 





🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻


💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥



viernes, 8 de abril de 2022

Nuestros niños internos heridos suelen ser la causa de muchas problemáticas actuales...



Ya hemos hablado de la importancia de sanar nuestro niño interior, pero más pasa el tiempo y sigo viendo más consecuencias relacionadas. Hoy les sugiero que, además de revisar nuestros anteriores artículos sobre el tema, profundicemos un poco más; trayendo ejemplos actuales que se originan por no atender aquellas heridas de la infancia. 


Podríamos pensar que muchos de nosotros vamos por la vida adulta sin darnos cuenta siquiera de ser niños heridos caminando. Lo llevamos a dónde vayamos, lo vivimos en lo que sea que hagamos, y muchas veces, lo sentimos sin poder entenderlo. En los vínculos se vuelve más evidente: mujeres que buscan de pareja "padres protectores y proveedores", hombres que buscan que los "maternen", amigos que nos lloran compartiendo sus "berrinches" sin contemplar siquiera pensar en hacer algo con lo que les molesta, padres/madres que quieren llamar la atención de sus hijos como sea para no sentir que crecen y que pueden dejar de verlos como esos ejemplos a seguir u olvidarse de ellos, hermanos que siguen discutiendo por quién se hace cargo de las cuestiones familiares o compitiendo por quién es más exitoso, etc., etc... 


Si agudizamos la mirada lo encontraríamos en miles de ejemplos cotidianos. Solemos pensar que muchas de las causas de sufrimiento de la humanidad se deben a un cierto "mal" que acecha, pero ¿cuántos de esos supuestos "villanos" no serán personas heridas, que podríamos ver casi como "niños traumados caminando"? También incurrimos en una cierta irresponsabilidad para con nosotros mismos y el lugar que ocupamos para con ese colectivo de humanidad que somos al pensar estas cuestiones, ya que nos posicionamos como "víctimas" de un mundo injusto, cruel, malvado, enfermo o similares. Suele ser más sencillo ver éstas cosas en los demás, que en uno mismo. Quizás sigamos siendo esos "traumas vivientes" y lo desconozcamos... 


Como persona altamente sensible que pasó por varias situaciones traumáticas, puedo hablar desde la experiencia. Gran parte de mi vida desconocía completamente la intensidad de mis emociones, el alcance de ciertas experiencias dolorosas de vivir y la amplificación de los efectos que me dejaron a muchos niveles. Para aquellos que no sepan sobre alta sensibilidad les cuento resumidamente que los PAS o HSP (personas altamente sensibles) sentimos todo amplificado, entre muchas cosas más que implica este rasgo de la personalidad. También tenemos diferencias en nuestro sistema nervioso y en nuestros centros cognitivos. Profundizamos mucho más, porque sentimos mucho más y solemos llegar a estresarnos por ello con mayor facilidad o rapidez. Recordemos que sensibilidad tenemos todos y en mayor o menor medida, pero los PAS lo perciben todo amplificado e intenso. Así que podrán imaginarse que una simple cuestión, que a todos nos incomoda o duele de vivir, a los PAS nos puede dejar una huella mucho más profunda y nos lleva más tiempo reconocer o atenderla para superar. No es raro encontrar PAS con síntomas de traumas ante situaciones que a otros les pasan completamente desapercibidas. El desconocimiento sobre el rasgo y su implicancia, sumado a ciertos tabúes socioculturales sobre la sensibilidad y su expresión; hacen que los PAS se sientan incomprendidos, rechazados y tiendan a invalidar su "diferencia". No me voy a explayar tanto sobre estas cuestiones, pero si les interesa saber más, también hice otros artículos detallando mejor esta temática que los invito a leer. Traje este tema para recordarles que si de traumas se trata, puedo hablar de una experiencia personal amplia, bastante profunda y con un alcance mayor por ser PAS. Me es un terreno demasiado familiar que me llevó bastantes años superar. 


Cuando uno vive una situación traumática, hay una gran parte de nosotros que pareciera "disociarse" del momento presente, porque se siente incapaz de atravesarlo o superarlo psicoemocionalmente. Podríamos pensarlo casi como si se separara y quedara cristalizada (o congelada) en un lugar bien inconsciente de nuestra mente, por no saber cómo procesar una información tan dolorosa o pesada de digerir. A veces este acto de represión de nuestra psique, ni siquiera es posible de notarlo en el momento y durante muchos años más, tampoco. Se encuentra en lo más profundo de nuestro inconsciente, tapado por varias capas de represión que lo contienen para que no pueda salir. A pesar de que uno se dé cuenta que una situación vivida es tan dolorosa de superar y considere que pueda haber sido traumática, seguramente se quedaría corto e ignoraría el alcance tan profundo que pudo dejar como huella dicha experiencia. Aún cuando podamos imaginar lo que nos marcó, siempre parece aparecer más y más de dónde escarbar. Recomiendo ampliamente que éstas cuestiones las resuelvan apoyándose en terapias con profesionales, que tengan las herramientas necesarias para acompañarlos en estos largos procesos, si reconocen estar viviéndolos. Igualmente, aportar más información siempre viene bien y por eso me animo a compartirla desde mi humilde lugar. 


