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domingo, 16 de agosto de 2026

Mujer, dejá de achicarte | Cultivando Amor Propio

 

¿Por qué una se cree tan poco? ¿Por qué nos solemos tirar a menos?

Que intimidás... Que tendrías que mostrarte más accesible o ser más comprensiva...


¿Te lo dijeron alguna vez?


A mí varias y también muchas otras cosas más. Luchaba internamente por bajar la intensidad, por no incomodar, por ser más complaciente, menos directa o tener que adaptarme a los tiempos de los demás, sin que nadie siquiera registre los míos ni lo que eso me llevaba de costo a largo plazo.

Y como creciste adaptándote para no generar conflictos, lo terminaste normalizando. Creyendo que era tu responsabilidad no generar malestares en los que te rodeaban. Te fuiste poniendo en el segundo lugar, después un poco más abajo, bajándote de escalón cada vez... hasta que te olvidaste de tenerte en cuenta como tanto necesitabas.


Mujer solitaria en arquitectura monumental
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos


Creías que esas concesiones eran imprescindibles, porque eras "insoportable" de otro modo, o que lo tuyo siempre puede esperar. Como si pedir que validaran tu intensidad hubiera sido un capricho, o ni tuvieras el derecho de pensar que al menos tus necesidades estaban a la misma altura que las de los demás.

Recuerdo la vez que una pareja me hizo un reclamo acerca de que no le alardeara que ganaba más que él, mientras que yo ni había registrado que existía tal diferencia. O las veces que como madre puse a mi hija y su bienestar mil escalones más alto que los míos, aun cuando tuviera fiebre y me costara levantarme de la cama. Cuando accedía a sacrificarme por cumplir con el rol que se me asignaba a pesar de no estar de acuerdo, porque ni se me ocurría pensar en lo que me correspondía ni en cómo exigirlo.

La imagen de mi abuela que postergó su turno con el cardiólogo por cumplir con sus obligaciones de la casa, y a la semana, se fue de este plano tras haber tenido dos infartos con pocas horas de diferencia. Nadie lo hubiera podido imaginar, si postergarse era moneda corriente, como caminar más de diez cuadras super cargada con las compras buscando los mejores productos y precios a pesar de sus dolores de espalda. Y sin embargo, no decía nada. Agachaba la mirada y lo seguía haciendo.

Pero también se me vienen a la mente los momentos en los que me ganaba la indignación y me quedaba batallando sola. Cuando, a pesar de habernos puesto de acuerdo con un equipo de trabajo en que no íbamos a ceder ante la autoridad (cada vez más demandante), todos se apresuraban a demostrar su complacencia y después de ser la única que expresaba y sostuviera lo acordado, ver que nadie me seguía.

Es que cuando uno empieza a registrar esos matices y se propone cambiarlo hasta tus mismos pares no se animan a sostenerlo. Se conforman, se resignan, te llaman ilusa, te dicen que siempre las cosas fueron así y que no tiene sentido generar conflictos por algo que no va a cambiar, que te van a etiquetar de problemática y no te conviene, etc.

Sin embargo, también tengo el registro de un par de ocasiones en las que pedí (casi de caradura, o por intentar nomás) mejorar una oferta y me asombró enormemente recibir una respuesta afirmativa, que hasta me reconocía que estuvo a punto de sugerírmelo primero. 

Entonces entendí que, si hubiera hablado antes, o desde siempre, habría salido mil veces más favorecida en tantas situaciones que ya perdí la cuenta. Estoy convencida de que la gente suele subestimar demasiado lo que merece y el poder que tiene cuando se unen en una causa que realmente lo requiere. 

Y cuando uno aprende a valorarse más, no sólo está luchando contra sus tendencias a tirarse a menos del pasado, sino contra los entornos que le siguen pidiendo que no altere nada del ambiente que se venía dando, aun cuando dicha contribución podría mejorarlo notablemente para todos.

Quizás sea momento de que pensemos en las formas en las que uno expresa que se respete su valor. Porque hay que atravesar todo un proceso. Primero ni registrabas que valías muchísimo más, que merecías validarte como eras y expresarte libremente, que tus necesidades (además de válidas e imprescindibles) son tu exclusiva responsabilidad que las puedas comunicar para que se enteren los demás. Luego entrás en una etapa en la que te das cuenta, pero no te arriesgás a incomodarte. Después y por acumulación le sigue un tiempo en el que te indigna tanto que nadie lo haya siquiera contemplado y se te siga demandando minimizarlas (por no alterar los hábitos de siempre), que la forma de expresar lo que necesitas y te corresponde acorde a tu verdadero valor no van a ser las ideales. Lo vas a exigir desde la demanda, la frustración o la bronca. Y es lógico porque te sentiste invalidada, violentada u ofendida de que no se te tome tan en serio, como seguramente vos sí tenías en cuenta a los demás.


La silla dorada reclama su lugar
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos

Pero cuando la espuma emocional va bajando y comunicar tus necesidades o sostener tus límites se te va haciendo costumbre sin notarlo, te van aflorando formas más asertivas. La experiencia es tu maestra. Vas hablando desde la calma, porque sabés que el precio por no atravesar un segundo de incomodidad es demasiado alto como para seguir pagándolo.

Y quizás te tomes una breve pausa antes de hablar, hagas una respiración profunda para recordarte que te lo merecés sin volver a dudarlo y hables desde el verdadero valor, que no admite que te rebajes a dar explicaciones ni te justifiques. Empezás a perder el miedo a las reacciones de los que no toleran que uno también importa y las relaciones son recíprocas. Tomás nota de quienes te intentan convencer de que estás equivocada y ejecutás las decisiones correspondientes por tu cuenta, muchas veces desde el silencio.

Probablemente tus entornos sociales se reduzcan bastante, pero ganás una paz invaluable. Y sobreviene una etapa en la que hasta te parece gracioso que alguna vez te hayas sentido culpable por pedir el respeto mínimo e indispensable que todo el mundo se merece.


Las personas te dan lo que son, no lo que te merecés. Lo que te merecés te lo das vos, cuando decidís aceptar, o no, lo que las personas te dan.


Sí, a riesgo de sonar demasiado reiterativa, les recuerdo que todo comienza por uno mismo. Las desvalorizaciones, las faltas de respeto, o la indiferencia, también. Y cuando uno siempre escucha y se adapta primero a las necesidades de los demás se está agrediendo. Otro trato que jamás nadie merecería. Por lo tanto, aunque te cueste poner orden en tu mundo interno para mejorar la relación con vos misma, o cuando creas que no es tan necesario, recordá que nadie puede ofrecer a un otro lo que no se da a sí mismo primero. Y que si querés recibir un mejor trato debés reconocerte merecedora del mismo, aplicarlo cotidianamente con vos y después actuar en consecuencia.


Geometría y líneas en movimiento
Imagen conceptual generada mediante inteligencia artificial con fines ilustrativos

Reconozco que es un tema súper amplio y que cuantos más ejemplos compartamos de las veces, formas y experiencias en las que solemos "achicarnos" ante los demás sin darnos cuenta, podremos ver más lugares oscuros que necesitamos seguir iluminando con el sol de la consciencia. Así que, y aprovechando la sincronía de la temporada de eclipses, les pido que compartan sus experiencias en los comentarios para seguir expandiendo nuestra luz juntos.


Si te surge continuar leyéndome te recomiendo visitar este artículo relacionado, o este otro.


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