El trauma queda resonando hasta energéticamente y puede llegar a manifestarse de formas muy variadas. Se disparan emociones intensas que solemos no comprender y nos confunde no poder ubicar aquellos estímulos del presente que las impulsan a salir. Como decíamos, pueden ser demasiado diversas esas formas, a veces es tan solo un olor que nuestro inconsciente recuerda y ni siquiera nos dimos cuenta de haber percibido en aquel momento tan doloroso. Algún olor de ahora al percibirlo, le hace recordar esa experiencia a nuestro cuerpo y lo manifiesta desbordando aquellas emociones, como si para nuestra mente estuviéramos reviviendo el trauma. Además, hay múltiples capas de represión protegiéndonos de que esos pensamientos tan dolorosos salgan, por lo tanto se vuelve muy difícil poder comprender por qué de repente nos sentimos tan mal. De ahí la importancia de acudir a un terapeuta que sepa desenredar ese nudo mental, hasta llegar al centro o causa primaria y nos ayude a liberar todas aquellas emociones tan escondidas. Es necesario reencontrarnos con ese hecho permitiéndonos sentir todo lo reprimido, para poder reinterpretarlo después desde la aceptación y una mirada más resiliente que nos ayude a superarlo completamente. Mientras no hagamos esto en profundidad, puede estar siempre acompañándonos sin siquiera saberlo. Nos va a afectar sobre todo en nuestros vínculos y se expresará de múltiples maneras. 


No es nada nuevo que si uno no está bien y en paz con uno mismo primero, aquellos conflictos internos los estaremos llevando a todas las áreas de nuestra vida; especialmente a nuestros vínculos. Tampoco es de extrañar, que esos traumas se representen en formas no sanas de relacionarnos con los demás que nos rodean y ni siquiera ser capaces de darnos cuenta (por el nivel de represión que lo oculta en nuestro inconsciente). 


No nos vayamos a casos tan extremos como un trauma para poder desarrollar mejor la idea de este artículo, ya que se nos volvería demasiado específico o complejo de poder pensar para cada uno en su vida cotidiana. Podemos ver las heridas que nos marcaron, quizás menos que aquellos traumas, pero que dejaron su huella inconsciente también y por ende desconocemos estar reviviéndolas en este presente. Algunos hablan de 5 heridas principales que vivimos en la infancia y nos marcan más de lo que podemos reconocer. Estas son la de la humillación, el rechazo, el abandono, la injusticia y la traición. Solemos, desde nuestra mentalidad infantil del momento, temer y hasta culpabilizarnos, de volver a causar o revivir alguna de estas 5 situaciones nombradas. De niños uno de nuestros mayores temores era que esos padres (o referentes adultos) que nos criaron, nos retiren el cariño al haber hecho algo "malo". La mayoría de los adultos de hoy crecimos pensando que para que nos quieran, o no desilusionemos a esos referentes, debíamos ser los niños "buenos y correctos". Al premiar nuestros aciertos y castigar o criticar nuestros errores, pudimos haber crecido con autoridades que nos enseñaban desde el miedo. El miedo a equivocarnos, decir algo incorrecto, que nos reten o castiguen, que nos dejen solos, que sientan vergüenza de nosotros, que no nos acepten, a no hacer bien lo que nos pedían, a no ser suficientes, etc. Si algo de todo eso llegaba a sucedernos, seguramente nos culpabilizábamos y lo que nos dijera el adulto a cargo se volvía determinante más allá de que fuera realmente cierto. También aclaremos que todo esto se nos fue grabando a nivel inconsciente, forjando conceptos implícitos de cómo relacionarnos con los demás, lograr lo que queremos, la autoimagen que fuimos construyendo a partir de lo que ellos nos decían de nosotros mismos, etc. Todas esas huellas psicoemocionales quedaron grabadas en nuestro inconsciente. Dependiendo del grado de autoconocimiento y responsabilidad que hayamos tomado de hacerlas conscientes, podemos llegar a seguir teniéndolas o haberlas liberado. 


El miedo y la culpa son como los grandes protagonistas de estas historias. Podemos darnos cuenta que aquellos miedos y culpas que afloren a la hora de tomar decisiones o relacionarnos de adultos, seguramente, tienen sus raíces en nuestra infancia. Al hablar de estas dos emociones debemos hacer algunas aclaraciones. Ninguna emoción es mala ni buena. Solo son energía que si la sabemos acompañar al fluir, para darle un cause en alguna acción o decisión, la estamos liberando después de haberla sentido y siempre nos dejará alguna enseñanza. Algunas veces, nos mostrará nuestros verdaderos deseos, otras nuestros mecanismos de evasión o negación que nos limitan, pero también, pueden ayudarnos a limitarnos de caer en excesos peligrosos para con nosotros mismos. Este último caso podría ser el ejemplo del miedo, que al aparecer, hace que tomemos ciertas precauciones en vez de arriesgarnos a alguna exposición que pueda hacernos daño. El conflicto con las emociones de miedo y culpa proviene cuando no nos permitimos vivirlas como simples emociones y hacemos de ellas modos de vivir, de pensarnos o de relacionarnos. El tema sería entonces, desarrollar personalidades miedosas o culposas desde dónde pensemos y actuemos éstas emociones sobreidentificándonos con ellas. Las volvemos como ejes centrales de nuestras motivaciones internas, moviéndonos así por miedos y/o culpas. Es ahí cuando se nos vuelve una necesidad atenderlas con prioridad. 


Aclaremos un detalle más acerca de aquellas dos emociones tan comunes de sentir. El miedo suele encerrar un deseo oculto. Solemos temer a lo que más deseamos realizar, pero a veces no nos animamos ni siquiera a reconocerlo. Con respecto a la culpa, siempre proviene de una "condena", o sea, de un juicio negativo o de rechazo a nosotros mismos. Suele aparecer como el gran indicador de un conflicto interno. Es el caso de aquellos momentos en los cuales queremos algo, pero sentimos no merecerlo, diríamos algo pero lo rechazamos por creer políticamente incorrecto pensarlo, etc. La culpa puede ir acompañada por la vergüenza, ya que ambas provienen de un rechazo o invalidación a algún aspecto de nosotros mismos, que solemos tender a esconder o a no manifestar. Además de un conflicto interno, ambas nos llevan a no ser tan auténticos con los demás ni tan sinceros con nosotros mismos, ya que ese rechazo muchas veces nos es inconsciente. 


Es momento de preguntarnos: ¿Cuán reales nos permitimos ser y mostrar ante los demás? ¿Podemos decir Sí sin miedo y No sin culpa? ¿Sabemos poner límites asertivamente? ¿Somos honestos para con nuestro verdadero sentir, o lo juzgamos constantemente? ¿Actuamos como realmente queremos, o como pensamos que deberíamos hacerlo? ¿Culpamos a otros de lo que sentimos como nos culpamos tanto a nosotros mismos por sentirlo? ¿Aceptamos a los demás como son, o los rechazamos como solemos rechazar ciertos aspectos propios por miedos, culpas o vergüenzas? Desde los miedos, culpas o vergüenzas solemos construir vínculos de dependencia emocional. Somos capaces de hacer de todo para que el otro nos quiera, acepte, apruebe, o para que no se vaya de nuestro lado. Perdemos el eje. No solemos ni registrar que estamos cayendo en estas conductas de dependencia, porque todas esas emociones nos son desconocidas. No nos entendemos. Para hacerlo tenemos que tener en cuenta que cada pareja que creemos que nos abandona, por ejemplo, solemos sentirla como aquel primer abandono que tuvimos en la infancia, aún cuando no haya sido real; sino simbólico. Aclaremos que para ésas heridas de la infancia no era realmente importante si el abandono que sentimos sucedió, o si solo fue nuestra interpretación mental de ese momento. Lo que se marca como huella en nuestro inconsciente es cómo sentimos o interpretamos esas experiencias y no si fueron ciertas. Tal es así que también nos definimos por muchas de esas interpretaciones repitiéndolas constantemente, sin comprobarlas siquiera. Por ejemplo, podemos llegar a creer que somos "tontos" si nos lo repetían constantemente y nunca nos animamos a cuestionarlo realmente. O quizás, hasta pensar que hay algo malo en nosotros por lo cual siempre nos abandonan, como si fuéramos indignos de ser amados. Terminamos entonces, dependiendo emocionalmente de una aprobación ajena para no desilusionar ni que nos retiren el cariño, actuando por miedos a castigos inexistentes, limitándonos de hacer lo que queremos por miedos irreales, mintiéndonos a nosotros mismos y a los que nos vayamos cruzando por la vida, creyéndonos víctimas evadiendo nuestras verdaderas responsabilidades, actuando desde las heridas inconscientes que ni siquiera reconocemos tener, etc., etc. 


¿Algo de todo eso les suena? ¿Cuántas veces nos sentimos víctimas de esos "villanos" de turno que podíamos ver en parejas, jefes, padres, amigos, vecinos y demás? ¿Cuántos vacíos internos buscamos llenar con distracciones para no oírlos, ruidos o lugares con mucha gente para ni escucharnos, parejas para no sentirnos solos, mentiras para autoengañarnos de que no estamos tan mal, o similares? ¿Conocemos siquiera nuestras verdaderas motivaciones internas desde dónde decidimos y actuamos, o lo hacemos todo en "modo automático"? ¿Decidimos realmente por nosotros mismos, o seguimos repitiendo las mismas fórmulas desde esas dependencias emocionales para confrontar/conformar a otros? 


Llegados a este punto, me gustaría aportar que durante muchos años creía estar decidiendo por mí, cuando en realidad lo hacía motivada por cierta rebeldía para con los entornos en los que me encontraba, la autoridad de turno o similares. Muchas veces actuamos radicalmente opuesto a lo que aprendimos de niños y creemos haber trascendido aquellas viejas historias, como solucionándolas por hacerlo distinto. Pero en realidad, al menos en mi caso personal que puedo asegurar, estamos condicionados a esos entornos, tanto como si los complaciéramos haciendo lo que ellos hicieron. La rebeldía y la obediencia son dos caras de la misma moneda, ya que ambas son relativas y están condicionadas a la forma de actuar de los demás. La verdadera autonomía no pasa por decidir, ni a favor ni en contra de nadie, sino a partir de motivaciones propias y genuinas. Algunas veces éstas podrán coincidir con las decisiones de nuestros entornos, pero también otras tantas podrán diferir de ellas. La brújula es interna y no externa. Al menos yo, aprendí que eso es lo sano para mí. El pensamiento crítico, cuestionarse las propias motivaciones, preguntarse si realmente queremos seguir a una mayoría porque siempre lo hicimos o porque todos lo hacen, saber discernir entre lo que sucede y nuestros propios valores personales; son grandes herramientas para construir esa autonomía o libertad. De otro modo, el entorno siempre nos va a estar condicionando. 


La dependencia emocional para con nuestros referentes de la infancia era necesaria, y hasta sana, para nuestra supervivencia en aquella etapa de nuestra vida. De niños dependemos de un otro y su mirada del mundo nos va condicionando casi sin quererlo. Es como un efecto entendible, si tenemos en cuenta que no éramos capaces todavía de valernos por nosotros mismos, ni de cuestionar de si estaba bien o si estábamos de acuerdo con lo que nos iban enseñando. Ahora es cuando nos toca reflexionar que seguramente a nuestros referentes, les sucedió algo similar para con sus propios referentes y probablemente aprendieron cosas aún más difíciles de superar que las nuestras. No podemos juzgarlos con la misma vara en otro contexto y momento histórico. Así como nos pasa a nosotros, les debe haber sucedido a ellos y seguramente en la mayoría de los casos, crecieron con modelos mucho peores de cómo relacionarse o demostrarles amor a sus hijos. A algunos hasta los castigaban pegándoles con una regla si se equivocaban en alguna respuesta durante la clase del colegio. A veces perdemos la referencia, o nos olvidamos de contemplar ciertas cuestiones, y hasta no hace tanto la violencia era una forma más naturalizada para castigar a aquellos niños. Para muchos de nosotros sería impensado hacer cosas similares con nuestros hijos. Hasta no hace tanto, algunas parejas no podían separarse teniendo que soportar de todo por sostener esas imágenes familiares tradicionales ante los demás, no puedo imaginarme qué modelo de relacionarse con los demás les dejaron a sus hijos. Aquellos niños que crecieron en ambientes con otras problemáticas distintas, de grandes nos criaron como consideraron que era mejor o como pudieron. En muchos casos, hasta desde el amor, nos dejaron esas heridas. Pero el amor no es el responsable en sí mismo, sino el modo en el que creyeron que se demostraba, según los modelos de amor que tuvieron. 


Aunque a veces todo esto pareciera una interminable cadena de distorsión negativa, de lo que puede considerarse un amor sano; podemos verlo diferente. Podemos ser esa generación a la que el amor deje de dolerle, o que redescubramos el concepto más verdadero de éste. El desamor, o un modelo no sano de él, es lo que en realidad duele y lastima. Hasta que no pongamos amor en ésas viejas heridas de la infancia, que seguimos arrastrando inconscientemente, no sabremos amar como realmente nos merecemos todos. Para amar a otros, hay que haber llegado primero a amar esas viejas heridas rechazadas de nuestra historia personal. Amarnos sanamente, para luego amar a otros de igual forma. Podría llegar a ser nuestro verdadero desafío como humanidad que busca evolucionar de nuevas formas y así no seguir perpetuando las mismas problemáticas de siempre. 


Un primer paso será la aceptación y reconocimiento (a modo toma de consciencia) de que tenemos esas heridas que afloran en violencia, celos, posesiones, rechazos, humillaciones, descalificaciones, denigraciones, manipulaciones, dependencias, maltratos, envidias, juicios condenatorios, prejuicios, etc. Para poder cambiar algo hay que reconocerlo internamente, luego mirarlo con otros ojos o desde nuevas perspectivas. Perdonarse y decidir hacerlo diferente en adelante. Ya no somos esos niños o "huérfanos emocionales" (como les gusta llamarlo a algunos), crecimos y todo fue evolucionando. Apliquemos lo aprendido, primero para con nosotros mismos, es hora de perdonarnos aquellas viejas culpas, entender esos antiguos miedos que siempre nos acompañaron y decidir trascenderlos con amor. 


Dejemos de ser víctimas de viejos relatos y tomemos la responsabilidad de liberarnos para aportar algo mejor. Retomar toda aquella energía que quedó atrapada en esas viejas emociones reprimidas y lo que nos cuesta seguir sosteniéndolas escondidas, para llevarla a que nos impulse como motor de nuestros nuevos caminos. Es momento de atenderse, priorizarse y amarse, aceptándonos en todas nuestras facetas. ¡Ojalá que el amor se ponga de moda, o se vuelva nuestra nueva tendencia!





Sumate y colaborá con SOMOS SOL ☀️...

En este 2022 sigo ofreciendo diversas herramientas y consultas de autoconocimiento que nos pueden aportar mucho bienestar a cualquier situación que estemos atravesando. Los invito a sumarse, consultarme por cualquier actividad de su interés, chequear toda la información gratuita que comparto en nuestras redes y a colaborar comprándome un cafecito. Si solés apreciar la información que vengo compartiendo, valorás mi aporte y querés ayudarme; te agradezco enormemente cualquier colaboración que te surja hacer. En cualquiera de todos los casos: ¡¡¡Muchas Gracias y Miles de Bendiciones!!! 💜🙌


💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥




martes, 5 de abril de 2022

¡Ser Más y Mejor!


Últimamente hubo dos frases que me quedaron resonando (hasta les diría que en todo el cuerpo) y por semanas se me siguen apareciendo, aclarándome mucho más a cada instante. La primera es "Primero Ser e ir haciendo, para que luego vayamos teniendo" y la segunda es "Más y mejor". Me gustaría poder explicarles el poderoso efecto que tienen todavía en mi cotidiano, ambas frases que aparecieron para quedarse. Voy a intentar hacerlo en este artículo para ver si mi aporte les resuena, o contribuye como disparador de sus propias reflexiones en este crecimiento conjunto evolutivo y constante.



Hay muchas circunstancias que se me ordenan concentrando toda mi energía en Ser quien quiero según mis pulsos internos, gustos, valores personales y preferencias. Tiene que ver con haber logrado recuperar ese poder personal de decisión que tanto nombro en las publicaciones y videos. Me llevó mucho recorrido entender que no estaba decidiendo por mí primero, sino que lo solía hacer condicionada a un entorno con el que buscaba confrontar, o al que pretendía complacer. En ambos casos, mi motivación la determinaba un entorno externo a mí. Como si no tuviera ni voz ni voto en el asunto, y para tomar una decisión, primero debía fijarme que con ella no molestara a otros ni desentone demasiado. Estas tendencias (que repetí durante tantos años) no son de extrañar, si tenemos en cuenta mi alta sensibilidad. Cuando uno crece en un entorno con el cual difiere por una forma de sentir diferente y amplificada, más un pensamiento divergente que no suele ser comprendido tampoco; es casi natural priorizar a los demás, antes que a uno mismo. Como solía creer que, por ser diferente mi sentir o mi pensar, debía estar equivocada yo (sintiendo mucha vergüenza por ello), me forzaba por anular algo tan genuino mío para hacerlo encajar con lo de los demás. Me encontré mil veces pensando que al ser "la distinta" eso debía ser regulado para no molestar, incomodar, ni confrontar a otros. Todo PAS (persona altamente sensible) tiende a invalidar su rasgo por no entenderlo y por haber sido criticado (o no comprendido) desde muy temprana edad. No es raro entonces que hayamos crecido priorizando la voz de los demás, por sobre la nuestra interna. Y al hacerlo, anulábamos consecuentemente nuestro "voto" o poder de decisión personal. Para decidir, primero había que chequear cómo ese entorno podía llegar a reaccionar ante una voz, que por lo general solía diferir de la mayoría. Luego en función de no generar conflicto, se otorgaba el voto al exterior, causando así un mayor conflicto interno con nosotros mismos. Además dicha "traición", o anulación de esa parte tan genuina de uno como el sentir, percibir o pensar; también se vivía con la intensidad del rasgo. El dolor era aún más profundo. Otro aspecto muy común que termina influyendo más, es que por la sobreempatía, el PAS suele creerse responsable del bienestar de su entorno, o al menos de no ser el que lo interrumpa desentonando con él. De otro modo, puede aumentar su grado de culpabilidad haciendo aún más difícil priorizarse. 


A los que no son PAS también les ocurre algo similar, pero percibido en menor medida o de diferente forma. Cuando todos fuimos creciendo aprendimos a vernos y a ver el mundo a partir de los pensares, sentires y valores de nuestros padres/referentes a cargo. Eran ellos que nos moldeaban pensamientos, sentires "correctos" o no y acciones adecuadas e inadecuadas según sus propios criterios. Es lógico y hasta inevitable, ya que por ser pequeños no podemos valernos por nosotros mismos dependiendo de ellos. Fue de quienes aprendimos y fuimos construyendo esos esquemas mentales que devienen en nuestra autoimagen y su correspondiente autoestima. Si en nuestro entorno de primer infancia nuestros adultos referentes solían repetirnos constantemente que no éramos hábiles para alguna actividad específica (un deporte o alguna asignatura de la escuela por ejemplo) es común que de grandes lo asumamos por indiscutiblemente cierto y nunca descubramos realmente si estaban o no equivocados. El niño toma por absoluto, y siempre acertado, todo lo que le digan aquellos adultos que lo fueron criando desde bien pequeño; porque no se lo puede cuestionar a aquella edad tan temprana. Si de grande nunca se lo puso a pensar por sí mismo y solo se limitó a repetírselo en su diálogo interno, seguirá sosteniendo aquella creencia como una verdad absoluta. Se vuelve un mandato familiar o lealtad invisible a sostener a lo largo del tiempo, y hasta al querer cuestionarlo más adelante, podemos llegar a sentir ciertas resistencias, ya que derribarlo podría equivaler a una traición al propio clan. Mantenemos lealtades a esa familia de origen de forma inconsciente. Enfrentarse o pensar distinto es similar a separarse de su grupo de pertenencia, a quedarse solo y desamparado, o a llegar a desilusionarlos arriesgando a que nos retiren el cariño y rechacen por ello. Nuestra mente lo interpreta como peligroso y se pone en marcha el mecanismo de resistencia a no ir por un camino diferente al que tomaron nuestros ancestros. Aún así, siempre hay cuestiones con las cuales estuvimos en conflicto para con ese entorno familiar de origen, por lo tanto generamos una contradicción. O elegimos por ese otro, o lo hacemos por nosotros mismos. La toma de decisiones se condiciona a un entorno, a menos que hayamos recuperado ese poder personal de decisión para priorizar ser como nos gusta a nosotros, más allá de lo que los demás hagan u opinen. 


Entonces ese priorizar la energía en Ser lo más genuinos posible, nos va llevando a movernos por motivaciones propias e individuales acordes a nuestras preferencias o valores. Ya no nos movemos por complacer, rebelarnos, conseguir aprobación, seguir manteniendo roles establecidos, ni por encajar o pertenecer. Estamos decidiendo quiénes queremos ser y desde eso nos movemos, luego vamos viendo que al hacerlo en ese orden (y sin traicionarnos a nosotros mismos), vamos teniendo efectos y resultados como consecuencias. No nos movemos para tener, cumplir, ni hacer; sino para ser quienes más nos gusta o preferimos. Esto ordena a la energía que siempre responde a nuestra intención. Es una intención alineada a nuestra esencia, es más genuina, por lo tanto, se van a corresponder con nosotros consecuencias más coherentes a lo que vinimos a aportar. En el camino vamos descubriendo ya tener dones o habilidades que desconocíamos, por no haber concentrado nuestra mirada primero en lo interno. No nos definimos por lo que otros puedan decirnos, ni por lo que estemos haciendo, recordamos que estamos decidiendo quienes ser primero. Al apuntar el foco a nuestra esencia aflora lo más verdadero de nosotros mismos, lo que solo nosotros vinimos a aportar y a expresar. Ya no se vuelve tan importante la forma que elegimos para hacer esos aportes, quizás hasta nos sorprendamos de descubrir que siempre estuvo eso irradiándose desde nuestro interior a donde íbamos, sin saberlo siquiera. Lo que cambia ahora es que nos predispusimos a encontrarlo, prestarle atención o a reconocerlo, y al enfocar nuestra atención en nuestro interior, lo hicimos crecer. Todo a lo que le regalemos nuestra atención crecerá siempre y acá es donde entra la segunda frase: "más y mejor". 


 Siempre que seamos más genuinos, mejor será para nosotros y para nuestros entornos. Estaremos contribuyendo a un bien personal y al bien común por consecuencia (puede que esto último surja hasta sin buscarlo). Más allá de las diferentes opiniones que tengamos al respecto, podemos llegar a acordar que debemos dejar de creer que priorizarnos es ser egoístas. Es solo un prejuicio que nos suele llevar a demasiado malestar interno innecesario. Primero amarse más y mejor, para luego amar más y mejor (porque al no ser condicionado, será más genuino y hasta desinteresado) a los demás. Es fácil entender que nuestro poder personal de decisión tiene que estar enfocado en priorizar a los verdaderos protagonistas de nuestra vida, nosotros mismos, de otro modo, quedaríamos relegados a ser meros espectadores de ésta. Tomar responsabilidad del lugar que cada uno ocupa para con el colectivo de humanidad que somos, hará que podamos mejorar nuestros aportes individuales contribuyendo a un bien común. Es aportar al mayor beneficio de uno, que además, vamos comprobando que es el mayor beneficio para los demás también. Más y mejor conmigo, para más y mejor con los demásRecordemos que estamos hablando de movernos desde pulsiones internas genuinas, acordes a la verdad de nuestro corazón. Hay gente que vino a aportar algo tan nuevo o diferente a lo que ya tenemos, que nunca encontraría cómo expresarlo si esperara una comprensión, aprobación o algo similar de los demás. No hay algo similar preexistente, lo vino a crear esa persona. Si no logra expresar su naturaleza más genuina, por desentonar con sus entornos, lo habrá desperdiciado y todos los demás nos perderemos de habernos beneficiado también de lo que nunca aportó. Pongamos un ejemplo con algún deportista o músico brillante que se destaca por lejos al innovar aportando no solo mayor talento, sino algo muy auténtico. Si se frena en el camino porque sus entrenadores o las disqueras no lo comprenden y critican, no se convertirá en el máximo referente en su disciplina y hasta podríamos perdernos de cambios de paradigmas que su genialidad hubiera aportado influyendo a otros que lo hubieran seguido después. ¿Imaginen qué hubiese sido del básquet si Jordan no se hubiera animado a seguir sus preferencias, o del rock argentino si Luis Alberto Spinetta hubiera decidido no insistir a pesar de sus primeras críticas recibidas?


Ser más y mejor uno mismo primero como elijamos expresarlo nos lleva a dar nuevos pasos, que pueden llegar a ser trascendentes a nuestra individualidad, ya que nutren a otros sin que lo busquemos siquiera. Como si los caminos y proyectos parecieran tener Vida propia. Es ahí cuando muchos dicen que es como rendirse a que la vida nos viva, o a dejar que la misma nos lleve. Algo similar les contaba en el video sobre encontrar nuestro propósito, con respecto a aquellas personas que desde la numerología tenían senderos de vida con números maestros. En esos casos, la persona necesita vivir situaciones bastante complicadas para que se vaya gestando internamente el impulso a que aflore una sabiduría interna que le permita trascenderlas, y luego, se vuelva su maestría compartirla con otros para que se inspiren a tomar nuevos caminos superadores. Es claro que esas situaciones al vivirlas parecen inconexas o no tener un rumbo determinado, pero es al ir dando esos pasos, que ese camino se va mostrando y le permite a la persona poner a disposición lo aprendido, pudiendo capitalizar todo su dolor en aportes hacia los demás. En cierto punto del recorrido nada parece tener forma, pero luego todo se va aclarando al caminarlo. Hay que permitir dejar que lo aprendido los trascienda, para que otros se puedan nutrir de sus ejemplos a seguir, o de sus métodos propuestos. Por todo esto me gustaría aclarar que el "más y mejor" sugiero vivirlo como motivación, voluntad, constancia y desde el disfrute; en vez desde la autoexigencia presionándonos constantemente. Se trata de caminar siempre motivados con hambre de más y saber que somos merecedores y dignos de darnos mejores oportunidades, que las que conseguíamos hasta ayer, superando después también nuestros aportes. Invita más a ir celebrando y valorando nuestro progreso, que a medir nuestros pasos con ideas fijas, ya que podríamos caer en obligarnos, en vez de dejar que surja naturalmente. Cada vez que nos encontremos autoexigiéndonos, estaremos limitando esa expresión más orgánica y genuina que pulsa internamente por salir. La forzaremos a que se exprese de una determinada forma "correcta" pudiendo desperdiciar la oportunidad de que algo más genuino, auténtico u original aflore. Implica rendirnos a permitir expresarnos más libremente fluyendo con la Vida. Quizás la autoexigencia, al salir, pueda mostrarnos que no estamos confiando tanto en nosotros mismos. Desde ella, buscamos controlar que cada paso se dé de una determinada forma, porque tenemos miedo y nos sentimos incapaces de afrontar cualquier situación imprevista. Es entonces, una invitación a que confiemos más en nosotros mismos y en nuestros recursos internos. Aún cuando desconozcamos tenerlos, siempre afloran cuando la situación lo requiere. Los números maestros descubren su maestría al experimentar superar las crisis que la vida les propone, pero antes de lograrlo, la mayoría ni se imaginaba siendo capaces de trascender tanto, ni mucho menos, haciendo de ello un servicio para que les sirva a otros. Rendirse a permitirlo confiando más, nos deja ver como vamos siendo mejores en cada nueva experiencia. 


Llegamos entonces a un determinado momento en el que hay que aclarar que, en todos estos pasos, suelen aparecernos diversos miedos relacionados a nuestros avances. Son resistencias que se activan inconscientemente para protegernos. Cuando uno está por animarse a trascender (lo que siempre hizo de la misma manera) no solo aparecen esas tendencias a no romper lealtades con el clan; sino que además, para nuestra mente, el recurso conocido es más efectivo y el mejor. Se plantea repetir el viejo hábito o forzarse a crear una nueva conexión neuronal para el cerebro, aunque va más allá de lo biológico y conductual. En algún momento de nuestra infancia, lo que repetimos siempre, fue una respuesta necesaria para sobrevivir a una situación dolorosa. Nuestra mente tenderá a volver a usarla hasta que decidamos que ahora, con mayor consciencia, tenemos nuevos recursos y respuestas más sanas disponibles. Lo que aparece como indicio de esa resistencia al cambio (o a lo nuevo) desde nuestra mente, será un miedo disparado para que volvamos al viejo método conocido sin arriesgarnos a salir de esa zona de confort. Más allá de estas cuestiones más técnicas, todos podemos reconocer aquellos miedos que aparecen al dar los pasos que tanto queremos dar. Se disfrazan de inseguridades, nervios, ansiedad, incomodidades y hasta procrastinaciones (no sabemos por qué, pero tendemos siempre a dejarlo para después sin terminar de concretar el nuevo paso). ¿Qué miedos se nos disparan? Los viejos conocidos a no poder, no tener lo suficiente, no saber lo necesario, no disponer de los recursos para hacerlo, a no confiar en el valor de nuestro aporte, al qué dirán de nosotros, a equivocarnos, a arrepentirnos luego, a que nos salga mal, a que no sea el momento adecuado, a no poder con tanto, a que nos rechacen/juzguen/humillen/critiquen, etc., etc. En nuestras historias personales todos tenemos algunos "miedos favoritos", que suelen robarle mayor protagonismo a los demás. Si no sabés cuáles son los tuyos, preguntate: ¿qué es lo primero que te decís negativamente, o pensás, al intentar hacer algo nuevo? En la respuesta los vas a encontrar, o tendrás alguna buena pista por dónde buscarlos. 


Podemos tomar la aparición de nuestros tan conocidos "miedos favoritos" como una alarma que suele encenderse al estar ante algo que realmente deseamos hacer. Así los usaríamos de guía para darnos cuenta de que, a lo que no nos animamos, es un indicativo claro y fuerte de un deseo importante para nosotros. Es en esta instancia en la cual uno va aprendiendo a decidir hacerlo con miedo igual, o decide confiar soltándolo, para permitirse pensar que puede salir mejor de lo que podíamos llegar a imaginar. El miedo es una emoción que se dispara por una simple idea. Aquella idea proviene de alguna experiencia previa que nos causó dolor, por eso el mecanismo que activa nuestra mente busca protegernos de revivir ese dolor. Ahora bien, esta idea se basa en una proyección a futuro por ejemplo: "no voy a poder". La única forma que tenemos realmente de saber, o corroborar si podemos (o no) realizar algo, es haciéndolo. No poseemos una bola de cristal que nos permita ver lo que sucederá con anticipación y el miedo termina siendo una suposición en base a un pasado, que ya no existe, porque el presente es un nuevo escenario. Por más similitudes que tenga con aquella experiencia pasada en la que se nos quedó grabado aquel miedo, no implica el mismo resultado y éste solo podremos averiguarlo poniéndonos en acción. Es cierto que conviene decidir confiar, a pesar del miedo, para poder dar ese paso disfrutándolo más; pero en el peor de todos los casos, lo daremos con miedo igual. Basta experimentarlo para comprobar que los miedos suelen ser casi siempre ideas falsas, si encima decidimos confiar y pudimos mantener la calma, seguramente lo habremos disfrutado o nos habrá sorprendido un resultado mejor del que pudimos imaginar. Entonces, es importante recordar que ese miedo nos puede avisar de que estamos por dar un paso crucial para nosotros. Recordaremos no caer en "parálisis por análisis", ya que evitaríamos siempre tomar acción por estar ideando nuevas estrategias o pensando nuevos escenarios futuros posibles y más adecuados. Si se encuentran trabados en esa etapa del camino, les recomiendo leer nuestro artículo "¿Para qué querés lo que tanto deseas?" ya que les cuento cosas muy útiles a tener en cuenta en esos casos. 


Recapitulemos: Siempre podemos decidir quiénes queremos ser, o qué elegimos aportar a cada contexto, sin importar cuál sea, ni cómo se desarrolle. Por eso la primer frase propone enfocarnos casi exclusivamente en primero Ser para movernos desde ese punto interno, con mayor flexibilidad, para con el hacer y tener posteriores. Las acciones y los resultados pueden variar demasiado en cuanto a los distintos entornos, momentos o circunstancias. ¿A cuántos les habrá pasado, por ejemplo, que el 2020 los forzó a modificar sus planes? Cuando nos concentramos en planificar tanto, o en la acción primero, terminamos dependiendo de que esas condiciones se den a cada paso; poniendo en riesgo seguir caminando si eso no se cumple. Si nos enfocamos en tener, también forzamos a que se den otras determinadas circunstancias, que hasta pueden llegar a depender más de otros (o de momentos) que de nosotros mismos. Nuestra decisión sobre con qué actitud caminar (o vivir) es interna y está relacionada con decidir quiénes ser, o qué dejamos salir de nosotros en cada circunstancia. Más allá de que es nuestro verdadero aporte energético por ser la intención que le damos a toda nuestra energía, para que se ponga en marcha en esa dirección, amplificando afuera lo que sale de nosotros primero. En definitiva, estamos concentrándonos en desde dónde queremos vivir lo que sea que nos llegue y lo que sea que se nos vaya ocurriendo hacer. Cada uno irá decidiendo qué considera mejor, pero no olvidemos de ir moviéndonos con la flexibilidad suficiente para contemplar que los contextos pueden cambiar de formas, a veces imposibles de prever desde el presente. La vida es incierta siempre. Quizás el más y mejor sea un buen motor para aprovecharla al máximo mientras nos dure. 


En cuanto a la intensidad, o a al más, les puedo aportar otras cuestiones que suelen aparecer. Solemos creer que más puede ser demasiado y que "tanto" nos puede dañar. ¿Cuántas veces sentimos que lo logrado es demasiado bueno para ser cierto, tanta felicidad es demasiado sospechosa, o que seguramente no podamos disfrutarlo al máximo porque en algún momento lo vamos a arruinar? Dichos miedos provienen de no creernos verdaderamente merecedores de lo mejor y de tender a conformarnos con menos para ir por lo seguro. Nos tiramos a menos, casi antes de empezar. Con respecto a las emociones, también solemos creer que sentirlas intensamente nos puede hacer algún daño y tendemos a querer regular su volumen. Cuando hacemos esto, en realidad, no estamos más que reprimiendo un grado de esa emoción por no animarnos a sentirla en su totalidad. La emoción no bajará su intensidad, solo estaremos dejando una parte suya acumulada, que buscará salir después, aún con mayor fuerza. Lo que resistimos, persiste. Hay que repensar la idea de que mucho es demasiado. Claro que pueden haber excepciones o casos puntuales que no abarque, todo termina siendo relativo. Pero pensemos en ejemplos de la naturaleza: ¿Acaso el sol regula su intensidad para que no nos quememos? Si lo hiciera, ¿no dejaría de dar vida a aquellos lugares donde no llegue, por haberse contenido? ¿Una tormenta debería pasar sin rayos para que no nos asustemos? Y qué pasaría si le pidiéramos a la luna que regule su brillo al recibir la luz del sol, ¿no se modificarían hasta las mareas?... 


La naturaleza nos muestra cómo claramente cuanto más y mejor nos concentremos en Ser quienes somos en esencia, estamos contribuyendo desde nuestro lugar, a todo lo que de nosotros depende o a lo que afectemos con ello. 


Muchas veces no solemos pensarnos tan importantes, por desconocer nuestro verdadero valor. A alguien le escuché decir: "El Universo es la economía perfecta, donde nada sobra ni nada falta". Si la vida gasta energía, oxígeno y nos mantiene vivos, no puede ser por error o estar de más; seguramente le seamos tan valiosos y funcionales como le es todo lo demás. Si todavía no lo podemos sentir así, quizás haya una herida de desvalorización que atender. Habíamos dicho antes, que nuestro aporte más importante es el energético, siendo lo que modifica directamente nuestros entornos. Muchas veces lo olvidamos, porque la energía es imperceptible a nuestra vista y requiere de mayor sensibilidad poder sentirla. Pero no dejamos de aportar, por el simple hecho de no sentirlo o desconocerlo. Nuestra presencia, mientras estemos vivos en este planeta, es valiosa y trascendente para la vida misma y para todos los que la vivimos simultáneamente. Nuestro verdadero valor es inherente a nuestra presencia, ya que es nuestra energía. Nunca lo olvidemos, podemos elegir miles de opciones acerca de cómo la usemos, expresemos, o qué decidamos hacer con ella; pero en todos los casos, seguirá siendo igual de valiosa. No hay dos personas que sean iguales y cada una desde su lugar específico contribuye a un todo interrelacionado, como piezas de un reloj, u órganos de un mismo cuerpo. Nadie más que uno mismo podrá hacer lo que le pulse desde lo genuino aportar, ya que nadie más que uno, piensa, experimenta, ni siente la vida de la misma manera. 


No prives al mundo de tu mayor y mejor brillo. Por eso te invito y me recuerdo: ¡Ser más y mejores expresiones de esta maravillosa Vida que tenemos el honor de compartir!








🔖 Si este tema o los que vengo compartiendo te interesan y querés profundizar más, podés contactarme para una consulta o asesoramiento personalizado, sumarte a mis actividades de autoconocimiento (como el curso online); o hasta chequear las redes de SOMOS SOL ☀️ donde comparto mucha más información. También acepto donaciones o colaboraciones para seguir apoyando lo valioso de mis propuestas. ¡Gracias por leerme!💜🙌🏻


💸¿Necesitás un ingreso extra? Enterate cuántos dólares podés ganar con cada venta de mi curso online que concretes 🔥




Enterate acerca de qué se trata mi Curso online...

¿Te animás a probar mi curso online?

  El Curso de Autoconocimiento SOMOS SOL ☀️ es para vos.  Cuando queremos hacer algún cambio, recurrimos a diversos métodos que no siempre l...